Novio perfecto (Campus Drivers 2) 28. Donovan
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28. Donovan

Donovan

Si no estuviera de un humor de perros, me sorprendería ver a mi hermana salir de la habitación de Adam y cruzar el apartamento tranquilamente tarareando I Believe I Can Fly . Mientras la sigo con semblante apagado, me lanza una mirada fugaz, frunce el ceño y reduce el paso.

—¿Algún problema?

—No.

—Bien.

Desaparece en la cocina, seguida poco después por su flamante novio. Los oigo intercambiar palabras, risas y besos ruidosos. En serio, les ha bastado una sola noche para empezar una relación. «¡Una sola puta noche!». Cuando veo el calvario que tengo con Carrie, me deprimo.

Los tortolitos vuelven a cruzar el salón y se quedan plantados delante del sofá que llevo ocupando durante horas. Se merecerían que invocara el famoso código de bros.

—¿Estás bien, Don? —me pregunta Adam.

Me quedo mirando la pantalla negra de la tele. Si los ignoro, ¡se largarán!

—Está de morros —declara Amelia mientras bebe con una pajita.

—¿Por qué está de morros?

—Ni idea.

—¿Se lo has preguntado?

—Sí.

—¿Y qué ha respondido?

—Nada.

—¿Y tú has insistido?

—No. Ya me parece bastante esfuerzo por mi parte haber hecho la pregunta.

«¡Largaos!».

—Seguro que tiene que ver con Carrie.

—Es verdad que hace tiempo que no la veo —reflexiona Adam.

—Creo que se ha dado cuenta de que mi hermano es un aburrido.

—Estoy seguro de que eso lo sabía desde hace tiempo; tiene que ser otra cosa.

—Quizá...

—¿Os vais a callar?

He gritado tan fuerte que a mi hermana se le cae la pajita.

—¡Ha recuperado el uso de las cuerdas vocales! —se maravilla—. ¡Choca!

Su puño golpea el de mi colega y luego los dos se quedan mirándome, esperando que hable. «Esto es de coña, si ya hasta son supercómplices y se han aliado contra mí».

—Largaos de aquí.

—Está de mal humor. ¿Qué pasa, DonnyDon?

—Voy a acabar echando de menos cuando me ignorabas abiertamente...

—Adam me anima a hacer un esfuerzo contigo, pero si me lo pides amablemente, puedo volver a mis viejas costumbres.

—Qué considerados sois, gracias —respondo sonriéndoles—. Ahora, fuera.

—Venga, tío, no me gusta verte así —dice Adam ya más serio—. Cuéntanos.

Suelto un largo suspiro y al final me decido a hablar. Necesito comentarlo con alguien para intentar entender qué cojones ha podido pasar.

En pocas palabras les cuento la memorable conversación que tuve con Carrie hace tres días.

—¿Has intentado llamarla desde que se fue a Cincinnati? —pregunta Adam.

—¡Ah, sí, claro! ¡La he llamado para suplicarle que salga conmigo, como un idiota desesperado! —ironizo—. Ya he quedado como un completo gilipollas, creo que con eso basta.

—Te hablo de llamarla para asegurarte de que no ha pasado nada grave en su casa. Te diste cuenta de que tenía problemas con su madre; eso podría explicar que se le fuera la cabeza de repente.

—Estoy de acuerdo con Adam —añade Amelia.

—¿En serio?

—Es más fácil apartar a la gente cuando algo va mal. Buscas a alguien sobre quien descargar tu dolor y le cargas lo que te conviene...

Le lanzo una mirada a mi hermana al entender a qué se refiere. No puedo creer el giro tan brusco que ha dado nuestra relación en tan poco tiempo. Estoy contento, claro, pero me queda una sensación de algo incompleto por culpa de Carrie. «Las quiero a las dos».

—Eso no significa que todo sea culpa suya —añade enseguida—. Pero estoy segura de que vendrá a hablar contigo cuando haya arreglado todo eso...

—No he tenido ninguna noticia desde que se fue. Lane la vio ayer por el campus. Ha vuelto a Columbus sin ponerse en contacto conmigo, y eso lo dice todo.

—Ha pasado demasiado tiempo contigo como para mandarlo todo a la mierda así.

—¡Estamos hablando de Carrie! Es imprevisible y terca como una mula.

—No tanto. Te recuerdo que acabó aceptando ayudarte cuando no podía ni verte. Le pediste consejos para ser el novio perfecto y aceptó. Solo eso ya es mucho como para salir corriendo ahora.

—Me encanta que estés al tanto de eso...

—Te recuerdo que precisamente fue por «eso» por lo que cambié la opinión que tenía sobre ti.

—Sinceramente, me jode.

Se acerca a mí y me da unas palmaditas torpes en la rodilla. Adam me guiña un ojo con complicidad antes de volver a su habitación con ella.

De nuevo solo en el salón, intento poner orden en mi cabeza. No tengo ganas de llamarla, porque desde el principio he sido yo quien siempre ha dado el primer paso hacia ella. Pero al mismo tiempo estoy preocupado, y eso me está poniendo enfermo.

Estiro las piernas sobre la mesa baja cuando oigo que alguien llama a la puerta. Sigo de mal humor y no tengo ganas de levantarme para abrir. Confío en mis compañeros de piso, pero ninguno se mueve.

—¡Están llamando a la puerta!

—¡Estoy calzando mi escritorio! —me grita Lewis desde su habitación.

Ninguna reacción por parte de Adam; debe de estar descubriendo... «Me niego a pensarlo, ¡joder, tengo mis límites!».

