Novio perfecto (Campus Drivers 2) 26. Donovan
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26. Donovan

Donovan

El salón por fin está vacío. He ido lanzando señales más o menos sutiles para que mis colegas se largaran. Carrie está apoyada en el respaldo del sofá. Repetiría la postura de la tabla de planchar, pero la transición sería un poco demasiado brusca.

—Me han dicho que me espera una sorpresa en mi habitación —anuncio con una sutileza digna de premio.

—He mentido. No te he traído ningún regalo. Solo lo he dicho para que los demás siguieran viéndome como una chica encantadora.

—Te esfuerzas en vano, no engañas a nadie.

—¿Ah, no? ¿Tantos esfuerzos para nada? Pensaba que le había causado buena impresión a tu hermana.

—Si dejamos de lado tu actitud amenazante y tu entrada a cuchillo, diría que le caes bien. Debe de ser una debilidad de Wolinski a Wolinski, no le encuentro otra explicación.

—Os he visto hablando juntos antes. ¿Va todo bien?

—Creo que bastante bien, de hecho. Aún nos quedan asperezas que limar, pero hemos recuperado un principio de comunicación. Para romper un poco el hielo, es todo lo que esperaba.

—Me alegro.

—Aún tengo que demostrarle bastante, pero ya no me parece ningún obstáculo insuperable.

—Te echas novia y asunto arreglado.

—Sí, ya, parece fácil cuando lo dices tú.

«Y será perfecto cuando seas tú».

—¿Vienes? —continúo.

—¿A dónde? —responde arqueando una ceja juguetona.

—A darme el regalo que escondes en el bolso.

—¿Has estado husmeando entre mis cosas?

—¿Por quién me tomas? El bolso se ha medio volcado al dejarlo antes sobre mi escritorio. Por cierto, ya me explicarás qué hacen doce bolígrafos en un bolso tan diminuto.

—Que sepas que son armas de autodefensa de lo más útiles. No te imaginas el daño que pueden hacer si apuntas bien.

—Me encantaría comprobarlo. Suena excitante.

Le tiendo la mano; ella entrelaza sus dedos con los míos y me sigue hasta mi habitación sin protestar.

Mi regalo de cumpleaños no es más que un pretexto ridículo, y los dos lo sabemos, pero sirve para que suba la tensión entre nosotros.

Hemos estado jugando a eso durante toda la noche.

Bueno, vale... sobre todo yo. Pero a ella no le ha molestado en absoluto.

Cierro la puerta mientras cruza la habitación.

La observo cuando me da la espalda, me encanta tenerla aquí; más aún imaginando lo que no tardaremos en hacer.

He ensayado esta escena cien veces en mi cabeza, y es casi tan buena como empotrarla contra una pared. «Casi, tampoco nos pasemos».

—¿Y esto qué es?

Se detiene ante el paquete que me han regalado mis mejores amigos, coge uno de los sujetadores y lo deja colgando del dedo índice.

—Una ofrenda made in Campus Drivers.

—¿Por qué te han...? No, olvídalo. No quiero saber nada de tus retorcidas costumbres. No está mal, seguro que este color te queda bien.

—¿Tú crees? ¿Quieres que me lo pruebe para comprobarlo?

—Puedes esperar a que me haya ido. Solo tienes que mandarme una foto como la última vez.

—Sabes que lo haré.

Se ríe, deja el sujetador con cuidado sobre la silla del escritorio, abre el bolso y mete la mano.

—Toma. Ahora me toca a mí darte el regalito —dice tendiéndome la cajita cuadrada que había visto antes—. No se puede negar que tienes amigos que saben mimarte.

—¡Guau! ¡Menuda manera de crear suspense!

Despego el lazo adhesivo, rompo el papel de regalo mientras emulo un redoble de tambores... que muere en cuanto levanto la tapa.

—¿Una pajarita?

—Sí.

«Esta sí que no me la esperaba».

—Espero que te guste.

«Digamos que es el tipo de accesorio que me provoca una muerte cerebral...». Por suerte, soy buen actor.

—¡Qué chula! ¡Me encanta, gracias! Siempre he soñado con tener una para... bueno, para ponérmela. Mis padres nunca quisieron comprarme una. ¿Cómo has sabido que era lo que más deseaba en el mundo?

Estiro la goma y me la paso por la cabeza hasta que chasquea contra mi cuello. Tiro de los extremos mientras sonrío a una Carrie orgullosa de su regalo. El espejo detrás de ella me devuelve mi reflejo. Tengo cara de idiota. Y le encanta.

—Te sienta como un guante —se ríe—. Desde que te conozco no lograba identificar ese pequeño detalle que te faltaba, pero ¡era esto, claramente!

—Me flipa. La voy a llevar cada día a partir de ahora. Estoy seguro de que arrasaré con ella.

—¡Oh, sí, todo un casanova!

—¿Te parezco atractivo? —susurro adoptando una pose.

—No. Te la he comprado porque me fastidia que la corbata te quede tan bien. Ahora me siento mejor: estás ridículo con esa cosa en el cuello, y eso es exactamente lo que esperaba.

Sacudo la cabeza mirándola con fingido abatimiento. Es maquiavélica.

—Tu regalo es horrible, quiero otro.

—Lo siento, es lo único que tengo a mano.

—Si buscas bien, seguro que puedes encontrar...

Se lleva un dedo al mentón, fingiendo adentrarse en una intensa reflexión.

—Se me estaba ocurriendo algo que tienes debajo de tu ropa —aclaro para orientarla.

