Novio perfecto (Campus Drivers 2) 21. Carrie #3
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21. Carrie #3

Solo necesito un segundo para adivinar el estado de ánimo de su conductor.

Donovan sale del vehículo a la velocidad del rayo, con el rostro tan frío como el ambiente.

El corazón se me dispara, anticipando el enfrentamiento que imagino a punto de estallar.

Fuera de la cancha, nada le impide hacerle pagar a Berenson su actitud de imbécil.

«Mierda, si ambos me sacan dos cabezas, ¿qué posibilidades tengo de separarlos?». Los ojos de Don parecen más oscuros cuando me mira a mí, y todavía más cuando mira a Berenson.

En mi cabeza empieza una cuenta atrás catastrófica. Dudo si fingir un desmayo para desactivar la tensión que impregna el aire.

—Habéis jugado un buen partido.

Se me desencaja la mandíbula ante las palabras de Don.

—Nos habéis destrozado, pero hemos dado guerra —responde el otro.

—La próxima vez que te lances contra mí, ponle un poco más de ganas.

—¡Tomo nota!

«Ehh... Perdón, ¿qué está pasando exactamente?».

—¿Lista para irnos, cariño?

Giro lentamente la cabeza hacia Don al darme cuenta de que esa frase va dirigida a mí.

Toda esta conversación me ha descolocado tanto que no veo venir lo que pasa después: su boca se pega a la mía, mete la lengua entre mis labios y su mano me aferra la cadera para atraerme hacia él.

Es tan inesperado que me dejo llevar, sorprendida por la oleada de emociones que me golpea.

Algo se enciende en mí, se intensifica. Le devuelvo el beso y... todo se detiene.

Mi oxígeno se queda en su boca. Menos mal que todavía me sostiene con firmeza. Parpadeo tan rápido que su rostro se vuelve borroso ante el mío.

Cierra la farsa con un pequeño beso sonoro, pasa el brazo por mis hombros y nos conduce hacia su coche. No sé si mis piernas funcionan o si Don me está arrastrando.

—Buen viaje. Intentad ganarnos cuando juguéis en casa —lanza por encima del hombro.

Me abre la puerta. Mantengo la vista baja el tiempo justo para intentar recomponer mi cerebro.

Bordea el coche, se sienta y guarda silencio. ¿Qué acaba de pasar? En realidad, lo sé perfectamente. Y lo que también sé es que quiero acostarme con él. Aquí. En este coche. Ahora. Tengo los sentidos completamente desordenados.

La guantera se convierte en el objeto más interesante del mundo.

Es menos arriesgado que mirarle a él. Aunque, siendo sincera, mi visión periférica es más que suficiente.

Apoya la muñeca en la parte superior del volante, chasquea sus malditos labios mirando al frente. «Me imagino subiéndome encima de él».

Ese tiempo en el que nos acostábamos me parece ahora lejano y maravilloso. Mi cabeza no estaba llena de todas estas tonterías y disfrutaba sin angustiarme. Sé por qué puse freno, pero ahora mismo me cuesta tragarme las ganas de pegarme a él y besarlo otra vez. Pero no lo haré.

—¿Vas a pegarme?

Me sobresalto y me giro hacia él.

—Lo digo porque tienes los puños cerrados y acabas de soltar un largo «mmm».

Examino mis manos y descruzo los dedos antes de hacerlos crujir.

Mis vapores hormonales se disipan. Recurro a todo mi sarcasmo innato para salir de este lío.

—¿Te importaría empezar explicándome por qué te ha dado por plantarme un morreo en pleno aparcamiento?

—¿Preferías que hubiera ido directo a por Berenson?

—No me lo digas dos veces, me encantan los romances gais. Ahora os estoy imaginando devorándoos la boca salvajemente. Un idilio secreto entre jugadores rivales...

—¡Me refería a soltarle un buen puñetazo en la cara!

—Ah. Eso ya es bastante menos excitante. Pero a ver, ¿por qué no lo hiciste? El partido había terminado, y se lo merecía.

«¡Hubiera preferido que lo hiciera, de hecho!».

—Me podrían sancionar, incluso aunque no pasara en la cancha, así que he optado por una ofensiva más sutil. Le he mostrado que, además de haberlo aplastado esta noche, soy yo quien se va con la chica.

—¿«La chica»? Me conmueve tanta consideración.

—Le he visto durante el partido.

—¿Ah, sí?

Me sorprende. Estaba convencida de que no se había percatado. Peor aún: que le daba igual.

—No podía salirme del juego, tenía que mantener la concentración. Así que, cuando he visto que se ha puesto a hablar contigo en el aparcamiento, esto es lo único que se me ha ocurrido para vengarme.

—¡Me has utilizado! —exclamo, fingiendo indignación—. Oye, te estás pasando. ¡No he venido para servirte de trofeo!

—¡Sí, venga!, no hagas como si te hubiera supuesto un esfuerzo titánico. Te he oído ronroneando mientras te besaba.

Abro unos ojos como platos. Estoy segura de que miente. «¡Yo no ronroneo!».

—¿Ahora también estás intentando controlarme la mente a mí? —me pregunta.

—Lo sabrás cuando te despiertes en México besándote con Ramos Fernando.

—Joder, estás enfadada de verdad...

—Tampoco exageres. Además, solo estábamos comentando tranquilamente los grandes momentos del partido.

—¿Vas a hacerme creer que no te estaba tirando los trastos?

—Un poco, vale, pero...

—¿Le has dado tu número?

Me mira con tanta intensidad que una oleada de calor me deja sin aire.

