Novios con chip Capítulo 6
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Capítulo 6

H ugo despertó con el cuello torcido en un ángulo que le iba a pasar factura durante días, la boca seca, y esa desorientación absoluta de quien se duerme en un sitio y se despierta en otro sin haber pasado por ninguno de los pasos intermedios.

Parpadeó contra una luz cálida y amarilla que entraba por la ventanilla —no la luz azulada de una farola de carretera, sino algo más doméstico, más cercano— y tardó varios segundos en entender que aquella luz salía de las ventanas de una casa, que el coche estaba parado, apagado, y que a través del parabrisas se veía un porche de madera con dos siluetas moviéndose de un lado a otro, cargando bolsas.

—Ya hemos llegado —dijo, en voz alta, a nadie en particular, con la lengua todavía pastosa de sueño.

Se incorporó demasiado deprisa, y una punzada le recorrió la nuca de lado a lado.

En el espejo retrovisor, de reojo, se vio el pelo aplastado por un lado y disparado hacia arriba por el otro, una marca roja del cinturón de seguridad cruzándole la mejilla como una cicatriz de guerra ridícula, y la camisa —la que se había puesto esa misma mañana con tanto cuidado, pensando en la posibilidad remota de causar buena impresión— arrugada en pliegues que no iban a desaparecer sin un planchado profesional.

Salió del coche de todos modos, porque no había alternativa, y el aire frío de la noche, mucho más frío de lo que recordaba que hiciera en Granada, le sentó como una bofetada necesaria.

Sergio ya estaba fuera, sacando bolsas del maletero con esa misma tranquilidad de siempre, y a Hugo, mirándolo desde el otro lado del coche, le pareció profundamente injusto que alguien pudiera bajarse de un coche después de dos horas y media de viaje con el pelo perfecto, la camiseta sin una sola arruga y esa media sonrisa despreocupada intacta.

—Buenas noches, dormilón —dijo Sergio, sin asomo de burla—. Bienvenido de vuelta al mundo de los vivos.

—¿Cuánto he dormido?

—Todo. Absolutamente todo. Te has perdido un atardecer precioso y varios pueblos muy pintorescos.

Hugo murmuró algo que pretendía ser una disculpa sin llegar a articularla del todo y siguió a Sergio hacia la casa, cargando lo que pudo del maletero, notando bajo los pies la gravilla del camino y, más allá, algo blando y fresco que debía de ser césped sin cortar.

La puerta principal estaba abierta de par en par, derramando luz y voces y, sobre todo, una risa —una risa grande, sin ninguna contención, del tipo que solo sueltan las personas que nunca se han planteado seriamente que alguien pudiera juzgarlas por reírse demasiado fuerte— que llenaba el porche entero antes incluso de que llegaran a la puerta.

Y entonces Hugo lo vio.

Estaba de espaldas al principio, agachado junto a la chimenea, colocando un leño con una concentración exagerada que no se correspondía en absoluto con lo sencilla que era la tarea, y cuando se incorporó y se dio la vuelta —al oír la puerta, o los pasos, o vaya usted a saber qué sentido de los suyos le avisó de que había gente nueva— lo hizo con un movimiento tan fluido, tan sin esfuerzo, que a Hugo le recordó, absurdamente, a esos vídeos de animales grandes moviéndose con una gracia que no debería corresponderles por tamaño.

Era alto, más alto que Sergio incluso, con unos hombros que llenaban literalmente el hueco de la chimenea que tenía detrás, los brazos desnudos bajo una camiseta de manga corta que parecía a punto de rendirse a la altura del bíceps, y una sonrisa —amplia, inmediata, sin ningún filtro social entre lo que sentía y lo que mostraba— que le iluminó toda la cara en cuanto sus ojos se posaron en la puerta.

—¡Habéis llegado! —dijo, ya cruzando el salón hacia ellos con dos zancadas larguísimas, y Hugo, todavía en el umbral con una bolsa de deporte colgada del hombro y el pelo hecho un desastre, sintió el impulso instintivo pero inútil de arreglarse algo, cualquier cosa, un mechón, el cuello de la camisa, como si eso fuera a servir de algo a esas alturas.

Leo se detuvo justo delante de Sergio —que entraba primero, un paso por delante de Hugo, con su habitual seguridad tranquila— y le tendió la mano con un entusiasmo que no dejaba lugar a dudas sobre a quién iba dirigido.

—Tú debes de ser tú —dijo Leo, y se rio de su propia frase en cuanto la oyó salir de su boca—.

Perdona, eso ha sonado fatal. Quiero decir: por fin.

Llevo toda la semana sin dejar que me digan absolutamente nada sobre ti, así que ahora mismo estoy compensando de golpe todo lo que me he estado perdiendo.

Sergio, que no tenía ni la más remota idea de qué estaba hablando aquel hombre enorme y sonriente, ni de por qué le estrechaba la mano con tanta efusividad, ni de que aquella frase iba dirigida a él por un error de bulto que nadie en la sala parecía dispuesto a corregir, se limitó a devolverle la sonrisa con la misma naturalidad con la que devolvía cualquier gesto amable.

