Novios con chip Capítulo 30
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Capítulo 30

S ergio detuvo el coche junto a la acera, con el motor todavía en marcha, y se giró hacia el asiento trasero con una sonrisa que no había perdido ni un ápice de energía en todo el trayecto de vuelta.

—¿Te acerco a ti también, Leo? No tengo prisa.

—No hace falta, gracias. Voy a acompañar a Hugo con el equipaje.

Sergio no puso ninguna objeción —no parecía ser de los que ponían objeciones a nada—, aunque tardó unos instantes en volver a subir el volumen de la radio, con la vista todavía en el retrovisor mientras los dos cruzaban ya la acera hacia el portal, riéndose de algo que él no había llegado a oír.

Se despidió con un par de bocinazos alegres en cuanto los perdió de vista del todo, alejándose calle abajo hacia quién sabía qué otra parte de la noche.

La calle estaba casi vacía. Quedaba solo algún coche suelto que pasaba de cuando en cuando pitando sin mucha convicción, restos ya cansados de una celebración que llevaba horas deshinchándose, y las luces de las farolas caían sobre el asfalto con esa quietud de las ciudades pasada la una de la madrugada, cuando hasta el aire parece haber decidido bajar el volumen de todo.

Resultaba extraño pensar que apenas unas horas antes el mundo entero había estado, según decían, a punto de perder el control de sí mismo, y que ahora la calle de Hugo se preparaba, sin ninguna prisa, para el lunes que ya asomaba al otro lado de la noche, como si la propia ciudad hubiera decidido que ya había tenido bastante emoción por una semana y prefiriera, sencillamente, dormir.

Hugo respiró hondo, y le sorprendió lo que encontró en el aire: gasolina, algo de fritanga rancia de algún bar ya cerrado, el calor residual del asfalto que el día había dejado atrapado entre los edificios.

Cuatro días en Cazorla habían bastado para que su propia ciudad, la que llevaba viviendo media vida, le oliera de repente a algo nuevo, o quizás a algo viejo que había dejado de notar hacía tanto tiempo que se le había olvidado que estaba ahí.

—Parece que no haya pasado nada —dijo, señalando con la barbilla hacia la calle entera, hacia la ciudad entera, en general.

—Ha sido una mezcla de casualidad y experimento —le explicó Leo con una ligereza que no invitaba a seguir tirando del hilo, mirando hacia algún punto indefinido por encima del hombro de Hugo—. Pero ha resultado que todavía era demasiado pronto.

Hugo no insistió. Empezaba a reconocer el tono exacto con el que Leo cerraba una puerta sin decir que la estaba cerrando y aquel era, sin lugar a dudas, ese tono.

Se quedaron los dos de pie en la acera, con la maleta de Hugo entre ambos y ninguna prisa aparente por moverse de allí, en ese silencio incómodo y a la vez extrañamente cómodo que se instala entre dos personas que no tienen ni idea de cómo se hace lo que están a punto de hacer.

—¿Vives cerca? —preguntó Hugo, al fin, más por decir algo que por verdadera curiosidad.

—En la otra punta de la ciudad, la verdad.

—Entonces, ¿por qué no has dejado que Sergio te llevara?

—Quería ayudarte con el equipaje.

Hugo bajó la vista hacia su propia maleta —pequeña, de cabina, con una rueda que llevaba chirriando desde Cazorla— y luego volvió a mirar a Leo con una ceja alzada que no necesitaba ninguna palabra adicional.

—Pesa mucho —dijo Leo, sin ningún atisbo de vergüenza por la evidente falta de lógica de su propia excusa.

Hugo, sin decir nada, se agachó y levantó la maleta entera sujetándola solo con dos dedos del asa, sosteniéndola en el aire un segundo de más para que el gesto hiciera todo el trabajo de réplica que hacía falta.

—Puede que ese no fuera el motivo real —admitió Leo, sin que aquello pareciera costarle ningún esfuerzo.

Volvió el silencio, y con él, la incomodidad de antes, ahora un poco más aguda, porque los dos parecían saber ya, sin decírselo, que había llegado el momento de decidir cómo terminaba aquello, y ninguno de los dos tenía ni la más remota idea de cómo se hacía.

—Podríamos comer juntos algún día de esta semana —dijo Hugo, con la voz de quien improvisa un plan sobre la marcha—. Entre semana, quiero decir. Y luego, no sé, el finde que viene, si a ninguno de los dos nos surge nada, podrías venirte a casa, o algo así. Sin ninguna prisa.

—Sin ninguna prisa —confirmó Leo, asintiendo con una seriedad exagerada—. Tampoco hace falta que hablemos todos los días.

—No, para nada. Lo mejor es ir con calma.

—Con muchísima calma.

—Porque lo peor que podríamos hacer —siguió Hugo, esforzándose por sonar serio— sería, no sé, no esperar ni un solo día y ponernos directamente a vivir juntos, o algo por el estilo.

—Sería una idea pésima.

—Malísima.

—De las peores ideas que se me han ocurrido nunca y eso que se me ocurren muchas.

—Tal vez ni siquiera haga falta que nos veamos la semana que viene. Podría ser la siguiente.

—O la otra. Y quizás acabemos siendo solo amigos.

—O conocidos a secas. Tenemos amigos en común. No nos queda más remedio que llevarnos bien aunque no nos apetezca.

—Sí.

—Sí —repitió Hugo mecánicamente. Intentó decir algo más, pero no se le ocurrió nada.

Se quedaron callados otra vez, con aquel plan tan sensato y tan bien razonado flotando entre los dos sin que ninguno hiciera ademán de despedirse de verdad, como si los dos estuvieran esperando que ocurriera algo —no sabían bien qué, ni de qué manera exacta— que les indicara que ya podían separarse por esa noche.

Hugo suspiró, con el cansancio acumulado del largo puente pesándole de golpe en los hombros, puso los ojos en blanco con un fastidio que no iba dirigido a nadie en particular —ni a Leo, ni a la maleta, ni siquiera a sí mismo, sino a la situación entera, a lo absurdo de estar los dos ahí plantados calculando distancias de seguridad como si todavía estuvieran ensayando en un sofá—, y sin decir una palabra más cogió la maleta, que en efecto no pesaba nada, y echó a andar hacia el portal.

Metió la llave en la cerradura, empujó la puerta, y solo entonces, con un pie ya dentro y el otro todavía en la calle, se volvió hacia Leo, que se había quedado en la acera con una expresión de sincera confusión ante aquella despedida tan brusca.

—¿Vienes o qué? —preguntó Hugo, con el tono ligeramente irritado de quien se ve obligado a explicar algo que debería haber sido evidente para cualquiera con un mínimo de sentido común.

A Leo se le iluminó el rostro, con esa sonrisa suya que le ocupaba toda la cara, y cruzó la acera en dos zancadas para alcanzarlo antes de que la puerta terminara de cerrarse.