Novio perfecto (Campus Drivers 2) 18. Donovan
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18. Donovan

Donovan

—¿Vamos o no? —me pregunta Adam, cogiendo un montón de servilletas.

Lo observo mientras se pone a secar el charco de leche del suelo, pero en el fondo me imagino saliendo de casa para alcanzar a Carrie y retomar lo que estábamos haciendo cuando mi colega nos interrumpió.

Siento un hormigueo en los labios y tengo la mente hecha un caos. «Ese beso ha sido una locura». He dado muchos besos con lengua, pero este sabía distinto.

—¿Don?

—¿Mmm?

Adam se ríe. No es idiota, ha entendido perfectamente que algo ha pasado en esta cocina y que estoy reviviendo la escena, con extras incluidos.

—El centro comercial, ¿que si vamos o ya no hace falta? Me refiero a que tu cita...

No consigo saber qué hacer. Estoy dividido.

Si Carrie hubiera mostrado la más mínima reacción antes de irse, si me hubiera lanzado una mirada clara, ya habría llamado a Cheyenne para cancelarla, y sería a Carrie a quien habría llevado en su lugar.

Pero simplemente se ha limitado a huir, un poco avergonzada de que la hayan sorprendido restregándose debajo de mí sobre la mesa.

En realidad, estoy cabreado. Me fastidia que se haya largado así, dejándome a mí solo con este huracán dentro.

«¡Si hasta he tirado la leche por su culpa, joder! ».

—Tú acabas de darte cuenta... —canturrea Adam, cerrando la tapa de la basura—. Sois lentísimos, tíos.

—¿Tíos?

—Lane y tú.

—Esto no tiene nada que ver con la historia de Lois y Lane, tío. Con Carrie era platónico. Hasta ahora.

—¿Platónico? —se sorprende.

—Sí. Vale, no en el sentido literal, pero en esencia, sí. Te juro que al principio era precisamente eso lo que me gustaba de ella. Estaba bien poder pasar tiempo juntos sin tener que pensar.

—Por cómo hablas en pasado, deduzco que eso ha cambiado.

«¿Qué se supone que debo responder a eso?».

—No lo sé, sinceramente. ¿Tú qué crees que debería hacer esta noche?

—¿Te apetece ir?

—Pues... puede... Estoy perdido. No sé si esto con Carrie es solo una reacción física o... Joder, me agota. ¿Has visto cómo se ha largado en plan «que pases una buena noche, Donny, te las apañarás, hasta mañana»? Le da igual. Quizá debería intentarlo con Cheyenne y ya veré después.

—No sé qué decirte. No deberías salir con esa chica solo para demostrarte algo a ti mismo.

Es más o menos lo que siento. Adam sabe de lo que habla. Es el único tío virgen que conozco que no se acuesta con alguien por acostarse.

—Estaba mucho más tranquilo cuando era el de antes, el típico mujeriego...

—¿Por qué has querido cambiar?

«¡Joder! Tema delicado».

—No me sueltes el discursito de siempre, Don —añade con firmeza.

Lo que hasta ahora había guardado para mí ya no me parece tan vergonzoso de admitir.

Sobre todo si estamos hablando de compartirlo con Adam.

De todos, él es el mejor consejero. Así que, en pocas palabras, le explico el fondo del problema, y me hace bien contarle todo lo que me ronda la cabeza desde este verano.

Me observa atentamente antes de hablar.

—Sinceramente, tío, lo estás haciendo bien. Es una pena que no me lo hayas contado antes, porque te habría dicho lo mucho que admiro tu actitud. Has sabido reaccionar en vez de hundirte. Ahora solo te queda hablar con tu hermana.

—Amelia todavía sigue enfadada conmigo. No estoy seguro de que quiera pasar página.

—No sabe todo lo que estás haciendo desde que estás al corriente de lo ocurrido. Te apuesto lo que quieras a que lo valorará. Dale un poco más de tiempo para que acepte que tus estupideces de adolescente quedaron atrás.

—¿Qué nos apostamos? ¿Veinte pavos?

—Cincuenta.

—Confías demasiado en ti mismo —me río mientras me lavo las manos en el fregadero.

—Ojalá... Bueno, ¿has tomado ya una decisión para esta noche?

Juego con el chorro de agua mientras sopeso los pros y los contras.

—No hace falta ir a comprar ropa nueva.

—Bien.

—Ya tengo todo lo que necesito para llevar a cenar a esa chica.

Se queda inmóvil y levanta la cabeza, sorprendido.

—¿Estás seguro?

—Pienso mejor con el estómago lleno —concluyo, secándome las manos.

—Como quieras. Tengo ganas de ver cómo acaba esto —se burla mientras se dirige al salón—.

Voy a echarme una siesta corta, esta noche me toca turno de recogida en bares.

Supongo que ahora es cuando me toca decirte algo bonito, así que...

pásalo bien con esa chica, que tiene toda la pinta de ser un flechazo de los gordos.

—¡Gracias por tus ánimos de mierda! —grito cuando ya ha desaparecido de mi vista.

Estoy aparcado a dos pasos del restaurante, con los dedos pegados al volante.

He tenido que obligarme a no enviarle un mensaje a Carrie; he metido el móvil en el fondo del bolsillo para no caer en la tentación.

Es ella quien me ha empujado a venir a esta cita.

Así que, ya solo por eso, voy a llegar hasta el final.