—Encantado —dijo—. Soy Sergio.

—Leo.

Hugo se quedó en el umbral, con la bolsa todavía colgada del hombro, viendo cómo se estrechaban la mano un segundo más de lo estrictamente necesario, y sintió que algo se le acomodaba dentro del pecho en un lugar ya muy conocido, un sitio con la forma exacta de la resignación.

Porque tenía sentido. Tenía todo el sentido del mundo.

Ahí estaba Sergio, con ese cuerpo trabajado a base de años de gimnasio y esa cara que parecía sacada de un anuncio de colonia, y ahí estaba aquel otro hombre —Leo, se llamaba Leo, por fin tenía nombre la persona con la que se suponía que Hugo debería estar ilusionado— con hombros de nadador olímpico y una sonrisa que probablemente hacía que la gente se tropezara por la calle, y los dos allí, mirándose con ese brillo instantáneo tan reconocible que Hugo llevaba media vida viendo aparecer en los ojos de los demás y nunca, jamás, en los ojos de nadie mirándolo a él.

Le pareció, con una claridad que le dolió más de lo que esperaba, que aquellos dos estaban hechos el uno para el otro, con esa misma lógica sencilla y brutal con la que dos piezas de un mismo juego de mesa encajan sin esfuerzo, y que a él no le tocaba estar en esa partida.

—Serás dormilón —dijo entonces una voz mucho más tranquila, y algo en el tono hizo que a Hugo se le bajaran los hombros de golpe antes incluso de girarse—. Llevabas ya fama de eso antes de subir al coche.

Adrián, que había estado sentado junto al fuego con un libro que no parecía haber llegado a abrir del todo, se levantó también, cruzó el salón y le dio a Hugo uno de esos abrazos cortos y firmes con los que solía saludarlo siempre, rematado con una palmada en la espalda, como quien sella un gesto ya ensayado mil veces.

—Te veo mejor cara que la última vez, en el cumpleaños de Cristina. Tenías más ojeras.

—Y tú menos. ¿Qué te da la banca privada, unas vacaciones que a mí en la pública no me dan?

—Sí, pero a cambio de sonrisas obligatorias a clientes que no las merecen.

Aun con la familiaridad de tantas comidas compartidas, de tantas Navidades, de un par de bodas ajenas en las que habían acabado bailando torpemente el uno junto al otro esperando su turno en la barra, había algo en ver a Adrián así, fuera de la ciudad, con un jersey fino de punto en vez de la americana que solía llevar y el pelo un poco menos perfecto de lo habitual, que le recordaba a Hugo por qué, la primera vez que Mateo se lo había presentado, había tardado una semana entera en dejar de sentirse un poco intimidado en su presencia.

Ahí estaba otra vez: el cuerpo fibroso que se adivinaba bajo la lana, los ojos de un gris azulado muy tranquilo que se posaban en quien tuvieran delante con una atención completa, sin prisa por mirar a ningún otro sitio, esa manera suya de estar de pie, relajada, sin ninguna de la tensión que Hugo notaba siempre en la gente atractiva que sabía que lo era.

No era la primera vez que lo pensaba, pero sí lo pensó con una claridad renovada: entendía, mejor incluso que de costumbre, por qué Mateo, que nunca se había dejado impresionar fácilmente por nadie, llevaba años sin mirar a nadie más.

Del fondo de la casa, por un pasillo que debía de llevar a la cocina, llegó un grito de alegría reconocible incluso antes de ver a quien lo soltaba, y un segundo después Mateo apareció secándose las manos en un trapo de cocina, con una sonrisa que le cambió toda la cara en cuanto vio a Hugo en la puerta.

—¡Por fin! —dijo cruzando el salón en cuatro zancadas para abrazarlo con esa fuerza suya tan característica—. Pensaba que os había tragado la carretera.

—Me quedé dormido. Como un tronco. Sergio dice que me perdí un atardecer entero.

—Te has perdido más de un atardecer en tu vida por quedarte dormido en el momento menos oportuno —Mateo se apartó un poco, sin soltarle del todo los hombros, y le repasó la cara con esa atención tan suya, la que Hugo llevaba veinte años reconociendo como el preludio de una pregunta incómoda—. ¿Estás bien?

—Estoy genial.

Todavía con las bolsas amontonadas junto a la puerta, Mateo se frotó las manos y miró hacia la escalera con esa expresión suya de quien organiza logística por pura costumbre.

—Bueno, ya que estamos, vamos a repartir dormitorios antes de que se nos olvide.

Leo, Hugo, vosotros os quedáis en la de al lado de la nuestra, como habíamos quedado.

Y Sergio... —Mateo se detuvo, con una mueca de disculpa, calculando sobre la marcha—.

Pues la pequeña, me temo. No contábamos contigo, así que te ha tocado la peor parte del sorteo.

—Ningún problema —dijo Sergio, encogiéndose de hombros con esa facilidad suya para que nada le pareciera nunca un problema real—. Duermo bien en cualquier sitio.