Novios con chip Prólogo #2
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Prólogo #2

—¿Sigue en pie lo del fin de semana? —preguntó, al fin, mientras giraba muy despacio el bolígrafo entre los dedos.

—En principio, sí.

Había una parte de aquella rutina a la que Adrián no acababa de acostumbrarse, ni siquiera después de tanto tiempo: que alguien le preguntara por sus planes del fin de semana con la misma naturalidad con la que le interrogaría por el estado de una instalación, como si su tiempo libre formara parte también, de algún modo, del informe.

Entendía los motivos —la seguridad de todos dependía de que nadie supiera más de lo necesario, ni siquiera dentro—, pero entender una norma no hacía que se sintiera cómodo con ella.

—¿La casa de Cazorla? ¿La del pantano del Tranco?

—Cerca del Tranco, sí.

Óscar asintió, como si aquello confirmara algo que ya sabía de antemano.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa con el mismo cuidado excesivo que empleaba el propio Adrián a veces, cuando quería que sus manos parecieran ocupadas en algo distinto de lo que en realidad estaba pensando.

Reconocer el truco en otro era casi un alivio.

—Bien —dijo—. Descansa. Te hace falta.

Nunca antes le había dicho a Adrián que descansara. No en todo el tiempo que llevaban trabajando juntos.

—Dado lo que está ocurriendo —sugirió Adrián, con cuidado—, puedo aplazar el viaje, si consideras que puedes necesitarme.

—No hace falta. —Óscar ni siquiera levantó del todo la vista para decirlo, como si la oferta no mereciera más atención que esa—. Vete a esa casa. Desconecta. Si llego a necesitarte, te avisaré.

—¿Y Leo? —preguntó Adrián, aunque ya conocía la respuesta; Leo lo tenía decidido desde hacía una semana entera, con la misma irrevocabilidad con la que decidía todo lo demás.

—También irá, según tengo entendido.

Algo en el tono de Óscar, algo demasiado neutro para ser realmente neutro, hizo que Adrián levantara la vista hacia él.

—Por lo visto, es algo muy importante para él.

Adrián no dijo nada, aunque algo se le tensó por dentro al oír esas palabras dichas con un retintín que no se le pasó por alto.

Aún así, debería sentirse agradecido por el aprecio de Leo, se dijo, así como por la admiración que Leo sentía hacia su relación con Mateo.

La mayoría de sus compañeros la contemplaban con una mezcla de recelo y desprecio apenas disimulado, algo que lo había ido apartando de ellos, poco a poco, sin que nadie dijera nunca nada en voz alta.

Que sus superiores, al menos, se la permitieran sin objeción era, en ese sentido, una suerte.

Aunque fuera por los motivos equivocados.

Aunque muchos no fueran capaces de creer que hubiera un cariño de verdad que no fuera una curiosidad zoológica disimulada.

Adrián no volvió a preguntar. Había aprendido, hacía tiempo, que insistir nunca servía de nada con Óscar, y que a veces las respuestas llegaban solas, más tarde, cuando ya no se las esperaba.

Ya en el coche, con el motor todavía apagado, se permitió aflojarse el nudo de la corbata y, por primera vez en dos horas, pensar en algo que no fuera Óscar.

Pensó en Mateo. En cómo le quedaba el pelo un poco de lado por las mañanas, cuando dormía boca abajo.

En que estarían cuatro días en la misma casa, aunque nunca del todo a solas —Leo se encargaría de eso—, y en que aun así, con todos los demás alrededor, la sola idea de dormir bajo el mismo techo que Mateo tres noches seguidas y poder despertarse cuando les diera la gana le hacía feliz de una manera que casi le daba vergüenza, en comparación con todas sus demás preocupaciones.

Entonces sonó el teléfono. Era Mateo.

El teléfono seguía sonando dentro del silencio del coche. Dejó pasar dos tonos más antes de contestar, solo para alargar un segundo más esa sensación irracionalmente alegre de anticipación, como si no hablaran cada poco.

—Hola —dijo Mateo—. ¿Qué tal la mañana?

—Larga. ¿Y la tuya?

—Hugo me ha llamado dos veces preguntándome qué se pone para conocer a Leo el jueves. La segunda vez, para preguntarme si la primera respuesta seguía siendo válida.

Adrián sonrió, apoyando la cabeza en el reposacabezas.

—Dile que no se complique. Leo tontearía con una farola si la farola le dedicara media sonrisa.

—Eso es justo lo que me preocupa.

—¿El qué?

—Que a Leo le va a parecer maravilloso desde el minuto uno y Hugo...

—Mateo dudó y profirió un suspiro que sugería, a la vez, cariño y cansancio—.

Hugo todavía tiene la cabeza en otra parte.

Hay un chico del gimnasio. Sergio. Le gusta desde hace un par de meses y no le hace ni caso, que es más o menos el patrón habitual.

Con Hugo nunca le hace caso el que debería.

—¿Y tú qué esperas que pase el jueves?

—Pues, sinceramente, espero que Leo le haga olvidarse de Sergio en media tarde.

Mateo se rio, un poco avergonzado de lo que acababa de decir.

—Sé cómo suena. Pero es que llevo años y años viendo a Hugo enamorarse de un hombre diferente cada temporada, siempre convencido de que es el definitivo, y ya no sé si necesita que le guste alguien o necesita que alguien le haga sentir que no tiene que seguir buscando.

Adrián se quedó callado un momento, mirando por el parabrisas el aparcamiento vacío de Meridiano Capital.

—A mí me preocupa lo contrario —dijo al fin.

—¿Qué quieres decir?

—Que Leo lleva toda la semana hablando de este fin de semana como si fuera el rodaje de una comedia romántica en la que él tiene el papel protagonista. Ya ha decidido que va a ser el amor de su vida antes incluso de saber si a Hugo le gustan los perros o los gatos.

—Bueno, me encanta su optimismo.

—Pero es peligroso, Mateo. Si esto no sale como él espera, tendré que consolarlo durante meses.

—Puede que salga mejor de lo que ninguno de los dos espera —dijo Mateo, y algo en su voz se volvió, por un instante, más suave—. A veces pasa. A veces lo que nadie ve venir es justo lo que necesitaba.

Adrián no supo qué contestar a eso, así que no dijo nada.

—Te dejo, que tengo que hacer las maletas —dijo Mateo al fin.

—Vale.

—Te quiero.

Lo dijo así, sin darle importancia, de pasada, como quien cuelga después de decir cualquier otra cosa.

Adrián se quedó con el teléfono todavía pegado a la oreja un segundo después de que la llamada terminara, mirando el aparcamiento vacío, preguntándose, no por primera vez, cómo era posible que una frase tan sencilla pudiera significar tanto para él.

Arrancó el coche. Tenía una hora de trabajo por delante y un fin de semana entero en el que su único trabajo iba a ser que a Leo no se le rompiera el corazón el primer día.

Sonrió de todos modos.