22. Donovan #3
Mientras me visto para la ocasión, Carrie observa la vitrina llena de copas y medallas.
—¿Son todas tuyas?
—Sí. Tengo más en mi habitación de la residencia.
—Tu padre debe estar orgulloso.
—Tengo suerte de que compartamos el baloncesto.
—Eso está claro...
—¿Tú te llevas bien con tu padre? —aprovecho para preguntarle.
—No.
—¿No? ¿Y ya está?
—Y ya está —responde encogiéndose de hombros—. No nos vemos nunca. Él rehizo su vida, y la mía ya está bastante llena. ¿Tocas el piano? —cambia de tema de golpe señalando el instrumento.
—Cuando mi padre me apuntó a baloncesto, mi madre quiso que me iniciara en piano.
—Como me digas que eres un músico excepcional, voy a tener que replantearme mi visión de los deportistas. Eso sería depresión nerviosa asegurada.
—Si te hubiera conocido antes, le habría puesto más empeño solo por el placer de llevarte la contraria.
—¡Uf!
—En realidad, solo sé tocar una canción. ¿Quieres que te la toque?
—Mmm... vale.
Atravieso la sala, arrastro el taburete y le hago un gesto para que se siente a mi lado. Abro un cajón y saco dos maracas pequeñas que han vivido tiempos mejores.
—Toma.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer con esto?
—Necesito una corista.
—Ni lo sueñes, Wolinski.
—Venga ya... Estoy seguro de que sacudes las maracas como nadie.
—¿Y en qué momento construiste esa hipótesis?
—En cuanto te vi, lo supe.
Mi declaración la hace reír. Esa sí que es una música que me gusta.
—¿Lista?
Asiente, y coloco los dedos sobre las teclas.
Las primeras notas resuenan. Siento su mirada sorprendida en mi mejilla.
—Joder... no estabas bromeando. Nina Simone, nada menos.
—A mi madre le encanta esta canción. Me obligó a aprendérmela para que ella pudiera cantarla. Todos. Los. Días. Mi viejo y mi hermana estaban al borde de la locura.
— My Baby Just Cares for Me . ¿Era su técnica para asegurarse de ser la única mujer de tu vida?
Dejo de tocar y me giro hacia ella con expresión fingidamente escandalizada.
—¡Eh! Pues no es mala idea... Da un poco de miedo, eso sí. Voy a tener que hablarlo con ella.
—¡Sigue!
—Espera antes de sacar tu faceta de fangirl . Ahora voy a cantar.
—Uf, es demasiado para una sola noche.
Vuelvo a colocar las manos en su sitio... y las dejo quietas.
—Las maracas, Carrie.
—No recuerdo que haya maracas en esta canción.
—No nos cabía una batería, así que este par de cacharros hacen el apaño.
—Me haces hacer cada cosa... —murmura mientras las coge.
—Nunca he actuado delante de otro público que no fueran mis padres. Sé indulgente.
—Oh, Dios mío, esa frase es oro para ligar. ¡Es tan emotiva! Creo que hasta he sentido un pequeño brinco en el corazón... aunque quizá se estaba partiendo de risa. No lo tengo claro.
—Mira que te empeñas en echar por tierra todos mis esfuerzos. Ahora cállate e idolátrame.
—Oh, sí, Donny... —susurra apoyándose en mi brazo.
Su tono lascivo me hace apretar los dientes. Doblo y estiro los dedos concentrándome ahora en lo que toco. «No, Don, ¡no te la vas a tirar aquí, sobre el piano!».
La deseo hasta tal punto que tenerla cerca se vuelve doloroso. No puedo lanzarme aquí... pero cuando nos reunamos con los demás más tarde, no pienso seguir siendo tan prudente. Por muchas señales contradictorias que me mande, hay algo innegable entre ella y yo.
Y sé que ahora mismo, cuando nuestras piernas están pegadas la una a la otra, ella también lo siente.
Sacude las maracas delante de mi nariz. Me aclaro la garganta. «¿Se puede saber por qué estoy haciendo esto, exactamente?». Empiezo la primera estrofa y, cuando llego a «My baby don’t care for cars and races» 1 , Carrie me interrumpe.
—Ni hablar. Te gustan demasiado los coches como para soportar a una tía a la que le den igual.
—Sé ceder.
Retomo la canción. Carrie cambia de postura y se sienta de espaldas al piano.
En la posición en la que estamos, solo tengo que levantar la vista para cruzarme con la suya. Y cuando su voz se suma de pronto a la mía, una sonrisa amplia me tira los labios.
Poco a poco, el ambiente se vuelve ligero y olvido que todavía no es más que una amiga. «Es mi chica. Da igual el tiempo que me lleve convertirme en su novio».
La canción llega a su final. Miro a Carrie con toda la intensidad que vibra dentro de mí. No aparta la mirada. No suelta ninguna de sus réplicas demoledoras que arruinan siempre mis intentos por ser romántico. Parece accesible.
Mi cuerpo se inclina hacia el suyo mientras pulso la última tecla y... suenan los aplausos a nuestras espaldas. «Mira que son ganas de joder, ¿eh?».
Carrie se da tal susto que se pone de pie de un salto y tira una de las maracas. Rectifico: me la lanza. El proyectil me da justo en la ceja. «Vamos de mal en peor».
Me giro en el taburete. Mis padres nos observan desde la entrada del salón.
—Me levantaría para darte un beso, mamá, pero no es recomendable después de un traumatismo craneal. Me prometiste no volver a pegarme —añado mirando a Carrie, quien sigue petrificada.
Me pongo de pie y, aprovechando su momentánea debilidad, le paso un brazo por los hombros.
—Papá, mamá, os presento a Carrie Wolinski.