Novios con chip
© inepub.com
Prólogo
L a antena parpadeaba cada cuatro segundos, un pulso rojo diminuto sobre la ladera oscura, como si la instalación respirara.
Adrián llevaba contándolos desde hacía diez minutos, tumbado boca abajo entre dos rocas, con el frío de la piedra colándose a través de la chaqueta.
El guardia completaba su ronda del perímetro en veintidós pulsos, ni uno más ni uno menos, desde hacía tres noches.
A las cuatro y doce pasaría junto a la valla sur y tardaría noventa segundos en perderla de vista.
—Podríamos simplemente saltarla —dijo Leo, a su lado, sin molestarse en susurrar.
Podría habérselo dicho sin mover los labios siquiera —a Adrián le había llegado ya, un instante antes, por el otro canal, el que no necesitaba aire ni cuerdas vocales ni la protección de la oscuridad—, pero Leo prefería casi siempre la versión hablada.
En su opinión, el silencio era demasiado cómodo y precisamente por eso desconfiaba de él: le parecía una manera tramposa de comunicarse con alguien, incluso con Adrián, incluso a solas en mitad de una ladera donde nadie más podía oírlos.
—Podríamos —contestó Adrián, en voz alta también, aunque llevaba ya dos avisos enviados por la otra ruta, los dos ignorados: uno sobre el volumen, otro sobre la impaciencia.
—Yo podría saltarla ahora mismo. Desde aquí. Sin carrerilla.
—Ya lo sé, Leo.
—Es que mírala. Es una valla triste y solitaria. Le gustaría que la saltáramos.
Adrián no contestó. Contaba pulsos. Diecinueve, veinte.
El cuerpo que Leo había elegido esa semana —ancho de hombros, con unos brazos que tensaban las costuras de una simple chaqueta de deporte— no ayudaba nada a lo de pasar desapercibidos y Adrián se había cansado de repetírselo.
Algunos consejos había que dejar que los aprendiera solo, aunque fuera a costa de la paciencia ajena.
Veintidós. El guardia dobló la esquina y desapareció tras el generador.
—Ahora —dijo Adrián, y ya estaba de pie, moviéndose hacia la valla sin hacer ruido, con esa economía de gestos que había perfeccionado durante años de practicarla frente a espejos, frente a cámaras, frente a seres humanos.
Leo lo siguió, y en el último instante, cuando la puerta lateral —sin cerrar del todo, tal como Adrián había previsto que estaría— quedaba a menos de dos metros, saltó por encima de la valla entera de todos modos.
Un salto limpio, silencioso, absurdamente alto.
Aterrizó agachado, sonriendo, como un niño que acaba de tirarse por un tobogán.
—No deberías haberlo hecho —susurró Adrián, ya dentro.
—Ya, pero me apetecía.
En el interior, el edificio olía a plástico caliente y a polvo acumulado durante años sin visitas humanas frecuentes.
Adrián encontró el armario de comunicaciones exactamente donde los planos decían que estaría, tras una puerta con un candado que cedió con un giro casi cariñoso de sus dedos.
Sacó del bolsillo interior un pequeño módulo plano, del tamaño de una tarjeta de crédito, y lo insertó en un puerto libre del panel central.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Después, una hilera de luces que llevaban apagadas —quién sabía cuánto tiempo, quizá desde que instalaron aquel repetidor en mitad de ninguna parte, hacía más de una década, para dar cobertura a un puñado de pueblos que ni siquiera aparecían en los mapas turísticos— empezó a encenderse, una por una, con un zumbido suave que Adrián sintió más en los dientes que en los oídos.
Un ordenador que llevaba mucho tiempo dormido se despertaba.
Nada más. Así de sencillo y así de irreversible.
—Ya está —dijo, antes de volver a meterse las manos en los bolsillos.
Leo se había quedado en la puerta, mirando hacia fuera, hacia el valle que empezaba a distinguirse bajo el primer gris del amanecer. Un puñado de luces de un pueblo pequeño, allá abajo, se apagaban una tras otra a medida que la gente se despertaba y dejaba de necesitarlas.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este trabajo? —preguntó Leo, sin volverse.
—Sorpréndeme.
—Que nadie de ahí abajo se enterará nunca de lo que ha ocurrido esta noche.
Seguirán preparando café, charlando entre ellos y llegando tarde al trabajo, exactamente igual que ayer —sonrió, esta vez sin ningún rastro de fanfarronería, algo mucho más tranquilo—.
Me parece bonito. Cuidar de algo sin esperar que nadie te dé las gracias.
Adrián lo miró un segundo de más.
—Vámonos, Leo. Tengo que estar en la oficina en dos horas.
—¿Y luego?
—Y luego, un poco de papeleo, otra mañana de trabajo y por fin el fin de semana.
Leo levantó los dos puños al aire, en silencio, como si acabaran de anunciar por megafonía que había ganado algo importante, y Adrián, que llevaba media vida entrenándose para no sonreír en el momento equivocado, no consiguió evitarlo del todo.
Bajaban ya la ladera, con la luz del amanecer ganando terreno sobre el valle a cada paso y el olor a romero seco levantándose del suelo con el primer calor, cuando Leo se detuvo en seco.
—Dime cómo se llama.
