27. Carrie #3
Corro hacia la puerta de la entrada. Está abierta, y un olor a quemado me golpea en las narices.
Salto por encima de unas bolsas, mi pie tropieza con una pila de folletos, pero en dos años he desarrollado ciertos reflejos: me agarro al marco que da al salón y un grito se me queda atrapado en la garganta; solo logro soltar un gemido doloroso.
Es peor de lo que me había imaginado. Peor que todo lo que ha hecho hasta ahora.
Y ni siquiera hablo de las manchas negras que decoran la pared del fondo.
—No sabía que venías.
La voz de mi madre me hace apartar los ojos de mi pesadilla.
Está sentada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho.
Tengo los labios pegados y los ojos prácticamente se me salen de las órbitas.
Parece una loca, sentada en medio de su propio caos.
¿Cómo ha podido acumular todo esto desde mi última visita?
Un revoltijo de latas, cajas de cartón, cajas de plástico y basura se extiende delante de mí...
Tengo ganas de gritar, de salir corriendo y de no volver a poner un pie aquí nunca más.
—¿Qué has hecho? —consigo decir mientras giro sobre mí misma.
—No sé qué ha...
—¿Qué has hecho? —repito tan fuerte que se da un susto.
Rompe a llorar, pero en este momento ya no siento compasión. Ha agotado toda mi buena voluntad, la ha enterrado bajo el desastre que hay por todas partes.
—Esto tiene que parar.
—Carrie, yo...
—¡Esto ya no puede seguir así! —la interrumpo otra vez—. ¡Eres peligrosa!
—Ha sido una vela —intenta defenderse.
—¡No, mamá! ¡Es toda esta mierda lo que se ha incendiado!
Le doy una patada violenta a la torre de papeles más cercana, luego a otra y a otra más.
No sirve de nada, pero me hace sentir mejor.
Hasta ahora siempre había actuado igual: recoger en silencio, tirar cosas sin reaccionar, limpiar sin pensar.
Pero esta vez no puedo más. No sé qué es lo diferente —el incendio u otra cosa—, pero soy incapaz de reprimir el hartazgo que me asfixia.
Tenía la esperanza de que fuera una mala racha, una depresión pasajera mientras superaba que mi padre se hubiera ido, pero nada cambia.
Cuando subo las escaleras estoy tan furiosa que crujen bajo mis pies. Abro la puerta de mi habitación de golpe, cojo el teléfono y empiezo a escribirle un mensaje a mi padre. Mis dedos teclean a toda velocidad; no hay signos de puntuación, solo una avalancha de palabras furiosas.
Cuando siento que ya he soltado todo lo que llevaba dentro, lo borro y me quedo mirando el móvil antes de observar mi habitación.
Era la única parte de la casa que permanecía intacta, pero me doy cuenta de que mi ausencia de estas últimas semanas ha abierto una brecha.
Y ver mi espacio invadido por la misma locura que el resto termina de rematarme.
Hay paquetes sin abrir por todas partes.
Agarro todo lo que encuentro y lo lanzo por las escaleras sin preocuparme por el estruendo que debe de oírse en todo el barrio.
Cierro la puerta de golpe y, mientras mi espalda se desliza por ella, me golpea una ráfaga de pensamientos contradictorios que ni siquiera parecen míos.
Me encuentro luchando entre dos versiones de mí misma que apenas reconozco, hasta que el silencio deja al descubierto lo que llevo tiempo intentando apartar.
Pienso en la única persona a la que preferiría no haber conocido nunca y a la que, sin embargo, de repente necesito.
En el único que me da miedo, porque me hace entrever en qué me convertiría si dejara que nuestra relación avanzara.
Al mismo tiempo, imagino cómo será mi vida sin él ahora que lo he apartado.
¿Por qué no podía ser el imbécil que esperaba que fuera?
¿Por qué es tan divertido y tan amable, y por qué de repente me obsesiona tanto?
Luego me veo otra vez escupiéndole todas esas barbaridades que no pensaba de verdad; lo único sincero era el miedo.
Los remordimientos también lo son ahora, estallan por todas partes. «Me he buscado excusas para huir».
—Eres digna hija de tu padre —me digo a mí misma, recordando todas las cosas que él le soltó a mi madre para justificar su partida.
Se me escapa una risa histérica cuando me doy cuenta de que soy la combinación perfecta entre mis padres. Siento que la respiración se me acelera y aparecen los primeros síntomas de un ataque de ansiedad. No es el primero, pero no me había vuelto a pasar desde que empezó el curso.
Gateo hasta mi mesilla de noche, cojo una bolsa de papel de estraza y me la pego a la boca.
Mientras se hincha y se deshincha con un chasquido tranquilizador, me reprendo a mí misma.
Soy todo lo que detesto: un cóctel repugnante y amargo de todo lo que envenena a mis padres, y esa constatación desata mis lágrimas.
Con horas de retraso —años, incluso—, empiezo a poner orden en mi cabeza y entonces llega la revelación: intentando a toda costa no convertirme en mi madre, he cultivado mi soledad.
Creí que rechazando el amor mantendría a raya el divorcio de mis padres y las desastrosas consecuencias que tuvo para ella.
Dejé que sus problemas se engancharan a mi corazón; me encerré en mis libros llenos de historias bonitas y tranquilizadoras que siempre acaban bien; combatí en mi vida cotidiana todo lo que se pareciera, aunque fuera de lejos, a una debilidad amorosa.
He ido apilando ladrillos a mi alrededor, exactamente igual que ella hace con sus cajas de desgracias.
Sin ninguna razón sensata. «Te comportas como ella. Te comportas como ella para nada».
Cuanto más analizo la situación, más pienso que estoy arruinando mi vida.
No experimento nada por miedo a sufrir y, al final, sufro precisamente por no experimentar nada.
Yo misma me he encerrado en todo esto, y es aún peor que todo lo que le reprocho al mundo entero.
Soy una cobarde y una estúpida. «Y echo de menos a Donovan».
La he cagado. El abatimiento reemplaza mi rabia. Lloro sin parar, tanto que un cansancio aplastante termina cayendo sobre mí. Me arrastro hasta la cama.
No sé cuánto tiempo he dormido, pero ya es de día cuando abro los ojos hinchados.
El corazón se me encoge en cuanto estoy completamente despierta, sola en mi cama, sin la pierna de Don como almohada.
«No quiero ser esa chica». Yo quiero... Sé exactamente lo que quiero, y ya no me da miedo admitirlo.
Lo que no sé todavía es cómo voy a hacerlo, ni mucho menos si va a funcionar.
Pero de una cosa estoy segura, y eso basta para que me levante de un salto y corra hacia mi escritorio.
Cojo un cuaderno y un bolígrafo, arrastro el taburete y me pongo a organizar el plan que acaba de germinar en mi cabeza.
Tendré que ocuparme de mi madre, pero antes debo corregir el error monumental que cometí ayer.