25. Carrie #3
—¡Claro que sí!
—Además, Lewis insiste siempre en hacer su partida anual de mímica. Es su ritual en cada cumpleaños, no puedes perdértelo.
—Cuando oigo «Lewis» y «partida de mímica» en la misma frase, me dan aún más ganas de largarme.
—¡Ha llegado la hora de jugar! —grita precisamente él.
—Perfecta sincronización —se ríe Don, tirando de mi brazo para ponernos de pie—. Vas en pareja conmigo.
—¿En pareja? ¿Para qué?
—Ya lo verás. Espero que seas flexible y dócil.
—¿Tú qué crees? —respondo al instante, antes de darme cuenta de que suena peligrosamente insinuante.
Él me rodea los hombros con el brazo y acerca la boca a mi oído.
—Estoy deseando comprobarlo.
«¡Yo también me muero de ganas!». No de averiguar si soy flexible —porque la respuesta es un «no» rotundo —, ni de demostrar mi docilidad...
Hablo de lo que está a punto de pasar, de eso que llevo demasiado tiempo conteniendo y que me tiene los nervios a flor de piel.
Sobre todo, sabiendo que está pensando en intentarlo con otra; es ahora o nunca.
Lo deseo y espero que todo el mundo se largue pronto.
Respiro hondo para relajar la tripa y me uno a las parejas que se forman espontáneamente.
Cuando Lewis explica las reglas, entiendo enseguida el motivo de hacer parejas y empiezo a pensar en una estrategia para arrastrarme fuera del piso sin llamar la atención.
No es un juego de mímica cualquiera. Aquí, Lewis utiliza el cuerpo de su compañera para que los demás adivinen la carta, y no estoy preparada para sentir las manos de Donovan por todas partes delante de un salón lleno de invitados. «¡Ya estoy que ardo!».
El juego empieza, y tenía razón al estar intranquila, porque al tercer turno ya estoy al límite.
—Apoya el tobillo por encima de mi culo —me pide Don mientras me coloca frente a él y desliza la mano bajo mi muslo—. El otro pie se queda en el suelo, y a la de tres te echas hacia atrás.
—Me voy a matar contra la esquina de la mesa si hago eso.
—Confía en mí, te sujeto.
—¿No podrías al menos decirme qué se supone que estamos representando?
—Es más divertido si tú también te lo preguntas. Venga, haz lo que yo te digo, o va a ganar Lewis.
—¡Yo siempre gano! —presume el aludido—. ¡Daos prisa, mi próxima carta es tremenda!
—No quiero volver a jugar a este juego nunca más —refunfuño, rindiéndome.
Sigo las instrucciones de Don y acabo con una pierna enroscada a su cintura, la espalda arqueada en el vacío, sostenida por su mano en un ángulo poco habitual e incómodo. Veo a Lois y a Lane del revés, partiéndose de risa a mi costa.
—¿Y a vosotros qué os hace tanta gracia?
—Nos recuerda a la vez que Lois quiso demostrarme que una de las posturas sexuales de mi guion era absurda.
—Genial... Estoy de lo más...
Se me atragantan las palabras cuando noto la mano de Don apoyarse plana sobre mi vientre y subir hasta mi garganta.
Se pone a hacer movimientos rítmicos mientras yo lo observo, muerta de vergüenza.
Si tuviera un mínimo de abdominales, me lanzaría hacia delante.
«¿Se puede saber qué cojones está intentando representar? ».
—¡Una tabla de planchar! —gritan Adam y Lewis al mismo tiempo.
—¡Correcto! El punto es para Adam.
Presiona contra mi baja espalda y me devuelve a la vertical tan deprisa que se me nubla la vista.
—Tú. ¿Una tabla de planchar? —protesto, dándole un golpe—. ¿Todo este numerito por una puta tabla de planchar?
—Ahí está la gracia del juego.
—Te deseo una muerte lenta, Wolinski. ¡Abandono!
—¡No!
Elijo el asiento más alejado posible de mi compañero de equipo y me esfuerzo por ignorar sus miradas insistentes.
Me escondo tras el vaso y apoyo el plástico frío contra la frente para intentar bajar la temperatura.
Estoy ardiendo, y el aura de Don irradia hasta mí a pesar de la distancia.
El infernal juego termina por fin y, poco a poco, los invitados empiezan a marcharse.
—¿Te llevo a casa de papá? —le propone Don a su hermana.
—Es tu fiesta, ya me encargo yo —dice Adam, poniéndose la chaqueta.
—Vale, pero te aviso: ¡te prohíbo salir con mi hermana pequeña! —brama de pronto.
Me atraganto con la bebida. Me guiña un ojo y levanto los pulgares conteniendo la risa. Me encanta lo fácil que le resulta seguirnos el juego.
—¡Me estás avergonzando, joder! —gruñe Amelia, fulminándolo con la mirada.
Adam ha pillado la broma y se ríe mientras camina hacia la puerta. Amelia hace ademán de seguirlo, pero cambia de idea. Se acerca hasta mí y niega con la cabeza.
—Algún día pagarás por esto, Carrie Wolinski.
«Da auténtico miedo».
—No creas que las cosas se arreglarán tan fácilmente entre mi hermano y yo. Pero gracias por lo que me has contado —añade casi en un susurro.
—Le importas.
—Tú también —murmura antes de irse.
En un abrir y cerrar de ojos, solo quedan Lewis y su acompañante efímera. Y a las doce, han desaparecido en su habitación. Me quedo sola con Don, y mis hormonas se ponen a hacer la ola. Da igual lo que me esté jugando al hacerlo, quiero acostarme con él. Ahora mismo.