Novios con chip Capítulo 1
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Capítulo 1

E l ruido de la sala de pesas tenía una música propia que Hugo nunca había aprendido a que le gustara del todo: el chasquido metálico de los discos al chocar, el zumbido de las poleas, alguien resoplando al otro lado del espejo como si estuviera dando a luz a una mancuerna de doscientos kilos.

Él prefería las clases dirigidas, donde una voz amplificada le decía qué hacer y durante cuánto tiempo, sin que tuviera que tomar ninguna decisión.

Pero los martes y los jueves, si quería ver a Sergio antes de que se fuera, no le quedaba más remedio que deambular al menos media hora entre las máquinas de la sala de pesas.

Sergio estaba haciendo su segunda serie de peso muerto, con esa concentración absoluta y un poco ausente de quien lleva tantos años entrenando que ya no necesita pensar en ello, solo dejar que el cuerpo haga lo que sabe que tiene que hacer.

Se enderezó, dejó la barra en el suelo con un golpe controlado que resonó por toda la sala y se pasó el antebrazo por la frente antes de mirar alrededor, como buscando a alguien.

Encontró a Hugo, que llevaba diez minutos fingiendo estirar el mismo gemelo, y le hizo un gesto con la barbilla.

—¿Vienes luego al spa? —le preguntó, ya quitándose los guantes—. Hoy tengo el cuerpo hecho polvo.

—Tengo clase todavía —dijo Hugo, señalando vagamente hacia la sala de al lado, de donde ya empezaba a salir gente con las camisetas oscurecidas de sudor y esa expresión de orgullo agotado que solo dan cuarenta y cinco minutos de percusión y gritos motivacionales—. Body Combat. Cuarenta minutos más.

—Te espero.

Y eso fue todo, dos palabras dichas sin ninguna intención especial, con la misma naturalidad con la que Sergio decía cualquier cosa, y sin embargo a Hugo le duraron los cuarenta minutos enteros de clase como si fueran una promesa formulada ante notario.

Dio patadas al aire, esquivó puñetazos imaginarios, gritó «¡hiyah!

» con todo el grupo en el momento exacto en que el instructor lo pedía y en algún momento, entre el tercer combo y el cuarto, se dio cuenta de que llevaba sonriendo sin motivo aparente desde el minuto uno.

Salió de la sala con las piernas temblando y la camiseta pegada a la espalda, exactamente la imagen contraria a la que le habría gustado ofrecer, y se cruzó en el pasillo con Bea, del turno de la tarde, que le dijo «vaya cara traes» con una sonrisa que Hugo decidió ignorar.

Se metió en el vestuario a toda prisa, calculando cuánto tiempo llevaría Sergio esperando, y calculando mal, porque Sergio seguía todavía frente a su taquilla, sin ninguna prisa por nada, doblando una camiseta de aspecto caro con el mismo cuidado que le dedicaría un dependiente en una tienda.

—¿Qué tal el combate? —preguntó, sin levantar la vista.

—He aniquilado a un adversario invisible.

—Siempre es bueno tener objetivos alcanzables.

Sergio se quitó la camiseta de entrenamiento por la cabeza, con ese gesto tan poco consciente de sí mismo con el que se hacen las cosas cuando de verdad no importa quién esté mirando, y Hugo tuvo que ocuparse, de repente, con mucha urgencia, de su propia taquilla.

No era la primera vez que veía a Sergio sin camiseta —llevaban meses coincidiendo en el mismo gimnasio, y las camisetas, en un gimnasio, tienen una esperanza de vida limitada—, pero seguía intimidándole.

Los hombros anchos, la espalda que se estrechaba hacia la cintura de una manera que a Hugo le parecía casi una cuestión de diseño más que de anatomía, la línea de la columna marcándose cuando se agachaba a buscar algo en la bolsa.

Hugo se dijo, como se lo llevaba diciendo desde marzo, que lo que le gustaba de Sergio no era eso.

Que le gustaba su manera de no darle importancia a nada, su risa fácil, cómo le preguntaba por sus alumnos de vez en cuando y parecía escuchar la respuesta de verdad.

