Capítulo 4
L a gasolinera apareció al borde de la carretera como aparecen esos sitios en mitad de la nada, un poco improbables, como si alguien hubiera decidido plantar de repente un edificio bajo de ladrillo visto y tejado de uralita en medio de un mar de olivos.
Un cartel de Coca-Cola oxidado por una esquina anunciaba BAR-RESTAURANTE EL CRUCE con una letra que llevaba décadas sin repintarse, y un perro pastor, tumbado a la sombra de los surtidores, ni siquiera levantó la cabeza cuando el coche de Sergio entró en el aparcamiento de gravilla levantando una nube fina de polvo.
—Necesito estirar las piernas o me va a dar algo —dijo Sergio, apagando el motor.
Salió del coche y se desperezó con los brazos por encima de la cabeza, un estiramiento largo y sin ninguna prisa que le tensó la camiseta contra el pecho y dejó a la vista, durante un momento, una franja de piel justo por encima de la cinturilla del pantalón, morena, con esa clase de vello fino y dorado que solo se le ve a la gente que ha pasado demasiadas horas al sol sin camiseta.
Hugo, que llevaba toda la tarde entrenándose para no mirar más de la cuenta, fracasó en el intento con una facilidad vergonzosa.
Bajó del coche también, notando en la cara el calor todavía denso de la tarde, ese calor de finales de abril que en la sierra ya empezaba a ceder pero que en la carretera, entre el asfalto y los olivos, se resistía a marcharse del todo.
—Voy a comer algo, que no quiero llegar a Cazorla con un bajón de glucosa —anunció Sergio, ya caminando hacia la puerta, y Hugo lo siguió, contando mentalmente cuántas veces en lo que llevaban de tarde había tenido que recordarse a sí mismo que mirar no era lo mismo que tener derecho a mirar.
Dentro, el bar olía a fritura antigua y a lejía reciente, esa combinación tan específica de los sitios de carretera que llevan cuarenta años sirviendo las mismas croquetas y limpiando el suelo con el mismo cuidado obsesivo.
Un ventilador de techo giraba despacio, sin apenas mover el aire, y detrás de la barra una mujer de unos sesenta años, con delantal a cuadros y una permanente muy trabajada, atendía a la vez el grifo de cerveza, una sartén y una conversación telefónica sobre las lentejas del domingo.
En una mesa del fondo, cuatro hombres mayores jugaban al dominó con la parsimonia de quien lleva jugando la misma partida, en el fondo, desde hacía veinte años, y en la pared, sobre una vitrina de bollería envuelta en plástico, una televisión encendida sin volumen mostraba imágenes que Hugo reconoció enseguida: un plató, un rótulo rojo parpadeante, el careto muy serio de un presentador.
—Sube el volumen un segundo, María —dijo uno de los del dominó, sin levantar la vista de sus fichas—. A ver qué dicen ahora.
La mujer del delantal alcanzó el mando sin dejar de remover lo que fuera que tuviera en la sartén, y la voz del presentador llenó de golpe el bar entero, con ese tono grave y ligeramente sobreactuado que la televisión reserva para las noticias que quiere que parezcan más importantes de lo que probablemente son.
«...persisten las especulaciones en redes sobre la naturaleza de determinadas personalidades públicas, después de que un vídeo viral acumulara ya más de veinte millones de reproducciones. Fuentes del entorno de Roldán han calificado las acusaciones de...»
—Pues yo lo veo clarísimo —dijo uno de los del dominó, un hombre enjuto con boina que Hugo calculó que llevaba toda la vida sentado en aquella misma silla—.
Mi cuñado dice que su sobrino, que trabaja de electricista, dice que ha visto cosas raras en los cuadros eléctricos de medio pueblo. Consumos que no cuadran.
—Ramón, tu cuñado también decía que iban a cerrar el Mercadona y de eso hace quince años.
—Una cosa no quita la otra.
Sergio, ya apoyado en la barra pidiendo dos bocadillos de lomo y dos Coca Colas light con la misma tranquilidad con la que pediría cualquier cosa en cualquier sitio del mundo, escuchaba la conversación con una sonrisa entretenida, casi feliz, como quien encuentra confirmación de algo que ya sospechaba.
—¿Ves? —le dijo a Hugo, en voz baja, dándole un codazo suave—. No soy solo yo el que lo piensa.
—Un señor con boina jugando al dominó no es exactamente lo que yo llamaría una fuente fiable, Sergio.
—Pues a mí me parece más fiable que la mayoría de la gente que sale en la tele.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana, desde donde se veía el aparcamiento y, más allá, la carretera perdiéndose entre los olivos hacia un horizonte que empezaba a incendiarse de naranja y rosa con la caída del sol.
Los bocadillos llegaron enormes, envueltos en un papel de aluminio brillante, con el pan crujiente por fuera y todavía tibio por dentro, y Sergio le dio el primer bocado con un entusiasmo tan sincero, cerrando los ojos un segundo, que a Hugo le costó no reírse.
—Está buenísimo —dijo Sergio, con la boca todavía medio llena, sin ningún pudor—. Prueba.
—Ya tengo el mío.
—Prueba el mío, que el mío tiene más pimiento.
