28. Donovan #2
Suena como yo hace unos meses. ¿Habrá encontrado ese pretexto para entablar conversación o intenta darme a entender algo?
Es retorcida, demasiado como para que pueda prever el sentido de sus actos.
En cuanto a mí, recuerdo perfectamente su primera reacción en la cafetería y decido respetar el desarrollo de los acontecimientos, ya que parece querer recrear la escena.
—Lo siento, tengo la agenda a tope. Le prometí a Lewis que le iba a acompañar al centro de planificación familiar para que le receten una píldora anticonceptiva.
Le cierro la puerta en las narices, probablemente más sorprendido yo que ella por mi propio gesto.
Joder, me supone un esfuerzo sobrehumano, pero ya que quiere jugar a esto...
«Sé fuerte, Don, no te dejes embaucar por esa carita por la que serías capaz de todo.
Se merece sudar un poco, ¿no? ¿No? ¡A la mierda!
». Vuelvo a abrir la puerta. No se ha movido ni un milímetro.
—¿No te suena todo esto de algo, en plan déjà vu ? —retomo con el mismo tono.
—¿Puedo entrar? Estoy congelada.
—Y aún te preguntarás por qué.
—Podrías al menos fingir que te ha excitado.
—¡No, tranqui! Si me he puesto duro... Hasta que una ola de leche ha decidido ahogar mi erección.
Hace una mueca, entre asqueada y arrepentida.
—Si te dejo entrar, ¿vas a contarme qué pasó a principios de semana?
—Sí.
Su tono es directo, y soy el primero al que le sorprende.
—Bien. Sígueme, femme fatale.
—Gracias.
Nos cruzamos con Lewis en el pasillo. Nos mira sacudiendo la cabeza.
—Los Wolinski gobernarán el mundo —suelta con voz de profeta borracho.
—Ignóralo —murmuro mientras abro la puerta de mi habitación.
—Es lo que llevo haciendo desde principios de los tiempos.
Me adelanta para entrar. Lewis no se ha movido.
—¿Qué lleva debajo del abri...?
El portazo le impide terminar su pregunta lasciva.
Echo el cerrojo y me apoyo contra la puerta.
Carrie se frota las manos para calentarse.
No parece suficiente, porque se sube a mi cama y se refugia bajo la manta.
Se la sube hasta la nariz y sus ojos marrones me atraviesan.
¿No quería excitación? Verla en mi cama ya me basta, pero ni de broma voy a dejar que gane tan rápido.
Podría confesarle que su sola presencia aquí ya vale como disculpa, pero tiene que explicarse.
Y ella descifra perfectamente ese pensamiento.
—Perdón por todo lo que te dije, no lo pensaba, te lo juro.
—¿Qué pasó?
—Me dejé llevar por la angustia de lo que tú representas. Me había prometido no tener novio, al menos mientras durara la uni.
—¿Por qué?
—Mis padres se conocieron en la universidad, se casaron tres años después y poco después nací yo. Mi madre estaba completamente loca por mi padre. Era precioso de ver... hasta que entendí que ya no era recíproco. Cuando la dejó por otra, la volvió loca.
—Padres divorciados. Nada fuera de lo común.
—Bueno, eso es relativo. Al principio gritaba y era insoportable, pero con el tiempo entendí que eso era mejor que lo que vino después. Empezó a acumular cosas absurdas, a comprar objetos inútiles y a almacenarlos por toda la casa.
Su respiración es entrecortada, como si hablar le costara un esfuerzo enorme. Parece diminuta en mi cama, y me aferro al picaporte de la puerta para no ir hacia ella.
—Al principio pensaba que era una forma de compensación. Hasta que un día tomó proporciones delirantes. Había cosas por todas partes.
—He oído hablar de eso. ¿Trastorno de acumulación compulsiva?
—¿Lo conoces?
—Sí, lo he visto en la tele.
—Pues el caso es que llevo dos años ocupándome de ella. Tengo que volver a Cincinnati a menudo para ordenar, clasificar e intentar tirar o vender todo lo que puedo. Viéndola así, me convencí de que jamás dejaría que un chico afectara a mi vida. Tenía demasiado miedo de acabar como ella...
