26. Donovan #3
Vuelvo a entrar en ella y, esta vez, es distinto.
Puedo saborear cada embestida, cada espasmo, cada sonido y todas las reacciones que pasan de su cuerpo al mío en un bucle embriagador.
No necesitamos hablar; nuestras posiciones cambian de forma natural hasta que acabamos derrumbados sobre el colchón, sin aliento y exhaustos.
No me pide que la lleve a casa ni se aparta al otro extremo de la cama como la última vez. Con sus nalgas acurrucadas contra mi pelvis y mi pecho contra su espalda, alargo el brazo para apagar la luz y tiro de la manta sobre nosotros. Su cuerpo desnudo es la mejor sensación del mundo.
—Buenas noches, Carrie.
—Buenas noches. Ah, se me olvidaba, feliz cumpleaños.
—Pensaba que nunca llegaría —susurro con un tono lleno de insinuación—. Gracias. Ha sido más que feliz.
Estoy tentado de seguir hablando, aunque solo sea para oficializar lo que está pasando entre nosotros. Pero el cansancio me vence y me quedo dormido, con la nariz hundida en su cabello, la mano cubriendo su vientre y el corazón suspendido entre ella y yo.
No soy de los que se mueven mucho durante la noche. Por grande que sea la cama, siempre me despierto por la mañana en la misma posición. Algo que desde luego no le pasa a Carrie, como bien descubro nada más abrir los ojos, cuando me quedo medio bizco mirándole los dedos de los pies.
Las persianas no bloquean del todo la luz del día.
Alzo un poco la cabeza para contemplar su postura, invertida respecto a la mía, y me echo a reír en silencio para no despertarla.
Con la mejilla apoyada sobre mi rodilla, rodea mi muslo con los brazos, como si fuera un cojín blando.
Una de sus piernas está doblada sobre mi vientre y su pie roza mi cara.
La manta, sorprendentemente bien colocada, cubre las partes clave de su anatomía. «Qué putada».
Aprovecho que sigue dormida para observarla a través de su cabello mientras recuerdo la noche pasada.
Me lo pasé increíble, seguramente porque llevaba tiempo deseándolo, pero sobre todo porque se trata de Carrie.
Esta chica se ha convertido en algo evidente para mí y, aunque no me da miedo admitirlo, sí me da pánico que salga corriendo.
Estoy esperando a ver cómo reacciona cuando se despierte.
De hecho, apenas he formulado ese pensamiento cuando veo que sus párpados empiezan a aletear. Ha llegado la hora de las revelaciones. Aprieta mi muslo entre sus brazos antes de estirarse mientras balbucea algo. Estoy demasiado concentrado como para anticipar la patada que recibo en la barbilla.
—Violencia matutina —gruño, sujetándole el tobillo con la mano.
Levanta su cara adormilada y me lanza una mirada sorprendida. «Joder, ¡no es precisamente lo que esperaba!». Examina nuestros cuerpos entrelazados como si fueran una obra abstracta y empiezo a entrar en pánico de verdad. No parece estar en absoluto en la misma sintonía que mis sentimientos.
—¿Por qué tienes la cabeza para el otro lado? —me pregunta con la voz ronca.
—¿Por qué tienes la cabeza tan cerca de mi polla?
—¡Ah!
Hace una mueca y rueda sobre su espalda, a punto de romperme la nariz en la maniobra.
Se apoya sobre sus codos, dándose cuenta de que es ella quien está colocada al revés.
Su cabeza cae de nuevo sobre el colchón, y suspira con tanta fuerza que casi espero verla salir corriendo en cualquier momento.
La manta apenas la cubre; se estremece y se incorpora, sentándose.
«¡Vamos, invéntate algo para que se quede! ».
—¿Quieres...?
No me da tiempo de terminar la frase porque se tumba de golpe sobre mi cuerpo.
Su piel está fría. Tira de la manta para cubrirnos a los dos.
—Tengo frío.
Estoy tan sorprendido que tardo unos segundos en rodearla con los brazos. Su temperatura sube poco a poco, y no es lo único que empieza a calentarse. Le rozo la espalda y abarco sus nalgas con las palmas para apretarla contra mi erección.
—Tranquilito, Wolinski, yo no follo por la mañana.
—¿Por qué extraña razón?
—Necesidades primarias y prioritarias: comer, beber, ducharme... —enumera mientras frota su nariz contra mi cuello.
No insisto. Me gusta tenerla encima, y con eso me basta. Miedo me daba lo que pudiera pasar esta mañana, pero ahora estoy tranquilo.
Acaricio la curva de su espalda baja, ella dibuja círculos en mi bíceps y volvemos a dormirnos sin mayor dificultad. Nuestro segundo despertar es menos movido. El tercero, dos días después, se parece al primero.
Los días pasan sin que ninguno de los dos ponga palabras a lo que está ocurriendo, y a mí me parece bien.
Voy a buscarla cuando termina sus clases por la mañana; ella me espera a la salida del gimnasio cuando acabo de entrenar por la tarde.
Come sentada en mi cama, yo estudio en su habitación.
En fin, ¿para qué hablar cuando los hechos hablan por sí solos?
Estamos juntos, y es aún más genial de lo que había imaginado cuando empecé con este plan de tener novia.
Con ella soy yo mismo, y es lo mejor que podía haberme pasado.