23. Carrie
Carrie
Si me lanzo en plan kamikaze hacia la izquierda, ¿qué probabilidades hay de que consiga saltar por la ventana? Escasas. ¿Y si además añado el sofá en la trayectoria y mis piernas temblorosas? Entonces, nulas.
—Papá, mamá, os presento a Carrie Wolinski.
Ahora entiendo que el peso sobre mis hombros no se debe solo a mi ataque de pánico, sino también al brazo de Donovan apoyado sobre ellos. Acabo de dejarle medio inconsciente con el maracazo que le ha caído, no puedo permitirme romperle el codo ahora.
Sus padres están ahí, mirándonos en silencio como si acabaran de pillarnos a cuatro patas sobre el piano. Ay, Dios. Casi había olvidado dónde estoy. ¡En casa de los Wolinski! «¿Por qué habré dicho que sí?». No pinto nada aquí. Con él. Con ellos. ¡Y con una sola maraca todavía en la mano!
—Hazme un favor, Don, ¡estrangúlame!
Siento que se parte de risa contra mi costado. Genial. Eso significa que esa última parte la he dicho en voz alta. «¡Perfecto!».
—¡Carrie, saluda a papá y a mamá!
—¿Has terminado ya de incomodarla? —lo reprende su madre acercándose—. Soy Ellen, la progenitora de este energúmeno, ¡y estoy encantadísima de conocerte!
Le tiendo la mano con educación, pero ella prefiere el contacto directo. Aparta a su hijo y me envuelve en un abrazo cálido. Por raro que parezca, mi estrés disminuye un poco.
—Veo que te ha tocado escuchar la canción favorita de mi hijo. Me encantaría decirte que es un honor, pero créeme, a la centésima vez querrás maldecirlo. Te entrarán ganas de romperle cada dedo... dos veces.
—¡Guau! Ese amor maternal inquebrantable... —gruñe él por lo bajo.
—¿Su canción favorita? —repito girándome hacia él—. ¿No me has dicho antes que era tu madre la que te obligaba a tocarla?
—Puede que haya adornado un poco la realidad...
—¿He oído Carrie Wolinski? —interviene su padre, abortando mi ataque mental contra su descendencia.
Ya le había visto en el campus, pero de lejos y medio cegada por el sol. Ahora que lo tengo delante, me doy cuenta de cuánto se parece a su hijo. Y de lo carismático que es.
—Encantada de conocerle, señor.
—Llámame Stan.
Repito el gesto: mano extendida con cortesía.
A diferencia de su exmujer, él sí la acepta.
La estrecha... y la acerca a su cara. «Espera.
¿No irá a besarme la mano?». Se limita a examinarla, como si tuviera alguna especie de fetiche raro con las cutículas.
«¿Quedaría mal que la retirara bruscamente? ».
—Está buscando la alianza —me susurra Donovan, consciente de mi incomodidad—. No me ha dado tiempo de comprarla, papá. Estábamos borrachos y drogados en Las Vegas. Pero le he prometido a mi querida esposita un pedazo de diamante en cuanto firme con los profesionales.
Mis ojos van de él a su padre, pasan por su madre, quien se está riendo, y vuelven a Don. «Yo a este lo asesino. En frío. Un golpe seco en la nuca, ahora que su padre ha terminado la inspección». Eso sí, daría muy mala impresión ponerse a hacer eso aquí... qué pena.
—Ignorad a vuestro hijo, está obsesionado con el mito de Las Vegas. Me llamo Carrie Wolinski porque él no tiene el monopolio del apellido. Sin ánimo de ofender.
—Qué coincidencia tan divertida —se alegra Ellen.
—Es el destino, sin más —declama él mientras me aprieta el moño.
—¡Puf! ¡Trágate la lengua o algo!
—Es adorable —se entusiasma su madre.
—Sí, pues espera a verla cuando...
—¿No huele a quemado?
Stan me tapa la vista, pero Donovan cambia de actitud en el acto, y no me cuesta adivinar quién acaba de hablar.
No sé si él es consciente, pero se ha acercado inmediatamente a mí.
Hace un esfuerzo por controlar la respiración; se le da bastante bien mantener una máscara estoica.
Si no supiera lo que hay detrás, el malestar que le invade, podría hasta pasarme desapercibido.
«Ahora es cuando empieza lo serio de verdad».
Siento sus dedos rozándome la muñeca; no lo pienso ni un segundo y presiono su palma.
En cuanto nuestras pieles se tocan, baja la mirada hacia mí y atrapa mi mano sin dejarme opción.
La mía es diminuta en comparación, y la suya forma un refugio cálido alrededor de ella.
Es un simple gesto, pero nunca me había cogido la mano así.
A partir de ese momento, mi presencia aquí deja de parecer antinatural y toda mi inquietud desaparece. No mentía cuando me dijo que me necesitaba.
Oigo acercarse a su hermana. Aparto la vista de los iris de Don y tomo aire.
—¡Amelia, ven a saludar a Carrie! —llama Ellen antes de irse a la cocina.
Mi mente había construido una imagen suya a partir de lo que me había contado su hermano.
Estúpidamente, me la imaginaba frágil, pálida, esquiva.
En absoluto esta bomba atlética. «La injusticia genética, esa plaga».
Sus ojos, del mismo color que los de Don, se posan primero en nuestras manos entrelazadas antes de recorrer mi brazo hasta mi cara.
Esbozo una sonrisa. Ella, en cambio, luce una expresión fría y antipática. «¡Todo un encanto, vaya!».
