Novio perfecto (Campus Drivers 2) 20. Donovan
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20. Donovan

Donovan

Sentada en el borde del colchón, con la cabeza entre las piernas, Carrie respira fuerte y rápido.

Podría preguntarle si está a punto de vomitar sobre mi alfombra, pero estoy demasiado obsesionado con su espalda.

Se ha puesto una de mis camisetas, y me pone ver mi nombre y mi número sobre ella.

No es la primera chica a la que le dejo llevar una, pero esta sensación posesiva que me arde en el estómago es nueva.

Parece más despejada que hace un rato y, aunque una parte de mi anatomía estaría encantada de hacerle cosas totalmente indecentes, prefiero esperar a que esté sobria y, sobre todo, a que salga de ella. Necesito que me mande una señal.

¿Dónde ha ido a parar la frustración que alimentaba su deseo por mí? Está a la defensiva, cuando no hace tanto nos abalanzábamos el uno sobre el otro sin necesidad de preliminares. Ha pisado el freno estos últimos días. «Desde que le dio por esa maldita idea de querer que me echara novia».

Echo de menos su contacto, incluso mil veces más después de ese beso de infarto.

Es una locura, no entiendo cómo he podido estar a su lado todas estas semanas sin sentir la necesidad visceral que me consume ahora mismo.

Solo pienso en volver a ocupar mi lugar dentro de ella mientras devoro sus labios ardientes.

Es duro. Está aquí mismo, en mi cama, y tengo que tragarme todas mis hormonas. «Piensa en algo feo. Como un arañazo en la carrocería, ¡exacto!».

Si la hubiera llevado a su casa en vez de traerla aquí, todo habría sido más sencillo, pero quise tenerla cerca durante más tiempo.

Echa un vistazo rápido por encima del hombro, le muestro mi amplia sonrisa y le doy unas palmaditas al colchón.

—A dormir, señorita.

Esa frase no es más que una tapadera de lo que realmente estoy pensando.

Pero decirle «túmbate encima de mí y méteme la lengua en la boca» carece por completo de elegancia.

Sus ojos se posan en el hueco que la espera, y luego suben desde mi mano hasta mi cara.

Verla tan dubitativa me pone nervioso, pero me contengo.

Ahora que soy consciente de la sensación que me provoca, más vale observar antes de actuar.

—Tienes un pelazo increíble, ¿por qué te lo recoges siempre?

—Porque la gente tiene la insoportable manía de manosearlo. Cuando lo llevo suelto desprende no sé qué aura mística, y odio que me toquen el pelo. Es agotador contenerme para no romper muñecas, así que opté por el moño.

—Creo que jamás conseguiré anticipar tus respuestas.

—Lo sé, es terrible.

«No, ¡es genial!».

Cuando por fin se permite tumbarse a mi lado, compruebo que el edredón tapa bien mi erección.

—Entonces ¿es tan cómoda como imaginabas?

—Estás hablando de tu cama, ¿verdad? Que no haya malentendidos...

—Por supuesto —protesto al captar el doble sentido.

—Es maravillosa —susurra muy bajito.

Le ruge la tripa y se cruza las manos por encima.

—¿Tu estómago aguantará bien lo que has bebido?

—Me detuve a tiempo, tranquilo. Y tú, ¿qué tal la noche? ¿Tengo derecho a un informe detallado?

—Mmm... fue instructiva. Poder poner en práctica nuestras teorías fue un buen ejercicio.

—Pero no ha funcionado...

—Lo sé, todo son decepciones contigo, ¿eh? —ironizo, mirándola de reojo para verle la cara.

—Tenía esperanzas. No soy tan buena profe como pensaba. Aunque ya te lo advertí.

—Permíteme discrepar, me pareces perfecta.

Aparta los ojos del techo y gira la cabeza hacia mí.

—Considéralo un calentamiento —añado—. He aprendido un montón de cosas inesperadas esta noche.

—¿Qué tipo de cosas?

«Cosas de Wolinski...». Alzo las cejas para esquivar la respuesta.

—¿Tienes M esquivo su pie y su codo más de una vez.

Da vueltas y más vueltas hasta quedar justo frente a mí, tan cerca que siento su leve respiración.

A pesar de la oscuridad, distingo el contorno de su rostro dormido y la forma de su boca entreabierta.

Me acerco un poco y acaricio uno de sus rizos.

«¡Guau! ¡La textura es increíble!». Se me pasan mil cosas por la cabeza mientras deslizo su pelo entre mis dedos.

Imagino cuál sería la mejor manera de hacerle entender que quiero ser algo más que su alumno.

Estoy seguro de que le gustó acostarse conmigo; si no, no habría repetido tantas veces.

Y cuando me besó, no pude inventarme esa sensación de abandono que percibí en ella y que, a su vez, sentí en mí.

Pero ¿es suficiente para sacar conclusiones?

Después de todo, acaba de darme calabazas bastante explícitas.

Joder, no estoy acostumbrado a este tipo de pensamientos, y mi reserva de confianza roza el cero.

Saco de entre sus mechones dos M debía de estar hasta las narices de verme darle vueltas a todo como un pedazo de idiota.

El ruido de la vajilla en la cocina me saca de un sueño en el que el cuerpo de Carrie, solo cubierto por su pelo, me cabalgaba. Puede que tenga una ligera obsesión con esa parte de ella. O con ella, en general.

Giro la cabeza hacia su lado de la cama: ya no está. Al minuto siguiente estoy en la cocina, pensando que la encontraré allí.