Capítulo 11
S alieron los cuatro juntos después de un desayuno que se alargó mucho más de lo que ninguno había planeado, con Adrián insistiendo en freír huevos para todo el mundo —descalzo sobre las baldosas frías, con una camiseta de tirantes que era la prenda más informal con la que Hugo le había visto jamás, y una sartén en cada mano como si llevara toda la vida haciendo malabares con ellas—, pese a las protestas nada convincentes de Mateo: «Tú cocinas todos los días, deja que yo me ocupe por lo menos hoy», le había dicho Adrián.
El sendero hacia el arroyo salía justo detrás de la casa, señalado apenas por una vieja valla de madera medio caída y un cartel descolorido que solo un ojo muy atento habría reconocido como tal, y se adentraba enseguida en un pinar que iba espesándose a cada paso, filtrando la luz de la mañana en franjas doradas que se movían despacio sobre el suelo cubierto de agujas secas.
—Esto es mucho mejor que cualquier gimnasio —anunció Leo, a la cabeza del grupo, con los brazos abiertos como si quisiera abarcar el pinar entero—. Aquí no hay espejos. Nadie compite contigo en nada. Solo hay que caminar.
—Hay una raíz enorme justo delante de ti —dijo Adrián, sin levantar apenas la vista del suelo—. Eso también hay que evitarlo.
Leo saltó por encima de la raíz con una gracia innecesaria, sacándole el resultado exacto que buscaba —una risa de Mateo, que caminaba justo detrás de Adrián con las manos en los bolsillos, todavía adormilado, disfrutando de la mañana con esa lentitud de quien no tiene ninguna prisa por llegar a ningún sitio—.
El sendero bajaba en una serie de curvas suaves, bordeado a veces por matas de romero que Hugo, al rozarlas sin querer con la pierna, notaba desprender un olor intenso y verde que se le quedaba pegado a la piel, y el rumor del agua, al principio apenas perceptible, se fue haciendo más claro a cada curva, hasta que un último tramo de bajada, entre dos rocas cubiertas de musgo, los dejó de golpe frente al arroyo.
Era más ancho de lo que Hugo había imaginado, con el agua corriendo clara y rápida sobre un lecho de piedras redondeadas, formando en un recodo una poza natural lo bastante profunda como para nadar, rodeada de adelfas todavía sin flor y de un par de rocas planas que el sol de la mañana ya empezaba a calentar.
Mateo se agachó junto al agua, metió una mano, y la retiró de inmediato con una expresión de dolor tan exagerada que provocó las risas de todos los demás.
—Esto no es agua, esto es hielo derretido.
—Viene de la nieve de la sierra —dijo Adrián, sentándose en una de las rocas planas con las piernas cruzadas, sin ninguna intención visible de meterse—. Así que sí, básicamente es eso.
—Yo me meto —anunció Leo, ya quitándose la camiseta con un gesto rápido que dejó a la vista, otra vez, ese cuerpo desproporcionado y espectacular que a Hugo todavía le costaba mirar con la neutralidad que debería mostrar—. El frío es solo información. Se puede ignorar la información.
—Eso no es verdad ni un poquito —dijo Mateo, ya sentándose junto a Adrián en la roca, renunciando de manera explícita a cualquier intención de mojarse—. Nosotros nos quedamos aquí de espectadores. Adrián, dile que no es verdad.
—No es verdad —confirmó Adrián, obediente, aunque con una media sonrisa que sugería que disfrutaba bastante más de la escena desde la orilla de lo que fingía.
Mateo se recostó contra el hombro de Adrián con una naturalidad que llevaba años de práctica detrás, cerrando los ojos contra el sol que empezaba ya a calentar en serio, y durante un rato los cuatro se quedaron así, con Leo metiéndose poco a poco en el agua entre aspavientos exagerados y Hugo dudando todavía en la orilla, hasta que Mateo, sin abrir los ojos, dijo, con una voz ya medio adormilada:
—Sabéis qué, creo que nosotros nos volvemos a la casa. Adrián me tiene que ayudar a decidir si el libro que traje es tan aburrido como me está pareciendo o si soy yo el que no tiene paciencia esta mañana.
