Capítulo 12
L a cocina de la casa tenía una tabla de cortar tan vieja y tan usada que la madera se había ondulado ligeramente en el centro, y Mateo, apoyado contra la encimera mientras troceaba unos pimientos para la comida que le habían prometido a Hugo y Leo, se descubrió pensando que aquella tabla, con sus surcos y sus manchas oscuras de años de cuchillos ajenos, le gustaba mucho más que la de mármol pulido que tenían en casa, la que ni siquiera se rayaba con nada porque Adrián había insistido en comprar la más resistente del catálogo.
—Vas a cortarte si sigues mirando por la ventana en vez del cuchillo —dijo Adrián, sin levantar la vista de la sartén donde doraba unos ajos con una atención desproporcionada para una tarea tan sencilla.
—No estaba mirando por la ventana.
—Llevas treinta segundos con el mismo trozo de pimiento a medio cortar.
Mateo bajó la vista, comprobó que era verdad y se rio de sí mismo con una facilidad que solo le salía delante de Adrián, sin ninguna vergüenza real detrás.
Terminó de cortar el pimiento y se lo pasó, en un gesto ya automático después de compartir tantos momentos en la cocina, rozando con los dedos el dorso de la mano de Adrián durante el intercambio, un roce tan breve y tan insignificante que ninguno de los dos lo habría podido describir después con palabras exactas y que sin embargo cargaba, para los dos, con todo el peso acumulado de años enteros de gestos idénticos repetidos sin cansancio.
—Prueba esto —dijo Adrián, al cabo de un rato, acercándole una cuchara de madera con un poco de la salsa que empezaba a espesar en la sartén, sujetándole él mismo la mano libre bajo la barbilla de Mateo para que no goteara.
Mateo probó, cerrando los ojos un momento, y asintió con una seriedad exagerada que pretendía ser una crítica gastronómica seria y que se le deshizo enseguida en una sonrisa.
—Le falta sal.
—No le falta sal. Es que a ti te gusta todo con más sal de la que es saludable.
—Es una de mis pocas alegrías en la vida, Adrián. Déjame la sal.
Adrián se rio, un sonido bajo y sincero que a Mateo, después de tanto tiempo, todavía le producía una satisfacción desproporcionada, como si cada vez que conseguía arrancarle a Adrián una risa de verdad —no la sonrisa cortés que reservaba para el resto del mundo, sino esta, la que le salía sin pensarlo— ganara algo que el resto de la gente jamás llegaría a tener.
Se quedó mirándolo un momento: el pelo un poco revuelto por el calor de los fogones, las mangas de la camisa remangadas hasta el codo dejando ver un antebrazo que a Mateo, con sus treinta y cinco años todavía convencidos de que los cuarenta quedaban lejos, siempre le había parecido injustamente bien conservado.
Se acercó un paso más, lo bastante cerca como para distinguir, por primera vez, una cana de verdad escondida entre las sienes de Adrián, y sintió, con la misma intensidad de siempre, esa mezcla exacta de ternura y de deseo que llevaba dos años sin saber separar del todo.
—¿Qué? —preguntó Adrián, notando la mirada.
—Nada. Que tienes salsa en la barbilla.
No la tenía y los dos lo sabían, pero Adrián se acercó de todos modos, dejándose limpiar la mancha inexistente con el pulgar de Mateo en un gesto que se demoró bastante más de lo que la mentira exigía, hasta que acabó, como acababa casi siempre, en un beso breve que sabía a ajo y a sal, robado entre los fogones encendidos con la misma naturalidad con la que se robaban un beso hacía dos años, en la primera cocina que habían compartido, cuando todo era nuevo y ninguno de los dos sabía todavía en qué se iba a convertir aquello.
—Deberíamos cocinar juntos más a menudo —dijo Mateo, apoyando la frente un segundo contra el hombro de Adrián, respirando el olor a ajo y a colonia mezclados.
—Cocinamos juntos casi todos los días, Mateo.
—Ya, pero no así. Con tiempo. Sin prisa por llegar a ningún sitio.
Adrián no contestó enseguida y en el silencio que siguió, mientras removía la salsa con una mano y mantenía la otra apoyada en la cintura de Mateo, sin ninguna necesidad práctica de hacerlo, más que porque le apetecía, Mateo pensó, no por primera vez, que aquello —exactamente aquello, una cocina cualquiera, una tarea cualquiera, hecha con alguien que le hacía sentir que el tiempo dejaba de importarle— era probablemente lo más parecido a la felicidad que había conocido nunca, y que le costaba entender, en momentos como ese, por qué algunas partes de su vida con Adrián le resultaban tan difíciles cuando aquella, la que siempre había sido la más complicada con todos los demás, le salía sin ningún esfuerzo.
Fue entonces cuando el teléfono de Adrián, apoyado sobre la encimera junto al frutero, se iluminó con una vibración corta y seca.
Adrián estiró el brazo sin apartar la vista de la sartén, casi por instinto, y le dio la vuelta al teléfono para ver la pantalla.
