Novio perfecto (Campus Drivers 2) 22. Donovan #2
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22. Donovan #2

—La camisa está en el coche. Con corbata incluida —añado, sonriendo.

—Puf.

—Deberías soltarte el pelo.

—¿Quieres que tus padres se pasen la velada manoseándolo?

—Jamás harían eso. Pelo místico o no, tienen educación.

—No corramos el riesgo de romper tus ilusiones infantiles... Se queda recogido —concluye, asegurándose de que la varilla que sujeta el moño está bien encajada.

Se inclina sobre el escritorio —despertándome unas ganas salvajes de mirarle el culo que no intento disimular—, tira de la correa de su bolso y se echa un poco de perfume en la nuca. Coge su chaqueta de la percha y abre la puerta, suspirando.

—Vamos allá —suspira apartándose para dejarme salir.

Me quedo mirándola mientras cierra con llave y, cuando vuelve a mirarme, está claro que no le hace ninguna ilusión.

—¿Tan terrible es venir conmigo?

—Es... raro.

—Todos mis amigos han cenado ya con mis padres. No tiene nada de raro, Carrie, relájate.

Miento, pero es la única manera de conseguir que se destense.

No pillamos casi tráfico hasta casa de mi padre. Por el camino nos da tiempo de charlar un poco. Apenas hemos empezado a discutir sobre si ponerle apodo al propio pene es buena idea, cuando estoy aparcando ya bajo el porche.

—Te digo que es un cortarrollos total —insiste dando un portazo.

—Falso. ¡Te juro que siempre ha excitado a mis parejas!

—Mírame bien, Wolinski: ¡ninguna chica moja las bragas delante de un pene llamado Bandido! Es espantoso, y más sabiendo que compartes apodo con el de Lewis. «Hola, me llamo Donovan Wolinski y este es Bandido, mi polla» —persiste, imitándome.

—Buenas tardes, señora Hartmann —digo por encima de su cabeza, saludando a la vecina.

Carrie se queda rígida y se gira a medias. La anciana levanta una mano llena de tierra y sigue con sus plantas.

—Anda, invítame a entrar antes de que todo el vecindario me oiga hablar de tu...

—«Polla». Antes has dicho «polla».

—Te odio.

Sube los escalones hacia el porche. Me gusta muchísimo verla aquí.

—No me odias... Sé que me adoras.

—Por más que me estruje el cerebro, no veo qué te hace pensar eso.

—Estás aquí.

—Físicamente, sí. Pero ¡he puesto mi mente a salvo muy lejos de aquí!

—Me vale. ¿Quién necesita una chica que piense?

—Desde luego Bandido no.

—A ti te gustó Bandido.

—Y encima lo pronuncias con un acento insoportable... —se queja tapándose los oídos.

— Reconossseh que te guhtó musho Bandido —susurro, atrapándole las muñecas para que me escuche.

—¡Para! —estalla en carcajadas dándome un golpe en el brazo.

—¡Au, pero bueno, Colombia!

—El segundo vendrá de mi rodilla, y apuntaré más abajo.

—No resultas creíble cuando me amenazas mientras te partes el culo.

—No puedo más contigo, me vuelves loca.

«Ya somos dos, querida Carrie. ¡Y me muero de ganas de que te quede clarito!».

—¿Lista para descubrir la guarida de los Wolinski?

Le ofrezco la mano. La acepta con solemnidad, y la aprieto con fuerza mientras la guío al vestíbulo. Podría acostumbrarme a esto. «Quiero acostumbrarme a esto».

No la suelto enseguida, pero cuando intenta zafarse lanzándome una mirada insistente, cedo.

Le quito la chaqueta y la cuelgo mientras ella inspecciona el lugar.

—La cocina está por ahí.

Camina delante de mí y aprovecho sin disimulo para mirarle el culo otra vez.

—¿Qué estás mirando?

«Mierda. ¡Se acaba de girar!». Podría esquivar la pregunta, pero me gusta el riesgo.

—Estaba pensando en lo que me habías dicho antes sobre el vestido... y creo que te hace un culo precioso.

—¡Ya podrías disimular un poquito!, ¿o qué?

—Vale. Te estaba mirando los gemelos mientras pensaba en que tienes el derecho más grande que el izquierdo. ¿Mejor así?

La empujo suavemente por la espalda para que entre en la cocina y voy directo a la nevera.

Después de colocar todos los ingredientes en la encimera, me doy cuenta de que no he hecho lasaña en mi vida.

—¿Tú tienes experiencia con esto?

—¿Con qué? ¿Con que me inviten a cenar y tenga que cocinar mi propia comida? —replica abriendo los armarios.

—Me refiero a la lasaña, señora Gruñona. ¿Sabes cómo hacerla?

—¡Pregúntale a Google, colega!

Busco una receta bien valorada y ponemos música de fondo para empezar.

Carrie se pone un delantal horroroso para no mancharse el vestido.

