Novio perfecto (Campus Drivers 2) 17. Carrie #3
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17. Carrie #3

Rodeo la mesa, la única frágil barrera que nos separa, y abro el grifo para beber agua. Tengo la boca seca, y siento cómo el líquido calma la ebullición que llevo dentro.

Cuando me giro hacia él, no se ha movido y me observa, riéndose en voz baja.

—¿Algún problema? —siseo, secándome la boca con el dorso de la mano.

—Nunca habría imaginado que te asustaría tanto un simple besito de nada.

—Tío, ¿por qué no puedes aceptar que no quiero besarte? ¿Tu ego no lo soporta?

—Créeme, Carrie, mi ego murió hace tiempo contigo.

—Mi mayor logro —canturreo, levantando el puño en señal de victoria.

—Qué pena... Después de semanas de entrenamiento intensivo, me quedaré a un paso de la victoria por culpa de un primer beso fallido. Espero que Cheyenne nos perdone.

—Tienes un don para el drama.

—Acuérdate de este momento cuando te quejes de tenerme todavía rondándote. Al fin y al cabo, estamos a octubre. Eso nos deja ¿qué?, ¿ocho meses hasta final de curso? Y, en el peor de los casos, nada me impide seguir con esto después de dejar la universidad, así que...

—No deberías amenazarme, Wolinski. Yo también tengo armas para hacerte daño.

—¿Has sufrido algún trauma bucal en el pasado? Porque esta angustia por algo tan banal resulta bastante inquietante...

La forma en la que ignora mis palabras y deja sus frases en suspensión me provoca escalofríos.

—¿Quieres que hablemos de tu obsesión con meterme la lengua en la boca? —replico, conteniéndome para no lanzarle el famoso vaso de leche a la cara.

—Admito que me intriga. Tú nunca haces nada sin motivo —continúa, rodeando la mesa hasta detenerse frente a mí—. Y normalmente no eres tan frígida.

Me examina como un científico en pleno análisis.

—Así que dudo entre dos hipótesis: una alarmante falta de técnica... o mal aliento. En realidad, probablemente haces bien en ahorrarme una experiencia horrible. Destruiría toda la estima que te tengo y, después de eso, no podría...

«¡Uf, me pone de los putos nervios!».

Mi mano se lanza a su cuello y, mientras sigue hablando, tiro de él hacia mí hasta que su boca se estrella contra la mía. Un beso relámpago ridículo, pero es más seguro así.

—Ya está. Tema cerrado —declaro, empujándolo.

—¿Acabas de besarme? —articula, atónito—. Joder, Carrie, eso ha sido... Vale, me rindo ante tu negativa, está claro que lo de besar no es lo tuyo. Me das un poco de pena —añade, lanzándome una mirada compasiva.

«¡Es que me saca de quicio!».

Soy vagamente consciente de que se está burlando de mí para picarme, pero siento una necesidad visceral de borrarle esa sonrisilla insoportable. Le agarro otra vez del cuello y vuelvo a la carga.

Tras ese primer contacto brusco, lo beso con una contención más amable, que poco a poco se va adaptando a su respuesta aún sorprendida.

Durante los primeros segundos, atrapo su labio superior mientras él hace lo mismo con mi labio inferior.

De arriba abajo, lo rozo y lo succiono con delicadeza.

Es un beso tímido y demasiado inesperado como para arrancar con intensidad, al menos durante los primeros segundos.

Porque en cuanto su aliento caliente se topa con mi nariz, en cuanto mi mano arruga su camiseta y él intensifica el contacto, dejo de preguntarme quién está besando a quién.

Olvido por qué me he negado a este gesto desde que permití que Donovan accediera a mi feminidad.

La música de su equipo queda ahogada bajo el sonido de nuestras bocas. Solo quedan la suavidad y el calor.

Cuando por fin se abre un espacio razonable entre nuestros rostros, nuestras miradas intercambian un mensaje cuyo significado se me escapa.

—¿Contento? —consigo decir con la voz ronca, sin aliento.

Convencida de que asentirá y dará un paso atrás, no anticipo las dos manos calientes que aprisionan mis mejillas ni la deliciosa boca que vuelve al asalto de la mía.

En un latido, mi razón se derrite como nieve al sol. Debería poner fin a esta locura, pero mi lengua ya no soporta estar prisionera; ansía una libertad que no tengo ni la fuerza ni las ganas de negarle.

Nuestros labios se desbocan. Donovan se abalanza sobre mí con tanta fuerza que mi espalda baja choca con la mesa. La forma en la que su lengua responde a la mía es indescriptible. Me falta el aire para ordenar mis pensamientos y ponerle palabras a lo que está ocurriendo en esta cocina.

Mis manos se aferran al borde de la mesa, último bastión al que sujetarme. Sus dedos atrapan mi nuca para besarme con más intensidad, mientras su otra mano se desliza por mis riñones para pegar nuestras caderas todo lo posible.

Está en todas partes, presionando, incendiando los puntos sensibles de mi cuerpo.

Aprieto la madera con tanta fuerza que el hormigueo sube hasta mis codos, pero si me suelto, si cedo al impulso de rodearle el cuello con los brazos, temo dejarme arrastrar por el violento torbellino que ruge a nuestro alrededor.

«Está claro que no necesitaba comprobar si besaba bien para su cita de esta noche...

