Capítulo 10
L a mañana entró en la casa mucho antes de que nadie estuviera preparado para recibirla como merecía: un vapor fino se levantaba todavía de la hierba del jardín, atrapando la luz oblicua del sol entre los pinos en columnas casi sólidas, y el aire, al abrir la puerta del porche, olía a tierra mojada de rocío y a algo resinoso y verde que Hugo, criado entre el asfalto y los geranios de un balcón de Granada, no sabía nombrar con precisión pero que le llenaba el pecho de una manera casi física.
Mateo y Adrián seguían todavía en la cocina, enfrascados en una discusión moderada sobre si el café de la cafetera italiana de la casa —vieja, abollada por un lado, con un asa que se calentaba más de la cuenta— estaba mejor o peor que el suyo de Granada.
Leo, que había sido el último en despertarse, estaba sentado en los escalones del porche con una taza entre las manos, mirando hacia el camino de entrada con esa atención algo excesiva de quien espera algo sin querer reconocer del todo que lo está esperando.
—¿Todavía no hay noticias? —preguntó Hugo, sentándose a su lado con su propia taza, notando el frescor de la madera del escalón a través del pantalón del pijama.
—Dijo que vendría esta mañana a por sus cosas, antes de irse con sus amigos a hacer lo del parapente —Leo dio un sorbo demasiado grande, se quemó la lengua, y disimuló la mueca con una rapidez que no engañó a nadie—. Todavía es pronto.
Lo era, en efecto, y sin embargo Hugo notó que Leo llevaba ya más de media hora sentado en el mismo escalón exacto, con la misma taza que hacía rato debía de estar fría, y que cada vez que un pájaro se movía entre los pinos con suficiente ruido como para confundirse con un motor lejano, algo en su postura se tensaba antes de volver a relajarse con un suspiro casi imperceptible.
El coche de Sergio apareció al fin poco después de las diez, levantando una nube fina de polvo por el camino de tierra, y Leo se puso en pie con una brusquedad que hizo que la taza, todavía medio llena, estuviera a punto de volcarse.
—¡Ya está aquí! —anunció, a todo volumen, hacia el interior de la casa, con un entusiasmo tan desmedido que Mateo, asomándose desde la cocina con la cafetera todavía en la mano, intercambió con Hugo una mirada rápida y elocuente.
Sergio bajó del coche con el pelo todavía húmedo de una ducha reciente, vestido con una ropa deportiva que a Hugo le pareció, contra su voluntad, absurdamente favorecedora —unos pantalones cortos técnicos que dejaban ver unas piernas bronceadas y firmes, una camiseta ceñida de un material que brillaba discretamente al sol, todo el conjunto con ese aire de catálogo deportivo que Sergio parecía llevar sin ningún esfuerzo consciente— y con la sonrisa fácil de siempre, la que no distinguía entre saludar a un amigo de toda la vida o a alguien que acababa de conocer la noche anterior.
—¡Buenos días, gente! —dijo mientras subía los escalones del porche de dos en dos.
Le dio a Leo una palmada amistosa en el hombro que a Hugo, observándolo todo desde su asiento, le pareció el tipo de gesto que Leo llevaba toda la mañana esperando y que, sin embargo, en cuanto llegó, no bastó ni de lejos para satisfacer—.
Perdonad el numerito de ayer, ¿eh? Al final la noche se alargó más de la cuenta.
—No pasa nada —dijo Leo, con una rapidez que delataba lo mucho que había ensayado la frase—. ¿Qué tal la casa de tus amigos?
—Una pasada. Tienen una piscina infinita que da directamente al valle, no veas las vistas.
Y esta tarde nos vamos a tirar en parapente desde el mirador ese que hay por encima del pantano.
—Sergio se sentó en el escalón de abajo, sin ninguna prisa, mientras se ataba mejor uno de los cordones—.
Llevo queriendo hacerlo desde que era pequeño, la verdad.
Miedo un poco sí que tengo, pero miedo del bueno.
—Yo he hecho parapente —dijo Leo, con una naturalidad que Hugo reconoció enseguida como el preludio de algo que no iba a terminar bien—. Bueno. No exactamente parapente. Más bien salto base.
Sergio se rio, dando por hecho que aquello era una broma, y Hugo, observando la cara de Leo en el segundo exacto en que comprendía que su comentario no había servido para nada de lo que había esperado que sirviera, sintió una punzada de compasión tan aguda que estuvo a punto de intervenir solo para rellenar el silencio.
—En fin —dijo Sergio, levantándose de nuevo con esa energía inagotable suya—, voy a subir un momento a por mis cosas, que las dejé todas tiradas por ahí ayer. Y luego, nada, para allá otra vez.
Subió y Leo se quedó de pie en el porche, mirando la puerta por la que acababa de desaparecer con una expresión que intentaba, sin conseguirlo del todo, parecer despreocupada.
