Novio perfecto (Campus Drivers 2) 26. Donovan #2
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26. Donovan #2

Su calor y su humedad me vuelven loco, aún más cuando se recoge el cabello para dejar libre la espalda y lo mantiene alzado sobre su cabeza. Acepto la invitación sin dudar; mis manos ya suben por su columna siguiendo la cremallera con la que llevo fantaseando desde esta tarde.

No miro más que su boca mientras recorro el camino en sentido contrario y, cuando la tela solo queda sostenida por sus brazos, dejo las palmas en el borde de sus nalgas.

No estaba mintiendo cuando me ha dicho que no llevaba sujetador.

Solo queda una barrera diminuta entre nosotros, pero quiero que se desnude para mí.

Inclina la cabeza hacia un lado, entorna los ojos y suelta sus rizos para aferrarse a mis hombros. Ajusta su entrepierna contra la mía y se mueve con tanta precisión que me pongo aún más duro. Apoya la barbilla en mi clavícula y sigue provocándome. Aún vestida. Sin besarme.

Le aprieto las caderas con impaciencia, la inmovilizo y acerco la boca a su oído.

—Te aviso, Carrie, lo llevas claro como creas que puedo conformarme con esto. Tengo veintidós años, se acabaron los jueguecitos de niños.

Contiene el aliento antes de soltarlo muy despacio.

Se inclina un poco hacia atrás para mirarme de frente.

Apenas tengo tiempo de intentar descifrar lo que va a hacer cuando se lanza sobre mi boca y sus labios chocan con los míos.

Durante unos segundos, mi cerebro está demasiado ocupado enviando oleadas de adrenalina por todo mi cuerpo como para analizar lo que acaba de desencadenar.

De pronto se detiene, respirando tan deprisa que yo también termino jadeando.

«¡Oh, no! Ni de broma nos quedamos aquí».

La agarro por la nuca y me lanzo de nuevo contra su boca sin delicadeza.

Nuestras lenguas no se andan con rodeos; todo es rápido y desordenado.

Mi nariz roza con la suya sin cesar cada vez que cambiamos de ángulo.

Mi otra mano se hunde en una de sus nalgas.

No estoy siendo delicado, pero ella no parece quejarse.

Sus gemidos avivan mis gruñidos. Intento arrancarle el vestido, pero mantiene los brazos firmemente enroscados alrededor de mi cuello.

Voy a morir de deseo si no pasamos al siguiente nivel, y sé que ella lo sabe por la forma en la que se frota contra mi erección.

Le succiono el labio con tanta fuerza que mañana puede que tenga un moratón. La aprieto con tal intensidad que podría romperse entre mis brazos. «¿Con qué paciencia he conseguido no besarla hasta ahora?». A partir de ahora jamás conseguiré contenerme.

Ambos estamos cerca del orgasmo; es tan intenso que tengo los sentidos completamente al límite. Me arden los músculos, mucho más que durante un partido de baloncesto, o incluso que durante un campeonato entero.

El ritmo se ralentiza y nos quedamos boca contra boca, sin aliento. No dejo de acariciar la curva de su espalda, pero ya no me basta. Carrie se aparta lo justo para desabrocharme la camisa. La ayudo a quitármela, y mi camiseta corre la misma suerte.

Apoya las palmas en mi pecho y recorre mi torso siguiendo el relieve de mis pectorales y después de mis abdominales. Aprovecho para grabar su rostro en mi memoria: sus labios húmedos, sus pómulos sonrosados, su cabello precioso. «Y pensar que casi paso de largo sin verla...».

Sus manos suben hasta mis mejillas y me besa con lentitud antes de separarse de nuevo. Al hacerlo, baja la guardia. «¿Está dudando si ir más lejos o no?».

—No irás a...

Se quita el vestido de repente y me olvido por completo de lo que estaba a punto de decir...

y de todo lo que sé de ella. Solo tengo ojos para sus pechos.

Solo tengo manos para sus pechos. «¿Por qué todo en ella me parece más hermoso?

». Se estremece cuando los dibujo con un dedo, luego con dos, luego con todos.

Le muerdo el labio; su suspiro hace realidad lo que imaginaba y cambio nuestras posiciones con tanta brusquedad que suelta un pequeño grito contra mi boca.

