20. Donovan #3
Miro mi reflejo en la ventanilla, consciente de que nada me librará de esa cena. Me pregunto si Carrie aceptaría acompañarme. Cuando está junto a mí, me siento menos mal conmigo mismo, y la necesito para enfrentarme a mi hermana.
—Papá, ¿puedo venir con alguien el viernes?
—¡Claro! No sabía que tenías novia. Supongo que será algo serio si quieres presentárnosla. ¡Hijo, tu madre va a estar eufórica!
Debería aclarar que está sacando conclusiones precipitadas, pero me quedo callado.
—Hasta luego, Coach.
—Hasta luego, capitán.
Cuelgo y golpeo el móvil contra mi barbilla. Necesito un plan sólido para convencer a Carrie de que venga a mi casa. Si le tiendo una trampa, no tendrá ningún reparo en destrozarme delante de todos. Pero si le propongo que venga a cenar con mis padres, se me reirá en la cara. Dilema total.
Aún no he encontrado la manera adecuada de invitar a Carrie. Guardo los cuadernos, salgo de clase y camino hasta su residencia. En el bolsillo delantero de mi sudadera, su sujetador parece pesar una tonelada.
Delante de su puerta, levanto el puño para llamar, cuando unos sonidos apagados resuenan al otro lado. Frunzo el ceño y pego la oreja a la madera barnizada, intentando descifrar qué está pasando ahí dentro. Oigo unos jadeos masculinos que me revuelven el estómago.
—¡Deja de gemir tan fuerte! —oigo la voz de Carrie.
—Sé que lo estás disfrutando —responde una voz masculina justo después.
Apoyo la sien contra la puerta.
—Oye, ¡has ganado masa muscular! —continúa ella.
—¡Mira lo que has hecho, salvaje! ¡Tengo el pezón morado!
—¿Te gusta lo que ves?
—¿Y tú qué crees?
—Ponte la camiseta si no quieres que te arranque lo que queda.
Las imágenes asaltan mi mente y me empieza a hervir la sangre. Debería irme antes de echar la puerta abajo, pero no pienso dejar que sigan.
Golpeo la puerta con la frente para hacerla vibrar; las voces cesan al instante. Me aparto un poco y me clavo los dientes en los carrillos para contener la rabia.
El cerrojo chirría y un tipo con el torso desnudo me mira fijamente. Con la mano izquierda en el bolsillo de la sudadera, me imagino sacando el sujetador de Carrie para estrangular a ese capullo.
—¡Ah! ¡Wolinski! —me saluda.
Se pone la camiseta con total naturalidad. Lo reconozco enseguida.
—John.
Abre la boca para decir algo, pero el cuerpo pequeño de Carrie se desliza bajo su brazo en ese mismo instante.
Yo sigo mirando al tipo; ella lo empuja hacia atrás y cierra la puerta de su habitación tras él.
No aparto la vista. Dada la diferencia de estatura, se ve obligada a agitar la mano delante de mi cara.
—¡Eo!
Lentamente, bajo la mirada hacia ella. Tiene el ceño fruncido.
—¿Qué estabas haciendo?
Lo cierto es que mi intervención ha sonado muy seca. Su frente se arruga aún más.
—Estoy trabajando.
—¿Con John?
—Le estoy depilando el torso.
Mis músculos se relajan en cuanto encajo las piezas. El alivio es total. Me siento un idiota; me había olvidado de que hacía eso en su tiempo libre. Que quede claro: no me gusta nada su actividad paralela, pero por ahora me trago los celos de imaginar sus manos sobre otro.
Me observa arqueando una ceja.
—¿Estás bien? Tienes la cara rara.
—Sí, sí, estoy bien. ¡Claro que estoy bien!
«Solo pensaba que te estabas tirando a Johnny».
—¿Has venido por algo en concreto?
—Quería asegurarme de que habías llegado bien.
—Podrías haberme llamado...
—¿Habrías contestado?
—No —responde sonriendo.
—Sabes que la gente normal responde al teléfono.
—Estoy en terapia experimental con eso. Aún no he superado el bloqueo, pero serás el primero en enterarte.
Nos miramos en silencio. No encuentro la forma de sacar el tema «cena familiar».
—Jugamos en casa el miércoles por la noche, ¿te apetece venir? —suelto sin pensar—. Yo me quedo el sujetador, tú te pones las braguitas, y vemos qué pasa.
