Novios con chip Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Hugo, que llevaba desde la puerta del salón calculando en silencio la geometría exacta de lo que acababa de escuchar, sintió que algo se le revolvía por dentro, una mezcla incómoda de vergüenza anticipada y de una lógica que le pareció, en aquel momento, irrefutable: no tenía ningún sentido que él ocupara un dormitorio con alguien que llevaba media hora entera con los ojos clavados en Sergio, ni que Sergio, que evidentemente era la otra mitad de aquella ecuación que se estaba formando delante de todos, durmiera solo al final del pasillo como una nota a pie de página.

—En realidad —dijo, antes de que alguien cambiara de tema—, a mí no me importa dormir en la pequeña. Me duermo en cualquier lado, en serio, podría dormir de pie si hiciera falta. Así Leo y Sergio se quedan con la buena.

Lo dijo todo del tirón, con una naturalidad que le costó horrores fingir, mirando un punto impreciso entre la chimenea y la ventana para no tener que sostenerle la vista a nadie mientras lo decía.

—¿Seguro? —preguntó Mateo, con las cejas un poco fruncidas, esa misma mirada de sospecha cariñosa que llevaba usando con Hugo desde que tenían diez años.

—Segurísimo.

—A mí me da igual una habitación que otra —dijo Sergio, ya cargando su propia bolsa escaleras arriba sin mayor ceremonia, ajeno por completo a que se acababa de tomar una decisión sobre él sin que él hubiera participado realmente en tomarla.

Leo no dijo nada, ocupado como estaba en recolocar, por tercera vez, una de las figuritas de la repisa que se empeñaba en no quedar bien centrada y Hugo se dijo que aquel silencio era, probablemente, la prueba definitiva de que había hecho lo correcto.

Se sentaron un rato en torno al fuego, con unas cervezas que Adrián había encontrado en la nevera —«cortesía de los dueños, hay una nota», explicó, enseñando un papel doblado con una letra pequeña y apretada—, y la conversación giró, sobre todo, en torno a Sergio, al que Leo seguía sometiendo a un interrogatorio tan entusiasta como poco disimulado: qué tipo de música le gustaba, si prefería el mar o la montaña, si alguna vez había hecho parapente.

Sergio contestaba a todo con esa tranquilidad suya de siempre, ajeno por completo a que lo estuvieran evaluando como posible pareja de vida.

—Oye —dijo, en algún momento, mirando el reloj—, mis amigos me han escrito. Al final están aquí cerca, en la casa de los que os contaba. Me voy a acercar un rato a saludarlos, que llevo semanas queriéndolo hacer. Vuelvo luego, no creo que tarde.

—¿Volverás para cenar? —preguntó Mateo, con un tono que pretendía sonar despreocupado y no lo consiguió del todo.

—Claro que sí, es solo un rato. Vuelvo antes de que os deis cuenta.

Se fue con las llaves del coche todavía calientes de la carretera y la casa, sin él, pareció encogerse un poco, como si le hubiera faltado una pieza que nadie sabía todavía que era necesaria.

Prepararon la cena entre los cuatro que quedaban, una tortilla enorme que Mateo insistió en hacer él solo, espantando a todo el mundo de la cocina con un trapo, y una ensalada que Leo troceó con un cuchillo demasiado grande y una concentración que no se correspondía en absoluto con la dificultad de la tarea.

Durante la primera media hora, Leo mantuvo una vigilancia discreta pero constante sobre su teléfono, apoyado bocarriba junto al plato, iluminándose de vez en cuando con alguna notificación que no era la que esperaba.

El primer mensaje de Sergio llegó cuando la tortilla ya estaba empezando a enfriarse.

Un poco liado, llevaba tiempo sin verlos jaja, en un rato vuelvo, no me esperéis a cenar

Leo leyó el mensaje dos veces, contestó algo breve pero entusiasta y comenzó a cenar con apetito, aunque Hugo, que llevaba toda la noche observándolo con esa atención particular que solo tienen quienes reconocen en otro una herida que ellos mismos conocen de memoria, notó que su tenedor se movía un poco más despacio que antes.

