Capítulo 3
E l jueves, en el colegio, todo el mundo tenía ya la cara del día festivo por el uno de mayo, el día del trabajo: los niños más que nadie, incapaces de concentrarse en nada que no fuera la promesa de tres días sin despertador y los profesores disimulaban poco mejor.
Hugo pasó la última hora de clase organizando un concurso improvisado de deletrear palabras cada vez más largas, principalmente porque era la única actividad que se le ocurría que pudiera mantener callados a veinticinco niños de ocho años durante más de noventa segundos seguidos, y cuando sonó el timbre final se despidió de ellos con un entusiasmo un tanto sospechoso incluso para un grupo de niños de ocho años.
—Que tengáis un puente estupendo —les dijo, ya con la mochila al hombro, la mitad de él ya mentalmente en la sierra—. Portaos bien. O no, portaos como queráis, pero que no me entere.
Recogió sus cosas, le devolvió a Marga, la de conserjería, el libro que le había prestado hacía tres semanas y que no había abierto ni una sola vez, y salió al aparcamiento donde Sergio ya lo esperaba apoyado en el coche, con unas gafas de sol que probablemente costaban más que el sueldo de Hugo de una semana entera y una sonrisa de quien lleva todo el día deseando que empiece de una vez el fin de semana.
—¿Cómo ha ido el último día? —preguntó, abriendo el maletero para que Hugo metiera la bolsa.
—He hecho que veinticinco críos compitan por deletrear «otorrinolaringólogo». Ha sido el mejor momento de mi semana.
—Suena a tortura infantil.
—Es la única tortura que me está permitida legalmente, así que la disfruto todo lo que puedo.
Se montaron y Sergio arrancó con esa seguridad tranquila con la que hacía prácticamente todo, sin prisa ninguna, como si el mundo llevara años esperándole a él y no al revés.
Granada se fue quedando atrás poco a poco, los semáforos dieron paso a rotondas y las rotondas a una carretera abierta, y el cielo, que llevaba toda la tarde de un azul demasiado perfecto para ser real, empezó a teñirse por el oeste de ese naranja quemado que anunciaba que iba a ser necesario encender los faros antes de lo que parecía.
Hugo bajó un poco la ventanilla, dejó que el aire le revolviera el pelo y se permitió confiar en que, por primera vez y sin ninguna reserva, que las cosas, esta vez, podían salir bien.
Tres noches y poco menos de cuatro días.
Sergio al volante, la radio puesta bajito, y por delante una casa en la sierra con gente que le caía bien y —si todo iba como Adrián y Mateo llevaban un mes prometiendo— alguien nuevo a quien conocer, con nombre y todo, aunque Hugo no supiera nada más de él que la promesa de que existía.
—Oye —dijo Sergio, al cabo de un rato, subiendo un poco el volumen de la radio—, ¿has escuchado esto? Me lo ha pasado Joaquín, el del turno de mañana. Dice que es una pasada.
Era un pódcast, de esos que graban dos tíos con más entusiasmo que rigor desde lo que suena como el salón de una casa cualquiera, con esa calidad de audio ligeramente metálica tan característica del género y una música de introducción que sonaba a thriller de serie B.
La voz que hablaba en ese momento —más aguda, más nerviosa, la que claramente hacía de contrapunto escéptico al otro presentador, aunque no demasiado escéptico— estaba en mitad de una frase.
«...y esto es lo que no te están contando, ¿eh? Porque a ver, yo lo primero que pensé fue, venga ya, esto es de coña, pero es que si tú te pones a mirar los vídeos, macho, los vídeos no mienten...»
—¿De qué va? —preguntó Hugo, aunque llevaba ya lo suficiente de trasfondo en las redes sociales de los últimos días como para hacerse una idea bastante aproximada.
—De lo de las máquinas —Sergio lo dijo con la misma naturalidad con la que habría dicho «del Real Madrid» o «de la ola de calor»—. Que hay tíos entre nosotros que en realidad son robots. Infiltrados. Llevan no sé cuánto tiempo entre nosotros.
—Ya, he visto algo. Lo del reto ese del parpadeo, ¿no? Que si no parpadeas lo suficiente eres sospechoso.
—Eso es solo una parte. Escucha esto.
Sergio subió más el volumen y la segunda voz del pódcast, más grave, con esa cadencia de quien se cree absolutamente cada palabra que sale de su boca, ocupó todo el coche.
«...vale, pues mira, el caso más flagrante, el que todo el mundo tiene ya clarísimo aunque nadie lo diga en la tele, es el de Abel Roldán.
