Capítulo 5
A drián conducía con las dos manos en el volante, algo que Mateo llevaba tiempo interpretando como una de esas costumbres que no tenían ninguna explicación práctica —Adrián no necesitaba las dos manos para nada, probablemente ni siquiera necesitaba mirar la carretera— y que aun así seguía haciendo, con una disciplina silenciosa que a Mateo, en según qué días, le resultaba tierna, y en otros, como ese, le hacía pensar en todo lo demás que Adrián hacía solo por costumbre.
Detrás, Leo llevaba los últimos cuarenta minutos con la cara pegada a la ventanilla, narrando el paisaje como si fuera comentarista deportivo.
—Mirad esa roca. Parece una cara. No, un momento, ahora ya no. Ahora parece un perro. Adrián, ¿tú ves un perro?
—Veo una roca, Leo.
—Sois los dos unos aburridos sin remedio.
Mateo se rio, sin volverse del todo, con la mejilla apoyada contra el cristal frío de su propia ventanilla, viendo pasar la sucesión de pinares cada vez más cerrados que anunciaban que estaban ya en el corazón de la sierra.
El aire, incluso con las ventanillas subidas, olía distinto ahí dentro: a resina, a piedra, a algo verde y fresco que Granada, con todo su asfalto, no tenía.
Llevaban ya más de dos horas de carretera, con una parada breve en Arroyo Frío para comprar lo básico —Leo había insistido en entrar en la única tienda de ultramarinos del pueblo con el entusiasmo de quien visita un museo, cogiendo y examinando cada producto como si fuera un artefacto arqueológico, hasta que la dependienta, una mujer mayor con una bata azul desteñida, había terminado explicándole, con una paciencia inagotable, la diferencia exacta entre tres tipos de morcilla que Leo no tenía ninguna intención real de comprar—, y el maletero iba ahora cargado de bolsas de papel que olían a pan recién hecho y a queso curado.
—Ya casi estamos —dijo Adrián, reduciendo la velocidad al entrar en un desvío de tierra flanqueado por pinos tan altos que, por un momento, la luz del atardecer desapareció del todo, filtrada apenas en franjas finas entre las copas.
La casa apareció al final del camino como esas cosas que uno lleva semanas imaginando y que, al verlas de verdad, resultan a la vez tal como se las había imaginado y al mismo tiempo distintas: de piedra vista en la planta baja y madera oscura en la de arriba, con un tejado a dos aguas y una chimenea de la que ya salía, para sorpresa de Mateo, un hilo fino de humo —alguien, probablemente los dueños o algún encargado, debía de haber encendido la calefacción esa misma tarde, previendo su llegada—, y un porche de madera lo bastante ancho como para acoger una mesa entera y varias sillas, con dos mecedoras desvencijadas que parecían llevar allí más años que la propia casa.
Alrededor, un jardín no del todo domesticado, con lavanda creciendo sin ton ni son junto al camino de entrada y un manzano solitario, todavía sin hojas del todo, extendiendo sus ramas desnudas contra un cielo que empezaba a llenarse de las primeras estrellas.
—Es preciosa —dijo Leo con la puerta del coche abierta, antes incluso de que Adrián hubiera terminado de aparcar.
Se bajó de un salto y se quedó plantado en mitad del jardín con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar la casa entera—.
Adrián. Adrián, mira. Es exactamente como las de las películas.
—¿Qué películas?
—Las buenas. Las de gente que se va a una casa en el campo y todos sus problemas se arreglan solos en un fin de semana.
Mateo bajó del coche también, estirando las piernas entumecidas por el viaje, y se quedó un momento parado junto a la puerta, mirando la fachada con una mezcla de admiración y cierta incomodidad.
Era, sin ninguna duda, más casa de la que él habría elegido si la decisión hubiera dependido solo de él: más grande, con esa piedra que sin duda alguien había pagado a precio de piedra noble y no de piedra cualquiera, con un porche que parecía sacado de una revista de decoración y no de un anuncio de alquiler rural corriente.
