Novio perfecto (Campus Drivers 2) 21. Carrie
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21. Carrie

Carrie

Le he dicho a Donovan que le depilaré las pelotas si pierde el partido, pero he cambiado de opinión.

Gane o no, voy a hacerlo, porque por su culpa estoy en una acera, muerta de frío, esperando a que Adam venga a llevarme al infierno.

«Estoy prostituyendo mis convicciones, eso es lo que hago aquí plantada».

Ir a un partido de baloncesto ya es una prueba de resistencia para la antisistema del deporte que soy, pero hacerlo porque no he sabido reprimir las ganas de ver jugar a Donovan... eso ya es que no tiene nombre. «¡Vamos, es que la cera va a estar ardiendo!».

—¡Carrie!

Busco a Adam con la mirada; toca el claxon para facilitarme la tarea. Cruzo la calle, no sin antes desear que me atropelle una bici para que se me ordenen las ideas. Abro la puerta y me siento a su lado.

—Perdona el retraso, me he quedado atrapado en un atasco en el último viaje del día.

—No pasa nada, dicen que el frío es reafirmante para el pecho.

Se ríe al arrancar y sube la calefacción.

—¿Lista para un encuentro explosivo?

—Llevo esperando este momento toda mi vida —ironizo, acercando las manos al aire caliente.

—Creo que Don también.

—¡Ay, sí! Seguro que disfruta un montón cuando le grite: «¡Mete ese puto tiro, Wolinski!».

—Me dijo que ibas a animar a los rivales.

—Es verdad. Así que, si empiezo a animarlo, se desconcentrará, se torcerá el tobillo, fallará el tiro y perderá. Mi plan es perfecto.

—Eres el diablo en persona.

Aprovecho que estoy sola con Adam para saber más de él.

—¿Tú tienes novia?

—Mmm, no —responde con una sonrisa ladeada.

Me doy cuenta al instante de que mi pregunta le provoca una reacción rara.

—Ah. ¿Novio? —corrijo.

—Tampoco. Soy heterosexual. Bueno, creo. Supongo que hay que acostarse con una chica para estar seguro...

—Creo que también habría que acostarse con un chico para estarlo —replico, antes de procesar lo que acaba de decirme—. Ah. No sabía que eras...

—¿Virgen? Sí.

—¿Quieres esperar al matrimonio?

—No, pero nunca he estado el tiempo suficiente con una chica como para querer dar ese paso.

Cuanto más descubro de él, más me gusta. Es auténtico y sigue su propio camino sin preocuparse demasiado por lo demás. Aun así, me pregunto qué hace rodeado de energúmenos como Lane, Don y Lewis.

—No te pareces a los otros tres —no puedo evitar decirle—. En comparación, pareces demasiado normal. Sin un ego descomunal, sin bromas turbias ni manías extrañas... ¿Cómo acabaste en medio de esa joyita de grupo?

—Pensaba que Don te había contado que Lewis y yo crecimos juntos.

—¿Ah, sí?

—¿Cómo? ¿Que nunca habláis de nosotros? —finge ofenderse.

—Pero si Donovan solo habla de él, ¿no lo sabías?

Lo digo en tono de broma, recordando lo que pensaba de él antes de tratarlo. «¡Qué tiempos aquellos!».

—Entonces, Lewis y tú...

—Sí, es como mi hermano. ¡Nacimos el mismo día, imagínate!

—Guau. Me dejas alucinada.

—¿Crees que la gente tiene que parecerse para llevarse bien?

—No, claro que no —respondo, dándome cuenta de lo absurdo que suena—. En realidad, se me dan fatal las relaciones humanas.

—Pues con Don no se te da tan mal.

Su tono es neutro, pero resuena en mí con una ambigüedad incómoda.

—¿Es que tengo elección? —argumento, intentando convencernos a los dos.

—Admito que Don sabe ser persuasivo.

—Yo lo habría dicho de otra manera, pero sí.

—Antes de que se me olvide, me ha dado esto para ti.

Estira el brazo hacia el asiento trasero y me lanza una camiseta a las rodillas. La levanto y observo el gran «9» bajo el « WOLINSKI ». La verdad es que parece hecha para mí. «¿En serio, Carrie?». Hago un ovillo con ella y me la meto al fondo del bolso.

—Se supone que tienes que ponértela.

—Ni hablar.

—¿Por qué? —ríe, lanzándome una mirada divertida.

—¿Qué es exactamente lo que produce tanta gracia?

—Es solo una camiseta de los Buckeyes, Carrie. La estás tratando como si estuviera cubierta de vómito.

—No sabía que se suponía que tenía que ponerme el uniforme de groupie. Ya paso suficiente tiempo con Donovan. Si me ven con eso puesto, la gente va a empezar a hacerse ideas.

—¿Y sería tan grave?

Su tono me desconcierta. Giro la cabeza hacia él, y la forma en la que me observa me descoloca. Pierdo el hilo unos segundos.

—¿Grave? ¡Sería gravísimo! Sigo esperando que una enfermedad venérea incurable se propague entre las Donnies para que desaparezcan del planeta.

—Vuestras conversaciones deben de ser épicas... En cualquier caso, ya ves que Don se ha calmado.

—Sí.

No añado nada más para no despertar sospechas sobre los motivos de esa calma.

—Me habló de su hermana.

—¿Ah, sí?

Si hubiera pegado un frenazo, me habría hecho el mismo efecto. ¿Adam lo sabe? Es uno de sus mejores amigos, tiene sentido... y seguramente significa que Don va por buen camino. Aun así, me doy cuenta de que me gustaba ser la única que conocía ese secreto. «Soy un monstruo».