Me salvo por poco de un cuchillazo cuando se da cuenta de que le estoy haciendo una foto.

Nuestros cuerpos se rozan más de una vez.

Nuestros dedos se encuentran al pasarnos los ingredientes.

Incluso voy un paso más allá y le cojo la mano llena de salsa de tomate para hacerla bailar con una de mis canciones favoritas.

—«If you like Piña Coladas, and getting caught in the rain» —canto con entusiasmo.

—Odio esa canción. Empieza con la historia de un tipo harto de su mujer porque llevan demasiado tiempo juntos. Un capullo de manual, vamos.

—¡Espera! ¡Es ella la que publica un anuncio buscando a cualquier tío al que le guste beber para largarse con ella!

—Normal, si comparte cama con un tipo que se ha aburrido de su mujer de toda la vida, ¿qué quieres?

—¡No, hombre, eso ya es actuar de mala fe total! Y, además, te recuerdo que al final se dan cuenta de que todavía se quieren y deciden largarse a beber piña colada juntos bajo la lluvia. La moraleja es que la chica que buscas suele estar justo delante de tus narices.

La miro fijamente mientras ella me sostiene la mirada en silencio. Puede que haya sido un pelín demasiado directo. Su mutismo empieza a hacerme sudar.

—Tu transformación es asombrosa —articula asintiendo con la cabeza—. Ensaya eso unas cuantas veces más y casi parecerá natural.

No ha pillado mi indirecta. Pero no he dicho mi última palabra.

Un rato después, con la lasaña ya en el horno, contemplo el caos que hemos dejado en la cocina antes de volver a clavar los ojos en Carrie. Está inclinada sobre la encimera, y yo estoy harto de sentir esta atracción no resuelta.

«¡Venga, a la mierda! Si las sutilezas no funcionan, voy de frente».

Sin pensármelo demasiado, rodeo la isla de la cocina. Espero a que se incorpore y se dé la vuelta para apoyar las manos a ambos lados de sus caderas.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Te acuerdas de por qué nos acostamos la primera vez?

—Eh... más o menos —responde, tragando saliva.

—Tú estabas tensa. Y yo me sentía generoso.

—¿«Generoso»? Estabas salido, no maquilles la realidad.

—Entonces te acuerdas perfectamente. Estupendo.

—¿Adónde quieres llegar?

—¿Por qué paramos? Estaba bien. No entiendo por qué no seguimos.

—Te lo resumo fácil: el novio perfecto. Caso cerrado.

Asiente y se escurre entre mis brazos.

—En ese aspecto te noto menos motivado que antes —continúa, poniendo más distancia entre nosotros—. Puede que lo de Cheyenne saliera mal, pero eso no significa que tengas que bajar el listón. Busca a otra y vuelve a intentarlo.

«Ajá. Exactamente lo que esperaba oír. ¡Perfecto!».

—Te alegrará saber que tengo a alguien en el punto de mira.

Muevo ficha con cuidado. Carrie es como un animal salvaje cuando se trata de relaciones. Antes era sencillo: chica gusta a Donovan, Donovan consigue chica. Pero con Carrie todo es distinto. Adiós a la seguridad. Estoy acojonado.

—¿Y me lo dices ahora?

—Contaba con el efecto sorpresa.

—¿Quién es?

—Efecto sorpresa, Carrie.

—Da igual quién sea. Al menos así me ahorro saber a qué pobre víctima estoy ayudándote a que seduzcas.

Una risa maléfica resuena en mi cabeza. O tal vez sea un grito de desesperación. «¡Maldita mujer!».

—¿Algún día tendremos una conversación en la que no me dejes por los suelos?

—Para eso me elegiste, ¿no?

—Sí, pero sigo teniendo la esperanza de ablandarte. Si lo consigo contigo, con las demás será pan comido.

—¡Pues mucha suerte!

Su tono es firme. No veo ninguna grieta por la que colarme. Por suerte, Carrie me ha enseñado una larga lista de estrategias que pienso aplicar... con ella.

—¿Te sirvo algo de beber? —pregunto animado.

—Encantada, gracias.

—¿Un vaso de leche?

Me quedo observándola, satisfecho al verla fruncir el ceño ante mi peculiar elección.

—Prefiero un whisky solo. No, espera... ¡uno doble!

—Esta noche te voy a tener que negar cualquier tipo de alcohol. No estoy preparado para verte bailar sobre la mesa delante de mis pobres e inocentes padres.

—¿Un vaso de leche? —insisto sonriendo.

—¿Qué obsesión tienes con la leche?

—Estoy velando por tu desarrollo. Eres tan bajita que me preocupo por ti.

—Preocúpate más por que sea amable contigo. Quizá puedo serlo si me preparas un zumo de zanahoria.

—¿De naranja te vale?

—Perfecto.

Lleno dos vasos grandes y la invito a seguirme al salón.

Salgo un momento al coche a por la camisa y la corbata, antes de regresar al salón.