Novios con chip Capítulo 14
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Capítulo 14

L eo llevaba probándose combinaciones de ropa durante casi veinte minutos, extendiendo cada prenda sobre la cama con la solemnidad de quien examina pruebas en la escena de un crimen, cuando Adrián, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, decidió que ya era hora de intervenir.

—Esa camisa no.

—¿Por qué no esta camisa?

—Porque parece que vas a una boda de la que no te han invitado a la fiesta, solo a la ceremonia.

Leo se miró al espejo del armario y ladeó la cabeza, dudoso, para luego dejarla caer de nuevo sobre la cama junto a las otras seis prendas ya descartadas.

—Entonces, ¿qué me pongo?

Adrián entró en la habitación, apartó a Leo con suavidad del armario y rebuscó un momento entre su propia bolsa de viaje hasta sacar una camisa azul oscuro, sencilla, de un lino ligero que había comprado hacía un par de veranos y que apenas se había puesto.

—Esta.

—Es tuya.

—Por eso te va a quedar un poco ajustada de hombros y no te va a importar en absoluto porque eso es exactamente lo que quieres esta noche —dijo mientras se la tendía y Leo, tras una mirada más de desconfianza que de verdadero rechazo, se la probó por encima de la camiseta, contemplándose luego en el espejo con una satisfacción que ya no necesitaba ningún tipo de confirmación externa—.

Nada exagerado. Nada de intentar parecer más de lo que eres.

Solo alguien cómodo consigo mismo que se ha arreglado un poco porque le apetecía, no porque necesite demostrar nada.

—¿Y si no es suficiente?

—Leo —Adrián se sentó al borde de la cama, con esa paciencia suya tan trabajada que solo se activaba del todo con Leo, y nunca, curiosamente, le costaba ningún esfuerzo—.

Llevas semanas esperando este momento y preparándote para él.

En algún momento hay que confiar en que lo que ya tienes es suficiente.

Nadie se enamora de un vestuario perfecto.

Se enamoran de que alguien les preste atención de verdad.

—Eso suena a algo que dirías tú sobre Mateo.

—Es que es algo que pienso sobre Mateo —Adrián sonrió, un gesto breve, casi privado, que Leo captó de todos modos con la atención de quien lleva meses aprendiendo a leer los pequeños gestos ajenos—.

Nunca le impresionó nada de lo que yo tenía.

Le impresionó que lo escuchara. Es más sencillo de lo que parece y más difícil de lo que nadie te cuenta.

Abajo, en la cocina, Mateo terminaba de buscar en la despensa algo de picar para el camino «por si os entra hambre antes de llegar, que luego en el chiringuito lo mismo no hay nada de comer» y cuando Leo bajó por fin, luciendo la camisa prestada con un aplomo que no tenía diez minutos antes, soltó un silbido apreciativo que le costó a Leo contener una sonrisa demasiado ancha para la ocasión.

—Estás muy elegante.

—Es de Adrián.

—Ya lo sé, la reconozco. Cuídamela, que es de las pocas cosas suyas que no odio.

—¡Eso no es verdad! —protestó Adrián, desde la escalera, sin mucha convicción real detrás de la protesta.

Hugo, que llevaba ya un rato esperando junto a la puerta con las manos en los bolsillos, contempló la escena entera —Mateo ajustándole el cuello de la camisa a Leo con gestos paternales, Adrián fingiendo una indignación que se le deshacía en cuanto Mateo lo miraba— con una calidez cuyo origen le costó ubicar.

—Bueno —dijo, al fin—, si esperamos más, vamos a llegar cuando ya hayan cerrado.

Salieron con las últimas luces del atardecer todavía coloreando de rosa y naranja las nubes bajas sobre la sierra y el camino hacia el chiringuito —un sendero ancho, casi un camino forestal, que bajaba serpenteando entre pinos hasta la orilla del pantano— se fue llenando poco a poco de esa luz dorada y espesa que Hugo, después de un solo día en Cazorla, ya empezaba a echar de menos antes de haberse marchado, sabiendo que tendría que volver, en algún momento no muy lejano, a las farolas de Granada.

Adrián y Mateo se quedaron en el porche, sin verdadera intención de acompañarlos más allá del principio del sendero.

«a estas alturas del día, si camino más de diez minutos seguidos me duermo de pie», había anunciado Mateo, dejándose caer ya en una de las mecedoras con el mismo libro que tan poco le estaba gustando.

Hugo y Leo se internaron solos en el pinar, con el sonido de sus voces despidiéndose todavía audible durante un buen trecho antes de que el bosque, espesándose a su alrededor, se lo tragara del todo.

El camino bajaba en un serpenteo suave, bordeado a ratos por matas de romero y de tomillo que desprendían, al rozarlas, un perfume denso que se mezclaba con el olor a resina caliente de los pinos.

Leo, liberado ya de la seriedad del ensayo de la tarde, había recuperado por completo su entusiasmo habitual, señalando cada pájaro, cada roca con forma curiosa, cada rayo de sol que se colaba entre las copas con una geometría que a él le parecía digna de mención.

—¿Y si le pregunto directamente si quiere bailar? —dijo, en algún momento, retomando una preocupación que llevaba media tarde rondándole—. ¿O es demasiado directo?

