Novio perfecto (Campus Drivers 2) 17. Carrie
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17. Carrie

Carrie

Durante su primera y única consulta, el psicólogo —al que conseguí convencer a mi madre para que fuera— le recomendó que se comprara un cuaderno y anotara en él todo lo que alimentaba su neurosis obsesiva.

Evidentemente, nunca lo hizo. Aunque, en mi opinión, habría sido rápido de resolver: un simple pósit habría bastado, porque mi padre es el centro de todos sus problemas. «De su universo entero, diría incluso». En fin.

Desde hace varios días, estoy poniendo en práctica ese consejo y escribo en papel todo lo que alimenta mi lamentable humor. Mi conclusión: no es tan sencillo. Primero hay que identificar qué es lo que te carcome por dentro y luego aceptar darle una existencia real al escribirlo con lápiz.

Es difícil decir qué me remueve más: que la lista sea larga o que, en el fondo, todo gire en torno al mismo tema bajo distintas formas.

«Genial». Mi única voluntad en la vida es parecerme lo menos posible a mi queridísima madre.

Y ahora mismo, no hay duda, estoy yendo directa contra el muro.

O, mejor dicho, estoy siguiendo los pasos de mi progenitora, cuando, puestos a elegir, preferiría mil veces salirme de la carretera.

WOLINSKILLME: ¿Podemos vernos hoy?

«Hablando del rey de Roma...».

Como respuesta, mi dedo corazón se alza espontáneamente frente a la pantalla.

Insultar a mi móvil es realmente patético.

Por suerte, mi cerebro me ahorra su discurso moralista, está demasiado ocupado repitiéndome las mismas preguntas en bucle.

¿Donovan ha quedado para ese café? ¿Se lo habrá pasado bien? ¿La ha besado? «¡Joder!».

Vuelvo a mirar su mensaje. Tengo ganas de responderle «no», o incluso cambiar de número y de identidad, pero al mismo tiempo siento curiosidad.

CARRIE: ¿Para qué?

Apuesto por la sutileza. No pienso preguntarle directamente en qué punto está con Cheyenne. Sería lógico, platónico, desinteresado... pero ni de broma voy a dejar que imagine que me importa lo más mínimo.

WOLINSKILLME: Necesito que dejemos claros algunos puntos .

«Suéltalo de una vez, joder».

CARRIE: ¿Cómo que dejar claros algunos puntos?

WOLINSKILLME: Tengo una cita de verdad en un restaurante esta noche. Necesito tu ayuda para estar a la altura.

Releo esas palabras varias veces. Mi respiración tropieza con cada una de ellas.

CARRIE: ¡¡¡¡Vete a la mierda!!!!

Borro ese último mensaje al instante y dejo el teléfono sobre la mesa. Empiezo a caminar por mi habitación trazando grandes círculos con los brazos, intentando aplicar los ejercicios de respiración que aprendí en la única clase de yoga a la que he asistido en mi vida. Sin éxito.

No tengo derecho a estar enfadada. Y, aun así, mi corazón late a un ritmo desagradable, a la vez que un hormigueo doloroso me recorre todo el cuerpo.

Esto es, sin ninguna duda, la consecuencia lógica de habernos acostado.

«Nunca debería haber cedido cuando vino a pedirme ayuda.

¡Yo estaba tan ricamente antes de todo esto! ».

No tolero que consiga afectarme de esta manera, pero no encuentro la forma de librarme de este peso.

—Le ayudas esta última vez, se empareja, te olvida, y tú vuelves a tu pequeña vida perfectamente ordenada —enumero en voz alta, intentando sonar lo más convencida posible.

Repito ese objetivo un número incalculable de veces y, cuando siento que estoy lista, cojo el teléfono de nuevo.

CARRIE: Vale. Estoy libre ahora, si quieres.

Mejor acabar con esto cuanto antes.

WOLINSKILLME: ¡Perfecto! Ya casi termino. Quedamos en mi casa.

Verlo en su apartamento me parece buena idea. Así no tendré recuerdos de lo que pasó en mi habitación. «¡Esa versión de mí tiene que dejar de existir! Nada de acostarnos juntos. Ni por Cheyenne ni por mi propia salud mental».

Me pongo unos vaqueros anchos, unas zapatillas y una camiseta básica. Me desenredo el pelo y lo recojo en mi habitual moño alto. Dejo las gafas sobre el escritorio, cojo la bandolera y salgo hacia la residencia de Donovan.