—Es objetivamente aburrido —dijo Adrián—. Llevas veinte páginas y no ha pasado nada más que una descripción del tiempo.
—Ves, es justo lo que necesito, una segunda opinión imparcial.
Se levantaron los dos, sacudiéndose el polvo de la ropa, y Mateo le lanzó a Hugo una mirada rápida por encima del hombro de Adrián, una mirada que no decía gran cosa en apariencia y que sin embargo Hugo entendió perfectamente: disfrutad, tomaos el tiempo que necesitéis, no hay prisa por volver.
Se despidieron con la promesa de dejar algo de comer preparado para cuando regresaran, y sus voces se fueron perdiendo pinar arriba, entre risas amortiguadas, hasta que el arroyo, el bosque y el silencio se quedaron enteros para Hugo y Leo.
Hugo se quedó un momento más en la orilla, contemplando cómo Leo, ya con el agua por la cintura, soltaba un grito ahogado a cada nuevo centímetro que se sumergía, con una mezcla de sufrimiento y terquedad absoluta que resultaba, en igual medida, ridícula y contagiosa.
El sol, ya bien alto, calentaba la piedra bajo sus pies descalzos con una intensidad que contrastaba de manera casi violenta con el frío que subía del agua, y aquel contraste —la piedra ardiendo, el aire templado, y más allá esa masa transparente y helada que prometía cortar la respiración de cuajo— le pareció, de pronto, irresistible de una manera que no tenía nada que ver con la prudencia.
—Voy —anunció, y antes de poder arrepentirse se quitó la camiseta y se metió de un salto, sin darse ninguna oportunidad de acostumbrarse poco a poco.
El frío le entró por todo el cuerpo como una descarga, arrancándole un grito que debió de oírse hasta la propia casa.
Durante los primeros segundos no fue capaz de hacer nada más que quedarse inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo, mientras el corazón le latía con una fuerza absurda contra las costillas.
Leo se rio, una carcajada limpia que rebotó contra las rocas del arroyo.
—¿Ves? No está tan mal.
—Me estoy muriendo, Leo.
—Ya se te pasará.
Y, contra todo pronóstico, se le pasó: al cabo de un minuto entero de tiritar y maldecir en voz baja, el cuerpo empezó a aceptar la temperatura con una especie de entumecimiento agradecido.
Hugo, flotando ya de espaldas con la vista clavada en un cielo tan azul y tan limpio que parecía recién estrenado, sintió una euforia física que no recordaba haber sentido en mucho tiempo, algo parecido a estar completamente despierto por primera vez en semanas.
Nadaron un rato sin hablar apenas, disfrutando del agua hasta que Leo, apoyado contra una roca sumergida con el pelo empapado pegado a la frente, sacó el tema que Hugo sabía, desde primera hora de la mañana, que acabaría saliendo tarde o temprano.
—¿Tú crees que le gusto? —preguntó, con una vulnerabilidad tan poco habitual en él que a Hugo se le encogió algo por dentro—. A Sergio, digo. No estoy seguro. A veces me parece que sí, pero luego se va con sus amigos sin más y pienso que a lo mejor son imaginaciones mías.
Hugo se tomó un momento antes de contestar, no porque no supiera qué decir, sino porque necesitaba un momento para acomodar dentro de sí mismo la decisión que ya había tomado esa misma mañana en el porche, cuando había visto a Leo esperando el coche con la taza fría entre las manos: que esta vez iba a hacer las cosas bien.
Sin fantasear con lo imposible. Ayudando de verdad, en vez de quedándose callado con la esperanza secreta de que las cosas salieran de otra manera.
—Yo creo que a Sergio le caes genial —afirmó, sorprendido de lo poco que le costó decirlo—.
