Capítulo 6 #3
Hugo se pasó las manos por la cara, notando de pronto todo el cansancio del día entero encima, la siesta forzada en el coche, la cena, la sonrisa que llevaba puesta desde que había cruzado la puerta de la casa y que empezaba a pesarle en los músculos de la mandíbula como un esfuerzo físico real.
—Ya lo decidimos abajo. Fue idea mía y sigo pensando que tiene sentido, así que no hace falta que lo discutamos otra vez, ¿vale? Estoy bien aquí. De verdad.
Leo se quedó callado un momento, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirándolo con una atención que a Hugo, en su estado actual, le resultó bastante más incómoda que cualquier discusión.
—No parece que estés bien.
—Estoy cansado. Es distinto.
—Vale.
Leo no parecía nada convencido, pero tampoco insistió y Hugo se dio cuenta, demasiado tarde, de que aquel silencio no era una retirada sino un cambio de estrategia.
—Pues entonces yo tampoco duermo en la grande —añadió Leo—. Si tú te quedas aquí, yo también. Es lo justo.
—No hace falta que...
Pero Leo ya no estaba escuchando. Había desaparecido pasillo abajo con una decisión absoluta, y Hugo, todavía sentado en el borde de la cama, oyó el ruido de una puerta abriéndose al otro lado, algo pesado arrastrándose por el suelo de madera, y menos de un minuto después Leo reapareció en el umbral cargando una maleta enorme con una sola mano, como si no pesara nada, y una almohada bajo el otro brazo.
—Leo.
—¿Qué?
—Esto es ridículo.
—Un poco.
Entró de todos modos, sorteando la cama más cercana a la puerta con un cuidado que no se correspondía en absoluto con el tamaño de la maleta ni con el poco espacio disponible, y la dejó a los pies de la segunda cama, la que quedaba libre.
—Pero mira, así lo veo yo: si tú te sacrificas por una tontería, y yo dejo que te sacrifiques, entonces soy yo el que queda mal. Así que prefiero sacrificarme también. Es lógica pura.
—Eso no es lógica, eso es terquedad.
—Puede que sea las dos cosas.
Se sentó en el borde de la cama libre, que crujió bajo su peso con una queja audible, y empezó a sacar cosas de la maleta con una tranquilidad absoluta, como si aquello no fuera en absoluto una negociación fallida sino, sencillamente, el plan que había tenido desde el principio: una camiseta, un neceser, un libro con el lomo tan gastado que el título había desaparecido casi del todo.
—No vas a conseguir que cambie de opinión —dijo Hugo, aunque notaba, contra toda lógica, que algo en el pecho se le había relajado un poco desde que Leo había entrado por la puerta, como si el mero hecho de que alguien se empeñara tanto en no dejarlo solo tuviera un efecto real, medible, capaz de aligerar otras cosas.
—No lo hago para que cambies de opinión —dijo Leo levantando la vista, con una franqueza tan directa que resultaba casi desarmante—.
Bueno. Un poco sí. Pero sobre todo lo hago porque no me parece bien que duermas solo en un cuarto que ni siquiera te corresponde, la primera noche, mientras yo estoy al lado con toda la habitación para mí.
Así que si tú no te mueves, y yo tampoco me muevo, pues nos toca dormir aquí los dos. Problema resuelto.
—Eso no resuelve nada, eso es una doble rendición.
—A mí me parece una solución muy elegante.
A Hugo no se le ocurrió ninguna réplica, en parte porque llevaba ya varios segundos luchando contra un impulso inoportuno de reírse, el primero de toda la noche que le salía sin ningún esfuerzo detrás.
Leo, ajeno o indiferente a la batalla interna que estaba librando, terminó de colocar sus cosas sobre la segunda cama con una satisfacción absoluta, se tumbó encima de la colcha con los brazos cruzados detrás de la cabeza, ocupando el colchón entero de lado a lado de una manera que no dejaba ninguna duda sobre lo pequeña que era en realidad aquella cama para alguien de su tamaño, y se quedó mirando el techo con una sonrisa satisfecha, como quien acaba de ganar una discusión sin haber convencido a nadie de nada.
—Bueno —dijo, al cabo de un momento, incorporándose de golpe con la energía repentina de quien acaba de recordar algo importante—.
Ya que estamos aquí encerrados los dos como un par de idiotas, tengo una idea mucho mejor que quedarnos mirando las musarañas.
Abajo hay una tele, y yo tengo una película que tienes que ver.
Es una película sagrada. No puedes decirle que no a una película sagrada.
—Leo, son las once de la noche.
—Perfecto. Es justo la hora a la que hay que verla.
—No sé si me apetece bajar.
—Ya lo sé. Por eso te lo estoy pidiendo, no esperando a que te apetezca por tu cuenta.
Se levantó, le tendió una mano con una naturalidad que no dejaba mucho margen para el rechazo y Hugo, mirando aquella mano abierta y aquella sonrisa que no se había apagado ni un segundo en toda la noche, sintió que ya no le quedaban fuerzas, ni ganas, de seguir resistiéndose a nada.
—Venga. Confía en mí. Cuando termines de verla te habrás olvidado de por qué querías quedarte aquí arriba solo.
Hugo le cogió la mano, y bajó con él las escaleras, contando sin querer el escalón que crujía, hacia un salón donde el fuego seguía ardiendo, más bajo ya.