Los golpes vuelven a sonar. Abandonado por mis mejores amigos, me arrastro hasta la entrada.

Me froto los ojos, me paso una mano por el pelo alborotado y abro la puerta.

Había deseado tanto que apareciera, que ya me había hecho a la idea de que no pasaría.

Me deja descolocado encontrarme por fin cara a cara con Carrie.

«¡No le sonrías!». No digo nada. Le toca hablar a ella primero.

Es su turno de explicarme por qué perdió la cabeza de esa forma cuando todo iba perfecto.

Recta como un palo, con el pelo suelto y un vaso de papel a sus pies, está todavía más guapa de lo que recordaba.

Parece diferente, quizá porque lleva una gabardina y unos tacones de charol.

«Espera... ¿qué es este modelito?». Mi mirada sube hasta su rostro en tensión.

Me mira respirando deprisa. Espero en silencio, sin apartar la mirada.

Se mueve nerviosa, abre la boca y la cierra como si hubiera demasiadas palabras intentando salir, luego tira del cinturón de la gabardina con brusquedad.

Imagino que pretendía abrirla, pero el nudo se ha quedado atascado y se pelea con la tira mientras insulta al pobre pakistaní que seguramente pasó una noche entera cosiéndola. «Pero ¿qué trama?».

Poco a poco, recupera el aliento. Desata por fin la hebilla rebelde y abre los dos lados del abrigo como una vendedora ambulante. En lugar de las disculpas que esperaba, lo que aparece ante mí es su pequeño cuerpo medio desnudo en toda su panorámica.

—Eh...

Eso es todo lo que consigo decir mientras observo lo que escondía bajo la gabardina. «¿Es una broma?».

Se agacha para recoger el vaso y se incorpora tan deprisa que su tacón se desliza hacia un lado y se rompe.

Pierde el equilibrio y, en un gesto inexplicable, me lanza a la cara todo el contenido del vaso de cartón.

«¡Sí, esto tiene que ser una broma!». Estoy demasiado sorprendido como para moverme.

Me limito a mirarla mientras siento un líquido tibio bajarme por la cara y empaparme la camiseta.

Paso la lengua por mis labios: es leche.

—Yo no... yo te... yo... —balbucea con los ojos desorbitados.

Alzo una ceja, esperando que me explique qué se supone que acaba de hacer. Vuelve a abrir y cerrar la boca, y de repente sale corriendo como un conejo cojo. «¿Alguien puede explicarme qué acaba de pasar? ¿Lo he soñado o Carrie acaba de hacerme un numerito de prostituta torpe?».

—¿Quién era? —me pregunta Lewis, asomándose por encima de mi hombro.

Me giro hacia él. Se muerde los carrillos para contener la risa al ver mi cara cubierta de leche.

—Deduzco que era Carrie. ¿Os habéis reconciliado?

—¿Quién te ha dicho que nos habíamos peleado?

—Tu cara de deprimido lamentándote en el sofá. Ha venido hasta aquí para tirarte... ¿Eso es leche? —pregunta olisqueándome—. Has tenido que portarte muy mal para merecer esto.

—Esa chica está como una cabra.

—Os repito cada día que tener novia es una mierda, pero nadie me escucha. ¡Qué vergüenza!

Tiene la decencia de apartarse antes de estallar en una carcajada burlona. «¡Tío, el día que te toque a ti, oirás mi risa persiguiéndote por todas partes!».

Un carraspeo me hace volver la cabeza hacia el rellano: Carrie ha regresado, y la miro con desconfianza. Se ha quitado los zapatos y se ha vuelto a cerrar el abrigo.

—¿Has ido a buscar otra cosa para tirarme a la cara?

—Lo siento, es que he entrado en pánico antes.

—¿Que has entrado en pánico? Menos mal que era leche y no un libro.

—¡Nunca te habría tirado un libro! ¿Es que no has aprendido nada?

—Creía que habías dicho que no eran más que tonterías.

Mi ataque la pilla por sorpresa. Se queda pálida, y aunque me arrepiento al instante de haber sido tan brusco, no digo nada.

Si cree que voy a recibirla con mi mejor sonrisa, va lista.

Me dejó tirado en mitad de la calle después de regalarme el rechazo de mi vida, desapareció durante varios días y ahora vuelve para tirarme leche a la cara.

—Vale, esa me la he ganado.

Intenta mostrarse segura, pero la conozco demasiado bien. Detrás de la máscara veo que está asustada. Una parte de mí tiene ganas de reírse, pero me contengo.

—¿Qué era eso? —pregunto, señalándola de arriba abajo.

—Un primer paso.

—Corrígeme si me equivoco: me dejas plantado en mitad de la calle después de darme calabazas, me evitas durante tres días y luego apareces en ropa interior para echarme leche encima diciendo que es un primer paso. ¿Eres socialmente inepta o te estás riendo en mi cara?

—Bueno... Estas cosas suelen quedar mejor en mis libros.

—Como todo lo demás.

—No, no todo.

—Sí.

—No.

—Eso sigue sin explicarme qué acabas de hacer. O qué intentabas hacer.

Cierra los ojos y respira hondo, apretando los puños.

—Quiero convertirme en la novia perfecta y necesito tu ayuda para conseguirlo —suelta de golpe.

Se me desencaja la mandíbula. «¿Qué acaba de decir?».

—¿Estás dispuesto a ayudarme?

—Dame un minuto para asimilarlo, no estaba preparado.

Parpadeo varias veces, pero esta alucinación es totalmente real.

—¿Qué estás tramando, Carrie?

—Te lo he dicho: necesito tu ayuda para convertirme en una novia maravillosa.