«¡A partir de ahora, ni una sola interrupción más! ».

Ahora es ella la que queda sentada en el borde de la cama, antes de que la empuje para tumbarla.

Arrodillado entre sus piernas, paso un minuto entero devorando con la mirada su tan esperada desnudez.

Me invade una especie de euforia embriagadora.

Este momento es una primera vez entre nosotros y, sin embargo, no hay ninguna incomodidad, como si nos conociéramos demasiado bien como para sentir vergüenza.

Le beso el abdomen, naturalmente dorado por el sol, y luego trazo con la lengua una línea recta hasta uno de sus pezones.

Ella me tira del pelo, aprieta los brazos para sacar pecho, y yo me dejo arrastrar por la suavidad de su piel y el aroma que desprende su cuerpo excitado.

Paso un tiempo infinito provocándola; el interior de sus muslos golpea mis costados cada vez que la chupo un poco más fuerte y, cuando ya conozco el sabor de sus pechos, quiero probar el de su sexo.

Paso más allá de su ombligo, bajando hasta rozar su hendidura. Mis papilas se enloquecen; mi lengua explora cada rincón y vuelve una y otra vez a su clítoris. Lo siento palpitar y endurecerse. Arrugo la sábana por miedo a aplastarla entre mis dedos.

Sus gemidos se mezclan con sus susurros llenos de deseo en los que pronuncia mi nombre. Son un flujo constante hasta su orgasmo. Nunca me ha gustado tanto oír mi nombre pronunciado de esa manera; quiero volver a escucharlo cuando esté dentro de ella.

Me cuesta volver a ponerme de pie; me he levantado para quitarme los calzoncillos, y noto cómo mi centro de gravedad se tambalea por el entusiasmo que palpita en mi erección. Carrie se recrea mirándome mientras se desliza hacia el cabecero de la cama.

En cuanto su cabeza se posa entre mis almohadas, inclina el mentón en una orden silenciosa.

Sonrío, incapaz de apartar los ojos de sus curvas, y al cabo de un segundo la cubro por completo.

Mis piernas sobre las suyas, nuestras caderas selladas, por fin me apropio de lo que me pertenece.

Porque sí, en cuanto nuestras pieles entran en contacto y empiezan a arder al descubrirse por completo, sé perfectamente que es mía, para esto y para todo lo demás.

Nuestros besos son profundos e insaciables.

Ella se enrosca a mi alrededor, y yo busco excusas para penetrarla sin protección.

El magnetismo que nos une me confunde las ideas; la electricidad estática que pasa de su piel a la mía me fríe las neuronas, pero me obligo a abrir el cajón de la mesilla de noche.

Reduciendo al máximo el espacio entre nosotros y sin dejar de besarla, desenrollo el preservativo con una mano, atrapo su lengua entre mis labios y la succiono lentamente mientras me introduzco en ella.

Levanta los brazos por encima de la cabeza y arquea el cuerpo para abrirse más. Cuando la lleno por completo, me detengo un momento para calmar los latidos furiosos de mi corazón.

—No pares —gime, arañándome los omóplatos.

Empiezo a moverme, buscando un ritmo entre los espasmos que me recorren. Siempre he asociado mi excitación al movimiento de mi erección, pero ahora, con nuestros labios sumándose por fin a la ecuación y teniéndola desnuda debajo de mí, el resultado se multiplica por tres. «Por cien».

Estoy empapado de sudor, ella también, y eso vuelve mis embestidas aún más placenteras.

Mis brazos se superponen a los suyos, sus pechos suben y bajan bajo mis pectorales, el interior de sus muslos se desliza alrededor de mis caderas.

Ahora mismo somos un solo cuerpo y, en este preciso instante, estoy seguro de una cosa: haré todo lo posible por ser su mejor novio.

Me corro demasiado rápido como para que me baste con esto, y demasiado pronto como para arrastrar a Carrie conmigo, pero aún tengo una montaña de energía que gastar, y no parece oponerse a la idea.

Nos besamos sin parar, como si todo el tiempo que hemos pasado sin hacerlo tuviera que recuperarse en una sola noche.