Cuando Adrián le había enseñado la casa por internet, semanas atrás, Mateo había mirado el precio por noche, había hecho un cálculo rápido y silencioso, y había dicho, en voz alta, «hay otras más baratas que están igual de bien», a lo que Adrián había contestado, sin levantar la vista del portátil, con esa tranquilidad suya tan absoluta que a veces resultaba más una barrera que una respuesta, «ya lo sé, pero esta me gusta más, y es solo un fin de semana».
Y ahí había quedado la conversación, terminada antes de empezar de verdad, como zanjaba Adrián casi todo lo relacionado con el dinero: con una generosidad tan natural y tan poco discutible que a Mateo, protestar más, siempre le parecía después una mezquindad.
—¿Entramos? —preguntó Adrián, ya con dos bolsas de la compra en cada mano, esperando junto a la puerta.
La puerta principal, de madera maciza con bisagras de hierro forjado que chirriaron con un quejido casi teatral, se abrió sobre un recibidor de suelo de barro cocido, fresco bajo los pies incluso a través de las zapatillas, y un olor que envolvió a Mateo de golpe: madera quemada del fuego que ya ardía en algún salón cercano, algo de romero seco colgado en un manojo junto a la puerta, y ese fondo indefinible de las casas que llevan cerradas varias semanas y de pronto vuelven a respirar.
—Huele a que aquí la gente ha sido muy feliz —dijo Leo, ya varios pasos por delante, deteniéndose en mitad del salón también con bolsas en las manos, girando despacio sobre sí mismo para verlo todo a la vez.
El salón era grande, con vigas de madera oscura cruzando el techo y una chimenea de piedra en la que ardía, en efecto, un fuego ya encendido —alguien había pasado por allí antes que ellos, quizá la misma tarde—, flanqueada por dos sofás de cuero desgastado, del tipo que ha absorbido tantos veranos y tantas siestas que ya no conserva ninguna rigidez propia.
En las paredes, fotografías enmarcadas de gente que ninguno de los tres conocía —una boda de los años setenta, a juzgar por las solapas anchas y los peinados; un grupo de hombres posando orgullosos junto a un jabalí abatido; una anciana sonriente con un delantal casi idéntico al de la mujer del ultramarinos de Arroyo Frío— colgaban en un orden que no obedecía a ninguna lógica visible, como si los dueños hubieran ido añadiendo recuerdos a lo largo de décadas sin plantearse nunca reorganizar los anteriores.
Sobre la repisa de la chimenea, un reloj de cuerda parado a las cuatro y veinte, para siempre, y una hilera de figuritas de cerámica —pastores, ovejas, un pequeño Belén fuera de temporada que nadie se había molestado en guardar— cubiertas de un polvo fino que brillaba dorado a la luz del fuego.
—Es como una casa encantada —anunció Leo, con una convicción absoluta, dejando las bolsas en el suelo para coger una de las figuritas de cerámica y examinarla con el mismo cuidado arqueológico que había dedicado antes a la morcilla —.
En el buen sentido. En el sentido de que está encantada de verdad, de estar aquí, de que alguien la use.
—Las casas encantadas son otra cosa. Le has puesto mucha filosofía a un pastorcillo de cerámica, Leo.
—Todo merece su filosofía si se la miras bien.
La cocina, al fondo del pasillo, tenía una alacena de madera oscura que ocupaba una pared entera, con puertas de cristal esmerilado tras las que se adivinaban filas de tarros de cristal —legumbres, especias, algo que podía ser membrillo casero— dejados por los dueños, junto a un hueco vacío, más limpio que el resto, claramente reservado para lo que ellos trajeran.
Mateo se puso a colocar la compra con esa satisfacción muy concreta y muy poco explicable que da ordenar una despensa ajena, buscando sitio para el pan, para el queso, para las tres variedades de morcilla que Leo finalmente había insistido en comprar, mientras Adrián, a su lado, abría cajones en busca de algo con lo que encender los fogones, hasta encontrar, en el tercer intento, un cajón entero de cubiertos deshomogéneos —ninguno hacía juego con otro, como si la casa llevara generaciones acumulando pertenencias sueltas de bodas y herencias distintas— con un ruido metálico que hizo que Leo asomara la cabeza desde el salón, alarmado.
