Novio perfecto (Campus Drivers 2) 23. Carrie #2
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23. Carrie #2

Probablemente lo sea, porque sigo sin entender a qué se refiere. También es la primera vez que me dirige la palabra desde que ha llegado, así que normal que me descoloque.

«No soy la novia de su hermano, ¿por qué iba a ...

?». Giro la cabeza hacia Don y entrecierro los ojos.

Él infla las mejillas y aprieta un poco más el brazo alrededor de mi cuello.

Dejo el cuchillo, bajo la mano derecha hasta su muslo y lo pellizco con todas mis fuerzas para que se explique. «¿Les ha dicho que estamos juntos?».

—Es algo reciente, pero intenso —declara, mirándome como si me adorara.

«¡Ah, claro!». Pero ¿qué necesidad había de mentirles?

—Don... —gruño.

—Fue una revelación repentina.

«¡Se merece un óscar! ¿Quiere jugar a eso? Por mí perfecto». No voy a desmontar este numerito delante de su familia, pero si cree que ahora me toca hacer de novia perfecta, se ha equivocado de chica.

—Y tan repentina, como que fue ayer.

Sigo triturándole el muslo; él cubre mi mano con la suya y me da unas palmaditas. Es insoportable.

—Tiene razón, es como si fuera ayer.

—Es verdad que el tiempo vuela. Esperemos que siga así —ironizo, forzando una sonrisa radiante.

Aparta el brazo de mi cuello, pero no se distancia. Lo apoya en el respaldo de mi silla, manteniendo esa cercanía desconcertante.

—¿Estás también en último curso? —me pregunta su padre.

—En tercero.

—¿No te molesta que el campeón se marche este verano? —lanza Amelia con voz punzante.

—Mmm... ¿por qué iba a molestarme?

Don dejará la OSU en unos meses, pero nunca hemos hablado de planes de futuro porque, en mi cabeza, lo nuestro siempre ha tenido fecha de caducidad.

—No sé, ¿las relaciones a distancia no te suponen un problema?

—Ya tendremos tiempo de hablar de eso —interviene Don, irritado—. Y mientras no haya firmado con ningún equipo, no tiene sentido hacerse castillos en el aire.

—Pues mamá no deja de hablar de eso.

—Ellen —refunfuña Stan sacudiendo la cabeza—. Sabes que no hay que adelantar acontecimientos.

—Eres el único que cree en esa supuesta mala suerte que solo existe en tu cabeza. ¡Ojalá lo elijan los Knicks!

—Yo preferiría que fueran los Heats —replica él.

—¡Mi bebé no se va a ir a Miami!

Se enzarzan en una discusión amigable. En mi casa eso ya habría degenerado en la Tercera Guerra Mundial.

En circunstancias normales, me habría puesto a rumiar sobre las viejas peleas de mis padres, pero bajo la mirada hacia mi plato.

Que Donovan vaya a marcharse de Columbus no debería afectarme.

Nunca ha ocultado que quiere jugar en la NBA, pero no me había detenido a pensarlo realmente.

¿Por qué iba a hacerlo? «De hecho, ¿por qué lo estoy haciendo ahora? ».

—¿Carrie? —me llama Ellen.

—¿Disculpa?

—Decía que deberíais pasar Acción de Gracias con Amelia y conmigo. ¿Has estado alguna vez en Washington?

—No.

—Amelia podría enseñarte la universidad.

—Mamá... —suspira Don—. Si termino jugando para los Wizards, Carrie no va a cambiarse de facultad para seguirme.

—No lo decía por eso.

—Claro... Además, ya sabes que Acción de Gracias es sagrado para los Campus Drivers. Así que, si Carrie tiene que ir a algún sitio, será a mi casa.

—Yo estaré en Cinci —anuncio cuando se abre una brecha en su intercambio—. Pero es muy amable por tu parte invitarme.

—Ya encontraré otra manera de traeros a casa.

—No lo dudo —se burla su hijo intentando miradas conmigo—. Y ahora, hablemos del tema principal: ¿qué tal estaba mi lasaña?

—Deliciosa, hijo.

—Gracias, papá.

—¿Tu lasaña? —me mosqueo—. Yo recuerdo haber participado un poco en su elaboración.

—Es mi cumpleaños, cariño. ¡Tengo derecho a llevarme el mérito!

—Como sigas llamándome «cariño», te vas a acabar llevando otra cosa, créeme.

—Normalmente es más dulce —les explica a los tres pares de ojos que nos observan—. Creo que se siente intimidada.

Stan aprovecha para contar un par de anécdotas sobre su espantosa exmujer. La forma en que interactúan me tienen fascinada. Bajo esa fachada de dictador deportivo esconde un sentido del humor inagotable, y no me corto en decírselo.

—Eres mucho más gracioso que tu hijo. Aún hay esperanza para él. Me consuela pensar que lo lleva en los genes y que, cuando alcance la pubertad, quizá acabe siendo divertido.

Toda la mesa estalla en carcajadas. Incluso Amelia deja escapar una media sonrisa. «¡Victoria!». Pero ahí parece llegar su límite. Aparta la silla y empieza a recoger. Diría que está deseando que nos larguemos, pero esta cena no puede terminar así. ¡Don y ella ni siquiera han hablado!

Ellen y Stan también se levantan. Aprovecho que nos quedamos solos para abalanzarme sobre Don. «Metafóricamente hablando, por supuesto».