—Podrías acompañarlo —sugirió Hugo, con la mayor delicadeza de la que fue capaz—. Ayudarle a buscar sus cosas, o yo qué sé.
—¿Tú crees?
—Yo creo que no pierdes nada.
Leo subió también, dos escalones a la vez, con un entusiasmo que a Hugo, quedándose solo en el porche con las dos tazas frías, le costó no encontrar entrañable incluso a pesar de que no estaba seguro de cómo terminaría aquello.
Se levantó él también, más despacio, y se metió en la cocina, donde Mateo seguía trasteando con la cafetera.
—¿Los dejamos solos ahí arriba? —preguntó Mateo, en voz baja, con una mueca cómplice.
—Es lo mínimo que puedo hacer —Hugo se sirvió el resto del café frío, indiferente a que ya no estuviera caliente—. Si Leo tiene alguna oportunidad de que le invite a algo, no va a ser conmigo delante mirando.
Arriba, sin embargo, no ocurrió nada de lo que Leo llevaba toda la mañana esperando que ocurriera.
En aquel dormitorio tan hermoso donde no había dormido nadie la noche anterior, Sergio recogió sus cosas —una bolsa de deporte, un neceser, una camiseta que había quedado colgada del respaldo de una silla— con la misma tranquilidad despreocupada de siempre, charlando sobre cualquier cosa: que el agua de la piscina infinita de sus amigos estaba fría de más, que uno de ellos tenía un perro que se había comido media zapatilla la noche anterior, que el parapente lo gestionaba una empresa que sus amigos ya conocían de otros años y que, según decían, era de fiar.
Leo escuchaba cada palabra con una atención tan completa que a cualquier otro le habría resultado excesiva, y de vez en cuando dejaba caer un comentario —«a mí también me gustaría probar eso alguna vez», «parece que tus amigos saben vivir bien»— con la esperanza apenas disimulada de que Sergio recogiera el guante y dijera, sin más, «pues vente».
Sergio no llegó a decirlo. No porque no le cayera bien Leo —de hecho, en algún momento, mientras doblaba una camiseta con más cuidado del necesario, comentó, con total sinceridad, que le parecía «un tío la mar de majo, muy fácil de tratar»—, sino porque no se le ocurrió: el plan ya estaba cerrado desde hacía días, con gente que Leo no conocía, en una casa a la que Leo no había sido invitado, y a Sergio, que vivía instalado en el presente con una comodidad que no dejaba mucho espacio para calcular las expectativas ajenas, ni se le pasó por la cabeza que aquello pudiera ser un problema para nadie.
—Bueno —dijo, ya con la bolsa colgada al hombro, echando un último vistazo a la habitación para comprobar que no se dejaba nada—, me tengo que ir yendo, que habíamos quedado a las doce y conociéndolos seguro que al final salimos tarde de todos modos.
Bajaron juntos y en el porche, donde Hugo y Mateo fingían con poco éxito no haber estado esperando el desenlace, Sergio se detuvo un momento, con una expresión de disculpa que le duró exactamente lo que tardó en encontrar una solución que le pareciera razonable.
—Oye, y lo de la barbacoa de hoy, que os debía...
—dijo rascándose la nuca, calculando—. Es que entre el parapente y que luego seguro que se nos hace tarde otra vez, no sé si voy a llegar a tiempo de nada que se pueda cocinar.
Pero mirad, hay un chiringuito abajo, en el pantano, ¿no?
Me lo comentó uno de mis amigos. ¿Qué tal si en vez de la barbacoa quedamos allí esta noche, y así de paso los conocéis?
—Es una buena idea —dijo Hugo, antes de que a Leo le diera tiempo a decir nada, con una rapidez que pretendía sonar despreocupada y que probablemente no engañó a nadie salvo, quizás, al propio Sergio.
—Perfecto. Pues luego nos vemos por allí —le dio a Leo otra palmada en el hombro, la misma fuerza exacta que con la que lo había saludado y bajó los escalones del porche de dos en dos hacia el coche—. ¡Un placer, tío, en serio!
Se marchó levantando otra vez esa nube de polvo fina y el ruido del motor se fue apagando por el camino de tierra hasta desaparecer del todo entre los pinos, dejando detrás un silencio que a Hugo le pareció, esta vez, mucho más pesado que el de la noche anterior, precisamente porque no venía después de una decepción brusca, sino después de una serie entera de pequeñas esperanzas que se habían ido apagando una por una, sin ningún golpe seco al que poder echarle la culpa.
—Bueno —dijo Leo, sentándose de nuevo en el escalón, con la taza fría todavía entre las manos—. Esta noche, chiringuito.
—Esta noche, chiringuito —repitió Hugo, sentándose a su lado, y por un momento ninguno de los dos dijo nada más, dejando que el sol, ya alto del todo, les calentara la cara mientras el vapor de la hierba terminaba de desaparecer del jardín entero.