Novio perfecto (Campus Drivers 2) 19. Carrie
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19. Carrie

Carrie

Rígida como un palo en mi silla, atrapada entre Donovan y Lewis, miro fijamente al frente.

He venido al Java con un objetivo muy concreto: regar con alcohol lo que ha empezado a crecer dentro de mí, para destruir esas malditas malas hierbas que Wolinski ha sembrado en mi mente.

Todo iba sobre ruedas y entonces aparece él, ¡con su camisa, su pantalón y su corbata!

Que, por supuesto, le quedan como un guante.

Por el rabillo del ojo, lo examino rápidamente. «¡No debería estar aquí!».

Con el cuerpo medio girado hacia mí y el brazo apoyado en el respaldo de mi silla, intercambia una mirada curiosa con Lewis, quien está a mi derecha.

Cuando se da cuenta de que lo estoy observando a escondidas, vuelvo a clavar la vista en la pared de enfrente mientras maldigo a mi desbocado corazón.

Aún es pronto, ¿es que su cita ha terminado en un fracaso estrepitoso? «¡Uf, cállate de una vez, maldita consciencia!».

Me muerdo la lengua y me abofeteo mentalmente. No quiero que haya salido mal. Para nada. Tiene que encontrarse una novia y devolverme mi libertad. Y, antes que nada, lo que más necesito es otro trago.

Como si quisiera sabotear mis planes, pide una jarra de agua y luego llena un vaso grande que desliza hacia mí.

«¿Agua?». ¡Este tío no me quiere bien! Me esfuerzo por arrancar todas las raíces que se aferran a mí, y él va y me ofrece agua...

«Claro que sí, venga, ¡sigue regando tu jardín envenenado!

». La metáfora me arranca un bufido de indignación.

Antes muerta que beber eso. Aunque echármelo por la cabeza tampoco me vendría nada mal.

Resoplo, mascullando, y aparto su oferta con el dorso de la mano.

—Hidrátate —insiste, empujando el vaso de nuevo hacia mí.

«¡Te lo estampo en la cabeza como sigas así, Wolinski!».

—Mezclar con agua es mala idea —replico, respirando hondo.

—Te vas a poner mala.

—Gracias, papá.

Apenas pronuncio esas palabras, una bilis ácida me sube por la garganta. Es, sin duda, la peor comparación posible. De repente, me invade la angustia.

Está demasiado cerca de mí, así que, en un movimiento brusco, me levanto y voy a sentarme al otro extremo de la mesa. Necesito poner distancia entre nosotros para cortar esta atracción y recuperar el control.

Le robo la pinta a Lois y le doy un sorbo mientras desafío a Donovan con la mirada. Él me observa con gesto acusador.

—Me apunto a otro baile, Carrie —me susurra el hermano de Lois, sentado a mi lado.

Antes de que Donovan apareciera, me lo estaba pasando bien con Jeff. Casi hasta había conseguido expulsar a este otro de mi cabeza.

—Déjame «hidratarme» un poco antes de volver —respondo, levantando el vaso en dirección a Donovan—. Necesito combustible para despertar mi alma colombiana.

El jugador de baloncesto parece apreciar más bien poco mi discurso, y ahora ya no soy la única víctima de sus iris penetrantes.

—Jeff te llamabas, ¿no? —le lanza de pronto al hermano de Lois.

Oigo a Lane soltar una risita, a Lois darle un golpe en el hombro y a Lewis soltar un «¡Ah!» interesado, de pronto. El ambiente se vuelve raro.

—Sí, hola. Tú debes de ser Donovan. Mi hermana me ha dicho que eres el capitán del equipo universitario de la OSU. Todos mis respetos, tío.

Se chocan los puños a modo de saludo.

No consigo descifrar el brillo que anima las pupilas de Donovan.

—¿Sigues en el instituto? —continúa.

—¡Es mi último año! Dentro de unos meses estaré entre vosotros. Bueno, entre vosotros los chicos no, porque ya os habréis ido. Pero las chicas seguirán aquí.

Me da un codazo cómplice al decirlo.