—Está bien que por fin sea capaz de abrirse —digo con cautela—. ¿Se lo ha contado a los demás también?

—No, le pillé en un momento de debilidad.

—¿Y el diablo soy yo?

—Blasfemias. Yo, Adam, soy una obra divina.

—Ah, claro. ¡Ahora entiendo por qué eres un Campus Driver!

Se detiene y, de repente, me siento nerviosa por estar aquí. Solo he venido a ver un partido de mi universidad, no hay que dramatizar. Le estoy haciendo un favor a mi amigo Donovan Wolinski. «Ay, Señor, esto es surrealista».

—Vamos, Carrie.

—¡ Go Buckeyes! —coreo levantando el puño y los ojos al cielo.

Me sorprende cuando Adam toma la dirección contraria a la multitud y rodea el edificio.

—¡Entrada de artistas!

Llama al gran portón ante el que nos hemos detenido y saluda al de seguridad.

—Está con Donovan —le informa con total naturalidad.

—Sí, bueno...

—Sígueme —me interrumpe agarrándome de la muñeca.

Me arrastra por un laberinto de pasillos. Adam se mueve como pez en el agua y va estrechando manos a diestro y siniestro. Acelero el paso; es un auténtico laberinto y no pienso perder de vista a mi guía.

Cuando salimos a la cancha, me cuesta tragar saliva. He visto vídeos de este lugar, pero ahora que estoy aquí, no me lo puedo creer. Es gigantesco, y yo me siento diminuta. Como una intrusa. «¿Qué leches hago aquí?».

Adam nos lleva hasta nuestros asientos, que no podrían estar más cerca del juego.

Sentarme debajo del aro me produciría la misma sensación.

Recorro con la mirada el estadio abarrotado; la emoción se palpa en el aire.

Sé que el campeonato universitario mueve masas, pero no me esperaba tanta gente: estudiantes, cámaras, fotógrafos... es alucinante.

Mientras las gradas terminan de llenarse, Adam y yo seguimos charlando. Este chico es muy guay; me alegro de que esté conmigo aquí. Nunca habría venido de no ser por él. Hay algo en Adam que inspira confianza y, para que lo diga yo, eso ya es todo un logro.

La música estalla de repente y una fila interminable de chicas vestidas con los colores de la OSU invade la pista.

—Están tan buenas que es indecente —comento negando con la cabeza—. ¿Sabes? Veo vídeos de esas chicas que hacen gimnasia y comen saludable, y siempre pienso que la genética es una mierda. Luego me como una hamburguesa con queso y se me pasa.

—Lewis dio el estirón mucho antes que yo. Ya era alto, pero además su padre lo hacía currar con él cada fin de semana y en vacaciones, y eso le esculpió unos bíceps al cabrón... Yo estaba indignado.

—Qué vergüenza.

—¡Guau! Carrie, acabas de citar a Lewis. Te declaro oficialmente miembro del equipo.

—¡Qué horror! No sé qué me ha pasado.

Nos echamos a reír. Vale, Adam no es tan alto ni tan musculoso como Lewis, pero es guapo, divertido y buena persona. Donovan debería haberlo contratado a él para tomarle como modelo: sería un novio perfecto.

El espectáculo de las animadoras termina. El suelo empieza a temblar bajo los golpes del público y el corazón se me acelera como si estuviera viendo Los juegos del hambre.

Por fin aparecen los dos equipos y trotan hacia sus respectivos banquillos. Localizo a Donovan enseguida —porque va el primero—, y sus ojos encuentran los míos al instante, como si quisiera asegurarse de que estoy aquí. Me guiña un ojo antes de saludar a los espectadores.

No es la primera vez que lo veo con la equipación de baloncesto, pero en este escenario y con este ambiente, está tremendo. «En el momento en el que he pensado eso, se ha desatado una tormenta de nieve en Hawái».

Su banquillo está justo delante de Adam y de mí; sospecho que ha elegido los asientos por eso.

—Has venido —me dice mientras abre una botella de agua.

—Tu capacidad de observación es impresionante.

—Espero que tengas la otra mitad de mi amuleto —susurra señalando discretamente el lugar donde escondo las famosas braguitas a juego.

Yo tampoco sé muy bien por qué me las he puesto.

—¿Porque tú llevas la parte de arriba?

—Lo he intentado, pero casi me asfixio. Me quedaría charlando de lencería, pero tengo un partido que ganar. ¿Me das unas palabritas de ánimo?

—Haz que me sienta orgullosa.

Se da dos golpes en el pecho, asiente hacia Adam y vuelve junto al entrenador.

Empieza el partido y ya estoy agotada solo de verlos correr de un aro al otro. La gente canta, silba, el parqué chirría. Intento seguir a Don con la mirada, pero no me lo pone fácil. Me deja sin aliento su energía y la pasión que desprende.

Al final, me alegro de haber venido, de lo contrario, nunca habría visto esta faceta suya.

Y Lewis es completamente distinto en la cancha.

Siempre tiene ese aire burlón, pero cuando juega está serio y concentrado.

¡Acaban de encestar! Los Buckeyes han empezado fuerte, ya llevan doce puntos de ventaja, y me sorprendo gritando con el público, lo que hace que Adam se parta de risa.

El equipo contrario está tenso; los que están en el banquillo echan humo y animan a sus compañeros a espabilar. No me caen muy bien, me parecen demasiado bruscos, y el árbitro me da la razón más de una vez.