Capítulo 13
—Nos vamos a dar una vuelta por la Torre del Vinagre, que dicen que las vistas son una pasada, y de paso bajamos a Arroyo Frío a comprar cosas para la cena —anunció Mateo, ya con las llaves del coche en la mano, mientras Adrián se ataba los cordones apoyado contra el marco de la puerta—. ¿Seguro que no queréis venir?
—Nosotros nos quedamos —dijo Hugo, hundido ya hasta las cejas en el sofá grande, con las piernas todavía pesadas del arroyo y de la caminata—. Necesito recuperar fuerzas para esta noche. Y Leo también, aunque él no lo reconozca.
—Yo tengo energía de sobra —protestó Leo, desde el otro extremo del sofá, aunque el bostezo que le siguió a la frase no ayudó mucho a defender la tesis.
Se despidieron entre risas, con Mateo insistiendo en dejar una lista de la compra pegada con un imán a la nevera «por si se os ocurre algo que os apetezca», y el coche se alejó por el camino de tierra dejando, otra vez, esa nube fina de polvo que Hugo empezaba ya a asociar con las despedidas de aquella casa.
El silencio que quedó detrás no se parecía a ningún otro de los últimos días: no era el silencio nocturno, cargado de grillos y de la respiración ajena al otro lado de una habitación pequeña, sino algo más ligero, casi travieso, la sensación muy concreta de que la casa entera, por primera vez desde que habían llegado, era solo de ellos.
Se pasaron la primera hora sin hacer prácticamente nada digno de mención: Leo encontró una bolsa de patatas fritas que nadie recordaba haber comprado y la abrió sin pensar que alguien podría echarla luego de menos, Hugo puso una lista de música en el móvil que fue subiendo de volumen progresivamente hasta que ambos, sin acuerdo previo, terminaron cantando mal una canción que ninguno de los dos sabía en realidad.
En algún momento se tumbaron los dos en el sofá grande, cada uno con las piernas sobre el reposabrazos contrario, en esa postura de total abandono que solo se adopta cuando se tiene la certeza absoluta de que nadie va a entrar por la puerta.
Fue Leo quien rompió, sin previo aviso, la placidez del momento.
—Tengo que preguntarte una cosa y quiero que me contestes en serio, sin reírte.
—No prometo nada, pero lo intentaré.
—Esta noche. Con Sergio —Leo se incorporó un poco, apoyándose sobre un codo, con una seriedad tan repentina que a Hugo se le pasaron las ganas de bromear de golpe—.
Sé besar. Eso no me preocupa. He visto suficientes películas como para saber qué hacer con la boca llegado el momento.
Lo que no sé, lo que de verdad no consigo entender por más que lo pienso, es la parte de antes.
—¿Qué parte de antes?
—Pues eso, la de antes. Cómo se sabe cuándo.
Estás hablando de cualquier cosa, del tiempo, de una película, de lo que sea, y en algún momento, sin que nadie diga nada, sin que suene ninguna música de fondo que te avise, la conversación deja de ser solo palabras y llega el momento adecuado.
Y yo no sé identificar ese instante. Lo he visto pasar cientos de veces en pantalla y siempre parece evidente, casi coreografiado, pero cuando intento imaginármelo con Sergio delante, en el chiringuito, con gente alrededor y música de verdad sonando, no tengo ni idea de en qué momento exacto debería dejar de hablar y acercarme.
Hugo se quedó pensando un momento, sin poder evitar la ironía de que aquella fuera, precisamente, la única parte de todo esto en la que él sí era un experto consumado.
Sabía identificar ese instante con una precisión casi profesional, porque llevaba media vida entera llegando exactamente hasta ahí y nunca mucho más allá: primeras citas que terminaban siempre en un primer beso perfecto, seguido de una noche que tampoco solía fallar, y después, invariablemente, nada.
Ningún sapo se convertía en príncipe por mucho que Hugo lo besara con la técnica adecuada en el momento adecuado; o quizás, pensó, con esa media sonrisa autocrítica que solo se permitía cuando estaba realmente a solas consigo mismo, el sapo fuera él, y ningún beso en el mundo tuviera el poder de convertirlo a él en nada distinto de lo que ya era.
—Es que no hay un segundo exacto, Leo. No es un interruptor.
Es más como... —dijo, mientras buscaba la imagen adecuada y la encontró, sin saber muy bien de dónde le venía, con una claridad que le sorprendió a él mismo—.
Es como dos planetas que van orbitando cada vez más cerca el uno del otro.
No hay un momento en que de repente colisionen.
Es una acumulación de vueltas cada vez más pequeñas, cada vez con menos distancia entre las dos órbitas, hasta que en algún punto, casi sin darte cuenta, ya no hay distancia ninguna alrededor de la que girar.
Leo se quedó mirándolo con una expresión que Hugo no acabó de entender, entre la pura fascinación y algo radicalmente diferente.