Era mentira a medias y Hugo lo sabía, pero seguía prefiriendo la mitad falsa.

—Oye —dijo Sergio, ya con una toalla al hombro y las chanclas puestas—, ¿te vienes al spa o no? Que se me van a agarrotar los isquios si me quedo aquí hablando.

—Voy.

El spa del gimnasio era la única concesión al lujo en todo el edificio, y la única razón por la que Hugo, en su momento, había elegido la cuota más cara sin pensárselo demasiado.

Se llegaba bajando unas escaleras estrechas y la temperatura cambiaba antes incluso de ver el agua: el aire se volvía más denso, más caliente, con un vago olor a sal y a algo mineral que costaba identificar.

Las luces, siempre bajas, teñían el agua de un azul casi eléctrico, y la piedra de las paredes, oscura y áspera al tacto, devolvía esa luz en fragmentos temblorosos, como si el techo entero estuviera hecho de agua reflejada.

A esa hora de la tarde solía haber poca gente y esa tarde en concreto no había nadie más: solo el sonido de los chorros de agua golpeando la superficie de la piscina, dos surtidores curvos que caían desde la altura como si alguien hubiera inclinado dos grifos gigantes, interrumpiendo el silencio espeso y agradable de un sitio pensado para que nadie hablara demasiado alto.

Sergio se metió primero, sin dudarlo, y dejó escapar un gemido de alivio tan sincero que a Hugo le dio vergüenza ajena solo de oírlo.

Se sentó en uno de los bancos sumergidos, con los brazos extendidos a lo largo del borde de piedra, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, completamente entregado al agua caliente como solo puede entregarse alguien que jamás se ha preguntado si merece ese momento de placer.

Hugo se metió más despacio, ahogando un gesto de dolor cuando el agua le llegó a los muslos —siempre demasiado caliente al principio, siempre perfecta después— y se sentó a una distancia prudencial, ni muy cerca ni muy lejos, la distancia exacta que llevaba meses calculando.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —dijo Sergio, sin abrir los ojos, con la voz ya relajada por el calor—. Que se me ha jodido el puente.

—¿Y eso?

—Iba a ir a ver a unos amigos, cerca de Jaén. Tienen una casa que es una barbaridad, con piscina y de todo, y quedamos hace un mes, pero al final la mitad no puede y la otra mitad se ha liado con no sé qué boda, así que...

Se encogió de hombros, sin ninguna amargura visible, como si contara el argumento de una película que no le había gustado mucho tampoco.

—Nada. Me quedo sin plan.

Hugo notó cómo algo se le encendía por dentro, una luz pequeña y absurda que llevaba semanas esperando cualquier excusa para encenderse.

—¿Cerca de Jaén? ¿Por dónde?

—Por Cazorla. La sierra esa. Dicen que es una pasada.

—Yo iba a ir este fin de semana. A una casa rural. Cerca de allí, creo, o no sé, no muy lejos.

Sergio abrió por fin los ojos y lo miró, con esa expresión abierta y un poco perpleja que ponía siempre que el mundo le ofrecía algo y él tenía que decidir si era interesante o no.

—¿En serio?

—En serio.

Y aquí fue donde Hugo, más tarde, cuando lo repasara todo con la perspectiva que da el tiempo, no conseguiría explicar en qué orden habían pasado las cosas dentro de su cabeza, si primero pensó «díselo» y luego «no, espera» o al revés, o si en realidad no pensó nada en absoluto y dejó que la boca se le adelantara al sentido común, como llevaba haciendo toda la vida en cuestiones de este tipo.

—Podrías venirte. Si quieres. Si no tienes ya otro plan.

Lo dijo demasiado rápido, pero se dio cuenta cuando ya no había manera de arrepentirse.

Sergio se quedó pensando, con esa lentitud suya tan característica que Hugo aún no sabía si era timidez, indecisión o simplemente la manera en la que funcionaba su cabeza, sin prisa por nada, dejando que las cosas llegaran cuando tuvieran que llegar.