Meto la mano en el bolsillo y saco el objeto en cuestión.
Los tirantes cuelgan de mi dedo índice, balanceándose entre los dos.
Sus ojos y su boca se abren a cámara lenta; gira la cabeza hacia los estudiantes que pasan por el pasillo.
Carrie sería capaz de gritar «¡todo el mundo al suelo! » con tal de desviar su atención.
—¡Pero! Tú te... No, yo... ¡Dios mío! —balbucea intentando arrancarme la prenda.
Como soy mucho más alto, no me cuesta nada mantenerla fuera de su alcance.
Con una mano en su hombro, la sujeto sin apenas esfuerzo.
—¡Don, joder!
Mi brazo en alto se queda inmóvil.
—¿Me has llamado Don?
—No he dicho eso.
—Sí, has dicho Don.
—Para nada.
—Acabas de usar mi diminutivo por primera vez. ¿Sabes lo que significa?
—¿Que necesito tratamiento?
—Ajá, ajá...
Me guardo el resto. No es el momento de insinuar que el hecho de que me llame Don me hace pensar que ha cruzado una línea en nuestra historia. Vuelvo a guardar su ropa interior; mi otra mano sigue en su hombro.
—El caso es que, para mi partido del miércoles, te he conseguido una entrada a pie de pista. Adam te la dará cuando pase a recogerte; os sentaréis juntos.
Lo he soltado sin planear nada, tengo que llamar a Adam y buscarme la vida para conseguir dos asientos en primera fila.
—No voy a...
El final de su frase se ahoga contra mi pecho al estampar su carita preciosa allí mismo. Gruñe contra mi pectoral mientras intenta zafarse y, cuando le doy unos golpecitos suaves en la cabeza, decide morderme.
—Sí, ya sé que estás feliz, pero no hace falta tanta efusividad. ¿Intentas morderme el pezón?
Le aparto la cara lo justo para mirarnos a los ojos. Está roja, sus iris lanzan chispas, y quiero besarla. No debe de tener ni idea de lo que se me está pasando por la cabeza, por la boca y por la polla, así que le planto un beso en la mejilla ardiente y me doy la vuelta.
—¡Hasta mañana por la noche, Carrie!
Espero oírla gritar que la única razón por la que iría sería para animar al equipo contrario, pero llego a la salida sin escuchar nada.
Justo estoy caminando cuando me suena el móvil. Tardo varios segundos en contestar, porque el nombre que aparece en la pantalla parece una alucinación. Carrie.
—¿Tú sí que tienes derecho a llamarme?
—No creas que esto va a repetirse, porque tengo intención de darte una paliza tan fuerte que solo oirás un pitido interminable saliendo de tu agonizante cerebro.
—¡Guau! Ha merecido la pena esperar, esta primera llamada es maravillosa.
—Tenía miedo de que un mensaje no fuera lo bastante claro. Quería asegurarme de que captaras bien el tono.
—Lo capto —me río mientras cruzo el campus—. Te noto alterada. Supongo que llamabas para agradecerme la invitación.
—¿A eso lo llamas tú invitación? ¡Me parto! Si así es como invitas a la gente, empiezo a pensar que obligaste a esa pobre de Cheyenne a cenar contigo.
Me río tan fuerte que atraigo miradas curiosas.
—Vale, lo he entendido. Dame una segunda oportunidad.
—Preferiría dejarte sin agua en medio del desierto.
—Carrie, me gustaría que vinieras a animarme mañana por la noche. Tengo muchos seguidores, pero pocos son amigos de verdad, y eso significa mucho para mí.
Me muerdo los labios para no reírme, aunque en el fondo no es mentira. Es agradable sentirse apoyado por la gente que te importa.
—¿Sigues ahí? —pregunto.
—Joder, cuando te lo propones, sabes hacerlo... —murmura a regañadientes.
—¿Eso significa que vendrás?
—Te lo advierto, Wolinski: me estás obligando a ir a tu maldito partido, así que más te vale ganarlo. ¡Porque te prometo que, si pierdes, disfrutaré depilándote las pelotas!
Esa amenaza exige demasiadas conexiones neuronales para que me dé tiempo de responder. Y, aun después de colgarme, sigo sin saber qué contestar a eso. «No irá en serio, ¿verdad?».