27. Carrie
Carrie
Debería estar terminando mi proyecto de marketing, pero cuando Donovan me propuso que lo acompañara a hacer recados esta tarde, la curiosidad pudo conmigo.
Así que aquí estoy, sentada a su derecha, con un libro en las rodillas y un viejo temazo de la colección Wolinski sonando de fondo.
Lo absurdo de la situación ni siquiera me afecta; últimamente he apartado mis estados de ánimo en un rincón de mi cerebro.
Ya han pasado dos estudiantes por el asiento trasero, y ahora vamos a recoger a la siguiente. Pensándolo bien, no está nada mal este trabajo.
—¿Cómo puedes leer en el coche? Solo de verte me entran náuseas.
—Entonces mira hacia la carretera. Es la tercera vez que me interrumpes. Si sigues así, pongo mis asquerosas suelas sobre el salpicadero.
—Ni se te ocurra hacerlo. Se supone que los copilotos tienen que ser buena compañía, ¿no?
—¡Lo soy! No te he pegado ni una sola vez desde esta mañana.
—Me has aplastado el pie al entrar en el coche. A propósito, por supuesto.
—Soy discreta y sonriente. —Esquivo la acusación levantando la vista del libro para enseñarle los dientes.
Aprovecha que estamos parados en un semáforo en rojo para inclinarse y plantarme un beso fugaz. Primero me sorprendo, pero antes de pensar demasiado repito el gesto. Es fácil y sabe bien; y eso es lo único que importa.
Nuestras lenguas se encuentran, su mano se desliza por mi cuello... hasta que un bocinazo nos separa.
Arranca riéndose mientras yo vuelvo a mi lectura, obligada a empezar el capítulo desde el principio.
Por el rabillo del ojo lo veo tocar la pantalla de su teléfono, y luego detenerse en doble fila para recoger a su clienta.
Unos segundos después, mi puerta se abre y una chica me mira con impaciencia.
Es el estereotipo perfecto de Donnies, y tengo la sensación de que una ola de feromonas intenta atravesarme para llegar a su objetivo en el asiento del conductor.
—¿Vas a bajar? —dice moviendo la cabeza.
«Traducción: lárgate de ahí».
—No, gracias. Pero puedes sentarte en mis rodillas si quieres.
Me examina de arriba abajo; su actitud de depredadora pierde fuerza.
«Esta tía no tiene ningún sentido del humor».
Tenía claramente otros planes para su trayecto, y mi presencia aquí no le gusta nada.
¡Y a mí tampoco! Se inclina para cruzar miradas con Don y le lanza señales tan luminosas que debería proteger mis retinas. O reventarle las suyas.
—Es Carrie, mi guardaespaldas —le dice él con voz seria—. Sube detrás.
—Okey, genial...
Cierra mi puerta de golpe y aprovecho para susurrarle a Don:
—¿Te das cuenta de que voy a hacerte perder clientas si me llevas contigo durante los viajes?
—Tienes razón. Baja inmediatamente.
La estudiante se instala en el asiento trasero. Yo hago como si fuera a salir, pero él bloquea las puertas. Un antipático carraspeo suena detrás de mí. No necesito girarme para saber que está cavando agujeros en mi cráneo con su pico imaginario.
—¿Quieres escuchar algo en particular? —le pregunta Donovan con educación.
—Algo menos rancio, sí. Sin ánimo de ofenderte, Carrie.
«¡Qué imbécil!». Esta se cree que he elegido yo la canción que está sonando ahora mismo, cuando en realidad es la lista de reproducción de su conductor objetivo.
«Game over, bitch!». Me entran ganas de mirar a Don, quien me observa de reojo.
De repente me siento en la cima de la gloria, pero soy modesta en la victoria, así que accedo a su absurda petición y cambio la emisora.
—¿Qué tal van tus clases, Lydia?
—No demasiado mal. Tengo un contacto para hacer unas prácticas en Los Ángeles, así que estoy obligada a sacar muy buenas notas si quiero que salga adelante.
—¡LA es genial!
—Me encanta esa ciudad. Tienen un buen equipo de baloncesto allí, ¿no?
«¡Qué va!, solo los Lakers».
—Más que bueno, sí.
—Si juegas para ellos, podremos pasar tiempo juntos.
—¿Tienes el cinturón abrochado, Lydia? —intervengo sin girarme.
—Claro, ¿por qué?
«Si Don tuviera que frenar de golpe, tendría el placer de verte atravesar el parabrisas».
—Por nada.
—Carrie es adorable, vela por la seguridad de mis pasajeras.
Si no pasara tanto tiempo con él, no sabría que el tono que usa significa que ha captado mis pensamientos asesinos.
—¿Dónde te deja? —me pregunta, seguramente cruzando muy fuerte los dedos para que sea en el próximo cruce.
—Buena pregunta. ¿Dónde me dejas, Don?
—Aún no lo he decidido.
—¿Estáis saliendo?
Su pregunta dispara una alerta roja en mi cerebro. «¡Es el momento perfecto para estrellarse contra un camión cisterna!».
—Ya te lo ha dicho: soy su guardaespaldas.
Fijo la mirada en la matrícula del coche de delante para evitar los ojos que Don acaba de clavar en mí.
Ha pasado casi una semana desde su cumpleaños, semana en la que hemos pasado juntos cada minuto libre.
Casi como antes, salvo por los besos de película y por la evaporación casi sistemática de nuestra ropa.
Lo cual no significa que salgamos juntos.