Le acercó el bocadillo sin esperar respuesta, y Hugo, que llevaba dos meses aceptando cualquier gesto de Sergio como si fuera un regalo envuelto, le dio un mordisco intentando parecer mucho más despreocupado de lo que en realidad se sentía, muy consciente de la cercanía de su mano, del roce accidental de sus dedos contra el papel de aluminio, de la gota de aceite que le resbaló a Sergio por la comisura de los labios y que él se limpió con el dorso de la mano sin ninguna elegancia, sin darse cuenta siquiera de que a Hugo aquel gesto tan poco cuidado le pareciera, contra toda lógica, encantador.
—Está buenísimo —confirmó Hugo y era verdad, aunque en ese momento no habría sabido decir si hablaba del bocadillo o de otra cosa.
Fuera, la luz seguía cayendo, cada vez más densa, más dorada, tiñendo el polvo del aparcamiento de un color casi líquido, y el perro pastor, que se había levantado por fin al olor de la comida, vino a sentarse junto a la mesa con la paciencia profesional de quien lleva media vida mendigando trocitos de lomo a los que paran de camino a algún sitio.
Pagaron —Sergio insistió en invitar, con un gesto de la mano tan resuelto que a Hugo no le quedó ni margen para discutir— y salieron de nuevo al aparcamiento, donde el aire había cambiado ya del todo: el calor pegajoso de la tarde había dado paso a algo más suave, casi líquido, con ese olor a tierra seca y a resina de olivo que sube de la carretera en cuanto el sol empieza a rendirse.
El cielo entero, de un lado a otro, se había vuelto de un naranja profundo que iba degradándose hacia un violeta sucio por el este, y las primeras estrellas, tímidas todavía, apenas se distinguían por encima de la silueta ya oscura de la sierra que se recortaba al fondo.
—Con lo bien que se está aquí fuera —dijo Sergio, deteniéndose un momento junto al coche, con las llaves colgando de un dedo, la mirada perdida en aquel cielo que se incendiaba despacio—. Yo creo que podría quedarme a vivir en un sitio como este. Sin más planes que ver atardecer.
—Duraría dos días. Echarías de menos el gimnasio.
—Puede —dijo y se rio, un poco avergonzado de que le hubieran pillado el farol tan rápido, y se metió en el coche.
Retomaron la carretera con la última luz del día todavía aferrada al horizonte y durante un buen rato ninguno de los dos dijo gran cosa: Sergio conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en el marco de la ventanilla bajada, tarareando algo que sonaba a la radio de antes sin que Hugo llegara a reconocer la canción.
El paisaje fue cambiando poco a poco, los olivares dando paso a pinares cada vez más cerrados, la carretera empezando a serpentear entre cerros que se recortaban, oscuros y macizos, contra un cielo que ya solo conservaba una franja fina y rojiza en el horizonte.
El aire que entraba por la ventanilla olía distinto ahora, a pino y a piedra fría, y Hugo, con el estómago lleno del bocadillo y el cuerpo todavía cargado del cansancio acumulado de una semana entera de niños gritando, sintió que los párpados empezaban a pesarle de una manera que no tenía nada de metafórico.
—Puedes dormir, si quieres —dijo Sergio, sin apartar la vista de la carretera, con una naturalidad tan sencilla que a Hugo se le encogió algo por dentro—. Queda todavía un buen rato y roncas menos de lo que crees.
—No ronco.
—Un poco sí. Pero es gracioso.
Hugo quiso protestar, o al menos fingir que protestaba, pero el cuerpo ya había tomado la decisión por él: se recostó contra la ventanilla, notando el cristal fresco contra la sien, y dejó que el runrún del motor, el silbido bajo del viento y la canción que Sergio seguía tarareando sin darse cuenta se le mezclaran en la cabeza en una especie de nana involuntaria.
Alcanzó a pensar, en ese estado ya poco fiable de duermevela, que llevaba semanas sin sentirse tan a gusto en ningún sitio como se sentía en aquel momento, en el asiento de un coche que no era suyo, camino de una cita que no era exactamente la que él deseaba, y que había algo profundamente injusto en que el cuerpo eligiera precisamente ese instante, y no cualquier otro de los últimos dos meses, para rendirse del todo.
Sergio le echó un vistazo de reojo un rato después, cuando la respiración de Hugo se volvió lenta y regular contra el cristal, y bajó el volumen de la radio sin que nadie se lo pidiera, con el mismo cuidado despreocupado con el que hacía casi todo.
No apagó del todo la música —una emisora de éxitos de hacía veinte años que había encontrado a mitad del trayecto—, solo la dejó como un murmullo de fondo, y siguió conduciendo en la oscuridad ya casi completa, con las luces largas encendidas y los ojos de algún animal —un zorro, quizá, o un gato asilvestrado— brillando un instante entre los pinos antes de desaparecer.
Hugo no se enteró de nada de lo que vino después: ni del desvío hacia el pueblo, con sus farolas escasas y sus fachadas encaladas apenas visibles en la oscuridad; ni del último tramo de pista sin asfaltar, con el coche dando tumbos suaves sobre las piedras y Sergio maldiciendo por lo bajo cada vez que rozaba los bajos; ni de las luces de la casa, encendidas ya y esperándolos entre los árboles, cálidas como una promesa, cuando por fin aparecieron al final del camino.