—Eso es precioso, pero no me ayuda nada en absoluto.
—Vale, vale —Hugo se rio, incorporándose también en el sofá, cruzando las piernas debajo de él—. A ver. ¿Quieres que practiquemos?
—¿Practicar el qué?
—El acercamiento. No el beso en sí, que ya dices que eso lo tienes controlado. Lo de antes. Las órbitas.
Leo se quedó pensando la propuesta con una seriedad que no encajaba del todo con lo ridícula que sonaba dicha en voz alta, y que sin embargo, a Hugo, ya no le pareció ridícula en absoluto en cuanto vio la cara que ponía.
—¿Cómo se practica una órbita?
—Pues... —Hugo se movió en el sofá, dejando algo más de distancia entre los dos de la que había habido un momento antes, mientras enredaban las piernas cambiando de postura—.
Nos ponemos a hablar de cualquier cosa, como si estuviéramos en el chiringuito.
Y tú vas acercándote, poco a poco, sin que se note que te estás acercando, hasta que yo te diga si has ido demasiado rápido o demasiado despacio. Como un entrenamiento.
—Vale —Leo se colocó también, sentado de lado en el sofá, con una concentración absoluta que a Hugo le pareció, contra todo pronóstico, entrañable—. Empieza tú. Habla de algo.
—No puedo simplemente empezar a hablar de la nada, Leo.
—Habla del tiempo. La gente siempre habla del tiempo antes de los momentos importantes. Lo he visto un millón de veces.
Hugo se rio, pero obedeció, encontrando en el absurdo de la situación una comodidad que no esperaba.
—Hace un tiempo precioso hoy —dijo, con una solemnidad exagerada que pretendía ser una broma y que se le fue apagando en cuanto vio que Leo, muy serio, empezaba a deslizarse por el sofá hacia él, centímetro a centímetro, con la vista clavada en algún punto entre los ojos de Hugo y su boca, sin ningún disimulo, como quien avanza hacia una meta marcada con precisión milimétrica.
—Leo. Para —Hugo levantó una mano, conteniendo la risa—. Vas demasiado rápido. Y además me estás mirando como si fuera a hacerte un examen.
—Es que estoy calculando la distancia.
—No se calcula. Ese es justo el problema. Se supone que tiene que parecer que no lo estás pensando, aunque lo estés pensando todo el rato.
—Eso es contradictorio.
—Bienvenido a ligar con hombres.
Leo se retiró, riéndose de sí mismo con una facilidad que a Hugo le encantaba. Volvieron a intentarlo. Esta vez fue Hugo quien eligió el tema, más por curiosidad que por estrategia.
—Oye, ¿cuánto hace que conoces a Adrián? Mateo nunca ha llegado a contármelo.
—Trabajando con él, años —dijo Leo, sin pensárselo, con esa naturalidad suya de siempre—. Pero en persona, teniéndolo delante de verdad, no tanto. Unos meses, poco más.
Hugo frunció el ceño, sin dejar que aquello le distrajera del todo del ejercicio, aunque sí lo suficiente como para que Leo, notando la pausa, se detuviera también a medio camino, congelado en una postura tan rígida que resultaba casi cómica.
—¿Quieres decir que estabais en oficinas distintas, o algo así?
—Algo así. Digamos que yo estaba disponible, pero no exactamente presente. Y desde hace poco, ya sí. Presente del todo.
—La mitad de las veces no sé si estás hablando de cosas complicadas de una manera muy sencilla, o de cosas sencillas de una manera muy complicada.
—Las dos cosas a la vez, normalmente —dijo Leo, sonriendo, y aquella sonrisa bastó para que Hugo, distraído del todo ya del ejercicio, soltara una carcajada—. ¿Ves? Ahora me he parado otra vez donde no tocaba.
—Se nota, porque pareces un maniquí. Relaja los hombros. No estás desactivando una bomba, Leo, estás sentado en un sofá.
—Para ti es fácil decirlo.
—Para mí no es fácil nada de esto, te lo aseguro —dijo Hugo recolocándose y sintiendo el cojín cálido bajo la pierna, la luz de la tarde entrando ya sesgada por la ventana grande del salón, dorada y perezosa, iluminando el polvo que flotaba suspendido en el aire quieto de la casa vacía—.
Vamos otra vez. Y esta vez no pienses en la distancia.
Piensa en lo que estás diciendo. Que la distancia se acorte sola, como un efecto secundario, no como el objetivo.
Lo intentaron una tercera vez y luego una cuarta, y en algún momento —Hugo no habría sabido señalar en cuál— Leo empezó a hacerlo bien.
Dejó de mirar la boca de Hugo con aquella concentración de francotirador y empezó, en cambio, a mirarle a los ojos mientras hablaba, de verdad, sobre cualquier cosa.
