Novios con chip Capítulo 7
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Capítulo 7

E l silencio que se instaló en la cocina en cuanto Hugo desapareció escaleras arriba era distinto de los silencios normales entre Mateo y Adrián, esos que llevaban años perfeccionando hasta convertirlos en una forma más de estar juntos sin necesidad de llenar el aire de palabras.

Este era más denso. Mateo lo notó mientras aclaraba el último plato bajo el grifo y se lo pasaba a Adrián, que lo secaba con un trapo de cuadros que olía todavía a la lavanda del jardín de fuera.

—Esta cocina debe de tener mejor luz que la nuestra —dijo Adrián, al cabo de un rato, colocando el plato en el armario con ese cuidado casi excesivo que ponía en todo—. Por las mañanas, digo. Con el sol entrando así, de lado.

—Es de alquiler, Adrián. No la vamos a comprar.

Sonó más seco de lo que pretendía, pero solo se dio cuenta cuando la frase se quedó flotando entre los dos con un peso que no le correspondía a una simple observación sobre la luz de una cocina ajena.

Adrián no contestó enseguida. Siguió secando el siguiente plato, con la misma calma de siempre, aunque Mateo, que llevaba dos años entero aprendiendo a leer los silencios de Adrián con la misma atención con la que otros leen el lenguaje corporal, notó algo que se tensaba, apenas, en la línea de sus hombros.

—Solo estaba comentando la luz.

—Ya lo sé —Mateo cerró el grifo, se secó las manos en el propio trapo que Adrián sostenía, sin pedir permiso, un gesto tan automático entre ellos que ninguno de los dos le prestó atención—. Perdona. Estoy cansado, nada más.

—No tienes que disculparte por estar cansado.

—Ya —Mateo se apoyó en la encimera, mirando por la ventana hacia la oscuridad completa del jardín, donde apenas se distinguía la silueta del manzano solitario recortada contra un cielo cargado de estrellas que en Granada jamás se veían así—.

Es que llevamos toda la semana con lo mismo y este fin de semana se suponía que era para desconectar.

No para seguir la conversación en otro salón distinto.

—No estaba retomando la conversación.

—Lo sé —dijo y era verdad, casi del todo, lo cual no hacía que la sensación en el estómago de Mateo fuera menos real: la certeza incómoda de que, aunque Adrián no hubiera querido decir nada más que «qué bonita es esta luz», la frase había caído sobre un terreno ya tan removido que cualquier cosa germinaba ahí, quisiera o no quisiera plantarla nadie—.

Vamos a dejarlo, ¿vale? Solo por esta noche.

Adrián asintió, y colgó el trapo de un gancho junto al fregadero con un gesto final, definitivo, como quien cierra una puerta con mucho más cuidado del necesario precisamente porque le gustaría dar un portazo.

Se quedaron así un momento, cada uno a un lado de la cocina, fingiendo los dos con bastante más esfuerzo del habitual que aquello no había sido nada, hasta que Adrián apagó la luz y salió sin decir nada hacia el salón y Mateo, un poco después, lo siguió.

Se sentaron en el sofá, cada uno en un extremo, con el mismo cuidado silencioso con el que se habían movido por la cocina, hasta que un ruido en la escalera —pasos rápidos, dos voces superpuestas, una risa que solo podía ser de Leo— los devolvió de golpe al resto de la casa.

—¡Sorpresa! —anunció Leo, apareciendo en el último escalón con Hugo un paso por detrás, y algo en la cara de Mateo debió de delatarlo, porque Leo se detuvo a media frase, mirándolos a los dos con una suspicacia repentina—. ¿Interrumpo algo?

—Nada —dijeron Mateo y Adrián casi a la vez, con una sincronía tan perfecta que resultó, sin proponérselo, todavía más sospechosa.

Leo entrecerró los ojos, decidió aparentemente que no merecía la pena investigar más y empezó a silbar algo que ninguno de los dos reconoció, seguido de Hugo, cuya reaparición allí abajo —después de haberse despedido hacía menos de media hora con toda la solemnidad de quien se retira a dormir— hizo que Mateo se incorporara un poco en el sofá, sorprendido.

—¿No te habías ido a la cama?

—Es una larga historia —dijo Hugo, dejándose caer en el sofá con el aire de quien acaba de librar una batalla y ha perdido con dignidad—. La versión corta es que al final compartimos el cuarto pequeño.

—¿Los dos? ¿En esas dos camas diminutas que parecen sacadas de un albergue juvenil?

—Cabemos —afirmó Leo, con una confianza que no se correspondía en absoluto con lo que Mateo sabía del tamaño de aquella habitación, habiéndola visto de pasada esa misma tarde—. Más o menos.

Mateo miró a Adrián, que le devolvió la mirada con una ceja ligeramente alzada, ese gesto tan suyo que equivalía a una frase entera —«¿tú entiendes algo de esto?

»—, y ninguno de los dos dijo nada, aunque los dos, sin necesidad de palabras, archivaron aquella información para comentarla en privado en algún momento posterior, con el tono condescendiente y cariñoso que se reserva para las decisiones absurdas de la gente que uno quiere.

—Bueno —dijo Leo, ya con el mando de la tele en la mano, plantándose delante del televisor con la solemnidad de quien va a oficiar una ceremonia importante—, ahora que estamos todos, tengo algo que enseñaros.