Ahora entiendo mejor su reacción, aunque me sigue pareciendo exagerada. Si viviéramos nuestras vidas en función de las de nuestros padres sería bastante triste.
—Cuando Greyson me llamó, acababan de apagar el principio de un incendio en el salón. Una vela prendió fuego a una de las muchas pilas de papeles que había por todas partes.
—Joder... ¿tu madre está bien?
—Sí, pero se llevó un buen susto.
—Deberías haberme dejado acompañarte.
—No podía.
—Yo te llevé a mi casa.
—¡Precisamente! Tu familia es perfecta, Don. Tus padres se comportan como si siguieran casados, vuestra familia no se parece en nada a la mía. Mi padre se largó y no lo he vuelto a ver. Mi madre se vino abajo, y yo estoy tambaleándome en medio de todo eso.
—¿Le guardas rencor?
—¿A mi madre?
—Hablo de tu padre. A ti también te abandonó.
Me mira como si acabara de decir una barbaridad.
—Pues... la verdad es que nunca me he parado a pensarlo. Cuando se mudó, me sentí aliviada por no tener que oírlos discutir más. Y luego lo odié por hacerme soportar la tristeza de mi madre. Pero nunca me pregunté qué sentía yo realmente.
—Ahí está la raíz del problema, ¿no?
Con la mirada perdida, asiente.
—Por eso tengo que aprender a ser una buena novia. Llevo días dándole vueltas.
—¿Y toda esa reflexión te llevó a ese momento inolvidable en el que has decidido abrirte la gabardina delante de mis inocentes ojos?
—Admito que no salió exactamente como estaba previsto, pero me parecía una buena manera de pedirte perdón.
—Propongo una reconciliación sobre la almohada, seguida de una semana de fiel servicio hacia mi persona. Y si además me lavas el coche...
—Hablo en serio, Don.
—¡Yo también!
—Primero tengo que empezar de cero.
—¿Me estás dando calabazas por segunda vez?
—Estoy preparando el terreno con cuidado, es diferente.
—¡Yo soy el terreno! Lo que significa que...
—¡No hagas una metáfora sexual!
—Estás tumbada en mi cama, con una lencería supersexi . Te perdono.
—Vas a tener que esperar.
—Me niego. Con lo que acabas de enseñarme, te va a llevar demasiado tiempo convertirte en una novia perfecta.
Prefiero que te limites a ser mi novia loca.
Te acepto tal como eres, como auténtico caballero que soy.
Puede que sea un inconsciente, pero sobre todo lo que soy es un impaciente, así que no, no voy a esperar.
—Pero ¿qué dices?
—Yo soy el genio del dúo, el novio perfecto; eso basta para mantener el equilibrio.
—Tengo unas ganas tremendas de estrellar tu cabeza de buque contra esa pared...
—¡Bip, bip, biiip! El radar antinovia mala está en rojo.
—Aún no soy tu novia.
Joder, estoy hasta las narices. Solo quiero oírla decir que estamos juntos porque la vida sin mí no merece la pena. «O algo por el estilo, vamos».
—¿Tienes más ideas absurdas en la recámara?
—Hacerte galletas sin gluten, tejerte un jersey, ordenar tus calzoncillos por colores...
—Eres pésima como novia.
—¡El que es terrible como novio eres tú! —replica señalándome con el dedo.
—Sabes que eso es mentira, cariño. Solo tienes que reconocer que soy el mejor de los dos y te dejaré besarme.
Mira mi boca, luego baja la mirada por mi cuerpo y suspira otra vez.
—De verdad quiero tomarme esto en serio para sentirme menos inútil.
—¿Esto?
—Sí, esta cosa tan extraña que empuja a la gente a hacer cosas raras...
—Puedes decir la palabra, Carrie: p-a-r-e-j-a.
—Eso.
Me río al ver su expresión de fingido arrepentimiento.
—Acabas de aparecer con tu gabardi...
—¡Joder, deja de sacar el temita otra vez!