—¿Va todo bien?
—Solo estoy buscando un mechero, Leo.
—Ah. Como sonaba a que alguien se hubiera caído dentro de una armadura.
Mateo se rio, con la cabeza medio metida en la alacena, y por un instante —solo un instante, mientras colocaba un tarro de aceitunas en el estante equivocado y volvía a sacarlo— sintió que aquello, esa casa entera con su desorden ajeno y su reloj parado y sus figuritas polvorientas, le gustaba de una manera mucho más sencilla y mucho menos incómoda que su propio piso de Granada.
Nadie había elegido aquella alacena pensando en impresionar a nadie.
Simplemente estaba ahí, llena de la vida de otra gente, y a Mateo aquello le pareció, sin poder explicar del todo por qué, un alivio.
—Bueno —dijo Adrián, encontrando por fin el mechero en un bote junto al fregadero, y cerrando el último cajón—, habrá que decidir dormitorios antes de que lleguen los otros.
Subieron los tres juntos por una escalera de madera que crujía en el mismo escalón cada vez, el sexto empezando desde abajo, hasta un rellano estrecho del que salían dos puertas.
La primera daba a un dormitorio amplio, con una cama de hierro forjado y una ventana grande orientada hacia el oeste, desde la que ya se adivinaba, entre los pinos, un destello plateado que debía de ser el pantano reflejando los últimos restos de luz.
La segunda era casi idéntica en tamaño, aunque con una cama más baja y un armario empotrado cuya puerta, por más que Leo insistió en cerrarla tres veces seguidas, volvía a abrirse sola con un chasquido suave, como si la propia casa tuviera opiniones sobre dónde debía quedarse cada cosa.
—Esta con vistas es la vuestra, ¿no? —dijo Leo, ya asomado a la ventana del primer dormitorio, señalando el destello del agua entre los árboles—. Es más bonita.
—No hace falta que...
—Es más bonita, Adrián. Dejad de discutir conmigo la lógica básica de las casas bonitas. Vosotros lleváis más tiempo juntos, os merecéis la vista. Hugo y yo nos quedamos con la del armario travieso.
Mateo, todavía en el rellano, sonrió sin que Leo llegara a verlo, pensando que aquella generosidad tan simple y tan poco calculada era, probablemente, una de las cosas que más le gustaban de Leo, y que ojalá se le pegara algo de aquello a Hugo, que llevaba media vida calculando en vez de regalando.
Bajaron después a por el resto del equipaje y fue entonces, con las últimas bolsas ya en las manos y el frío de la noche entrando por la puerta abierta, cuando Leo se detuvo un momento en mitad del salón, mirando a Mateo y Adrián —a Adrián colocando un leño más en la chimenea, a Mateo apagando ya la luz de la cocina— con una expresión que, por una vez, no tenía nada de payasada.
—¿Sabéis una cosa? —dijo, en voz mucho más baja de lo habitual en él—. Cuando pienso en lo que quiero, en general, para cuando encuentre a alguien... pienso en esto. Justo esto. Alguien con quien discutir sobre dormitorios y morcillas y quién friega. No necesito nada más espectacular que esto.
Ni Mateo ni Adrián supieron qué contestar, y durante un segundo, el fuego crepitando en la chimenea fue el único sonido de la casa entera.
—Bueno —dijo Leo, rompiendo el momento con la misma facilidad con la que lo había creado, ya sonriendo de nuevo—, ¿hay wifi aquí?
Quiero mandarle una foto del pastorcillo de cerámica a...
—dijo y se detuvo a mitad de la frase, con el teléfono ya en la mano, y sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo—.
Iba a decir que a él. Ni siquiera lo conozco todavía y ya quiero contarle cosas. Soy demasiado impaciente.