Estoy seguro de que ella también me desea —lo he notado cada vez que nuestras miradas se cruzaban y cuando la he tocado—, pero espero su respuesta antes de lanzarme al ataque.

No sé cómo consigo contener todo lo que me hierve por dentro mientras está ahí, junto a mi cama, con ese vestido tan sexi y esa boquita en forma de corazón.

—Tu propuesta es tentadora, pero no estoy segura de poder acostarme con un tipo que lleva pajarita.

—¡No hablaba de sexo, pedazo de pervertida! Lo que me interesa es tu sujetador. Empiezo a tener una colección cuantiosa.

Me encantaría ir directo al grano y lanzarme sobre ella para besarla y tumbarla en la cama, pero disfruto de este juego tanto como ella, estoy seguro.

—Ah, vale. Perdona.

—Pareces decepcionada. Vaya, qué incómodo este malentendido.

—¡En absoluto! Solo me sabe mal por ti, porque esta noche no llevo sujetador.

La saliva se me atraviesa al tragar. Quería picarla, y acaba de dejarme KO.

Doy un paso hacia delante y me quito la pajarita en medio segundo.

—Problema resuelto —murmuro, borrando cualquier rastro de ligereza en mi rostro—. Ya no tienes excusas para negarme mi verdadero regalo.

«¡Di que sí!».

—Ven a buscarlo.

Una sonrisa depredadora se dibuja en mi boca en respuesta a la suya. Con los ojos anclados el uno en el otro, el aire se carga de un deseo tan palpable que casi me tropiezo al rodearla.

Me coloco a su espalda y la beso en la nuca, bajo la oreja, mientras tiro lentamente de la varilla que sujeta su recogido.

Cuando le cae la melena en cascada, empiezo a subirle el vestido por encima de la cadera, centímetro a centímetro.

Me siento febril, como ante una canasta que me ha costado una eternidad alcanzar.

Respira fuerte y acompasa su cuerpo al mío para que no se separe ni un milímetro.

Llevo esperando este momento tanto tiempo que me cuesta controlar mis movimientos cuando deslizo las medias hasta sus tobillos, dejando al descubierto sus exquisitas piernas.

De rodillas detrás de ella, sus nalgas acaparan toda mi atención. La oigo gemir cuando apoyo las manos sobre ellas. Si no me estuviera dando la espalda, se daría perfecta cuenta de que acabo de convertirme en esclavo de su culo.

Una oleada de sentimientos me cae encima, pero intento mantener la mente fría.

—Carrie.

—¿Mmm?

—¿Cómo puede un vestido tan bonito esconder unas braguitas tan feas?

Echa la cabeza hacia atrás suspirando; su pelo me cosquillea la cara.

—He elegido las más horribles para celebrar tu nacimiento.

Su voz ronca no encaja con la broma. Agarro el borde de la prenda con ambas manos y tiro con mi legendaria fuerza para romperla. Lo intento una segunda vez. Nada.

—¿Cómo lo hacen los tíos esos en tus libros? —gruño probando de nuevo.

—Supongo que es innato.

—¡Encima de feas, resistentes!

—Si vuelves a meterte con mi ropa interior, me largo.

—No lo harás.

Se las quito a la manera tradicional y vuelvo a ponerme de pie pegado a su espalda.

Aún lleva el vestido. Siempre se ha mantenido con la ropa puesta cuando nos hemos acostado, y no me atrevo a quitárselo yo mismo.

Reúno su cabello a un lado para dejar libre la piel de su cuello y deslizo la lengua por ella mientras mis manos presionan sus costados.

La siento temblar, jadear, aún más cuando mi mano baja por su tripa y mis dedos encuentran el centro de su excitación.

Quiero su boca, pero dejo que sea ella quien venga despacio hacia mí. Así que beso su mandíbula, su mejilla, su sien, acompasando cada gesto al movimiento de mis dedos. Echaba de menos tocarla así.

El placer curva su cuerpo hacia delante; me ajusto al mismo ángulo para mantener la deliciosa presión de sus caderas contra mí. La acaricio con suavidad y después la penetro lentamente para saborear su calidez.

—¿Aún quieres irte?

—¿No te cansas de estar siempre tan seguro de ti mismo? —responde con la voz entrecortada.

—No, pero lo que sí me cansa es no estar sobre ti.

—¿Y por qué tendrías que ser tú el que esté encima?

Se gira de golpe, tira de la hebilla de mi pantalón y lo deja caer hasta mis tobillos. Me empuja con tanta fuerza que pierdo el equilibrio y caigo sentado sobre la cama.

Con los puños en las caderas y una ceja arqueada, me mira intentando adoptar un aire dominante. Casi lo consigue, si no fuera por sus mejillas encendidas y sus pupilas brillantes de excitación.

—Si no estuvieras tan buena, estaría aterrorizado.

Mira de reojo mi erección y después se queda inmóvil, clavando sus ojos en los míos.

La atmósfera ardiente entre nosotros me consume, pero me obligo a esperar solo por el placer de verla rendirse. «Vamos, Carrie, que no puedo esperar más».

Por fin avanza, se sube aún más el vestido para liberar las piernas, dándome todo el tiempo del mundo para disfrutar del espectáculo.

El aire decide abandonarme. Muero asfixiado... y vuelvo a morir cuando se monta sobre mí sin dudarlo. Ojalá mis calzoncillos desaparecieran para poder sentirla sin barreras. Estaría encantado de que su vestido se evaporara para poder sujetarla por completo.