—¿No sería raro? Ni siquiera conozco a los demás.

—Qué va. Va mi mejor amigo con su... con Adrián, y un compañero de trabajo de Adrián al que yo tampoco conozco de nada. Estamos empatados en desconocidos.

—Suena mejor que quedarme aquí todo el puente.

Sergio sonrió, esa sonrisa fácil y sin doble intención que a Hugo tanto le gustaba y tanto le dolía a la vez.

—Vale. Me apunto. Total, si no cuadra, siempre me puedo acercar igual a ver a mis amigos, que tampoco están tan lejos de ahí, ¿no?

Hugo asintió, aunque no tenía ni la más remota idea de a qué distancia estaba nada de nada, ni le importaba en ese momento, porque tenía la sangre latiéndole en los oídos con una fuerza que no tenía nada que ver con el agua caliente.

—Voy a hablar con Mateo —dijo, ya poniéndose de pie, chorreando, con una urgencia que le pareció ridícula incluso a él mismo mientras la sentía—. Es quien ha reservado la casa. Ahora vuelvo.

—Tranquilo. —Sergio volvió a cerrar los ojos y se hundió un poco más en el agua—. No tengo prisa por ir a ninguna parte.

Hugo salió del agua, se envolvió en la toalla sin secarse apenas y subió las escaleras hasta el pasillo de las taquillas, donde había cobertura y nadie le miraría raro por hablar solo con el móvil pegado a la oreja, mojando el suelo a su paso.

Marcó el número de Mateo antes incluso de haberse sentado, con los dedos temblándole un poco de frío, o de otra cosa.

—¿Qué pasa? —contestó Mateo, con ese tono ligeramente alarmado que reservaba para las llamadas de Hugo a horas raras.

—Tengo que decirte una cosa, y necesito que no te enfades antes de que termine de contártela.

Se hizo un silencio muy corto al otro lado, del tipo de silencio que Mateo solo hacía cuando ya sabía, por experiencia, hacia dónde iba la conversación.

—Hugo.

—Escúchame primero.

Habló durante casi dos minutos sin parar, atropellándose, mezclando a Sergio con la piscina con la casa de Jaén con la boda de no sé quién, hasta que se dio cuenta de que Mateo no había dicho nada en todo ese rato, ni una sola palabra, y el silencio le pareció, de pronto, más peligroso que cualquier pregunta.

—Y bueno —añadió, con un tono que quiso que sonara ligero y le salió, en cambio, un poco tembloroso—, si al final es muy complicado meter a alguien más a última hora, no pasa nada, de verdad.

No quiero montar un lío. Me quedo aquí este puente, tampoco es el fin del mundo. Tal vez haga algo con Sergio.

Era mentira, o casi: llevaba dos meses esperando exactamente ese «tal vez haga algo con Sergio», sin que llegara nunca, y supo, mientras lo decía, que decirlo así, con esa resignación tan bien fingida, no era del todo limpio. Lo dijo de todos modos, y esperó.

Al otro lado, Mateo tardó en contestar mucho más de lo normal.

—¿Me estás diciendo que si no viene Sergio, tú tampoco vienes?

—No es eso.

—Hugo.

—Vale. Puede que sea un poco eso.

Mateo soltó el aire de golpe, ese resoplido suyo tan característico que Hugo conocía de memoria desde que tenían diez años.

—Voy a colgar —dijo por fin, con una voz tirante que Hugo reconoció enseguida, la de las contadas veces en que de verdad se enfadaba— y te llamo en diez minutos.

Y colgó, sin más explicación, dejando a Hugo de pie junto a las taquillas, envuelto en una toalla, mojando el suelo, con el corazón dándole golpes contra las costillas como si acabara de correr una maratón y una sonrisa que no consiguió quitarse de la cara durante los siguientes veinte minutos, ni siquiera cuando Sergio, al verlo volver, le preguntó qué había pasado y él tuvo que reconocer, avergonzado y feliz a partes iguales, que todavía no lo sabía.