Novios con chip Capítulo 9
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Capítulo 9

H ugo se despertó envuelto en un calor tan completo y tan poco familiar que tardó varios segundos en entender de dónde procedía, y varios más en decidir qué hacer al respecto.

Leo lo tenía abrazado por detrás, con un brazo entero cruzándole el pecho y la respiración lenta y regular deshaciéndose contra su nuca, en la misma postura exacta —relajada, absoluta, sin ninguna tensión— con la que uno se aferra durante la noche a una almohada o a un peluche de la infancia, sin que medie ninguna intención en ello más allá de la comodidad pura.

La luz que entraba por la ventana pequeña ya no era la de la noche anterior, plateada y fría; era una luz nueva, dorada y todavía tibia, del tipo que anuncia que la primavera, en algún momento de las últimas semanas sin que nadie se diera cuenta del todo, ha empezado a deslizarse hacia el verano.

Se quedó quieto más de lo estrictamente necesario, dejando que aquel calor le calara hasta los huesos con una sensación de bienestar tan completa que casi le dio vergüenza sentirla.

Y fue esa sensación la que le hizo detenerse a pensar, con una lucidez poco habitual en él a esas horas de la mañana, en lo que en realidad estaba sintiendo: que para Leo, aquel abrazo no significaba, con toda probabilidad, nada más de lo que significaba compartir una taza de manzanilla a las dos de la madrugada; un gesto de cariño sencillo, sin ninguna intención subyacente.

Y que para él, en cambio, sí que la tenía, aunque no supiera todavía ponerle nombre exacto ni tamaño, y que aquella diferencia —por pequeña, por unilateral, por completamente injusta que fuera con los dos— le hacía sentirse, de alguna manera confusa, un poco tramposo.

No, se dijo, con una firmeza que le sorprendió a él mismo.

Esta vez no. Llevaba media vida entera inventándose historias enteras a partir de gestos que no significaban nada, construyendo castillos completos sobre comentarios sueltos, sonrisas ambiguas, un roce de manos que probablemente no había sido más que eso, un roce de manos, y siempre —siempre— el castillo se le caía encima antes de que terminara de construirlo.

No iba a hacerlo con Leo. No podía hacerlo con Leo, primero porque era, con toda evidencia, la persona equivocada para intentarlo, y segundo porque, aunque no lo fuera, Hugo había decidido, en algún momento de aquella noche sin darse ni cuenta de estar decidiéndolo, que aquella amistad —fuera lo que fuera, durara lo que durara— no merecía que él le adjudicara ninguna etiqueta que no le correspondiera.

Se escabulló del abrazo con el cuidado de un cirujano, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que Leo emitía el más mínimo sonido, hasta que consiguió sacar primero un brazo, después una pierna, y finalmente el cuerpo entero, dejando tras de sí un hueco en el colchón que Leo, todavía dormido, llenó de inmediato con un movimiento instintivo, como si el propio cuerpo protestara por la ausencia sin que la mente llegara a enterarse.

Se vistió en la penumbra, recogiendo la ropa del suelo con torpeza silenciosa, y salió al rellano cerrando la puerta con una lentitud exagerada, como si el chasquido del pestillo pudiera despertar a la casa entera.

Abajo, la luz era todavía más generosa. Se colaba por todas las ventanas del piso bajo con esa insistencia de las mañanas de mayo que ya no se conforman con anunciar el día, sino que quieren demostrarlo.

Cuando Hugo llegó a la cocina descubrió que había un rincón que la noche anterior, en la oscuridad y las prisas, había pasado desapercibido: un pequeño espacio acristalado, adosado a la cocina como un invernadero diminuto, con una mesa de mimbre y dos sillas desparejadas, orientado hacia donde el sol de la mañana entraba de lleno, calentando ya el aire encerrado hasta convertirlo en algo denso y agradable, casi líquido.

Mateo estaba allí, con una taza de café entre las manos y el pelo todavía revuelto de la almohada, mirando hacia fuera —hacia un jardín que a esa luz parecía completamente distinto del que habían visto la noche anterior, con la lavanda brillando de rocío y, más allá de la valla, una franja de sierra ya iluminada de un verde casi eléctrico— con la expresión de llevar un rato despierto pensando en algo que no tenía ninguna prisa por compartir.

—Hay café hecho —dijo, sin volverse del todo, señalando la cafetera con la barbilla—. Y este rincón es, oficialmente, el mejor sitio de toda la casa. Lo he decidido yo solo, sin consultar a nadie, así que no hay negociación posible.

Hugo se sirvió una taza y se sentó en la silla vacía, notando en la cara el calor del sol a través del cristal, un calor todavía suave, sin la agresividad que tendría dentro de un par de meses.

Por un momento los dos se quedaron así, en silencio, dejando que el tiempo avanzara sin necesidad de palabras, hasta que Mateo, con la vista todavía fija en el jardín, retomó la conversación desde un sitio que Hugo no esperaba.

—Oye. Lo de anoche —empezó Mateo, frotándose la nuca, buscando cómo decir algo que llevaba dándole vueltas desde la noche anterior—. Cuando Leo pensó que Sergio era la cita que le habíamos buscado. Debería haber dicho algo en el momento y no lo hice.

—¿El qué?

—Pues eso, aclararlo. «Leo, no es él, es este de aquí detrás, el que tiene cara de no haber dormido y de no saber muy bien dónde está.

» —Se rio, un poco avergonzado de sí mismo—.

Es que no se me ocurría ninguna manera de decirlo que no sonara fatal delante de todos, así que me quedé callado.

Y Adrián tampoco dijo nada. Y entre los dos dejamos que la cosa se liara sola.