». Esto va más allá de la perfección, justo lo que temía.

Se aprieta contra mi pelvis con tanta fuerza que mis nalgas resbalan sobre la mesa. Sentada ahora, con Donovan entre mis piernas, solo quiero una cosa: que añada a esta ecuación aquello que me prometí no volver a hacer con él. «¡Vamos, venga... solo por esta vez!».

Entierro mis dedos en su pelo y cierro las piernas tras él. Conectado a la misma corriente eléctrica que yo, se balancea contra la costura de mi pantalón en un abandono que comparto sin vergüenza. Se pierde entre mis rizos, liberando parte del pelo atrapado en mi moño.

Apoyo un codo en la mesa, todavía no del todo tumbada, y busco a tientas el borde de su camiseta para quitársela. Gimo cuando empieza a succionar mi lengua y...

—¡Ey, Don! ¡Papá ha vuelto! —retumba de pronto una voz desde el salón.

No sé si Donovan está demasiado concentrado en mí o si simplemente le da igual que Adam haya llegado, pero no deja de enredar su lengua con la mía.

Por mi parte, la irrupción de su amigo actúa como un cubo de agua helada.

Giro la cabeza para escapar de su boca y agito las piernas para que se aparte.

Se queda inmóvil sobre mí, ausente y sin aliento, como si acabara de disputar un partido extenuante. Sus labios parecen el doble de gruesos, y sus pupilas brillan como dos caleidoscopios deslumbrantes. «Lo que decía antes. Un estúpido cervatillo».

Por un instante, me parece tan guapo que el corazón se me rebela. Le doy dos golpecitos en el pecho. Parpadea y retrocede. Demasiado despacio. Adam acaba de entrar en la cocina, y yo sigo medio tumbada sobre la mesa cuando su risa ahogada resuena a mi izquierda. «¡Mierda!».

Mis abdominales gritan de dolor cuando me lanzo hacia delante para volver a ponerme de pie.

—Hola, Carrie —dice Adam con voz amable.

—Sí, sí —prácticamente grito mientras corro hacia mi bolso.

—Perdón por haber interrumpido vuestro...

—¡No has interrumpido nada! —le corto, colgándome el bolso en el hombro de un tirón—. Estábamos comentando un par de cosillas. Ya está. Está genial. Esta noche, sí, está bien. Lo harás bien. Donovan. Eso es.

«¡Uf, cállate de una vez, idiota!».

Me echo los mechones detrás de las orejas al menos diez veces. Estoy haciendo el ridículo; cada uno de mis gestos provoca justo el efecto contrario al que quiero. ¿Por qué no puedo parecer más relajada, joder?

Para colmo, veo un charco de leche al pie de la mesa, que viene del vaso que habré tirado mientras nos hemos puesto a... «¡Oh, Dios mío!».

—¿Sigues queriendo ir al centro comercial? —le pregunta Adam mirándonos.

Mi corazón late a toda velocidad; me prohíbo mirar a Donovan. Por supuesto que va a ir al centro comercial como estaba previsto. Los planes no cambian. ¿Por qué iban a cambiar? Solo ha sido un beso de demostración. Un desliz controlado de principio a fin. Tengo el control. «A duras penas».

Estoy temblando y me falta el aire. Atrapada entre mi mente y las reacciones incontrolables de mi maldito cuerpo, suelto lo primero que se me pasa por la cabeza:

—No lo olvides, tío, nada de corbata.

—Sí, sí, lo he pillado —responde Donovan con voz distante.

—Bueno... me voy, ¿vale? —digo con un entusiasmo forzado.

Asiento a modo de despedida antes de salir huyendo.

Me da vueltas la cabeza cuando cierro de golpe la puerta del apartamento tras de mí. Bajo un piso y me agacho en las escaleras, con ganas de gritar. «Por favor, Carrie, serénate».

Sabía que besarle era una mala idea. La primera vez que nos acostamos, ni siquiera me lo planteé.

Era solo para pasarlo bien, no necesitaba besarle para eso.

Hablaba en serio cuando le dije que ese gesto era demasiado íntimo para un simple lío.

Pero poco a poco empecé a sentir cada vez más el impulso de querer su boca en la mía, y mi lado prudente siempre me había frenado.

Por eso también quería que pasara al siguiente nivel y encontrara a una chica buena para él.

Sabía lo que podía pasar si dejaba que las cosas se complicaran.

«Un beso... era evidente que me iba a gustar demasiado».

Lo único que me tranquiliza es la certeza de que él no me contempla como una posibilidad. Solo somos... amigos raros que, en el fondo, no comparten nada más que un proyecto un poco absurdo. Él me provoca. Yo le lanzo pullas. Y sanseacabó.

Una parte de mí espera sinceramente que su historia con Cheyenne empiece oficialmente esta noche, para poder distanciarme de él y de todo lo que despierta en mí.

Pero mi yo malvado, el que prefiere olvidar por qué estoy tan decidida a seguir soltera unos años más, recita una letanía de pensamientos absurdos que me duelen en el pecho.

Es más fuerte que yo: me imagino esa cita, y se me retuerce el estómago.

Me niego a sentir esto. Me lo prometí, y me lo repito cada vez que mi madre se derrumba.

Solo conozco una forma de acallar esta cacofonía: reunirme con Lois en el Java Bar y ahogar a la Carrie que había conseguido mantener a raya hasta ahora.