Novio perfecto (Campus Drivers 2) 24. Donovan
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24. Donovan

Donovan

Por segunda vez desde que conozco a Carrie, tengo la oreja pegada a una puerta para escuchar lo que ocurre al otro lado.

Hoy, nada de John ni de ruidos sospechosos en el horizonte, gracias a Dios.

La voz de mi hermana se oye lo bastante alta como para que la conversación con mi falsa futura novia me llegue sin problemas.

Echo un vistazo al pasillo para asegurarme de que mis padres no van a aparecer y van a pillarme espiando. «Todo despejado».

—No conozco a Donovan desde hace mucho —retoma Carrie—, así que no voy a fingir que estoy segura de que habría actuado como debía en aquel momento. Pero si hay algo de lo que estoy segura es de que, desde que lo sabe, se lo ha replanteado todo.

—Te acuestas con mi hermano, así que perdona si dudo un poco de tu objetividad.

—¡No me acuesto con Don!

Ya no. «¡Ya no te acuestas conmigo! Y espero que mi hermana te saque de quicio lo suficiente como para que volvamos a hacerlo».

—¿Estáis juntos y no hay nada sexual entre vosotros? ¿Es broma? ¡Él no aguantaría!

—Solo somos amigos.

—¿Ah, sí?

—Sí, lo sé, hasta a mí me suena poco creíble.

—Mi madre me dijo que estabais saliendo, y cuando te lo he preguntado antes no lo has negado.

—Solo ha sido una conclusión un poco precipitada, no quería cortar el ambiente.

—Entonces ¿qué estás haciendo aquí?

—Tengo debilidad por la lasaña...

—Lo vuestro es raro. Actuáis como una pareja. En fin, haced lo que queráis, me da igual de todas formas.

—Voy a contarte algo, Amelia. Hasta que empezó el curso, odiaba a tu hermano. Lo habría metido encantada en una bolsa de basura y lo habría tirado al río sin el menor remordimiento.

«Bueno...». Ya había notado que Carrie no me tenía mucho cariño cuando me acerqué a ella la primera vez, pero no esperaba instintos homicidas de ese nivel.

—No soportaba a los tíos como él: mujeriegos, superficiales y obsesionados consigo mismos.

«Eh, ya está bien, ¿no? Se supone que me estás ayudando, no hundiéndome más». Durante un par de segundos había creído que estaba de mi lado.

—En eso estamos de acuerdo —se ríe mi hermana.

—Es absurdo, porque en realidad no lo conocía —continúa, sin saber que la estoy escuchando—. Me cuesta admitirlo, pero mi opinión era un poco exagerada. ¿Sabes por qué vino a hablar conmigo un día cualquiera?

«¡Ey, ey! ¡Carrie, no vayas por ahí!». ¿No irá a soltárselo todo a mi hermana?

—Para ligar contigo, claramente.

—Error. Vino a pedirme consejos sobre cómo ser un buen novio.

Me pongo rígido al instante, a punto de irrumpir antes de que sea demasiado tarde. Pero no me muevo ni un centímetro.

—¡Estás de broma!

—Te juro que es verdad. Imagínatelo: aparece en la cafetería de la facultad con esa sonrisa insoportable y me suplica que le ayude a ser menos idiota.

«¡Objeción!». ¡Eso no pasó así!

—¿Y por qué aceptaste, si te causaba tanto rechazo?

—Al principio le dije que no, pero ya conoces a tu hermano, es tan cabezota como tú. Insistió tantas veces que llegué a pensar en trucarle los frenos para que se estrellara contra un muro.

«¡Esta loca lo dice completamente en serio!».

—Al final me confesó por qué era tan importante para él. Fue entonces cuando me contó lo que te había pasado.

—No veo qué tiene que ver.

—Es por ti, Amelia.

—¿Por mí qué? Sigo sin entender lo del novio perfecto, no tiene ningún sentido.

—Te negabas a hablar con él cuando más necesitaba recuperar tu confianza. La única manera que encontró fue intentar mejorar como persona empezando por convertirse en un buen novio.

El corazón me late desbocado al escucharla revelar mi estrategia de redención fraternal.

Mi primera reacción es cerrar los puños de rabia porque siento que me está traicionando.

Debería ser yo quien estuviera explicándole todo esto a mi hermana.

Pero cuando Carrie me empujó a ir tras ella para hacerlo, me sentí incapaz.

Una forma de lo más viril de decir que no tuve huevos.

Me refugié en esa historia del novio perfecto, pero cada vez que la proyecto hacia mi hermana, dudo.

Todo es demasiado reciente. ¿He hecho lo suficiente para redimirme?

Si es que esta era la táctica adecuada. Y lo peor es que no es solo eso lo que me frena.

No mentí cuando le dije a Carrie que, si las cosas se arreglaban con mi hermana, ella ya no tendría motivos para seguir a mi lado.

Tengo miedo de que desaparezca en cuanto haya terminado conmigo.

Primero tengo que explicarle que es mi chica... y convencerla de que sea recíproco. Eso se ha vuelto casi tan importante como reconciliarme con Amelia.

—Muy propio de Don. Retorcido y ridículo.

—Eso mismo pensé al principio —se ríe junto a mi hermana—.

Pero luego entendí que para él era más importante que culaquier otra cosa.

Sé que no vas a perdonarlo de la noche a la mañana, pero quiero que sepas que te escuchó...

y que eso le sacudió por dentro. No debería estar contándote todo esto, pero no se lo estás poniendo fácil, así que... ahora ya lo sabes.

—¿Y ahora qué? ¿Se supone que tengo que ir al salón y darle un abrazo?