Leo trasteó con el mando y con el cable HDMI de un portátil viejo que había encontrado enchufado detrás del televisor —«cortesía de la casa, como las cervezas», anunció, con la misma reverencia con la que hablaba de todo lo que consideraba un regalo del destino— durante casi cinco minutos, rechazando la ayuda de todo el mundo con un gesto autoritario de la mano, hasta que por fin consiguió que la pantalla, tras varios parpadeos, mostrara la carátula que llevaba toda la semana esperando ese momento.

—Se titula «El héroe y el terror» —anunció, plantado delante de la tele con las manos entrelazadas delante del pecho, como quien presenta a un invitado de honor—.

Es de mil novecientos ochenta y ocho. Apenas la recuerda nadie, no ganó ningún premio, no le gustó a la crítica, ni siquiera es de culto y precisamente por eso es perfecta.

Las cosas que le gustan a todo el mundo ya están contaminadas de lo que opinan los demás. Esta es solo mía.

—Qué manera más bonita de decir que es mala —dijo Hugo, ya acomodado en un extremo del sofá grande con las piernas recogidas.

—No es mala. Es honesta —Leo se sentó junto a él, ocupando de golpe la mitad del sofá con una naturalidad que no dejaba mucho margen de maniobra y le dio a Hugo un golpecito en la rodilla, muy serio—. Confía en mí.

Apagaron las luces y la habitación entera quedó bañada del resplandor azulado de la pantalla, con el fuego ya casi extinguido crepitando de vez en cuando en la chimenea como puntuación de fondo.

La película resultó ser exactamente lo que Leo había prometido: un detective de nombre imposible de recordar, un asesino con un apodo tan sobreactuado que costaba tomárselo en serio, peleas filmadas con una torpeza entrañable en la que se notaba, a cada plano, que nadie llevaba arnés ni efectos digitales de ningún tipo, y Leo, absolutamente entregado a cada minuto, narrando en voz baja lo que iba a pasar segundos antes de que pasara, con la satisfacción de quien la ha visto tantas veces que ya no la ve, sino que la recita de memoria junto a la pantalla.

—Ahora viene la mejor parte —susurró, a mitad de película, cuando la trama viró de repente hacia algo mucho más doméstico: el protagonista, ese hombre grande y curtido capaz de reducir a un asesino en serie con las manos desnudas, sentado en la sala de espera de un hospital, temblando de puro pánico ante la idea de que su pareja estuviera dando a luz al otro lado de la puerta.

Cuando por fin lo dejaron entrar, y el hombretón, ante la primera visión de su propio hijo recién nacido, se desplomó redondo al suelo como un saco vacío, Leo soltó una risa emocionada que no encajaba del todo con la solemnidad que había estado predicando durante toda la introducción y se llevó una mano al pecho, conmovido.

—¿Veis? —dijo, señalando la pantalla como si acabara de demostrar una teoría científica—.

Ese es el momento. El tío que puede con todo, con asesinos, con lo que sea, y lo único que lo tumba de verdad es algo tierno.

Eso es lo que debería significar ser fuerte.

No que nunca te dé miedo nada. Que te dé miedo lo de verdad importante, y aun así estés ahí, presente, aunque te tiemblen las piernas.

Mateo, medio recostado contra el brazo de Adrián, sonrió sin decir nada, pensando que aquella teoría, viniendo de quien venía, tenía mucha más profundidad de la que Leo probablemente le atribuía a sí mismo.

Y fue entonces, en ese instante exacto, cuando notó que Adrián no se había reído con el resto, ni siquiera había sonreído del todo; tenía la vista fija en la pantalla con una atención que no parecía dirigida a la torpeza entrañable de los efectos especiales, sino a algo más concreto.

—¿Estás bien? —le susurró Mateo, casi sin mover los labios, para no llamar la atención del resto.

—Sí —Adrián parpadeó, como si volviera de algún sitio lejano, y le buscó la mano por debajo de la manta que compartían, entrelazando los dedos con los suyos con una firmeza que a Mateo le pareció, sin saber bien por qué, un poco desesperada—. Es una buena película.

No dijo nada más, y Mateo decidió, por esa noche, que era mejor no insistir.

La película terminó pasada la medianoche, con Leo insistiendo en quedarse hasta los créditos completos «por respeto», y todos subieron ya medio dormidos, dándose las buenas noches en el rellano con esa torpeza cariñosa de la primera noche fuera de casa, hasta que la puerta del dormitorio grande se cerró detrás de Mateo y Adrián y la casa entera quedó, por fin, en silencio.

Mateo se durmió casi enseguida, agotado por el día entero, y no supo cuánto tiempo había pasado cuando lo despertó, a medias, la vibración corta y contenida de un teléfono contra la mesilla.

Entreabrió los ojos lo justo para ver a Adrián, ya sentado en el borde de la cama, mirando la pantalla iluminada con una quietud que no tenía nada de somnolienta, y luego, sin encender ninguna luz, levantarse y salir de la habitación con el teléfono ya pegado a la oreja y la puerta cerrándose, muy despacio, detrás de él.

Mateo se quedó mirando el techo en la oscuridad, escuchando el murmullo apagado de una conversación al otro lado de la puerta que no conseguía distinguir en palabras concretas, solo en el tono: bajo, contenido, sin ninguna de las inflexiones normales de una charla intrascendente.

Pasaron varios minutos. Cuando Adrián volvió a meterse en la cama, con mucho cuidado de no hacer ruido, Mateo cerró los ojos y fingió, con una facilidad que le sorprendió incluso a él mismo, que llevaba dormido todo ese tiempo.