Capítulo 2
L a cocina del apartamento tenía una isla de mármol tan grande que Mateo, incluso después de casi dos años viviendo allí, seguía calculando mal las distancias y golpeándose la cadera contra la esquina al menos una vez por semana.
Esa noche le ocurrió mientras sacaba una sartén del cajón bajo la encimera y soltó una palabrota que resonó de una manera un poco ridícula en la cocina vacía, como si la propia casa se hubiera ofendido en su nombre.
Cocinar solo para uno tenía sus propias reglas, que Mateo llevaba tiempo perfeccionando sin proponérselo: nunca merecía la pena encender el horno grande, había que evitar por sistema cualquier receta con más de cuatro ingredientes y convenía sentarse en la barra de la isla, no en la mesa del comedor, que parecía diseñada para cenas de seis personas como mínimo y que a Mateo, cuando la ocupaba él solo con un plato de pasta, siempre le resultaba un poco absurda, como sentarse en un trono al que no tenía derecho.
Miró el reloj del horno. Las nueve menos cuarto.
Adrián le había dicho que llegaría tarde, pero «tarde» en boca de Adrián podía significar cualquier cosa entre las diez y las tres de la madrugada, y Mateo había aprendido a no preguntar más de la cuenta.
Puso la sartén al fuego, sacó el móvil del bolsillo del pantalón de estar por casa y marcó el número de Adrián antes de que se le pudiera ocurrir la manera más razonable de plantear lo que tenía que contarle.
—Hola —contestó Adrián, con ese fondo de tráfico que significaba que todavía estaba en el coche—. ¿Va todo bien?
—Depende de lo que entiendas por bien. —Mateo removió el revuelto de calabacín con una mano y sujetó el teléfono con el hombro—. Hugo acaba de invitar a alguien al puente. Sin preguntar. A alguien que ninguno de nosotros conoce.
Hubo un silencio breve al otro lado, del tipo que Mateo interpretó, correctamente, como una sonrisa que Adrián estaba conteniendo.
—¿A quién?
—Se llama Sergio. Es uno del gimnasio que lleva meses sin hacerle ni caso.
Al parecer se le ha estropeado un plan con unos amigos y Hugo, en vez de limitarse a compadecerle como haría cualquier persona normal, le ha ofrecido directamente unirse a nuestro fin de semana.
Nuestro fin de semana, Adrián. El que llevamos organizando desde hace un mes. Con Leo. Con la cita a ciegas y todo.
—Ya veo el problema.
—Es que ni siquiera es que me importe que venga, ojo. El problema es que actúa primero y pregunta después, y siempre me toca a mí ser el que llama para decir «por cierto, ahora somos cinco» como si fuera lo más normal del mundo.
Mateo bajó el fuego, dejando que el calabacín se ablandara despacio, y se apoyó en la encimera, notando bajo la palma el frío exacto y perfecto del mármol, ese frío que en según qué noches lo tranquilizaba y en otras, como esa, le hacía sentir que estaba tocando algo que no le pertenecía.
—Llevo media vida arreglando los desastres que dejan sus enamoramientos, Adrián.
Y no es solo que se le meta alguien en la cabeza, es que se transforma.
Desaparece el Hugo normal, el que se acuerda de los cumpleaños de toda mi familia mejor que yo, el que llora con los vídeos de soldados volviendo a casa, el que te llama solo para preguntarte si estás mejor del resfriado.
Y en su lugar aparece otro distinto, capaz de lo que sea con tal de que le preste atención durante diez minutos el tipo que ha decidido que será el nuevo amor de su vida.
Dejaría a su clase entera plantada en mitad de una excursión al zoo por un wasap con doble marca azul.
Mentiría a la policía sin pestañear. Se perdería la boda de una de sus hermanas por una segunda cita que ni siquiera está confirmada del todo.
Cruzaría un edificio en llamas sujetando entre los dientes un papel con un número de teléfono, sin acordarse ni de por dónde queda la salida, y una vez fuera, ya a salvo, lo primero que haría sería preguntarse si debe esperar veinte minutos antes de escribir o si eso ya es una falta de educación.
Tiene un Mr. Hyde particular, te lo juro.
Y luego, en cuanto el tío deja de hacerle caso o aparece otro nuevo, vuelve el de siempre, sin recordar siquiera los destrozos que ha causado, como si no hubiera pasado nada.
—A ti también te vendrá bien que seamos más, ¿no? Para cuando Leo empiece a agotar a todo el mundo con lo emocionado que está.
—No me hagas reír, que tengo la sartén al fuego.
—¿Y qué le has dicho?
—Que sí. Obviamente que sí. Le he dicho que le llamaba en diez minutos, básicamente para darme el gusto de fingir que lo estaba pensando.
—Mateo removió otra vez, aunque no hacía ninguna falta—.
Pero necesitaba contártelo a ti primero.
Por si a Leo le molesta que aparezca un desconocido más.
Con toda la ilusión que le hace esto. Aunque, no te voy a engañar, todavía estoy barajando alternativas.
Abandonarlo en Granada, por ejemplo. O esperar a que lleguemos al pantano y tirarlo al agua con los pies atados a un par de ladrillos, a ver si así conseguimos que deje de dar la tabarra de una vez.