—Hola.
—Hola.
Y ya está. Ni una mirada a su hermano mayor.
No sé por qué me hierve tanto la sangre cuando se dirige hacia las escaleras con el bolso en la mano.
No puedo ni imaginar lo que sufrió años atrás, pero ¡tampoco es como si su hermano hubiera participado de ello!
No pensaba que fuera para tanto. Ahora entiendo por qué Donovan me había pedido que lo apoyara esta noche.
Stan desaparece. Suelto los dedos de Don y me coloco frente a él. Me pongo de puntillas y le froto los hombros.
—Respira y vamos a poner la mesa. ¿Hay globos que inflar? ¿Un tema para la fiesta?
—Pareces diferente. ¿Dónde está la gruñona a la que casi he tenido que arrastrar hasta aquí?
—Digamos que tu petición acaba de cobrar todo el sentido.
—Te lo dije: me odia.
—Se le pasará cuando vea el esfuerzo que has hecho por ser menos idiota. Mira, yo, por ejemplo, no te soportaba hace cuatro días.
—A veces tus palabras de ánimo están tan bien escondidas que dudo de si darte las gracias.
—Eres tú el hermano mayor, ¿no? Pues deja de cagarte encima de miedo y demuéstrale que no vas a rendirte con ella. Eres el capitán de los Buckeyes, pero ahora pareces un crío asustado. ¡Es patético!
Mi voz es ligera; sabe que exagero solo para darle un empujón.
—¿Quién es el nene mayor? —le pico, pellizcándole las mejillas.
—Estás como una cabra —resopla, cerrando las manos alrededor de mis muñecas.
No me aparta. Yo tampoco retrocedo. Cuando pone esa cara de cachorro arrepentido, me entran ganas de consolarlo, de abrazarlo, de sentir cómo me rodea con los brazos, de dejar que me desnude y de... «¡Alerta!».
—Bueno, ¿dónde están los platos?
Salgo de la órbita en la que me envuelve evitando su mirada; no quiero que sea capaz de leer todo lo que reprimo constantemente.
Me niego a que note el efecto que tiene sobre mí, sobre todo ahora que me ha hablado de esa chica a la que tiene en el punto de mira.
¿Será la que mencionaron en el Java? ¿La posible Campus Driver?
Soy consciente de que me descoloca imaginarlo con otra, pero eso es lo que quiero, ¿no?
«Ya no tanto... y eso es una auténtica mierda».
Tardamos poco en colocar cinco juegos de cubiertos. La cena está lista —y milagrosamente no quemada, aunque por los pelos—, y nos sentamos enseguida.
Donovan me aparta la silla para que me siente. Le doy las gracias con una mirada sarcástica. Se comporta exactamente como le he enseñado, y le dejo claro con la mirada que a mí no me engaña con esa actitud. Este aprovecha cada ocasión para entrenarse, y no debo olvidarlo.
Ellen nos llena los platos mientras pica a su exmarido; me alucina verlos tan cómplices pese al divorcio. Mi vida sería mucho más sencilla si tuviera unos padres así de geniales.
Salvo Amelia, quien sigue con cara de funeral, el ambiente es distendido. De hecho, no es tan terrible como me había imaginado
—Dime, Carrie, tú estuviste en el partido del miércoles, ¿verdad? —pregunta Stan mientras sirve el vino.
Mi tenedor se queda suspendido a medio camino.
—Eh... Puede ser... ¿El miércoles, dice?
«Mierda. Seguro que él también estaba allí. ¡Seguro que me vio gritándole barbaridades a Berenson!». Le sonrío con inocencia. «Oh, sí. Sí que lo vio todo».
—Me parece que acabo de perder la medalla de niña buena. En mi defensa, era mi primera vez, así que...
—A Ellen le han vetado la entrada en más de un partido de Donovan.
—¿En serio?
—Amenazaba a los rivales, a sus padres, a sus futuras generaciones...
—Bueno, era un poquito protectora, lo admito —se ríe ella, limpiándose la boca.
—Por cierto, hijo, ¿qué te dijeron en el hospital?
—¿Fuiste al hospital? —me giro hacia Don, alarmada—. ¿Cuándo?
—Ayer. Tenía que hacerme una radiografía.
—¿Por lo del hombro?
Deja los cubiertos, inspira y expira apretando los labios.
—No. Por el cerebro. No quería contártelo, pero parece que no tengo elección...
—¿De... de qué estás hablando? —pregunto ya inquieta.
—Los médicos querían descubrir el origen de tanta perfección —dice, dándose golpecitos en la sien—. Nunca habían visto un cerebro tan brillante. Es tan evidente que no hay mucho más que decir sobre las radiografías.
«Este tío es una cosa que, que...».
—¡Tú eres idiota! —estallo, clavándole el tenedor en el bíceps.
—¡Donovan, eres horrible! —exclama su madre, compadeciéndose de mí por el susto.
Él se ríe, orgulloso de su estupidez, y me engancha del cuello con su enorme brazo de idiota.
—Sí, me miraron el hombro. Berenson no me ha roto nada. Soy una roca.
Intenta besarme la sien. Le apunto con el tenedor, prometiéndole en silencio represalias memorables.
—¿Lleváis mucho tiempo? —pregunta de repente Amelia, observándonos.
«Ah, mira, ¡si sabe hablar!».
—No entiendo la pregunta —respondo intentando librarme del incordio de persona que tengo al lado.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? —articula como si yo fuera tonta.