20. Donovan #2
—¿Buscas a Carrie? —me pregunta Adam mientras enjuaga su taza de café.
—¿La has visto?
—Estaba tumbado en el sofá cuando se ha ido. Me he hecho el dormido para no incomodarla.
—Ni la he oído levantarse, joder.
—¿Y habéis...?
—Nop.
—Uf. ¿Estás bien? ¿Puedes caminar recto? —se burla haciendo una mueca.
—Ya ves que no... —respondo sin ocultar el bulto que deforma mi calzoncillo.
—Tío, no quiero ni pensar en mirarte la polla. Vete a ducharte antes de que me traumatice de por vida.
—No te hagas el virgen escandalizado, que has visto cosas peores en esta casa.
—Largo —se ríe mientras se seca las manos en los vaqueros.
Arrastro los pies hasta mi baño, fastidiado por la huida de Carrie. Podría haberse quedado y desayunar conmigo. Desde luego, todas las señales que me manda machacan mi ego. Actúa como una batidora que revuelve todos mis estados de ánimo, lo cual es jodidamente difícil de gestionar.
Me doy una ducha helada. Justo cuando me estoy secando, me doy cuenta de que hay un sujetador granate entre la bañera y el lavabo.
Es suyo, seguro.
—Genial —suspiro, dejándolo colgar de mi dedo—. Justo lo que me hacía falta.
Me lo llevo a la habitación y lo tiro sobre la cama antes de dejarme caer encima.
Gruño contra la almohada. Un leve aroma impregna la funda, la misma fragancia que desprende la camiseta que llevó anoche y que está doblada justo al lado.
Al estirar el cuello hacia la mesilla, veo que los M a ver si funciona mejor que mis calzoncillos de la suerte.
CARRIE: Tus mensajes me provocan crisis de ansiedad... Buen partido, ¡espero que pierdas!
DONOVAN: Podrías haberte quedado con mi camiseta para animarme...
CARRIE: Me acabas de mandar una foto tuya en sujetador, tío. #gomaryland
Me gustaría preguntarle por qué se ha largado como una ladrona esta mañana, pero no quiero arriesgarme a romper el ambiente. Prefiero seguir intercambiando mensajes con ella; rara vez está tan dispuesta a comunicarse conmigo así.
Una cosa lleva a la otra, y pasa más de una hora mientras hablamos del libro que está leyendo. No me apetece parar, pero Lewis ya me ha gritado tres veces que mueva el culo.
DONOVAN: Tengo que prepararme si no quiero perder el autobús del equipo. ¿Nos vemos la semana que viene?
CARRIE : No sé si podré seguir tratándote después de que hayas mancillado mi mente con tu selfi. Necesito tiempo para recomponerme. Buen viaje, Wolinski.
Estoy a punto de contestarle cuando Lewis irrumpe en mi guarida.
—Tío, en serio, muévete...
Se queda clavado a los pies de la cama y se me queda mirando. Parpadea, se frota los ojos y luego se da una bofetada.
—Eh... ¿puedo saber por qué llevas un puto sujetador? No, mejor déjalo, no quiero que me lo expliques. En fin... salimos en diez minutos, así que date prisa.
Se va hacia el pasillo, me lanza una última mirada y desaparece negando con la cabeza.
Había olvidado que aún llevaba puesta esta cosa. Es muy probable que Lewis lo recuerde hasta el fin de sus días.
Me lo quito y me pongo a preparar las cosas para el partido mientras recito mi mantra habitual para meterme en situación.
Cada partido es importante; tengo que concentrarme y dejar lo demás a un lado durante el fin de semana.
Solo que, esta vez, hago una excepción con algo, que meto en el fondo de mi bolsa de deporte, a la espera de que me dé suerte mañana... y los días siguientes.
Carrie debe de estar que trina. No solo hemos vencido al equipo de Maryland, es que los hemos aplastado del primer minuto al último. Que yo recuerde, es uno de nuestros mejores resultados.
Estoy en el pasillo del estadio, apoyado contra una pared, esperando a Lewis. No puedo evitarlo: en esta postura pienso automáticamente en Carrie.
—¡Hola!
Giro la cabeza y me encuentro cara a cara con una chica.
—Hola. ¿Todo bien?
Juguetea con su pulsera mientras me sonríe.
—Quería felicitarte por el partido tan increíble que habéis hecho.
Me fijo en su camiseta de « GO MARYLAND » y me río por dentro imaginando a Carrie llevándola. Si hubiera venido, estoy seguro de que me habría hecho algo así.
—No les digas a los demás que te he dicho eso —ríe, alisándose la camiseta.
—Tranquila.
Se pone a dar pequeños pasos en el sitio. La veo venir.
—¿Os vais esta noche o te quedas por aquí?
—El autobús nos está esperando.
—Qué pena. ¿Puedo dejarte mi número? Si vuelves por aquí, podríamos pasar un rato juntos...
Está buena. Es exactamente el tipo de chica con la que me habría acostado antes... ¿Antes de qué? ¿De mis esfuerzos por comportarme mejor? ¿De Carrie?
—Gracias por la propuesta, pero tengo novia, así que...
Está feo mentir, aunque lo que digo suene sorprendentemente real.