—¿Por quién me tomas? —me ofendo—. Para tu información, estaba a punto de detallarle el sacrificio satánico al que pensaba someterlo. Antes, en el partido, podría haberte hecho mucho daño. ¿Qué clase de chica sería si aceptara quedar con él?

Su rostro, hasta ahora serio, se transforma en una amplia sonrisa satisfecha.

—¿Te has preocupado por mí? —fanfarronea en voz baja.

—¡Que apenas te soporte no significa que quiera verte manco! —replico, notando cómo se me calientan las orejas.

—Te has pre-o-cu-pa-do —articula inclinándose hacia mí—. Es adorable.

Refuerza la burla pellizcándome la mejilla antes de apartarme un mechón de pelo. Si no estuviera tan absorta por su boca, peligrosamente cerca, le golpearía el hombro dolorido.

Estamos frente a frente. Su mano sigue en mi oreja.

Siento que la distancia entre nuestros labios se acorta.

Mis alarmas internas suenan lejanas, difusas.

No tengo la sensatez para apartarme; solo quiero erradicar la frustración que me invade.

Estoy demasiado excitada como para negarme eso. «Qué más da...».

Toc, toc.

Alguien acaba de golpear mi ventanilla. Giro la cabeza tan deprisa que necesito tres segundos para enfocar. Reconozco a Adam y, en lugar de bajar la ventanilla, prácticamente salto fuera del coche.

—¡En tu mundo los minutos duran una eternidad! —le espeto cerrando la puerta de un portazo.

—Perdona, me han entretenido.

Busco sus llaves en el fondo del bolso y se las lanzo. Lewis está con él y camina hacia el coche de Adam mientras habla.

—Nos reunimos con el equipo en el Java. Yo voy con Adam, nos vemos allí.

Donovan aparece a mi izquierda y se apoya en el capó.

—Al coche, Carrie.

—No voy con vosotros.

—Va en el pack , cariño.

Repite esa palabra sonriendo.

El aire silba entre mis dientes cuando vuelvo a resoplar.

—Los chicos quieren conocer a la señora Wolinski —grita Lewis desde su asiento—. ¡Ya estáis tardando en moveros, que tengo ganas de una cerveza!

Miro a Adam buscando auxilio, pero no obtengo respuesta. Retrocede hasta su coche, me saluda con la mano y se mete dentro.

Cuando solo quedamos Donovan y yo, reúno el valor para plantarle cara.

—¿No piensas llevarme a casa?

— ¡Nop!

—Una borrachera de deportistas... no me lo merezco.

—Relájate, no serás la única tía. Y, además, necesito que bebas un poco.

—¿Perdón?

—Tengo que pedirte un favor y estoy bastante seguro de que solo el alcohol me ayudará a convencerte. Sube.

—Ni en sueños. ¿Qué favor?

—Tienes que venir si quieres saberlo.

—Perfecto, porque no me interesa. ¿Sabes qué? Me voy andando. ¡Adiós!

Agito la mano y empiezo a alejarme. Por dentro me muero de curiosidad, pero si cree que puede provocarme para obligarme a acabar la noche con su equipo, lo lleva claro.

—Vale, Carrie —cede corriendo hasta alcanzarme—. Nada de fiesta. Te llevo a tu residencia, pero...

Arruga la nariz, resopla y se frota las manos como si estuviera a punto de pedirme matrimonio. Es maravilloso verlo en plena crisis de ansiedad solo porque me necesita.

Cuando abre la boca, mi sadismo está en su punto más álgido.

—Sea lo que sea lo que esperes de mí, Wolinski, prepárate para arrastrarte y suplicar. Y ni aun así lo tienes garantizado.

—Eres el mal.

—¡Gracias! Te escucho, cariño.

—El viernes es mi cumpleaños.

No añade nada más. Muevo la cabeza para indicarle que no entiendo adónde quiere llegar.

—¿Y...?

—Tengo que ir a cenar a casa de mi padre, y mi madre y mi hermana vienen hasta Columbus para la ocasión.

—¿Tu hermana? Ay... No la has visto desde este verano, ¿no?

—Exacto. Y estoy acojonado...

—¿Y quieres que te ayude a preparar lo que vas a decirle?

No está en las cláusulas de nuestro acuerdo, pero sería la ocasión perfecta para cerrar toda esta historia. Si Amelia y él se reconcilian, quizá deje de obsesionarse con convertirse en el novio perfecto.

—No. Bueno, sí, pero no exactamente.

—Entonces ¿qué quieres de mí?

—Que vengas conmigo.

«¿Cómo?».

—Vas a decir que no, y voy a arrastrarme. Vas a volver a decir que no, y entonces voy a suplicarte.

—¡Y seguirá siendo no! ¡Ni de broma voy a cenar con tus padres!

—Te necesito para enfrentarme a mi hermana —susurra con voz insegura.

Odio el escalofrío que me provoca esa frase.

—Donovan, eso tienes que hacerlo tú solo...

Me está pidiendo demasiado.

—Por favor.

—Solo tienes que decirle que has entendido tus errores y explicarle los cambios que eso ha provocado en ti. No es tan complicado. ¿Dónde está el capitán de los Buckeyes que se enfrenta al enemigo sin temblar?

—Necesito que estés conmigo. Es egoísta, pero voy a necesitar apoyarme en ti cuando la tenga delante y me sienta miserable.

—No puedo hacer eso, Donovan. Lo siento, pero es demasiado.

Sus ojos me atraviesan. Mi negativa lo entristece, y consigue que me sienta culpable sin siquiera intentarlo. Es sincero, se nota cuánto le asusta. Dios... ya he traicionado todos mis principios desde que accedí a ayudarle, pero acompañarlo a cenar con sus padres es una locura.