Lo que pasa es que Sergio es así con todo el mundo, un poco despistado, va a su ritmo y no se le ocurre pensar demasiado en si alguien está esperando algo de él.
No es que no le gustes. Es que probablemente ni se ha planteado la pregunta.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende de cómo respondas —Hugo nadó un poco más cerca, apoyándose también en la roca, sintiendo el frío del agua contra la espalda y el calor del sol de lleno en la cara—.
Si esperas a que él dé el primer paso, puedes esperar sentado meses.
Pero si se lo pones un poco más fácil, sin agobiarlo, dándole la excusa perfecta para que se fije en ti sin tener que pensárselo mucho, funciona.
—¿Cómo qué?
—Pues, para empezar, esta noche, en el chiringuito.
No te quedes esperando a que él se acerque.
Ve tú. Pregúntale por el parapente, por sus amigos, por lo que sea, hazle sentir que te interesa de verdad lo que le importa a él, que es justo lo que ha visto esta mañana que sabes hacer y que se te da de maravilla.
Y luego, en algún momento, invítale a una copa en el chiringuito.
Sergio es de los que se dejan llevar si alguien más pone la iniciativa. Se nota a la legua.
Leo lo escuchaba con una atención tan completa, tan agradecida, que a Hugo por un instante le costó sostenerle la mirada, no por incomodidad sino por algo parecido al vértigo de estar haciendo, por fin, lo correcto sin que le doliera demasiado.
—¿Y si me pongo nervioso y digo alguna tontería?
—Vas a decir alguna tontería seguro. Yo digo tonterías constantemente y aun así la gente me sigue soportando, más o menos —dijo riéndose y Leo se rio también, con un alivio que le suavizó toda la cara—.
No hace falta ser perfecto, Leo. Solo hace falta estar ahí y que se note que te importa.
Sergio lo notará. Es de los que lo notan.
Se quedaron un rato más en el agua, hasta que el frío empezó a resultar menos euforizante y más insoportable.
Salieron casi a la vez, temblando, para tumbarse en la roca plana más grande, todavía tibia del sol de la mañana, con los brazos y las piernas extendidos como dos estrellas de mar varadas.
El calor de la piedra, subiendo poco a poco a través de la piel empapada, resultó ser una de las sensaciones más placenteras que Hugo recordaba en mucho tiempo, un contraste tan completo con el frío reciente que el cuerpo entero parecía agradecerlo con un escalofrío de puro placer.
—Gracias —dijo Leo, al cabo de un rato, con los ojos cerrados contra el sol y la voz mucho más baja de lo habitual en él—. En serio. No tenías por qué ayudarme con esto.
—Claro que sí.
—No, digo... —Leo abrió un ojo, mirándolo de reojo con una seriedad poco frecuente—. Podrías no haberte molestado. O haberme dicho que me buscara la vida yo solo. Y en cambio llevas toda la mañana intentando que las cosas me salgan bien con otra persona. Eso es raro. Bonito, pero raro.
Hugo se quedó mirando el cielo, sintiendo cómo el sol le secaba poco a poco el agua de la piel, y pensó, sin decirlo en voz alta, que probablemente tenía razón, que había algo objetivamente extraño en pasarse la mañana entera pensando en la felicidad ajena con las mismas manos que, la noche anterior, se habían despertado abrazadas a la persona equivocada.
Pero no le pareció que mereciera la pena explicárselo. No todavía. Quizás nunca.
—No tengo nada que perder —dijo, en cambio, encogiéndose de hombros contra la piedra caliente—. Y además, así tengo yo también algo que hacer esta noche en el chiringuito: vigilar de lejos cómo te sale todo y reírme un rato si metes la pata.
—Muchas gracias por el apoyo.
—De nada. Para eso estoy.
Se quedaron así, tumbados al sol, con el arroyo corriendo a su lado y el pinar entero llenándose poco a poco del calor denso de la mañana, hasta que el hambre —y la promesa de comida esperando en casa— los obligó, de mala gana, a levantarse.