El actor. Piénsalo: el tío lleva saliendo en pantalla desde hace veinticinco años y tiene exactamente la misma cara.
La MISMA. Ni una arruga, ni una cana que no sea la que se pinta él a propósito para parecer 'maduro'.
Y no me vengas con lo de la cirugía, que ya lo hemos hablado, la cirugía deja marcas, deja rastro, y este tío no tiene ni un solo póster antiguo en el que se le note nada raro... »
—¿Abel Roldán? —repitió Hugo, sin poder evitar la risa—. El de la serie esa de médicos, ¿no? Lo vi hace poco en una entrevista, tenía una papada como todo hijo de vecino.
—Eso es justo lo que dicen ellos, escucha, que es parte de la tapadera, que se dejan ver «envejeciendo» a propósito en según qué photocall para despistar.
—Sergio.
—Ya, ya sé cómo suena. Pero escucha lo de la youtuber, que esa parte sí que es fuerte.
«...y entonces Ivana Ferrán, que ya sabéis que se ha pasado toda la semana negando que sea una IA, ¿qué hace?
Pues se pone en directo, veinticuatro horas, ¿eh?
, veinticuatro horas seguidas comiendo, durmiendo delante de la cámara, todo, para que la gente vea que es humana de verdad.
Y en la hora doce, fijaos, en la hora DOCE, se corta sin querer pelando una manzana y sangra.
Sangre de verdad. Y aun así hay gente que dice que es sangre falsa, que se ha comprado un frasquito por internet, macho, es que ya no se puede confiar en nada... »
—Esto es de traca —dijo Hugo, ya sin disimular la risa del todo—. O sea, la prueba definitiva de que eres humano es sangrar en directo. Vaya nivel.
—Pues hay más pruebas, si quieres que te diga.
Lo de la frecuencia esa, la de los pitidos, que hay una web donde te pones los cascos y si oyes un tono agudísimo eres humano y si no, pues...
—Sergio se encogió de hombros, sin apartar la vista de la carretera, con esa manera suya tan tranquila de decir cosas que a Hugo le parecían absurdas, como si estuviera comentando el tiempo—.
Lo probé anoche. Lo oí perfectamente, así que supongo que voy bien.
—¿En serio te lo has hecho?
—¿Tú no?
—No, Sergio, no me he hecho un test de internet para comprobar que no soy un robot.
—Pues yo creo que no está de más. Total, dos minutos.
Hugo se quedó mirando por la ventanilla un momento, viendo pasar los últimos polígonos industriales antes de que la carretera empezara a subir de verdad, los olivos sustituyendo poco a poco a las naves y las rotondas, y pensó, no por primera vez desde que había empezado a salir con Sergio a tomar algo después del gimnasio, que aquella era la clase de conversación que en cualquier otra persona le habría hecho levantarse y cambiar de mesa, y que en Sergio, sin embargo, le resultaba entrañable, del mismo modo en que a uno le resulta adorable un perro que ladra a las bolsas de plástico movidas por el viento: no porque tenga razón, sino porque lo hace con una convicción tan completa y tan libre de mala intención que discutírselo parecía, de algún modo, una crueldad innecesaria.
—A ver —dijo, eligiendo las palabras con el cuidado de quien camina sobre un lago helado—, no digo que no pueda estar pasando algo raro.
Lo que digo es que esto en concreto suena más al reto de la canela que a una investigación seria.
¿Te acuerdas de eso? Medio mundo ahogándose con una cucharada de canela durante una semana entera y luego nadie se acordaba ni de que había pasado.
—Puede ser.
Sergio no parecía especialmente afectado por el argumento, ni a favor ni en contra, como si la cuestión de que unas inteligencias artificiales estuvieran invadiendo el mundo en secreto le resultara, en el fondo, bastante menos interesante que la carretera que tenía delante.
—Pero oye, si al final resulta que es verdad y tú estabas a mi lado en el coche riéndote, que conste que yo te avisé.
—Quedará constancia.
El pódcast siguió sonando de fondo, cada vez más enredado en teorías sobre patrones de parpadeo y frecuencias de voz imposibles de imitar, y Hugo dejó que las palabras se le fueran diluyendo en el ruido del motor y del viento por la ventanilla entreabierta, mientras la luz del atardecer se volvía cada vez más espesa y dorada sobre los olivares, y pensaba, sin poder evitarlo, que en menos de dos horas conocería por fin a la persona con la que sus dos mejores amigos llevaban un mes intentando emparejarlo, y que ojalá —aunque no se lo confesara ni a sí mismo con esas palabras exactas— aquel fin de semana le trajera algo más real que una teoría más de internet.