—Vaya, qué lástima —suspira antes de marcharse.
La veo alejarse contoneando las caderas. Sin ningún remordimiento.
Lewis aparece por fin y, ya sentado en el autobús, con seis horas de carretera por delante hasta la OSU, me muero de ganas de llamar a Carrie. Para presumir... y quizá también para oír su voz. Marco su número, pero cuelgo al instante. Como si lo hubiera presentido, recibo un mensaje suyo enseguida.
CARRIE: He cambiado de opinión, quiero que me devuelvas mi sujetador.
He oído a un tío por aquí diciendo que vuestro partido ha sido una locura; me parece justo disfrutar del amuleto de la suerte, ya que es mío.
Además, es uno de los pocos que tengo con las braguitas a juego. Ese tipo de cosas se respetan.
DONOVAN: ¿¿Cómo?? ¿¿Tienes las braguitas a juego y me lo dices ahora?? ¿¡Te imaginas el marcador tan brutal que habríamos tenido con el combo completo!?
CARRIE: Perdón...
DONOVAN: ¡Quiero esas braguitas!
CARRIE: Nop.
Me acomodo mejor en el asiento mientras sigo tecleando.
DONOVAN: ¿Qué haces?
CARRIE: Estoy en casa, en Cinci.
DONOVAN: ¿Otra vez? ¡Cómo quieres a tu mami, qué adorable!
El siguiente mensaje tarda más en llegar.
CARRIE: Sí.
Siento que hay algo implícito en su respuesta, pero no sé por qué me deja esa sensación.
DONOVAN: ¿Vuelves mañana por la mañana?
CARRIE: No tengo clases obligatorias mañana, así que vuelvo el martes.
DONOVAN: Habría ido a recogerte a la estación de autobuses, pero tengo examen de Gestión Administrativa.
CARRIE: Esa frase sería un título estupendo para un libro.
DONOVAN: ¿Dónde le ves el romanticismo y la psicología a ese título?
CARRIE: Me das miedo cuando dices cosas así... En fin, tengo que irme a preparar la cena.
DONOVAN: ¡Espera! Si me vas a abandonar, al menos recomiéndame un libro, tengo que matar algo de tiempo antes de llegar al campus.
CARRIE: ¿Alguna preferencia?
«Uf, ¡pues claro que sí! ¿Qué tal la historia de un deportista que intenta seducir a esa chica inalcanzable?».
DONOVAN: ¿Alguna de un campeón de baloncesto idolatrado por todas?
CARRIE: No tengo existencias de libros de esos... Lo siento, ¡los jugadores de hockey se llevan el premio!
DONOVAN: Los de hockey están sobrevalorados. No son como se los imagina la gente, créeme. Reciben demasiados golpes en la cabeza, así que están todos tarados...
CARRIE: ¡No resultas muy convincente, W!
DONOVAN: Qué pena. ¡Al menos lo habré intentado!
Me envía unos cuantos títulos y me desea buen viaje de vuelta.
Me fastidia tener que esperar dos días antes de verla y, por mucho que siga las líneas del libro que acabo de comprar y descargar en el móvil, no hago más que pensar en cuál va a ser el plan para confesarle que quiero salir con ella.
Después de todo lo que hemos hablado, tengo que pensar bien mi estrategia.
Me vibra el móvil. Es mi padre.
—Entonces, qué, ¿contento? —pregunto enseguida.
—Habéis hecho un partido excelente, hijo. La defensa tuvo algún desajuste, pero os vi compenetrados y rápidos al reaccionar. Conley está en forma, me gustó mucho.
—Es verdad que Lewis está a tope últimamente.
Analizamos el partido como hacemos siempre. Tengo ganas de que vuelva a su puesto para vivirlo en directo. Aún tengo el reflejo de buscarlo en el banquillo y, aunque su sustituto me cae bastante bien, mi padre es irremplazable.
—Por cierto, tu madre y tu hermana vienen la semana que viene a la ciudad para celebrar tu cumpleaños.
Mi euforia se desploma. El compañero que tengo sentado delante se queja cuando mi rodilla golpea el respaldo de su asiento.
—¿Por qué?
—Veintidós años no son moco de pavo. A tu madre le hace ilusión, y sospecho que quiere comprobar que sigo las recomendaciones del médico. Si te pregunta, tú dile que soy la perfección en persona.
—Arréglatelas tú con ella y con tu karma.
—Las chicas querían ir a verte jugar el miércoles, pero no podrán llegar hasta el viernes por la mañana. Amelia está liada en la facultad hasta entonces.
Habla en plural, pero sé perfectamente que mi hermana preferiría serrarse el antebrazo con el cuchillo de extender mantequilla antes que venir a celebrar el día en el que nací.
Dios, si es que no la veo desde julio, y ya estoy rayado. ¿Qué se supone que debo decirle?
De repente, no me siento preparado para mostrarle mi nueva versión. ¿He cambiado de verdad? Y aunque sea así, ¿le importará lo más mínimo? Joder, ya he entrado en modo pánico.
—Ya vendrás a cenar a casa el viernes por la noche —continúa mi padre.
—Vale.
—Venga, intenta dormir un poco en el autobús. Nos llamamos el miércoles por la noche después de nuestra victoria.
—Vale.