No debo de tener las ideas muy claras porque, durante un segundo, me parece que las aletas de la nariz de Donovan acaban de dilatarse, como si eso no le gustara demasiado. «Pobre chica, ¡estás delirando!».

—Por cierto, Lane me ha dicho que necesitaréis nuevos Campus Drivers —prosigue Jeff de buen humor—. Avisadme en cuanto se abran las candidaturas. Ya casi he ahorrado lo suficiente como para comprarme un Mustang del 68.

—¿Desde cuándo te interesan los coches? —se sorprende Lois, inclinándose sobre la mesa.

—Desde que tengo un cuñado de la hostia —responde levantando la mano hacia Lane.

Sus palmas chocan ante los ojos atónitos de Lewis.

—¿Ya estás cediendo el relevo? —exclama horrorizado, dirigiéndose a su amigo.

—Hay que preparar el terreno, tío. El año pasa volando —replica este último—. Pero seguiremos siendo los jefes, no te preocupes. Incluso podrás hacerles novatadas a los nuevos.

—También está esa chica que acaba de llegar al campus —interviene Lois—. La que conduce un cochazo con unas llantas no sé qué y otra cosa increíble que se me escapa completamente.

—Tiene un Pontiac Firebird —precisa Donovan.

Todos parecen saber a qué se refiere y quién es esa chica.

Yo, ni idea. Tendré que pensar en proponérsela a Donovan como novia potencial.

Por la cara que pone al pronunciar el nombre del modelo, debe de ser un coche impresionante.

Buen potencial, tendrán un montón de cosas geniales en común: motores que limpiar, neumáticos que cambiar... «Bebe un trago, Carrie».

—¿Se supone que tengo que soltar un «guau»? —continúa Lois.

—Algo así, sí.

—Lo siento, Don, pero un coche es solo... un coche.

—Quién me iba a decir a mí que iba a enamorarme de una tía que no tiene ningún respeto por los coches... —se lamenta Lane antes de besar la mejilla de su novia.

—¡Ay, por favor, nada de declaraciones públicas! —protesta Lewis, tapándose los oídos.

Donovan los observa unos segundos antes de que sus ojos vuelvan a desplazarse hacia mí. Nuestras miradas se enganchan durante un breve instante. Rompo el contacto precipitadamente. Hay un no sé qué en el fondo de sus pupilas que no estaba ahí antes de esta noche.

Estoy volviendo a desvariar. Este asunto del beso me ha dejado el cerebro claramente frito. Le doy un sorbo a la cerveza para intentar contener el incendio que arrasa mi mente.

—Una Campus Driver —declaro, poniendo énfasis en el artículo femenino—. ¡La evolución está en marcha!

—¡Alto! ¡Eso es cosa de tíos! —truena Lewis—. Ni hablar de que una niñita que no tiene ni idea se lleve el premio gordo.

—¿Y quién te dice que no tiene ni idea? —replica Lois.

—¿Acaba de hacer ese comentario machista? —me indigno.

—Qué vergüenza —dice Lois riéndose.

—¡No uses mi frase estrella contra mí! —se rebela Lewis—. Es que aún no estoy preparado, nada más.

Se queda de morros como un crío ofendido. Lane cambia a un tema menos espinoso y pasamos el resto de la noche de forma más relajada.

Siempre soy muy reservada también en la amistad. Igual que en el amor. No me es fácil dejar que los demás se hagan un hueco en mi espacio privado. Pero, contra todo pronóstico, y con la ayuda del alcohol, participo activamente en las conversaciones.

Me río, bebo, me meto con Lewis cada vez que tengo ocasión, bebo, y debato largo y tendido con Lane sobre una película de la que ninguno de los demás ha oído hablar jamás. El único al que ignoro es a Donovan.

Mi vejiga me llama al orden, y me tambaleo un poco al levantarme para ir al baño.

Él echa su silla hacia atrás y empieza a ponerse de pie; yo agito la mano para indicarle que se quede donde está.

