17. Carrie #2
Está claro que está bromeando, pero después de esa larga conversación tan seria, necesito un respiro.
—Cuando te declares, tendrás que arrodillarte —sentencio con voz de profesora severa.
—Oh, por favor, nadie hace eso desde el siglo XIX .
—¿Te has convertido en un experto?
—No, pero...
—Cuando te declares, tendrás que arrodillarte —repito, elevando el tono.
Resopla y niega con la cabeza.
—Vale, pero sé más concreta. Necesito visualizar la escena.
—Arrodillarte no tiene nada de complicado. Como si fueras a atarte los cordones.
—Ahora lo veo todo mucho más claro gracias a tu legendaria pedagogía.
—Amén. Así que la miras con los ojos brillantes, te arrodillas ante ella y...
—Le ato los cordones.
—Te estás cavando tu propia tumba. El karma se encargará de hacértelo pagar.
De repente, se levanta.
Rodea la mesa, se arrodilla frente a mí y rodea mi pantorrilla con las manos.
—Oh, adorada mía, qué hermosa pantorrilla tenéis —declara mientras me palpa la pierna.
Lo dejo hacer, primero consternada, luego riéndome. Nunca habría imaginado que Donovan Wolinski pudiera ser tan divertido e interesante. Era más fácil cuando me parecía vacío e insípido. «¡Puta vida!».
—¿Has terminado? —lo reprendo.
—¿Puedo tocarte el muslo? —propone arqueando una ceja.
—Tu cara está peligrosamente cerca de mi rodilla. No te sorprendas si, en un gesto desafortunado, te rompo la nariz.
—Tanta agresividad en un cuerpo tan pequeño...
—Vuelve a tu sitio, inútil. Y ahora, hablemos del beso. ¿La besaste en la cafetería o no?
«Bien jugado, teniente Carrie».
—Para nada.
—Perfecto —exclamo antes de morderme la lengua—. Digo que es perfecto, precisamente, porque así podremos perfeccionar vuestro primer beso —aclaro, más para mí que para él—. ¿Piensas traerla aquí después de cenar?
—Eh... buena pregunta. ¿Tú qué opinas?
—Es más acogedor y te da más posibilidades para lo que venga después.
—¿Acostarme con ella la primera noche? —se escandaliza llevándose la mano a la boca—. ¡Mira que eres pervertida!
—¡Estás obsesionado! Me refería a algo más tierno. Rollo peli y sofá.
De pie frente a mí, pone una mueca escéptica.
—Entonces la traigo aquí, y después ¿qué? ¿Alguna habitación en particular para rozar sus labios rosados con mi aliento viril? —recita orgulloso.
—Eres insoportable.
—Hago lo que puedo.
—La cocina es perfecta —decido.
—Vale.
—Entráis, le ofreces algo de beber para que te siga hasta aquí.
Hablas de lo bien que ha ido la noche y guardas silencio al menos cuarenta y cinco segundos.
Después la miras fijamente, procurando no parecer un psicópata a punto de degollarla.
Te detienes en sus ojos, su boca, sus ojos, su boca de nuevo...
—Me entran náuseas solo de pensarlo.
—Silencio. Así que miras su boca, mueves ligeramente los labios como si imaginaras el sabor de los suyos y te lanzas. Bueno, primero te aseguras de que quiera, ¡evidentemente! Y, solo entonces, te lanzas. Lo ideal sería que tiraras algo sin querer, en tu impulso por besarla.
Busco algo alrededor y veo un brik de leche abierto junto a un vaso medio lleno. Los cojo y los dejo sobre la mesa. Me quedo de pie, prefiriendo estirar las piernas.
—Ahí —digo señalando con firmeza—. Tirarás la leche por ella.
—Mmm... ¿segura? Eso de la leche suena raro...
—Representa la urgencia que sentirás por tocarla, por besarla. Entenderá que llevas esperando ese momento desde que la conociste.
—¿La leche representa la eyaculación?
Abro la boca para responder, pero me quedo en blanco unos segundos. Si alguien ahí arriba ha trazado las razones de nuestra existencia en la Tierra, siento una profunda curiosidad por conocer las de Donovan Wolinski.
—A veces me siento culpable por avalar esta cita —suspiro—. Pobre Cheyenne. Espero que beses increíblemente bien, al menos para compensar todas las tonterías que eres capaz de decir.
—Solo hay una forma de descubrirlo —responde sin rodeos.
—Paso —replico haciendo un gesto con la mano.
—¡Venga, vamos! ¡Forma parte de mi formación!
—No voy a besarte, Donovan.
—¿Por qué? ¿Te da miedo que te guste?
—No precisamente. Sarina Samson dice que la vez que la besaste casi entra en coma salival.
—¿Sarina? —reflexiona mirando al suelo—. Pero si tenía catorce años. Fue en Washington. Fue casi en otra vida.
—Un detalle sin importancia.
—Para nada. He mejorado mucho desde entonces. Ven, te lo demostraré.
—No voy a besarte —repito.
—¿Qué problema tienes con los besos? Nos hemos acostado muchas veces, y siempre has esquivado mi boca.
—No tengo ningún problema. Hace que el sexo sea demasiado íntimo. Sería como hacer el amor desnuda en tu cama, lenta y sensualmente.
Mi cerebro me bombardea con imágenes que ilustran mis propias palabras. Siento el vientre arder y agitarse. Me obligo a mirarlo y lo veo tensarse como si imaginara exactamente lo mismo.
—En fin, será el momento clave de tu noche —continúo enseguida—. Nunca hay que subestimar un primer beso. Para mí es el preliminar por excelencia. Es lo que te da ganas de descubrir más a la otra persona.
