Novios con chip Capítulo 8
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Capítulo 8

H ugo llevaba mirando la misma grieta del techo —una línea fina que se bifurcaba justo encima de la segunda cama, como un río visto desde muy arriba— durante lo que le parecían horas, aunque el móvil, cuando por fin se rindió y lo consultó, confirmó que solo habían pasado cuarenta minutos desde que se había tumbado.

El dormitorio estaba a oscuras salvo por la luna, que entraba en una franja estrecha por la ventana pequeña y dibujaba un rectángulo pálido justo sobre las dos camas, tan cerca la una de la otra que, si estirara el brazo del todo, podría haber tocado el hombro de Leo sin apenas moverse.

Leo dormía —o lo que quiera que hiciera cuando cerraba los ojos, porque Hugo no tenía ninguna certeza real sobre si estaba dormido— bocarriba, inmóvil, con una respiración tan regular y silenciosa que en cualquier otra persona habría resultado inquietante y en él encajaba con todo lo demás.

El problema no era Leo. El problema era que Hugo llevaba una siesta entera de más metida en el cuerpo, cortesía del coche de Sergio, y su organismo, ajeno por completo a lo tarde que era o a lo que dictaba el sentido común, se negaba en redondo a quedarse dormido.

Aguantó otros veinte minutos contemplando la grieta en el techo antes de rendirse del todo.

Se levantó con todo el cuidado del mundo, sorteando la maleta de Leo que ocupaba media habitación con la generosidad territorial de alguien que no había medido bien el espacio disponible antes de instalarse, y salió al rellano descalzo, notando el frío de la madera bajo los pies.

La casa, de noche, se quedaba en un silencio más denso que de día, roto solo por algún crujido ocasional en el que Hugo prefirió no pensar demasiado.

Bajó la escalera —evitando por pura superstición recién adquirida el escalón que crujía siempre— hasta la cocina, donde encendió la luz pequeña de encima de la encimera, la que daba justo lo necesario para no tropezar sin despertar a nadie.

Encontró una caja de manzanilla en uno de los armarios de la alacena, entre los tarros de los dueños, y puso a calentar agua en un cazo, porque no encontró ningún hervidor eléctrico y le pareció, de todos modos, que el ritual completo —el gas que se encendió con un chasquido, el agua que tardaba en hervir, el vapor que empezó a subir despacio— era mucho más apropiado para las dos de la madrugada que cualquier atajo tecnológico.

—¿No puedes dormir?

Hugo dio un pequeño respingo, aunque no tanto como debería haber dado, porque una parte de él, sospechó después, ya llevaba esperando aquella voz desde que había salido de la habitación.

Leo estaba en el umbral de la cocina, descalzo también, con el pelo revuelto de una manera que no encajaba con lo inmóvil que había estado hacía diez minutos, y una camiseta que le quedaba lo bastante ajustada como para que Hugo tuviera que hacer un esfuerzo consciente por mantener la vista en un punto neutro de la pared.

—Dormí demasiado en el coche. Ahora lo estoy pagando.

—Yo no necesito dormir demasiado —dijo Leo, entrando en la cocina y sentándose directamente sobre la encimera, junto al cazo, con una naturalidad que sugería que aquel era el sitio donde debía sentarse alguien a esas horas—.

Pero me gusta hacerlo. Me parece un desperdicio no aprovecharlo cuando puedo.

—Eso es lo más raro que he escuchado nunca sobre dormir.

—Tengo un listado entero de cosas raras, si quieres que sigamos.

El agua empezó a hervir con un burbujeo suave y Hugo sirvió dos tazas, una para él y otra —sin preguntar, con la misma seguridad instintiva con la que Leo se había sentado sobre la encimera— para Leo, que la aceptó con las dos manos como si le hubieran entregado algo mucho más valioso que una infusión de manzanilla en una taza desportillada con un dibujo desvaído de gallinas.

—¿Sabes qué es esto? —dijo Leo, sosteniendo la taza contra el pecho, con los ojos brillándole en la penumbra de la cocina—. Esto. Ahora mismo. Es justo lo que había imaginado.

—¿El qué?

—Esto de levantarse por la noche y encontrarse a alguien en la cocina, y hablar de cualquier cosa sin que importe la hora, y tomar algo caliente mientras fuera todo está oscuro y en silencio.

En las películas pasa constantemente. Alguien no puede dormir, baja a la cocina, y siempre, siempre, hay otra persona despierta también, esperando, casi, a que aparezca —Leo dio un sorbo, hizo una mueca ante lo caliente que todavía estaba, y sonrió de todos modos—.

Llevaba mucho tiempo con ganas de que me pasara algo parecido.