El segundo llegó cuando ya estaban recogiendo la mesa.

Nos hemos puesto a jugar a las cartas jaja se me ha hecho tarde, en cuanto acabe esta partida salgo

—No hay ninguna prisa —dijo Leo, en voz alta, a nadie en particular, guardando el teléfono en el bolsillo con un gesto que pretendía ser despreocupado.

El tercero llegó ya con el fuego casi consumido del todo, cuando Mateo estaba fregando los últimos platos y Adrián le pasaba un trapo para secarlos, y Hugo, sentado en el sofá con las piernas recogidas bajo el cuerpo, vio a Leo leerlo de pie en mitad del salón, inmóvil durante un segundo más de lo normal.

Tío, se me ha hecho fatal de tarde y he bebido, mejor me quedo a dormir aquí, que no quiero conducir así. Mañana sin falta voy a la barbacoa, lo prometo

—Ah —dijo Leo, y fue todo lo que dijo, guardándose el teléfono con mucho más cuidado del que requería el gesto, como si necesitara concentrarse en algo pequeño para no tener que pensar en nada más grande.

—Bueno —añadió, después de un silencio que nadie se atrevió a llenar—, mañana hay barbacoa. Solo lo ha aplazado. No lo ha cancelado.

Lo dijo con una sonrisa que le costó mantener y que a Hugo, mirándolo desde el sofá, le pareció una de las cosas más tristes que había visto en mucho tiempo, precisamente porque le resultaba muy familiar: era justo la misma sonrisa, comedida y valiente, que él mismo llevaba poniendo media vida cada vez que alguien le decía que no de una manera amable.

—Voy a subir —dijo Hugo, levantándose del sofá con una brusquedad que no había planeado—. Estoy muy cansado.

—¿Necesitas algo? —preguntó Mateo, todavía con las manos mojadas.

—No, no. Todo perfecto.

Subió solo la escalera, con la maleta que Sergio le había dejado en el salón antes de irse, contando sin querer los peldaños hasta llegar al que crujía, el sexto.

Al llegar al rellano abrió la puerta del cuarto pequeño, dejó la maleta en el suelo, y cerró detrás de sí con un cuidado casi excesivo, como si el ruido de un portazo pudiera delatar algo que prefería guardarse para él solo.

La habitación era diminuta, con un armario minúsculo y una ventana pequeña por la que ya no se veía nada, solo la oscuridad completa de la sierra de noche, pero a Hugo, sentado en el borde de una de las dos camas —estrechas, casi de colegio, colocadas en forma de ele para que cupieran las dos en un espacio que apenas daba para una—, le pareció el único sitio de toda la casa donde por fin podía dejar de sonreír.

La tranquilidad duró, exactamente, cuarenta segundos.

La puerta se abrió sin llamar, con un golpe seco contra la pared que hizo que Hugo diera un respingo tan grande que estuvo a punto de caerse de la cama, y Leo apareció en el umbral, ocupándolo casi entero, con una expresión de determinación que no encajaba en absoluto con lo mucho que acababa de asustarlo.

—No puedes dormir aquí —anunció, a modo de saludo.

—Podrías llamar.

—Perdón —dijo, pero no sonó especialmente arrepentido—. No puedes dormir aquí.

—¿Por qué?

—No es justo —dijo señalando la habitación entera con un gesto amplio del brazo, como si el problema fuera evidente por sí mismo—.

Sergio no va a dormir en la grande esta noche.

Así que la grande está vacía y tú estás aquí metido en esta caja de zapatos con dos camas que parecen de campamento, y eso no tiene ningún sentido. Te cambias. Ya.

—Estoy bien aquí.

—No estás bien aquí. Nadie está bien aquí, esto mide menos que mi antiguo lavadero.

—Leo.

—¿Qué?