—Ve a la cocina con ella —le susurro, dándole un codazo.

—No.

—¡Sí! Es el momento, díselo. ¡Ve!

—No. Es mi cumpleaños, supuestamente el día más feliz de mi vida, así que puede esperar a la próxima vez...

—No he venido aquí para verte cocinar lasaña y tocar el piano. Levanta el culo de esa silla y ve a hablar con ella.

—Me va a mandar a paseo.

—Pero al menos tendrás la oportunidad de darle motivos para cambiar su actitud contigo.

Sigue imperturbable. Me decepciona.

—¿Qué? —murmura, mirándome con atención.

—Nada.

—Te estoy oyendo refunfuñar, Carrie.

—Dame una buena excusa para escaquearte.

—Si me reconcilio con ella ahora, ya no tendrás motivos para seguir quedando conmigo. Te rompería el corazón, me sentiría culpable... No estás preparada. Lo hago por ti.

«¡Qué idiota!». Se está riendo de mí, pero su excusa de broma provoca una especie de ola en mi estómago. Nos vemos por lo de su hermana... pero ¿es solo por eso? «Más me vale que sí».

—Sinceramente, Wolinski, esperaba algo mejor de ti. Pero no pasa nada, me das una razón perfecta para dejarte. Es una pena, tus padres parecen adorarme. Se van a llevar un disgusto.

—No, cariño, no puedes dejarme así. ¡Yo creía que me querías!

—¿Ya se ha acabado vuestra idílica historia? —nos interrumpe Amelia.

Recoge la fuente y vuelve a la cocina tan rápido como ha venido. Intento encontrarle algo de simpático, me concentro con todas mis fuerzas, pero... no.

—¡Voy a ayudarla! —anuncio, agarrando lo primero que encuentro.

—Siéntate. Sé perfectamente lo que estás tramando.

—Tengo buenos modales, lo lógico es que colabore.

—Carrie...

—¡Hijo, ven a ver esto! —lo llama su padre desde delante de la tele.

Aprovecho que se gira hacia su padre para salir disparada hacia la cocina.

Me cruzo con Ellen cuando sale y me quedo sola con mi falsa cuñada.

—¿Lo estás pasando bien?

«¿Se me nota la ironía en la voz?».

—¡Sí, genial!

Ella tampoco se molesta en disimularla. Vamos a congeniar estupendamente.

—Así que acabas de empezar la universidad, ¿no? ¿Todo bien?

—¡Sí, genial!

«Ajá». La miro fijamente. Mi ceja arqueada la reta a seguir por ese camino.

—Estoy al límite de mi paciencia. Pareces simpática, pero no estoy de humor para estrechar lazos con la novia de mi hermano. Él no es de los que se comprometen, así que prefiero protegerme. Sería una pena encariñarme contigo para nada.

«Vale. Se acabó el enfoque amable».

—Es curioso porque, aunque sé lo que ese cerdo de Cooper te hizo pasar, me cuesta mucho tolerar tu actitud.

Se queda tan impactada por mis palabras que casi deja caer la fuente. Vale, quizá he sido un poco agresiva... pero ¡la que ha empezado ha sido ella!

—Tú... ¡No puedo creer que te lo haya contado!

—Sí... No será de los que se comprometen, pero ¡Donny es una auténtica cotorra!

Tenía pensado algo más sutil, pero bueno...

—No debería sorprenderme; así es mi hermano, no se toma nada en serio.

—Anda ya. Vale, es terco, insoportable y nueve de cada diez veces me dan ganas de arañarle la cara, pero sí que le otorga importancia a las cosas... importantes.

—¿Lo conoces desde hace cuánto? ¿Una semana? ¿Un mes? Yo lo conozco desde que nací. No vengas a hablarme de mi hermano como si supieras más de él que yo. Se le da muy bien engatusar a la gente y, por lo visto, contigo ha funcionado.

—Primero, yo no soy una chica que se deje engatusar. Segundo...

—No quiero discutir. No pierdas el tiempo, Cassie.

«Ah, mira. Eso también viene de familia».

—Creo que no tienes ni idea de quién es ahora. Estás demasiado centrada en lo que fue, y que no niega, como para ver cómo se comporta ahora.

—Para eso tendría que importarme un poco —continúa, sin darse cuenta de que se parece mucho más a su hermano de lo que cree—. Y dejó de hacerlo cuando entendí que solo iba a su bola.

—Eso no es justo. Entiendo que lo necesitabas y que no estuvo a la altura, pero no le dijiste nada.

—¿Crees que era fácil?

—Claro que no.

—No tienes ni idea de lo que soporté, del terror en el que viví todo ese tiempo. Estaba en todas partes. No tenía ningún sitio donde sentirme a salvo.

«Mierda. Se le han llenado los ojos de lágrimas.

¿En qué estaba pensando al querer hacer de mediadora?

». No hay nadie a quien le pegue menos hacer de psicóloga que a mí.

Y bastante tengo ya con mi propia madre.

Aun así, una parte de mí quiere defender a Donovan fervientemente.

Puede que antes fuera un desastre —y no digo que ahora sea perfecto—, pero reaccionó como supo.

No es culpa suya si siempre va un paso por detrás del resto.

—Donovan es mi hermano mayor. Tendría que haberme protegido.

—Lo habría hecho si se lo hubieras contado.

—Eso tú no lo sabes.

—Pues ya somos dos.