Hugo se apoyó en la encimera de enfrente, con la taza calentándole las manos, y miró a Leo un momento —sentado ahí, con las piernas colgando, con esa mezcla tan suya de fuerza descomunal y entusiasmo casi infantil, como un cachorro gigante que no supiera todavía cuánto ocupaba— y notó un alivio que no había sentido desde que había cruzado la puerta de la casa esa misma tarde y había visto a Leo estrecharle la mano a Sergio con aquella sonrisa deslumbrante.

—¿Y bien? —preguntó, con más suavidad de la que pretendía—. ¿Está saliendo como esperabas?

—Mejor —afirmó Leo sin ningún titubeo—. Mucho mejor, la verdad.

No añadió nada más y Hugo tampoco preguntó, porque una parte de él, la parte más cansada y la más honesta a la vez, prefirió no pensar demasiado en por qué aquella respuesta tan simple le había conmovido más de lo que tenía sentido para una conversación sobre manzanilla a las dos y pico de la madrugada.

Volvieron a subir un rato después, con la casa todavía dormida a su alrededor, y Hugo se metió en su cama convencido de que por fin el sueño llegaría sin más obstáculos.

Duró, en efecto, poco más de diez minutos, hasta que se dio cuenta de que el problema ya no era el cansancio residual del coche, sino el frío: la manta que había encontrado en el armario era más decorativa que funcional, fina y algo apolillada por una esquina, y la noche, tan clara que se veían las estrellas enteras a través del cristal, se había vuelto de una temperatura mucho más seria de lo que Hugo había calculado al meterse en la cama en camiseta de manga corta.

Se quedó un rato tiritando en silencio, debatiéndose entre levantarse a buscar otra manta —lo cual implicaba, casi con toda seguridad, despertar a media casa rebuscando en armarios ajenos— o aguantar hasta que el cuerpo se acostumbrara, cuando notó, en la oscuridad, que la cama de al lado crujía.

—Tienes frío —dijo Leo. No era una pregunta.

—Un poco.

—Se te oye castañetear los dientes desde aquí.

—No es verdad.

—Sí lo es.

Hubo un roce de sábanas, un movimiento decidido, y antes de que Hugo pudiera preguntar qué estaba pasando, Leo ya se había levantado de su propia cama, había cruzado el estrecho espacio entre las dos y se había metido bajo la manta fina de Hugo con la misma naturalidad con la que se había sentado antes sobre la encimera, sin pedir permiso, sin dudarlo un segundo, como si aquello no requiriera ninguna deliberación previa.

—Leo, ¿qué haces?

—Darte calor. Es lo que se hace cuando alguien tiene frío y cerca hay alguien que no lo tiene.

Le pasó un brazo por encima, atrayéndolo contra sí con una fuerza tranquila que no dejaba ningún margen de resistencia real y Hugo, tenso al principio, sintió cómo aquel calor —real, sólido, nada metafórico— empezaba a filtrarse a través de la tela fina de la camiseta, deshaciendo el frío en cuestión de segundos de una manera que ninguna manta del mundo habría conseguido.

—Esto es raro —dijo Hugo, aunque no hizo ningún esfuerzo por apartarse.

—¿Por qué?

—Porque no es lo que se hace. Con un amigo, digo. No es que yo tenga mucha experiencia abrazando a gente en la cama, pero me da la sensación de que no es lo habitual.

Leo se quedó pensando un momento, con la barbilla apoyada muy cerca de la coronilla de Hugo. Cuando contestó, lo hizo con esa misma sinceridad desarmante de antes, sin ninguna carga añadida.

—Nunca lo he hecho con nadie que fuera solo un amigo, tienes razón. Tampoco lo he hecho nunca con Adrián.

—¿En serio?

—En serio. Pero no porque no pudiéramos o porque hubiera algo raro en ello.

Es que nunca ha hecho falta. Adrián nunca ha tenido frío conmigo delante o si lo ha tenido, no me he dado cuenta.

—Hugo notó, más que vio, que Leo se encogía un poco de hombros, un gesto casi imperceptible bajo la manta—. Contigo sí me he dado cuenta.

A Hugo no se le ocurrió ninguna respuesta, en parte porque el calor y el cansancio y el peso tranquilo del brazo de Leo sobre su costado empezaban a surtir efecto, tirando de él hacia un sueño profundo.

Fue lo último que pensó con claridad antes de dormirse del todo: que había algo profundamente sencillo, casi vergonzosamente sencillo, en que lo único que había hecho falta para sentirse a salvo por primera vez en todo el fin de semana fuera que alguien quisiera evitar que pasara frío.

Se durmió sin darse cuenta del todo del momento exacto en que ocurrió, con la respiración de Leo acompasándose despacio a la suya. No volvió a despertarse hasta que la luz de la mañana, mucho más amable que la de la noche anterior, empezó a colarse por la ventana pequeña.