—Te recuerdo que ayer me prohibiste que te lo dijera.
—He cambiado de opinión. Solo el nombre. No voy a hacer nada raro con un nombre.
—La última vez que supiste el nombre de antemano, te viste enteras sus tres películas favoritas en un fin de semana y luego no supiste de qué hablar con él durante la cena de verdad.
Leo consideró aquello con una seriedad que solo podía resultar cómica.
—Tienes razón. No me lo digas.
Siguieron caminando. Un poco más abajo, entre dos rocas, Leo volvió a pararse.
—¿A qué se dedica, al menos?
—Leo.
—Vale, vale, no me lo digas tampoco.
Se pasó una mano por el pelo, contrariado consigo mismo.
—Es que no sé qué es peor —reflexionó—. No saber nada y llegar en blanco, sin nada pensado, o saber algo pequeño y pasarme cuatro días imaginándome a alguien que luego no se parece en nada a la realidad.
—Yo diría que eso segundo es justo lo que llevas haciendo toda la semana y ni siquiera sabes el nombre.
Leo se quedó pensativo, sorteando una piedra suelta sin apartar la vista del cielo, que empezaba a teñirse de un naranja pálido por el este.
—Puede ser. Pero al menos son imaginaciones y no la realidad. Si me dices el nombre, lo que me imagino tendrá un fundamento, y eso es mucho más peligroso.
—No tengo ni idea de lo que quieres decir, pero suena a que ya has tomado una decisión.
—No me lo digas —confirmó Leo, muy serio, como si acabara de resolver un dilema filosófico de cierta importancia—. Prefiero conocerlo primero. Así, si no funciona, no será ninguna decepción. Conoceré a un hombre real, tal como es.
Ya casi habían llegado al coche, aparcado entre dos pinos al final de la pista de tierra, cuando Leo volvió a hablar, esta vez con una voz distinta, más baja, casi confesándose.
—¿Sabes lo que estuve a punto de hacer anoche?
—Me da miedo preguntar.
—Buscarlo. Aunque no sepa su nombre, podría haber encontrado a cualquier amigo de Mateo en cuestión de segundos.
Los seres humanos cuentan su vida entera sin que nadie se lo pida: dónde desayunan, con quién, la cara que ponen al despertarse un domingo cualquiera.
Podría saber dónde trabaja, con quién ha estado, qué opina de casi cualquier cosa, sin moverme del sofá.
Sacudió la cabeza, casi con desagrado hacia sí mismo.
—Y estuve a punto —añadió—. Había redactado ya las búsquedas para encontrar todo lo que quería saber.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque eso es lo que hacen los villanos de las películas, Adrián.
El que se presenta ya sabiéndolo todo de la otra persona, fingiendo sorpresa cuando le cuenta algo que ya sabía.
Es espeluznante. Y también... —dudó, buscando la palabra exacta— ...
es trampa. Si ya sé qué le gusta antes de preguntárselo, ¿qué gracia tiene preguntárselo?
Adrián se detuvo con la mano en el tirador del coche y lo miró un momento, pensando en la facilidad —la espantosa, casi obscena facilidad— con la que Leo podría haberlo sabido todo y en que se hubiera contenido, no porque no pudiera, sino porque de verdad quería jugar limpio.
Era, pensó, una de las cosas más humanas que le había visto hacer nunca, y eso que llevaba semanas viéndolo actuar con torpeza en casi todo lo demás.
—Me alegra que no lo hicieras —dijo, al fin.
—Ya, bueno.
Leo se encogió de hombros y subió al coche, ya sonriendo de nuevo.
—Aunque ahora tengo mucha curiosidad por saber qué tiene de raro su cara al despertarse un domingo.
Arrancaron. Las luces del pueblo, allá abajo, seguían apagándose una a una.
Adrián todavía tenía tierra bajo las uñas cuando cruzó el vestíbulo de Meridiano Capital pero nadie lo habría notado.
Se había cambiado de ropa en el coche, se había pasado un peine, y para cuando saludó a Marisa en recepción —«¿qué tal el fin de semana, cómo sigue tu madre?
», con la misma sonrisa de siempre— era otra vez el hombre que sus compañeros conocían.
Solo cuando la puerta de cristal esmerilado del despacho de Óscar se cerró a su espalda se permitió, apenas, dejar de fingir.
Óscar estaba sentado tras el escritorio con esa misma quietud suya que Adrián nunca había conseguido descifrar del todo: rasgos afilados, las sienes ya plateadas de una manera que en cualquier otro habría restado autoridad y que en él, en cambio, parecía cuidadosamente elegida, como si hubiese decidido envejecer solo lo justo para que nadie olvidara que llevaba más tiempo que nadie en aquella empresa.
Debía de rondar los cincuenta, si es que la cifra significaba algo real para alguno de los dos, y llevaba esa edad con la misma elegancia distante con la que llevaba el traje: impecable, ajustado, sin un solo hilo suelto que pudiera delatar nada.
—Buen trabajo con la instalación —dijo Óscar, sin levantar la vista de la pantalla—. Limpio. Rápido. Como es más adecuado.
Adrián asintió y esperó. Óscar nunca le felicitaba sin más; siempre había algo después, una coma antes del verdadero asunto.