21. Carrie #2
Vuelvo a fijarme en Don justo cuando le roba el balón a uno de los jugadores.
Bota, y todo ocurre muy deprisa. El rival al que acaba de quitársela se lanza contra él y extiende sus largos brazos para bloquearlo.
Don es ágil, lo esquiva con un juego de piernas, pivota y arma el lanzamiento.
Contengo la respiración, clavo las uñas en el asiento y noto cómo un grito de victoria empieza a formarse en mi garganta.
Pero el otro aún no ha dicho su última palabra: aprovecha que Don está concentrado en la canasta para meterle un hombrazo en el pecho.
Desequilibrado por el salto que ya había iniciado, sale despedido hacia atrás y cae con fuerza sobre el parqué, que chirría bajo el golpe.
—¡Hijo de puta!
Me doy cuenta de que la «poesía» ha salido de mi boca cuando noto las miradas curiosas de los suplentes sentados en el banquillo delante de mí. Las protestas estallan en las gradas, el entrenador gesticula como un loco y llama al árbitro.
Don se levanta haciendo una mueca, se toca el hombro con el que ha amortiguado la caída y se lanza contra el jugador. Con los rostros separados por apenas unos centímetros, veo sus labios moverse. El otro es un poco más alto, pero Donovan no resulta menos imponente. «¡Pártele la mandíbula!».
El árbitro pita falta. Yo sigo de pie, hirviendo. No es propio de mí, pero cuando ese cabrón con el número treinta y cuatro se da la vuelta con cara de satisfacción, exploto.
—¡Joder! ¡Y encima estará orgulloso, el mierda de tío ese!
No soy la única que protesta, pero como estoy tan cerca del campo, me oye y mira en mi dirección.
—¡Mira bien mi dedo! —le grito levantando el dedo corazón—. ¡Es más grande que tu polla!
—Carrie, siéntate —se ríe Adam tirándome de la sudadera.
El treinta y cuatro frunce el ceño, y yo sigo agitando el dedo hasta que Adam me lo agarra y me obliga a sentarme.
Toda esta rabia me ha dado calor; me quito el jersey y lo tiro a mis pies. Al levantar la cabeza, me encuentro con los ojos divertidos de Donovan, quien se ha acercado al banquillo para intercambiar unas palabras con su entrenador. Puede que se me haya ido ligeramente la olla.
El partido continúa. El juego sucio del rival les cuesta dos tiros libres y amplía todavía más la diferencia en el marcador.
Los primeros veinte minutos llegan a su fin, pitan para el descanso y yo sigo a Donovan con la mirada mientras trota para salir a uno de los lados. Mueve el hombro; el capullo ese le ha hecho daño, y eso me pone de los nervios.
Adam me pasa una botella de agua. Bebo un buen trago sin apartar la vista. Mi alumno se deja caer en el banquillo delante de mí, se pone una toalla alrededor del cuello y se gira hacia nosotros.
—Bueno, qué, Carrie, ¿te lo estás pasando bien? —me pregunta sonriendo.
—¿Tu hombro? —replico, con el ceño fruncido.
—Berenson no se ha quedado corto.
—Le deseo una infección anal.
Mi comentario le arranca una carcajada a Lewis. Ni siquiera había notado que estaba al lado, por lo ocupada que estaba mirando a Don.
—Yo también quiero de esas —pide parpadeando—. Una sola palabra, Carrie, y seré tu amante. Que sepas que mi polla es escandalosamente más grande que tu dedo.
La toalla de Donovan le golpea en plena cara.
—¿Dónde está mi camiseta? —retoma Donovan con gesto reprobador.
—En mi bolso, a mano para cuando quiera secarme las lágrimas de aburrimiento.
—No me vayas de listilla, he oído claramente que sacabas a relucir tu alma groupie.
—¡Ajá, vaya si ha salido! —interviene Adam—. Un poco más y la echan del estadio.
—Me habría encantado verlos intentarlo —gruño mirando al banquillo contrario.
Sorprendo al famoso Berenson mirándome fijamente, así que le sostengo la mirada, esperando a que sea él quien la aparte. Los segundos pasan. El cabrón sigue observándome sin pestañear. No parece enfadado conmigo, qué pena.
—Cuidado, tío, Berenson se está pajeando mentalmente con tu mujer —suelta Lewis.
—Carrie, ¿qué haces? —masculla Donovan chasqueando los dedos delante de mi cara.
—Intento tomar el control de su mente.
—Déjalo ya.
—Estoy a punto. Unos minutos más y se pondrá un uniforme de animadora.
El duelo continúa hasta que él me señala con el dedo, y luego hace el gesto de llamada telefónica. «¡No me lo puedo creer! Me pongo a insultarle, y el tío va y me pide el número».
—¡Qué vergüenza! —protesta Lewis, quien se ha dado cuenta del gesto—. ¡Te está tirando los trastos con toda la calma del mundo!
—Solo intenta provocaros —trata de suavizar Adam.
—¡Oye! ¡Igual simplemente le he gustado! —replico girándome hacia él.
—Claro, una cosa no quita la otra.
—A lo mejor es el tipo de cosa que excita a un jugador de baloncesto —añado.
—Has insultado públicamente a su madre y a su polla —rebate Lewis—. Si eso le pone, deberías preocuparte. ¡Psicópata! —le sisea en dirección al «34», aunque no lo bastante alto como para que lo oiga.