Adrián no dijo nada, y Mateo pudo imaginárselo al otro lado de la línea, con esa sonrisa que se le escapaba siempre en momentos así.
Aquellos comentarios no esperaban respuesta —eran solo desahogo, la válvula de una paciencia que llevaba veinte años cultivando— y Adrián sabía también, porque se lo había dejado claro más de una vez sin necesidad de subir la voz, que más le valía no seguirle la broma ni un paso más allá: Mateo podía despellejar a Hugo todo lo que le viniera en gana, pero no soportaba que nadie más dijera una mala palabra sobre su amigo, ni siquiera él.
El silencio se alargó un poco más y Mateo entendió, sin necesidad de preguntarlo, que Adrián ya estaba pensando en otra cosa: en cómo explicarle a Leo que la cita a ciegas que llevaba una semana entera imaginando de mil maneras distintas iba a tener, de repente, un invitado inesperado.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo Adrián, al fin, con la voz de quien ya está meditando lo que va a decir—. Peor sería que se enterara el mismo jueves, sin avisar.
—Eso mismo pensaba yo.
—Oye, una cosa. Esta noche no voy a llegar a cenar.
Mateo dejó de remover.
—Ah.
—Se me ha complicado un poco la tarde. Antes del puente todo el mundo quiere dejar cerradas mil cosas a la vez y me ha tocado a mí quedarme repasando unos números con un cliente que no entiende de festivos.
Sonaba cansado, o quizá era solo el ruido del tráfico distorsionando la voz.
—Llegaré tarde. No me esperes despierto.
—Vale.
—¿Vale, vale? ¿O vale, «estás mintiéndome y los dos lo sabemos»?
—Vale, vale —dijo Mateo y era casi verdad.
Casi. Apagó el fuego, sirvió el revuelto en un plato y miró alrededor de la cocina —la isla de mármol, la batería de cuchillos alemanes que nunca usaba, la cafetera que costaba, calculaba él, más que su sueldo de un mes entero— con esa sensación tan familiar y tan incómoda que solía invadirle cuando Adrián no estaba: la de estar de invitado en su propia casa.
No era que Adrián lo hiciera sentir así.
Adrián apenas parecía prestar atención a ninguno de aquellos objetos, los trataba con la misma indiferencia práctica con la que trataría una cuchara de plástico, y eso, de alguna manera retorcida, lo empeoraba todavía más, porque a Mateo no le quedaba ni siquiera nadie a quien culpar.
Solo el mármol, frío bajo su mano, recordándole con toda su educada discreción que él nunca podría pagar una casa así.
—¿Sigues ahí? —preguntó Adrián.
—Sí, perdona. Pensando en la cena.
—Oye, ya que estamos con temas pendientes... mañana por la mañana tengo hueco antes de comer. Podríamos aprovechar y ver ese piso de la calle Alhamar, el que tiene la terraza. Antes de irnos al puente, para no dejarlo todo para cuando volvamos.
Mateo cogió el tenedor y empezó a comer de pie, junto a la encimera, sin sentarse.
—No sé si me va a dar tiempo mañana. Tengo pacientes hasta las dos.
—Podemos verlo por la tarde entonces. O el sábado, desde Cazorla, si encuentras algo que te guste por internet mientras estamos allí.
—Ya veremos. Vamos a estar liados con lo de Sergio y Leo y todo lo demás.
—Mateo.
—¿Qué?
—Nada.
Una pausa breve, casi imperceptible, el tipo de pausa que Mateo llevaba meses reconociendo cada vez con más facilidad.
—Nada, tienes razón. Ya lo veremos con calma.
Colgaron poco después, con un «hasta luego» que sonó, por primera vez en toda la llamada, un grado más frío de lo habitual, aunque ninguno de los dos dijera nada al respecto.
Mateo terminó de cenar solo, de pie, mirando por el ventanal las luces de los edificios de Granada encendiéndose poco a poco contra el cielo violeta, y solo entonces, con el plato ya vacío, se acordó de que le había prometido a Hugo llamarlo en diez minutos y habían pasado ya casi cuarenta.
Marcó el número mientras enjuagaba el plato bajo el grifo, sujetando el teléfono contra el hombro como siempre.
Llevaba haciendo esto —de árbitro, de paño de lágrimas, de voz de la razón cuando a Hugo se le iba la cabeza— desde que tenían diez años, desde las tardes en que sus madres, maestras de primaria en el mismo colegio, los dejaban jugar juntos mientras ellas corregían exámenes en la sala de profesores.
Mateo, hijo único, había tardado bastante en darse cuenta de que aquello no era solo amistad: era, también, lo más parecido a tener un hermano pequeño que había tenido nunca, con toda la responsabilidad que eso arrastraba consigo, incluidas las noches en las que le tocaba, sin que nadie se lo pidiera, arreglar el último desastre romántico de Hugo.
—¿Y bien? —contestó Hugo al primer tono, sin ni siquiera saludar.
—Que sí. Que venga Sergio.
El grito que soltó Hugo al otro lado obligó a Mateo a apartarse el teléfono de la oreja.