De hecho, seguimos analizando mis libros para descubrir el secreto del book boyfriend hecho realidad, así que, sin lugar a dudas, nada ha cambiado.
Vuelvo a abrir mi libro y me encierro en el silencio durante el resto del trayecto, ignorando la risa irritante que suena detrás de mí.
Pongo los ojos en blanco cuando Don baja del coche y rodea el vehículo para abrirle la puerta a su clienta. «Tranqui, Carrie, forma parte de su trabajo; ¡no le robes el coche como castigo mientras está fuera!».
Vuelve a sentarse a mi lado y se calienta las manos acercándolas a la calefacción.
—Esta quería mambo contigo —anuncio con voz completamente plana.
—¿Se le puede reprochar?
—No sé qué espera encontrar debajo de tu ropa, pero debería decirle que tampoco es para tanto...
—Te pones muy mona cuando mientes.
Me pellizca la mejilla y acerca su cara a la mía.
—Tus pupilas se dilatan cada vez que me desnudo, y una lagrimita de alegría asoma siempre en la esquina de tus pestañas.
—¿Nada más?
Le planto la palma en su sonrisa satisfecha y lo empujo de vuelta a su sitio.
—Ya te está sonando otra vez el móvil. ¿Toda esta gente ha perdido el uso de las piernas?
—¿Sigues subestimando el encanto de los Campus Drivers?
—Yo soy fiel defensora de la protección del medio ambiente y los desplazamientos en bicicleta. A propósito, ¿no sabrás qué ha sido de la mía? La había dejado atada en su sitio de siempre, abajo, a la entrada de mi resi, pero ha desaparecido.
—¡Puedo peinar todo el campus si hace falta!
—Estoy convencida de que tienes algo que ver con su desaparición.
Me estiro bostezando.
—¿Quieres que hagamos un descanso? Lewis está libre; puedo pasarle la carrera si te apetece que paremos. Estamos justo al lado de la cafetería donde me diste mi primera lección. O si no, podemos pasarnos por mi casa para revolcarnos un poco.
—¿Alguna vez te has acostado con una chica en tu coche? —suelto de pronto.
Frunce el ceño, intentando analizar mi pregunta.
—¿Es una pregunta trampa o una propuesta?
—Una pregunta trampa.
—Ah. En ese caso, la respuesta es no. Este sitio es mi santuario, y soy demasiado maniático con el cuero de mis asientos.
—Qué pena. Pensaba convertirlo en una propuesta en algún rincón oscuro. Siempre he soñado con que me follen sintiendo un volante clavándose en mi espalda.
No es del todo cierto, pero admito que el sexo en el coche siempre era algo que me ponía un poco cachonda en mis novelas. Además, Don es un Campus Driver, es lo suyo, ¿no?
—Nada de pausa para café —sentencia sin la menor duda.
Suelta el aire con fuerza, da un volantazo para reincorporarse al tráfico y gira enseguida hacia una calle lateral menos transitada. Apaga el motor, baja la palanca de su asiento para echarlo hacia atrás y se da unas palmadas en los muslos.
—Ven aquí.
—Lo decía en broma.
—Demasiado tarde. Ven aquí.
—¿No decías que tus asientos de cuero eran sagrados?
—Los chicos me han regalado unos nuevos que pienso instalar antes de navidades. Así que hoy estoy dispuesto a profanarlos. Venga, mueve ese culito y siéntate aquí, Carrie.
—Nos va a pillar la poli.
—Ya es de noche, y tardaré un minuto en hacerte correr.
—¡Guau! Qué tentador. Aún tengo la esperanza de que mis consejos den fruto algún día...
—¿No te parece que soy un novio estupendo?
Su sonrisa no es tan ligera como de costumbre y, por un segundo, dudo.
—No me pronuncio.
—Te pronunciarás dentro de un minuto —replica mientras reclina aún más el asiento—. ¡Venga, cariño! El tiempo es oro.
—¡Deja de decir «cariño»!
—Oh, ¿he dicho «cariño»? Quería decir «Carrie».
Se queda esperándome, mientras me mira con pensamientos descaradamente lascivos. Ya le tenía ganas antes de su cumpleaños, pero desde entonces se ha vuelto mil veces más fuerte. Esa es la única razón por la que termino apartándome y trepando sobre sus piernas.
Apenas he apoyado el trasero en sus manos abiertas cuando atrapa mi boca y mete la lengua con impaciencia.
Es extraña la forma en la que me besa, como si nunca fuera suficiente.
Y también es increíble. Tanto que casi no me reconozco.
Carrie Wolinski, a horcajadas sobre Donovan Wolinski, buscando el punto de presión perfecto.
Llevo pantalón, lo que nos impide ir más lejos, y de todas formas no pienso acostarme con él en plena calle. Pero eso no significa que me falten sensaciones. Es excitante, justo lo que necesito para apartar los miedos que me provoca dejarme llevar.
—Duerme en mi habitación esta noche —susurra mordiendo mi labio inferior—. Este fin de semana jugamos fuera. Me voy mañana por la tarde.
—Tengo un trabajo grupal hasta las once.
—Iré a buscarte.
Se me escapa un «vale» irreal, nacido de la excitación.
¿Por qué me he resistido tanto a vivir algo así?
Salir con un chico, dejar que venga a buscarme para pasar la noche con él y repetirlo casi cada día; no está tan mal.
De hecho, diría que, todo lo contrario, a juzgar por los escalofríos que empiezan a recorrerme mientras vuelve a la carga.