—Depende de cómo lo preguntes. Si lo dices como quien pide indicaciones, mal. Si lo dices como si ya dieras por hecho que va a decir que sí, mucho mejor.

—Eso es un poco arrogante.

—Es un poco arrogante, sí. Pero funciona.

El sendero se ensanchó al desembocar en un tramo de pista forestal más ancha, ya con vistas parciales al pantano entre los árboles, plateado y quieto bajo la última luz del día, y fue allí, justo al doblar una curva cerrada, donde encontraron al grupo.

Eran seis, quizás siete, sentados y de pie alrededor de dos coches aparcados de cualquier manera en un ensanche de tierra, con una nevera portátil abierta entre ellos y música de reguetón saliendo demasiado alta de un altavoz apoyado en el capó de uno de los coches.

Dos chicas y cuatro chicos, todos de una edad parecida a la de Hugo, con esa energía inquieta y un poco excesiva de quien lleva ya varias cervezas de más y todavía le queda toda la noche por delante.

Uno de ellos, el más grande del grupo, con la cabeza rapada y un tatuaje que le subía por el cuello, fue el primero en reparar en ellos, siguiéndolos con la mirada mientras pasaban por el borde del claro con una atención que no tenía nada de casual —una mirada que se posó en Hugo y se quedó ahí, evaluándolo con la misma lógica torpe y cruel con la que se elige siempre a quien parece que no va a devolver el golpe: alguien de aspecto agradable y afable, con esa clase de físico esbelto que nunca se lee como amenaza.

Leo, un paso por detrás, apenas pareció registrarse en aquel cálculo, como si los hombros, los brazos, todo aquel cuerpo que a cualquiera con el instinto de supervivencia más desarrollado le habría hecho dejarlos pasar.

—Eh —dijo, en voz alta, dirigiéndose directamente a Hugo—. Tú. Ven aquí un momento.

Hugo, por puro instinto de educación mal entendida, aminoró el paso, y Leo, a su lado, hizo lo mismo, aunque con una tensión repentina en los hombros que Hugo no le había visto en todo el fin de semana.

—Vamos con prisa —dijo Hugo, intentando sonar despreocupado—. Que tengáis buena noche.

—No, no, espera —dijo el del tatuaje que se separó del grupo para acercarse con una sonrisa que no tenía nada de amistosa, y otro chico, más flaco, con gorra, lo siguió de cerca—. Es que te he estado mirando, y hay algo raro en ti. Los ojos. No parpadeas como un ser humano.

—¿Perdona?

—Que no parpadeas normal, tío. Lo he visto en un vídeo. Los seres humanos de verdad parpadean cada tres, cuatro segundos, así, natural. Tú llevas ya un rato sin parpadear ni una vez.

Era, por supuesto, absurdo —Hugo, que llevaba toda la tarde sin dormir la siesta que le habría gustado dormir, parpadeaba probablemente con menos frecuencia de la normal solo por puro cansancio, nada más—, pero el chico lo dijo con una convicción tan completa, y con una expresión tan satisfecha de haber encontrado por fin una excusa que llevaba toda la tarde buscando, que a Hugo se le heló algo por dentro mucho antes de que el resto del grupo empezara a levantarse de sus sillas plegables con un interés que no auguraba nada bueno.

—Venga, Kike, pregúntale más cosas —dijo una de las chicas, riéndose, ya con el móvil en alto, grabando—. A ver si es verdad.

—Esto es una tontería —dijo Leo, colocándose medio paso por delante de Hugo, con una tranquilidad que no engañaba del todo—. Vámonos.

—¿Quién te ha preguntado a ti? —El flaco de la gorra se acercó también, con esa valentía prestada que solo da la superioridad numérica—. Igual sois los dos. Con esos hombros tan de anuncio que tienes tú también, macho, no me extrañaría nada.

—Grábalo bien, Noé, que si es verdad esto se hace viral seguro —dijo la misma chica, sin dejar de reírse, acercándose ella también con el móvil en alto, no como testigo asustado sino como participante entusiasmado de lo que fuera a pasar a continuación.

Hugo entendió, con una claridad repentina y bastante más aterradora que cualquier acusación concreta, que la excusa exacta —los ojos, el parpadeo, las máquinas infiltradas— era completamente irrelevante para aquel grupo; que si no hubiera sido eso, habría sido cualquier otra cosa, un acento distinto, una camiseta de un equipo equivocado, una mirada que hubiera durado un segundo de más, porque lo que aquel grupo llevaba buscando toda la tarde, entre cerveza y aburrimiento, no era la verdad sobre nada, sino a alguien a quien hacerle daño y una razón cualquiera, la que fuera, con la que después poder contarlo sin sentirse culpables.

El del tatuaje dio un paso más, invadiendo ya el espacio de Hugo sin ningún disimulo y le puso una mano abierta en el pecho, empujándolo con la fuerza suficiente como para hacerlo tropezar hacia atrás.

—Enséñame los ojos bien de cerca, anda.

—No le toques —dijo Leo, y su voz, por primera vez en todo el fin de semana, no tenía nada de la calidez habitual.