—Empieza por dejar de fulminarlo con la mirada y de echarle sal a su plato cuando crees que nadie te ve.

«¿Ha hecho eso? Joder, con razón la comida tenía un sabor raro. ¡Carrie podría haberme avisado!».

—Creía que estaba siendo discreta.

—Se lo estás diciendo a la especialista en jugar sucio.

—¿Seguro que no quieres salir con mi hermano? Me resultaría más fácil hacer un esfuerzo por él si supiera que está en manos de una psicópata.

Apoyo la sien contra la pared, impaciente por oír la respuesta de Carrie.

Me muero por ser su novio, pero no me da ni una pista para saber si es mutuo. Me gusta tanto tenerla como amiga que me aterra estropearlo todo si me da calabazas.

—Deberíamos volver al salón —esquiva ella.

Sus pasos se acercan peligrosamente. No pueden pillarme aquí. Salgo disparado y me encierro en el baño del fondo del pasillo justo cuando se abre la puerta de la cocina.

Apenas oigo sus susurros desde donde estoy, salvo cuando Amelia se altera de repente.

—¿No harías eso?

«Mierda, ¿y ahora qué me habré perdido?». Tiro de la cadena para disimular, me lavo las manos para completar el teatro y salgo de mi escondite con cara de inocente.

Al volver al salón, hay una tarta en el centro de la mesa y un paquete que me espera en mi silla.

Mientras mi madre corta el postre y le cuenta a Carrie cosas sobre mí que jamás debería saber, siento la mirada de mi hermana clavada en el rostro. Cada vez que me cruzo con sus ojos, ella aparta la vista y fija la atención en el plato.

Estoy deseando irme a mi casa con los demás, así que engullo mi trozo de tarta para acelerar el proceso.

—Yo me encargo de recoger todo —anuncia mi madre—. Id tirando, ¡ya habéis soportado bastante a los viejos!

—Habla por ti —murmura mi padre.

—Gracias por venir a Columbus, ha estado bien cenar juntos. ¿Nos vamos? —me vuelvo hacia Carrie.

—¡Sip! Amelia, ¿necesitas cambiarte o estás lista?

«¿Perdón?».

—Estoy lista —responde ella, forzando una sonrisa dolorosa.

—¡Ah! ¿Tú también vas? —se sorprende mi madre.

—Sí, Carrie me ha invitado y es tan simpática que no he podido negarme...

«¿Perdón por partida doble?».

—¡Pues vámonos! —declara Carrie, dando una palmada—. Gracias otra vez por la invitación, señor Wolinski y señora ex-Wolinski.

—¡No olvides traer a mi hijo a Washington!

—Haré lo que pueda.

Sigo sentado, sin entender absolutamente nada de lo que está pasando, cuando Amelia y su nueva mejor amiga se levantan y se dirigen hacia la salida.

En cuanto piso el porche detrás de ellas, agarro a Carrie del brazo para frenarla y espero a que mi hermana se instale en el coche.

—Creo que me he perdido algo —disparo sin rodeos.

Ella levanta la cabeza para mirarme.

—¿Perdona?

—¿Qué es lo que está haciendo exactamente mi hermana?

Se inclina hacia un lado para que el coche entre en su campo de visión y entorna los ojos.

—Mmm... Creo que se está abrochando el cinturón. A menos que esté apuñalando tu asiento de cuero...

—¿Qué está haciendo en mi coche?

—Acabo de decírtelo, se está abroch...

—¿Qué le has dicho para obligarla a venir con nosotros?

—¿Cómo? ¡Nada!

—Carrie...

—Me ofende que puedas creerme capaz de algo así, porque es realmente mezquino, horrible, rastrero y porque... Vale, sí, la he amenazado para que se una a nosotros.

—¿Has amenazado a mi hermana?

—Mmm...

—Desarrolla.

Suspira antes de agarrarme por la camisa, obligándome a inclinarme casi hasta su altura. Su cercanía me hace olvidar el motivo de la conversación; solo pienso en besarla.

—La he agarrado por el jersey, que por cierto era muy suave. Pero bueno, el caso es que la he sujetado con una mano y con la otra me he puesto a señalar así, justo debajo de su nariz. Da miedo, ¿eh?

—Estoy aterrado.

—Le he dicho: «Escúchame bien, Amelia, vas a venir con nosotros, de lo contrario...».

Se encoge de hombros y me suelta. Exhalo para recomponerme.

—¿Eso es todo?

—Sí. He dejado el suspense en el aire.

—Sé cuándo mientes.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo sabes?

—Haces una cosa con la nariz cuando te tiras un farol. La arrugas así...

Ella me mira con asco.

—Pareces un perro sarnoso a punto de morder. Deja eso, es ridículo.

—¿O si no...?

—¡Ay! Vale, de acuerdo, le he dicho que más le valía venir, o le contaría todo a papá y a mamá Wolinski. Absolutamente todo.

«¡Uf! ¡Ostras!».

—¿Y eso ha sido justo después de largarle todo sobre mí?

—¿Cómo...? ¡Nos estabas espiando! —se indigna, golpeándome el pecho—. ¿Estás enfadado? —añade en un tono de voz más bajo.

—Al principio, sí. Pero eso solo ha sido antes de que dijeras todas esas cosas tan bonitas sobre mí.

—¡Menos mal que Amelia no conoce esa mueca que, al parecer, hago cuando miento!

—Y menos mal que yo sé cuándo no mientes.

Me mira un rato largo, sin su habitual fachada de chica antipática. No necesito más. Doy un paso adelante y la abrazo.

—Donovan, ¿qué estás haciendo? —la oigo balbucear contra mi pecho.