Aun así, me sigue con la mirada, como si necesitara cubrirme las espaldas, y, mientras camino hacia el baño, comprendo que estoy jodida.

Ya no tiene nada que ver con la idea que yo me había hecho de él y, peor aún, esta noche he echado de menos nuestros duelos verbales.

Cuanto más le aparto, más me siento atrapada por los lazos que hemos tejido.

¿En qué momento le concedí ese lugar en mi vida bien controlada?

Pese a que lo que tengamos sea una amistad, me incomoda.

De una forma u otra, nunca dejo que nadie tenga la oportunidad de influir en mi vida.

En equilibrio sobre el inodoro, hablo sola, dándole vueltas a mi herencia familiar. Tener presente el estado en el que se pone mi madre me sirve de ejemplo, y recordar el comportamiento de mi padre...

—Sí, está claro, ¡eso jamás!

Al volver a la mesa, intento retomar el hilo de la conversación, pero el efecto retardado de todo lo que he ingerido me cae encima de golpe. Los placeres de la borrachera: todo parece ir bien, hasta que la magia surte efecto.

—Ya está bien por hoy para mí —anuncio de pronto, frotándome los ojos—. De verdad que veo doble... Y, creedme, que ver a dos Lewis... es mucho que procesar.

—Eres una persona horrible, Carrie Wolinski —finge ofenderse—. Si me invitáis a vuestra boda, os juro que voy corriendo desnudo hasta el cura para impedirla. Don, como mejor amigo, esperaba algo mejor de ti. Estoy decepcionado, muy decepcionado.

—Bueno, yo me voy, ¡que paséis una buena noche!

—Yo la llevo a casa —dice Donovan levantándose a la vez que yo.

«De eso nada».

—¿Tengo derecho a veto? —replico, peleándome con mi chaqueta.

—Estás borracha.

Me la quita de las manos y me ayuda a ponérmela pese a mis protestas. La ambivalencia de mis emociones intensifica mi embriaguez. «¡Ahora en serio, necesito largarme a casa!».

—No estoy tan borracha.

—Eso es exactamente lo que diría un alcohólico. ¿Te tambaleas o aún llevas el baile en la sangre? Lo cual me parece poco probable, teniendo en cuenta que ya estás llena de alcohol.

—No tengo... fuerzas... para discutir contigo —pronuncio con dificultad—. Aunque estoy segura de que ganaría. Me rindo. ¡Llévame a casa!

«Carrie Wolinski, masoquista por naturaleza».

Les guiña un ojo a los demás y atraviesa la multitud tirando de mi manga.

Una vez en el coche, me adormezco y no me resisto a la llamada del sueño. Todo este caos me ha dejado reventada y, al menos, así evitaré tener una conversación con Donovan Wolinski.

Se cierra una puerta, siento un brazo fuerte rodeándome la cintura.

Subo las escaleras sin casi enterarme, una puerta se abre, mi cama me recibe, y oigo pasos que se alejan.

No tengo fuerzas para abrir la boca y darle las gracias a Don por haberme llevado a casa, lo haré mañana.

Quiero dormir, y mi deseo se cumple de inmediato.

Por desgracia, me despierto demasiado pronto por las ganas de ir al baño. Tengo la sensación de haber dormido apenas diez minutos.

Aún sigo aturdida cuando abro un ojo, salgo de la cama y avanzo en la oscuridad. Conozco mi habitación de memoria y, dado su tamaño, voy decidida.

—Pero me cago en... ¡Ay! —grito al chocar con un bulto grande y extraño que no debería estar ahí—. ¿Desde cuándo tengo este cacharro en mi habitación?

Palpo el objeto desconocido. Es raro, parece un saco de boxeo... «Espera, ¿dónde estoy?».

Abro los ojos de golpe y giro sobre mí misma antes de quedarme paralizada al mirar la cama. Está oscuro, pero reconozco enseguida que no es la mía. Y que está ocupada. Un instante después, cuando consigo conectar dos neuronas, la realidad me cae encima como un cubo de agua fría.

—¿Donovan?

—Vuelve a la cama, nena —me responde con una voz ronca y somnolienta.