—Mateo —Hugo dio un sorbo al café, dejando que el silencio se asentara un momento antes de continuar, y cuando habló, lo hizo con una tranquilidad que ni él mismo reconocía del todo—.

No pasa nada, de verdad. Hay cosas que no van a pasar y en algún momento hay que dejar de darles vueltas y aceptarlo.

Sergio es majísimo. Y no va a pasar nada más entre nosotros que lo que ya hay, que es bastante poco. Ya está. No hace falta arreglarlo.

Mateo se giró por fin del todo, con las cejas ligeramente alzadas, en un gesto que en cualquier otra persona habría sido de sorpresa moderada y que en él, que conocía a Hugo desde los diez años, era ya casi de alarma.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi mejor amigo?

—Muy gracioso.

—No, en serio, esto no es propio de ti. Tú, ante una decepción como esta, sueles necesitar como mínimo tres días de duelo, un resumen exhaustivo de todo lo que salió mal, y una teoría completa sobre qué es lo que tienen todos esos hombres en común para que nunca te hagan caso.

Esto de «ya está, no hace falta arreglarlo» es nuevo. Me da hasta un poco de miedo.

Hugo se encogió de hombros, sin mucha convicción, y miró hacia fuera, hacia la sierra que se iba iluminando poco a poco de un dorado que prometía, sin ninguna ambigüedad, que el verano ya no andaba tan lejos.

—Puede que esté cambiando. O puede que ya no tenga edad para gastar tanta energía en hombres que no lo merecen —dio otro sorbo al café y añadió, con un tono que quiso que sonara casual y que no lo consiguió del todo—.

Además, tengo otras cosas en la cabeza. Por ejemplo, ¿tú sabías que Sergio se cree a pies juntillas todo lo que dice un pódcast de dos tíos hablando desde su salón?

—¿Lo de las máquinas?

—Lo de las máquinas. Se ha hecho un test de frecuencias por internet para comprobar que es humano, Mateo. Voluntariamente. Anoche, antes de venir.

Mateo se rio, con una risa breve que se le cortó a media respiración, como si algo en la propia frase le hubiera recordado algo que prefería no recordar tan pronto por la mañana.

—No es solo Sergio, ¿eh? Llevo días viendo eso en todas partes.

Mi peluquera me lo comentó el otro día como si fuera la noticia del siglo —Mateo hizo una pausa, girando la taza entre las manos, y cuando siguió hablando, lo hizo más despacio, con menos ligereza—.

Lo curioso es que la parte de los famosos acusados de ser androides y las youtubers sangrando en directo, obviamente, es una tontería como una casa.

Pero hay otra parte de todo esto de la que se habla mucho menos y que a mí, no sé, me ha hecho pensar.

—¿Qué parte?

—Pues que hay economistas —gente seria, no locos de pódcast de garaje— diciendo que hay patrones raros en cosas mucho más aburridas que los androides.

Acuerdos comerciales que llevaban bloqueados diez años, firmándose de golpe, el mismo mes, entre países que antes ni se hablaban.

Tratados de repente. Cooperación internacional en cosas que llevaban una década estancadas.

Uno de esos análisis decía que, estadísticamente, la probabilidad de que tantas cosas cambiaran a la vez, sin ninguna causa política visible, es más baja de lo que cualquiera esperaría si fuera pura casualidad.

Como si alguien, en algún sitio, estuviera empujando muy despacio en la misma dirección, sin que nadie se diera cuenta del todo.

—Eso suena todavía más a teoría de la conspiración que lo de los androides, la verdad.

—Ya lo sé —Mateo se rio de nuevo, esta vez con más soltura, sacudiendo la cabeza como quien se quita de encima un pensamiento incómodo—.

Es una tontería. Seguramente hay una explicación aburridísima detrás, algo de economía global que ni tú ni yo entendemos, y en un mes nadie se acordará de nada de esto, como ha pasado con tantas noticias virales.

Pero bueno. Ahí queda el dato, por si alguna vez te aburres.

Se quedaron un momento en silencio, con el sol subiendo un poco más y el vaho del café deshaciéndose despacio en el aire quieto del pequeño invernadero.

Hugo, que llevaba toda la conversación observando a Mateo con la atención discreta de quien lleva media vida entera aprendiendo a leer las grietas diminutas de otra persona, decidió, por fin, hacer la pregunta que llevaba esperando desde que había bajado.

—¿Y tú? ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Mateo.

—Estoy bien, en serio.

Hugo no insistió, no porque se lo creyera del todo, sino porque sabía, por experiencia de veinte años, que insistir nunca servía de nada con Mateo: cuando algo le preocupaba de verdad, lo escondía con una serenidad tan perfecta y tan bien fingida que resultaba casi imposible encontrarle una grieta por la que colarse.

Hugo sabía, además, que aquello era mucho más preocupante que cualquiera de sus propios desastres sentimentales.

A él, las grandes tragedias se le pasaban en cuestión de días, arrastradas por la siguiente ilusión, la siguiente decepción, el siguiente ciclo completo de esperanza y desolación.

A Mateo, en cambio, cuando algo le dolía de verdad, le duraba, escondido debajo de aquella calma impecable, mucho más tiempo del que nadie sospecharía nunca mirándolo desde fuera.

—Vale —dijo, en cambio, dejando que el tema se disolviera en el aire caliente del invernadero, tal como Mateo claramente prefería—. Pero si en algún momento dejas de estarlo, ya sabes dónde encontrarme.

Mateo le sonrió, un poco por encima de la taza, con algo parecido al alivio.

—Lo sé.