Me doy cuenta de que Donovan no ha participado en este intercambio absurdo y vuelvo la vista hacia él.
Medio girado hacia mí, se ha quedado mirando mis pies, perdido en sus pensamientos.
«Vaya, que está claro que se la suda». ¿Por qué pensaba que reaccionaría?
Berenson será un rival, pero al final, ¿qué más le dará que yo tontee con otro tío?
«Y ahí vamos otra vez... vuelvo a estar molesta».
El entrenador silba para llamar a los jugadores. Acuden de inmediato, dejándome tiempo de sobra para darle vueltas a los pensamientos desagradables que me torturan. «Dios, paso demasiado tiempo con Donovan Wolinski».
Aprovecho los últimos minutos antes de que se reanude el partido para ir al baño y regreso justo a tiempo, antes de que empiecen de nuevo. Berenson me guiña un ojo. Pongo los ojos en blanco.
Estaba de broma cuando he dicho que quizá le había gustado, pero su actitud empieza a resultar sospechosa.
Si lo hace para fastidiar a Donovan, se está esforzando para nada, porque él está completamente concentrado en el partido.
Sea como sea, sigo en el radar de este insistente «34».
Cuando mete un triple y me señala con el dedo, invoco al demonio para que se le disloque la cadera.
Algunos se han dado cuenta de su actitud y me miran como si fuera una traidora.
—¡Yo no tengo nada que ver con este tío! —le espeto a un estudiante que me fulmina con la mirada.
—No tiene nada que ver —repite Adam con voz amenazante—. Tranqui, Carrie, respira, ya casi ha acabado.
Su sonrisa compasiva me incomoda. Es la primera vez que me pasa algo así.
Odio este tipo de atención sobre mí y tengo ganas de salir corriendo.
Pero quedan apenas diez minutos para el final y, decidida a demostrar mi absoluto desinterés por Berenson, me pongo la camiseta de Don y fijo la mirada en él.
Cada vez que anota, grito con todas mis fuerzas y aplaudo hasta que me arden las manos.
Suena la bocina final, los Buckeyes han ganado y yo estoy al borde del infarto.
Adam tira de uno de mis rizos rebeldes.
—¿Te ha gustado?
—Sí... pero no estoy segura de querer repetir la experiencia.
—Olvida a Berenson. Ha visto perfectamente que Don y tú erais...
Se aclara la garganta.
—¿Que éramos qué?
—Amigos —concluye levantándose—. Esperaba desestabilizarlo. Forma parte del juego, ya sabes.
—Pues se equivocó de objetivo.
Adam asiente y me devuelve mi sudadera.
Les están haciendo entrevistas a Don y al resto del equipo. Intento hacerle un gesto para decirle que me voy, pero ni siquiera se digna a mirarme. Me fastidia, pero necesito salir de aquí desesperadamente. Tengo calor y temo que algún fanático de los Buckeyes decida declararme la guerra.
Sigo a Adam hasta el aparcamiento exterior. El aire frío que me recibe me sienta de maravilla.
—Ve instalándote en el coche, yo vuelvo en un minuto.
Me lanza las llaves y se pierde entre la multitud. Camino hasta su coche, pero en lugar de entrar, prefiero apoyarme contra el maletero.
El minuto se convierte en un cuarto de hora y, si no me hubiera dejado las llaves, ya me habría ido por mi cuenta.
Estoy mirando el móvil cuando unas voces resuenan a mi derecha.
No había visto el autobús del equipo contrario aparcado no muy lejos y se me hiela la sangre al reconocer a quien se acerca a grandes zancadas.
Rebusco en el bolsillo para coger las llaves y encerrarme en el coche, pero soy demasiado lenta.
—¡Hola!
Levanto la cara hacia la de Berenson, es tan alto que me cruje el cuello, y entrecierro los ojos mientras masculla ese «hola» de lo más amable.
—Me llamo Rémi Berenson y he venido a lavar mi honor y a restablecer la verdad.
—Muy bien por ti. Si te la sacas, me pongo al volante y te paso por encima, ¿te parece?
—Bonito coche —se ríe recorriéndolo con la mirada.
—Ya no necesitas montar tu numerito. El partido ha terminado.
—¿Mi numerito? Lo que quiero es que me des el tuyo, como ya sabes.
—Vaya, qué pena, resulta que soy antitecnología. Está prohibida en mi aldea amish .
—Dice ella con el móvil en las manos...
—¿Ah, te refieres a esto? Me lo acabo de encontrar ahí. Justo iba a pasarle por encima. ¿Quieres sujetarlo mientras maniobro?
—Eres graciosa, eso me gusta.
«Ay, Dios, ¿dónde coño se habrá metido Adam?».
—Tu manada te está esperando —continúo señalando con la cabeza hacia su equipo.
—¿Ninguna posibilidad de convencerte?
—Déjame pensar... Después del tremendo golpe que le has dado a Wolinski, lo único de lo que podrías convencerme es de que te arrastre a un lugar oscuro y desierto para sacrificarte a Satanás.
—¡Guau! Tú sí que sabes cómo asustar a los hombres. ¿Es tu novio?
—¿Quién, Satanás?
—Wolinski.
Estoy a punto de soltarle una réplica ingeniosa cuando se oye el rugido de un motor. Giramos la cabeza al mismo tiempo y reconozco enseguida el coche que acelera y se detiene a nuestra altura.