—¿Puedo preguntarte algo raro? —dijo Leo, en algún momento entre los intentos—. ¿Cómo es que tienes tanta práctica en esto? No es que no seas atractivo, Sergio no para de decir que le caes bien a todo el mundo. Podrías tener detrás una cola larguísima de gente.
—Es una historia aburrida. ¿Y tú? Con el físico que te ha tocado, cualquiera diría que tendrías detrás algo más que una teoría sobre acercamientos.
Leo tardó unos instantes en contestar y cuando lo hizo fue con una vaguedad tan deliberada que a Hugo, ya acostumbrado a aquel tipo de respuestas suyas, no le pareció ni remotamente sospechosa.
—Digamos que he estado encerrado mucho tiempo. No por elección. Es complicado de explicar sin que suene más triste de lo que en realidad ha sido.
—¿Encerrado, cómo? ¿Estuviste enfermo?
—Algo parecido —dijo Leo, y algo en su tono, aunque Hugo no llegó a identificarlo del todo, sonaba más a alivio por no tener que mentir del todo que a tristeza real por lo que fuera que estuviera describiendo—.
Digamos que he pasado mucho tiempo sin poder salir de donde estaba, viéndolo todo desde fuera y que solo hace muy poco he podido empezar a vivir de verdad.
Así que sí. Tengo mucha teoría, pero apenas nada de práctica.
Aquello, fuera lo que fuera lo que significaba, le pareció a Hugo lo bastante sincero como para no seguir preguntando, y la distancia entre los dos se fue reduciendo con una naturalidad que ya no tenía nada de ensayado, como si el propio ejercicio hubiera dejado de ser un ejercicio en algún momento sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta del cambio.
—Lo estás haciendo bien —dijo Hugo, en voz mucho más baja de lo que pretendía, notando que la distancia entre ambos, en aquel momento concreto, ya era muy escasa.
—¿Sí?
—Sí.
Leo no se detuvo esta vez y Hugo tampoco le pidió que lo hiciera.
Se quedaron así un instante, tan cerca que Hugo podía notar el calor que desprendía la piel de Leo, todavía tibia de sol, y ver de cerca un detalle diminuto que nunca había notado antes, una pequeña cicatriz casi invisible justo encima de la ceja izquierda, y el mundo entero pareció encogerse hasta caber en aquel espacio exacto entre los dos, sin sofá, sin casa, sin ningún chiringuito esperando esa noche a nadie.
—¿Y ahora? —preguntó Leo, en un susurro que ya no tenía nada de ensayo.
—Ahora... —Hugo no terminó la frase.
No hubo, en realidad, ningún beso. Hubo algo más lento y más incierto que eso: los labios de ambos se rozaron, apenas, con una suavidad que no llegó a cerrarse del todo en nada que pudiera llamarse un beso de verdad, y se quedaron así, inmóviles, compartiendo el mismo aliento durante un segundo que se estiró mucho más de lo que ninguno de los dos habría sabido justificar después, ninguno atreviéndose a completar el gesto ni a romperlo, como si los dos, al mismo tiempo, hubieran comprendido que cruzar aquella última distancia mínima significaría algo que ninguno de los dos estaba todavía preparado para afrontar.
Fue Hugo quien se apartó primero, con un movimiento tan breve que casi no contó como movimiento. El silencio que siguió después fue distinto a todos los silencios anteriores de aquella tarde.
—Bueno —dijo Leo, con la voz un poco rota, aclarándose la garganta enseguida—. Creo que ya lo tengo controlado. Lo de la distancia.
—Sí —coincidió Hugo apartándose el pelo de la cara con una mano que no estaba del todo firme, buscando refugio en la normalidad con la misma urgencia con la que Leo parecía estar buscándolo—. Se te ha dado mejor de lo que pensaba.
—Tengo un buen profesor.
Se rieron los dos, unas risas cortas y un poco forzadas, del tipo que se usan para rellenar un hueco que de otro modo se quedaría abierto.
Hugo se levantó del sofá con una excusa poco convincente sobre ir a por agua, necesitando de pronto poner algo de distancia física real entre los dos, una distancia que no tuviera nada que ver con planetas ni con órbitas ni con ningún ejercicio de ningún tipo.
Cuando volvió, con dos vasos que en realidad nadie había pedido, Leo ya había encendido la televisión y hablaba de cualquier cosa —del chiringuito, de lo nervioso que estaba por esa noche, de qué camisa debería ponerse— con una normalidad tan aparatosa que a Hugo, sentándose de nuevo a una distancia mucho más prudencial que antes, no le costó nada seguirle la corriente, porque los dos, sin decírselo, habían decidido ya que aquello —fuera lo que fuera lo que acababa de pasar— tendría que quedarse, por ahora, exactamente donde había pasado: en aquel sofá, en aquella tarde dorada y vacía, sin acompañarlos por el camino de tierra hasta el chiringuito, donde esa misma noche a Leo le esperaba, después de todo, una cita.