«¿Eh?». La saliva se me va por el otro lado, y rebusco en los recovecos de mi mente, con aroma a tequila de fresa, el más mínimo recuerdo que explique mi presencia aquí. ¡En su habitación!

Se echa a reír y estira el brazo para encender la luz. Me quedo cegada y tengo que frotarme los ojos. Cuando el fogonazo pasa, vuelvo a mirarle.

—Te habías asustado, ¿eh? —se parte, apoyándose en los codos.

No tiene pinta de ser alguien que acaba de despertarse. ¡Me estaba gastando una broma!

—¡En absoluto! Solo en Las Vegas el alcohol provoca lagunas sobrenaturales. Así que sé perfectamente que no ha pasado nada entre nosotros.

—Si tú lo dices...

—¡En mi defensa diré que, en realidad, pensaba que estaba en mi habitación!

—Por supuesto...

—¡Deja de usar ese tono insoportable! ¿Por qué no me llevaste a casa?

—Me suplicaste que te dejara dormir en mi cama increíblemente cómoda.

—¡Eso no lo hice! ¿Eso no lo hice? —repito, insegura.

—Vuelve a la cama. Te llevo mañana a primera hora.

—¿Y por qué no ahora?

—Carrie, son las dos de la madrugada... Estoy reventado.

Me llevo el pelo hacia delante y lo dejo caer sobre de mi cara para esconderme detrás. Quiero salir corriendo. Quiero quedarme. Quiero salir corriendo. Quiero...

—Voy al baño.

—Todo tuyo.

Abro la puerta y me quedo inmóvil.

—¿Una pista? —gruño sin girarme. No quiero acabar en la habitación de Lewis.

—La puerta del fondo. La gris con una pizarrita colgada. Hay algunas de mis camisetas tendidas; están limpias, por si quieres cambiarte.

El pasillo está tranquilo y desierto. Camino de puntillas para no llamar la atención. Hoy ya me han pillado in fraganti sobre la mesa de la cocina; no soportaría que me vieran salir de la habitación de Donovan en plena noche. He dejado que todo esto llegue demasiado lejos.

Me encierro en el baño y me siento en el borde de la bañera. La ropa me asfixia. Me desnudo, me recojo el pelo con la mano y me doy una ducha rapidísima, abriendo el grifo lo justo para no hacer ruido.

Localizo las camisetas de las que me ha hablado Donovan.

Por un momento me planteo anudarlas entre sí para fabricar una cuerda y escapar por la ventana.

Claro que para eso el piso no tendría que estar en la última planta...

y tendría que haber una ventana, en realidad.

Pero bueno, planear mi fuga me ha calmado durante un minuto.

Me miro en el espejo. Llevo el pelo suelto, y no hay manera de encontrar mi goma. Me siento vulnerable cuando no lo llevo recogido en un moño.

Cuando ya no tengo excusas para seguir en el baño, vuelvo corriendo a la habitación y cierro la puerta deprisa.

Sin aliento, con la mano aún en el picaporte, valoro la posibilidad de irme a casa andando.

Me da miedo cruzar el campus a estas horas, pero casi tengo el mismo miedo de dormir aquí. Justo a su lado.

—¿Has echado a correr por algo en concreto? —oigo que me pregunta Donovan—. ¿Tienes fobia a los pasillos?

—Tienes razón, qué tontería, ¿verdad? Es más bien esta habitación la que debería evitar... —suspiro, girándome de perfil.

Echo un vistazo alrededor de la cama, evaluando la comodidad de pasar el resto de la noche en el suelo.

—Venga, Carrie, vuelve a la cama. No va a pasar nada —dice, impaciente al notar mi incomodidad—. Prometo no tocarte con mis pies helados.

Respiro hondo y camino hasta el otro lado del colchón. Me siento en el borde, dándole la espalda a mi compañero de cuarto improvisado, y me concedo un minuto para calmar los latidos furiosos de mi corazón. Es absurdo estar así, pero no puedo evitarlo. Todas mis alarmas están en rojo.