Fue solo un segundo —Mateo, si no hubiera estado observándolo con la atención que llevaba años entrenando sin proponérselo, quizás ni lo habría notado—, pero en ese segundo algo en la postura de Adrián se volvió distinto: los hombros, un grado más rígidos; la mano que sujetaba la cuchara de madera, quieta de golpe sobre el borde de la sartén.
—¿Todo bien? —preguntó Mateo, con un tono que se esforzó en que sonara ligero.
—Sí. Trabajo —Adrián apagó el fuego, dejó la cuchara apoyada con un cuidado que no correspondía al gesto, y se pasó una mano por la nuca—. Voy a contestar esto un momento, ¿te importa vigilar la salsa?
Salió al porche sin esperar respuesta, con el teléfono ya pegado a la oreja antes incluso de cruzar la puerta, y Mateo, removiendo la salsa con una atención que ya no tenía nada que ver con la comida, lo vio a través del cristal de la ventana caminar unos pasos hacia el jardín, de espaldas, con la voz demasiado baja como para que llegara ninguna palabra suelta, solo el tono: contenido, serio, con esas pausas cortas que se hacen cuando se escucha más de lo que se habla.
Duró casi cinco minutos. Cinco minutos que a Mateo, con la cuchara dando vueltas cada vez más innecesarias en una salsa que ya no necesitaba removerse, le parecieron mucho más largos de lo que el reloj del microondas, cuando por fin se atrevió a mirarlo, le confirmó que habían sido.
Cuando Adrián volvió a entrar, algo en su cara había cambiado, de una manera tan sutil que a cualquier otra persona podría haberle pasado desapercibida: la sonrisa que le dedicó a Mateo al cruzar la puerta llegó un instante tarde, como si hubiera tenido que ir a buscarla a algún sitio antes de ponérsela, y el gesto con el que volvió a coger la cuchara de madera fue el de alguien reanudando una tarea, no el de alguien que la había dejado a medias solo un momento.
—¿Va todo bien? —repitió Mateo, esta vez sin fingir tanta ligereza.
—Sí, sí. Cosas de la oficina. Nada importante.
Lo dijo con una naturalidad tan perfecta que, en cualquier otro momento, Mateo la habría aceptado sin más, exactamente como se aceptan la mayoría de las mentiras pequeñas y necesarias que sostienen cualquier convivencia.
Pero algo en el «nada importante», pronunciado con esa rapidez ensayada, encontró el mismo hueco de siempre en el estómago de Mateo, el mismo que llevaba dos años reabriéndose cada vez que Adrián desaparecía sin una explicación clara y regresaba con la sonrisa un segundo tarde, y por ese hueco se coló, otra vez, la misma pregunta de siempre, la que Mateo nunca llegaba a formular en voz alta: ¿por qué dices que es una llamada de trabajo pero te comportas como si me estuvieras mintiendo?
Se odió un poco por pensarlo, en mitad de una cocina que olía a ajo y a las risas que habían compartido diez minutos antes, y se odió todavía más por lo que vino después, porque la sospecha no llegó sola: llegó acompañada, como solía ocurrir últimamente, de una vocecita mucho más cruel que los celos, que le preguntaba si no sería, en el fondo, lo que se merecía.
Llevaba meses diciéndole que no a los pisos que Adrián le enseñaba, meses enteros negándose con excusas cada vez más insostenibles a algo que, en el fondo, sabía que Adrián solo quería hacer por amor; y ahí estaba ahora, con la sospecha de siempre reabierta en el pecho, preguntándose si aquella distancia repentina, aquella sonrisa que llegaba tarde, no serían sino el precio natural que tenía que pagar por no comportarse como debería.
Que tal vez uno no podía pasarse media vida diciendo que no a los gestos generosos de la persona que quería sin que, en algún momento, esa persona empezara, empujada por el cansancio, a plantearse alternativas.
Y sin embargo, por debajo de esa culpa, había algo más terco que no terminaba de callarse: la certeza pequeña y persistente de que decir que sí al piso de lujo no habría sido decir que sí a Adrián, sino a una versión de sí mismo que no reconocía del todo, alguien que vivía rodeado de cosas que no había pagado, en una vida que no le pertenecía del todo.
Y no sabía, removiendo aquella salsa que ya no necesitaba removerse, cuál de las dos voces merecía más crédito: la que le decía que estaba siendo egoísta o la que le decía que tenía derecho a querer mantener cierta independencia.
—¿Mateo?
—¿Qué? —levantó la vista y se encontró con los ojos de Adrián, que lo observaban con preocupación, por una vez sin ningún resto de aquella sonrisa tardía.
—Te he preguntado si la salsa ya está. Llevas un rato mirando la sartén como si te hubiera insultado.
—Ya está —dijo Mateo, y apagó el fuego, obligándose a sonreír con la misma facilidad ensayada que le acababa de reprochar en silencio a Adrián, mientras por la ventana, ya cerca de la casa, se oían las voces de Hugo y Leo volviendo del arroyo, empapados y muertos de risa por algo que ninguno de los dos en la cocina llegaría nunca a saber qué era.