—Entonces ¿no quieres descubrir más sobre mí? —insiste imitando un beso.
Me froto los párpados y me pellizco el puente de la nariz.
—Si me interrumpes una vez más, te mato, Donovan Wolinski.
Te lo juro. Además, ya sé más de ti de lo que mi pobre alma puede soportar.
Y no tengo intención de convertirte en mi novio.
Así que no habrá beso. Y te callas. Nos estamos desviando completamente del tema de hoy: ¡cómo poner todas las probabilidades a tu favor con Cheyenne!
Se queda en silencio. No me gusta nada la forma que tiene de examinarme. Sus ojos brillan con un destello que no le conocía. Seguro que es consecuencia de lo que está imaginando sobre su cita.
—Una vez que hayas...
—Para —me corta, levantando la mano entre los dos.
—¿Qué pasa ahora?
—No puedes soltarme información tan crucial justo después de decirme que mi reputación besando es una mierda. Tengo que practicar, o será un desastre. Arruinará todo nuestro trabajo hasta ahora...
—Tú mismo lo has dicho: has mejorado desde entonces.
Apoya las manos en mis hombros y chasquea la lengua.
—Déjame besarte, Carrie.
—¡A ver si lo dejas estar de una maldita vez!
Me libero de su agarre y lo fulmino con la mirada.
—Solo un minuto, tampoco pasa nada —insiste, recorriéndome con la mirada—. Además, hace tiempo que no hemos...
—¡Eso no volverá a pasar! —le corto, sin aliento.
—¿Por qué?
—¿Me estás preguntando en serio que por qué? ¡Tienes una cita esta noche, te recuerdo! ¿Cuál era la primera regla?
—¿No equivocarme de nombre? Puedes estar orgullosa, me lo he aprendido. Incluso está escrito y subrayado en mi cuaderno de alumno modélico. Prometido, solo la llamaré Cheyenne.
—¡Me refería a la monogamia!
—Lo sé, pero...
—Pero ¡nada! ¿Quién te crees que soy?
De verdad que había conseguido tomar distancia y centrarme en lo importante, hasta había logrado calmar los nervios y todo.
Sin embargo, aquí estoy, al borde de la cólera.
Pero ¿qué se ha creído? ¿De verdad espera que sigamos acostándonos?
¿Va a retener una sola cosa de todo lo que he intentado enseñarle o el Donovan Wolinski de antes va a reaparecer en cuanto terminen nuestras clases?
—Mal novio —escupo, clavando mi dedo índice en su pectoral.
Bajo mi dedo, su pecho tiembla al reírse.
Si yo fuera la heroína de la novela que estoy leyendo ahora mismo, sería capaz de cavar una trinchera hasta su corazón con la punta de mi uña sobrenatural. «La realidad es una auténtica mierda».
—Tienes razón, Carrie. Lo he dicho sin pensar. Perdóname.
Frunzo el ceño, intentando averiguar si se está burlando de mí.
—No me estoy burlando —dice, como si mis pensamientos estuvieran escritos en mi frente.
—¿Tan fácil es leer lo que pienso?
—Más fácil que alguna de tus novelas románticas, sí.
—Genial. Bueno, creo que hemos terminado con el tema de la cita. ¿Ya sabes qué te vas a poner?
—Estoy esperando a que Adam termine su viaje e iremos al centro comercial a comprar un par de cosas.
—Toda una señorita... Ah, y por favor, no te pongas corbata. ¡Es de lo más cutre!
Me sonríe. Me falta el aire. Me muevo nerviosa, concentrándome en respirar.
Odio el sentimiento que se ha instalado en mí, ese que se parece sospechosamente a una mezcla entre tristeza y celos.
Es incomprensible. No tengo ninguna intención de que Donovan sea...
¿Qué? ¿Mi novio? Solo de pensarlo me confirma que es inconcebible.
Veo la imagen de mis padres y mi certeza se refuerza.
—¿Tienes más preguntas o puedo irme?
—Sí, una cosa más. Necesito que me aclares un par de detalles para iniciar ese famoso primer beso. ¿Ataco directamente con lo de tirar la leche? ¿O primero le acaricio el brazo así?
Cuando sus dedos dibujan una pulsera imaginaria alrededor de mi muñeca, se me nubla la vista.
—No está mal, sí —murmuro.
—Después, si le aparto un mechón detrás de la oreja, ¿crees que voy por buen camino?
Reproduce el gesto. Su contacto deja una huella tibia sobre mi piel. Está demasiado cerca. «¡Retrocede, Carrie!».
Pero estoy paralizada, incapaz de obedecer mis propias órdenes mentales.
—En nombre de nuestra colaboración, solo un besito de nada para cerrar esta clase magistral —insiste, dando un paso adelante.
Sus zapatillas chocan con las mías. Me siento como un cervatillo suicida, cegado por los faros de un coche.
—¿Estás volviendo a entrar en pánico? —susurra.
—No. Simplemente no tengo ninguna intención de dejar que me babosees la boca —consigo decir.
—¿Quieres que te recuerde cómo acabaron todas tus falsas teorías? Si pude demostrarte que estabas equivocada con lo de hacerlo contra el muro, podrías llevarte muchas otras sorpresas...
Es bueno, pero yo soy más terca. No me hará ceder, soy más fuerte que esto. Sus pupilas están clavadas en las mías. Lo noto alerta. Hasta ahora, siempre ha conseguido hacer que me rinda. Esta vez, tengo que ganar.
—¡Lo vas a hacer genial! —exclamo, escapando de su alcance.