18. Donovan #3
Sigue bailando, ajena a mis llamadas y miradas asesinas. «Tengo que bajarla de ahí antes de acabar detenido por liarme a golpes».
—Ahora vuelvo a la mesa —les digo a mis amigos, respirando profundamente.
—¿Sabías que tenía el pelo tan largo? —exclama de repente Lewis.
Me giro otra vez hacia Carrie, y esta vez me invade una emoción distinta.
Muchas veces me había preguntado cómo sería verla con el pelo suelto, pero no me esperaba esto.
No esos rizos donde el rubio y el castaño claro se mezclan.
No esa longitud vertiginosa que roza el inicio de sus nalgas. «Estoy jodido, está espectacular».
Con ella todo funciona al revés: primero me enamoré de su personalidad, y solo ahora estoy tomando plena consciencia de su belleza.
—Ahora venimos —les murmuro mientras me dirijo hacia ella.
—¡Buena suerte!
Subo de un salto al pequeño escenario y me lanzo hacia ella justo cuando otro tiene la misma intención. Me ve detrás de Carrie y se da la vuelta de inmediato. «Buena decisión, tío».
—No sabía que escondías esas dotes de bailarina, ShaCarrie —le digo a su espalda.
Al oír mi voz, sus hombros se tensan y sus preciosos movimientos ondulantes pierden intensidad.
Se gira lentamente. Las ganas de besarla son tan violentas que aprieto los labios con todas mis fuerzas. Sus pupilas brillan; Lewis había dicho «un poco achispada», pero su nivel de alcohol parece bastante más alto que eso.
—¡Ey, Wolinskiii! —grita entonces, contoneándose hacia mí—. A veeeer... ¿qué tal esa cita romántica? ¿Dónde está tu cariñito?
Sigue girando a mi alrededor, moviendo los brazos por encima de su cabeza. Me río al verla tan desinhibida, aunque preferiría que no hiciera eso delante de un público de machos tan hambrientos.
Cuando vuelve a pasar enfrente, la agarro del codo y la vuelvo a colocar delante de mí.
—Se fue a casa después de cenar.
—¿Nada de flechazo en el postre? ¿Nada de tirar la leche?
—Es intolerante a la lactosa. Me lo tomé como una señal del destino.
Se echa a reír y sopla con fuerza para apartarse un mechón de pelo.
—¿Tequila de fresa? —adivino sin dificultad.
—El último chupito, sí.
—Ya veo. Vamos, venga, que te llevo a la mesa —digo con una voz que no admite negativa.
Se inclina ligeramente hacia atrás y me examina de arriba abajo. Asiente con aprobación al ver mi pantalón beige y mi camisa azul, antes de detenerse en mi pecho. Su nariz se arruga y se le escapa un bufido de la boca.
—¡Te has puesto corbata! Te odio.
Y ahí va, escabulléndose otra vez para retomar sus movimientos como si yo no estuviera delante de ella.
Vuelve a sonar otra canción de Shakira y sospecho que el DJ lo hace a propósito para que Carrie continúe con su numerito. Me quedo ahí plantado como un idiota, sin moverme, pero ni de coña voy a dejarla sola. Me planteo echármela al hombro y llevármela.
Me lanza miradas de vez en cuando, se acerca y se aleja como si no estuviera segura de querer aproximarse a mí.
Se decide en el estribillo y viene a rodearme el cuello con los brazos. Mis manos encuentran el camino hasta sus caderas y siguen sus movimientos lentos y sensuales. Sigo teniendo ese deseo furioso de besarla y de hundir la nariz en sus rizos.
—¿Tienes un plan B? —me pregunta, pasando el dedo por la base de mi pelo.
Un plan B de beso, C de Carrie y D de directo, sí. «¿Es consciente del efecto que me provoca?».
—Creo que, por ahora, voy a retomar la teoría.
—Tanto trabajo, para esto...
—La próxima vez lo haré mejor, lo juro por lo que más quieras.
Se queda pensativa un instante. Me gustaría que pusiera en palabras lo que piensa. Bueno, en realidad lo que quiero es oírla decir que ni se me ocurra invitar a otra chica a cenar.
Lleva las manos hasta mi cuello y se concentra en deshacerme la corbata.
Me la he puesto únicamente para sacarla de quicio, y estoy satisfecho de mi decisión al verla forcejear para quitármela.
Ningún indicio apuntaba a que sería ella quien lo fuera a hacer y, sin embargo, es exactamente lo que yo quería desde el principio.
Una vez lo consigue, mantiene los dos extremos de la tela en sus manos y, siguiendo el ritmo de la canción que está terminando, se deja caer hacia atrás. Casi me estrangula al girar una vez hacia la derecha y otra hacia la izquierda.
Antes de volver a convertirse en el centro de atención, bajo la cabeza para liberarme de la corbata, la agarro por la cintura y me la echo al hombro. Menos mal que estoy fuerte, porque no para de retorcerse mientras grita la letra de la canción.
— «Whenever! Wherever!».
Su actuación en solitario es recibida con aplausos y las risas de nuestros amigos, a los que por fin me acerco.
—¿Ha sido difícil convencerla? —se burla Lewis mientras arrastra una silla para que deje caer a Carrie en ella.
—Ni te lo imaginas.
—¡Soy una mujer libre! —proclama, a punto de sacarle un ojo a Lewis.
—Sí, claro, señora Wolinski —responde él con mucha amabilidad—. Nunca lo he dudado.
Me lanza una mirada compasiva, como diciendo: «Colega, te deseo mucha suerte». No se imagina hasta qué punto tiene razón, pero soy un chico tenaz cuando tengo un desafío por delante.