Me faltan algunas respuestas para ver las cosas claras, así que... adelante.

Pulso tres veces el mecanismo del cinturón, antes de por fin liberarlo, y piso la acera con paso torpe.

Al doblar la esquina de la calle donde está el restaurante, me encuentro cara a cara con Cheyenne, quien acaba de cruzar.

—¡Qué sincronizados estamos! —dice con buen humor.

Me abraza brevemente. Su perfume desconocido me provoca un impulso de retroceder que disimulo como puedo.

—Me muero de hambre —continúa, enlazando su brazo con el mío.

—Yo también.

Me concentro en caminar a su ritmo y, cuando le retiro la silla en el restaurante, me imagino el asentimiento satisfecho de Carrie, lo que me arranca una sonrisilla.

—¿Qué has hecho hoy? —pregunta mientras alinea los cubiertos.

—Algunas clases y mucho entrenamiento.

«Todo tipo de entrenamientos».

—Yo no podría hacer tanto deporte.

Espero que continúe, pero no lo hace. Cheyenne se limita a sonreír mientras arregla el mantel. ¿Será que tiene algún tipo de TOC? Parece Carrie con sus gafas, pero menos mona. «¡Tengo que dejar de ponerla en el centro de mis pensamientos!».

—Este restaurante tiene buena pinta —comenta, poniéndose ahora a ordenar el salero.

Su manía me provoca impulsos destructivos. Me entran ganas de tirar del mantel y mandar todo a la mierda, pero me contengo. «Vamos, Donovan, concéntrate en lo importante».

—Tienen unos batidos increíbles de postre —digo con entusiasmo.

Pienso al instante en el consejo lácteo de Carrie y, por mucho que intente imaginarme liándome con Cheyenne sobre la mesa que nos separa, donde ahora todo está perfectamente alineado, la chispa no aparece.

—Tienen buena pinta, pero soy alérgica a los productos lácteos.

Se me abre la boca. Me quedo sin palabras, y eso que ya de por sí eran pocas. Nunca podré derramar leche semidesnatada durante nuestros encuentros. «¿Es una mala señal?».

Repaso mentalmente la lista de temas de conversación que mi love coach me había preparado.

A estas alturas, dudo entre la última película de éxito o el hambre en el mundo.

Solo puedo amar a la camarera cuando aparece para interrumpir mi dilema, y aprovecho para hacerle un millón de preguntas sobre los platos, solo para retrasar el momento inevitable.

Hablo tanto que estoy a punto de invitarla a sentarse con nosotros. Al final la dejo marchar a regañadientes y vuelvo a mirar a Cheyenne.

—Quería decirte que fui a vuestro primer partido, y fue increíble. Aluciné cuando recuperaste esa pelota justo antes del final de la primera parte. El jugador del otro equipo estaba completamente desmarcado.

No sé qué me impresiona más: que haya dicho una frase de más de diez palabras o que hable de mi primera aparición en el campeonato. Estoy acostumbrado a las groupies , pero normalmente son bastante limitadas.

—¿Te gusta el baloncesto?

—Mi padre es fan de la NBA y seguidor acérrimo de los Warriors. Me he pasado la vida entre repeticiones de partidos y debates acalorados entre aficionados.

—Me suena.

«Vamos, tío, acaba de darte el tema perfecto. ¡Es tu momento!».

—A mí también me encanta el baloncesto.

«Anda que te habrás roto el cerebro para dar con esa frase, ¿eh?

Joder, qué desastre soy». En mi defensa, tengo que admitir que todas las palabras que me vienen a la boca quedan absortas por el recuerdo de la lengua de Carrie, que sigue dando vueltas en la mía.

No he dejado de pensar en ello desde que salió de mi cocina, y la conversación con Adam tampoco me abandona.

No quiero estar aquí. Por mucho que intente comportarme bien con Cheyenne, mi cuerpo y mi mente se han aliado para convencerme de que ponga fin a esta desastrosa cita.

Tenía las ganas y la motivación para cenar con ella.

O al menos eso creía. Pero ahora entiendo que solo quería demostrarme que existía algo, cuando no es así.

No es con esta chica con quien quiero pasar la noche.

—¿... después de la universidad?

Acaba de hacerme una pregunta. No he escuchado nada.

—¿Cómo?

—¿Qué vas a hacer después de la universidad? ¿Entrar en la NBA?

—Ese es el plan. Primero tengo que destacar en este campeonato universitario si quiero aspirar alto en el próximo draft.

—Estoy segura de que lo conseguirás.

Me sonríe. Es guapa y agradable. No me martiriza como Carrie, no me lanza miradas sarcásticas como Carrie... Basta.

La camarera deja los platos frente a nosotros justo cuando mi móvil se pone a vibrar.

—¿Tienes otra solicitud de viaje? —bromea mientras se coloca la servilleta en el regazo.

—Esta noche no estoy de servicio —respondo, guardando el móvil en el bolsillo de la chaqueta—. ¡Buen provecho!

Clavo el tenedor en una patata humeante; justo cuando me la estoy llevando a la boca, llega otro mensaje.

Intento resistirme, por orgullo, pero cuando suena otro aviso, dejo los cubiertos de inmediato.

Puede que sea Carrie. Quiero que sea ella.

Eso simplificaría mucho las cosas. Fallo.

Los primeros mensajes son de Lane, el otro de Lewis.

SUPERLANE: Una tía acaba de vomitar en el coche de Adam.