—¡Carrie!

La voz de Lois sobresale entre el ruido. La veo bajo un árbol. Me hace un gesto para que no me mueva y corre hacia mí. Ha cambiado muchísimo desde su depresión del año pasado. Irradia felicidad. Casi da miedo.

—¿Qué tal? —la saludo, sorprendida.

—¡Genial! ¿Estás yendo a clase?

—No, voy a ver a Donovan.

Una sonrisa cómplice aparece en su cara redonda. Yo me obligo a permanecer impasible.

—Lane me ha dicho que Don tiene una cita esta noche. ¿Acaso vais a...?

—La cita no es conmigo —la interrumpo inmediatamente al entender lo que está insinuando.

—¿Ah, no?... ¿Y estás bien?

—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?

—Por nada. Olvida lo que he dicho. Mi hermano está en la ciudad unos días. Vamos al Java Bar esta noche, ¿te apetece venir?

«¿Por qué me mira así de raro?».

—Tengo que trabajar en mi proyecto final, pero quizá me pase un rato.

—¡Genial!

Me abraza, me lanza una última mirada extraña y se marcha corriendo.

Parecía sorprendida de que no estuviera deprimida por esa cita que no me concierne en lo más absoluto.

«¡Como ella también empiece, me largo del país!».

—Si todo sale bien hoy, habrás terminado con la «Wolinski Academy» —me murmuro a mí misma mientras camino con paso firme.

«Se acabó. Se acabó. Se acabó. F-I-N», me repito mentalmente como si fuera una animadora.

Tengo tantas ganas de materializar este cierre que llego a la puerta de Donovan en tiempo récord. Levanto el puño para llamar cuando oigo un movimiento detrás de mí.

—¡Ya estás aquí! ¿Has venido corriendo o qué? —dice mi alumno colocándose a mi lado para abrir con su llave.

—He pedido un Campus Driver para llegar lo antes posible.

—Imposible.

—¿En plan?

—Mis socios saben lo que les espera si me roban a mis clientas favoritas.

—¿Aquí es donde tengo que reírme tontamente y darte palmaditas en el hombro? —respondo parpadeando exageradamente—. Que recuerdes mi nombre ya es un milagro. Así que entrar en la lista de tus clientas favoritas...

Se limita a sonreír. Y el disco que gira en bucle en mi cabeza se detiene. Lo sigo hasta la cocina y me siento en una silla. Él se sienta frente a mí y entrelaza las manos detrás de la cabeza.

—Un buen novio habría sacado la silla de debajo de la mesa para ofrecerme asiento... —empiezo.

—Mierda, ¿podemos repetir la escena?

—No. Bueno, entonces me has dicho que tenías una cita. Con Cheyenne, supongo.

—Sí. Hemos ido a tomar un café, como habíamos hablado, pero me he marchado pronto porque tenía a una clienta esperándome para que la llevara.

—Muy mal. Sabes que tendrás que silenciar la aplicación cuando estés con tu novia, ¿no? Es muy maleducado si no lo haces.

—Tomo nota —asiente obediente.

—¿Ya sabes dónde vais a cenar?

—Había pensado que en el Marcella’s.

—¿Le gusta la comida italiana?

—Ni idea.

—¿Tiene alguna alergia alimentaria?

—¡Y yo qué sé! ¿Acaso es importante?

—Qué va, es una tontería. ¿A quién le preocupa matar a su novia en la primera cita?

—Ya no estoy tan seguro de querer tus consejos —dice apretando los labios.

—Llevo semanas soñando con oírte decir eso —exclamo alzando las manos—. ¿Me devuelves mi libertad?

—Ni se te ocurra levantarte —me ordena señalándome con el dedo.

Yo levanto un dedo también. El corazón.

—Voy a mandarle un mensaje para asegurarme de que le guste la comida italiana.

—Buen chico...

Saca el móvil del bolsillo y escribe un mensaje rápidamente.

Menos de un minuto después, suena un bip. Gira la pantalla hacia mí sonriendo.

—¡Marcella’s confirmado! —presume, agitando el móvil entre los dos—. Incluso ha añadido tres emojis contentos.

—Estoy rebosante de felicidad —ironizo—. Espero que hayas reservado.

Su sonrisa vacila. Hace una mueca antes de volver a mirar el teléfono.

Lo escucho hacer la reserva y, cuando termina, reprimo mi mal humor y adopto una postura despreocupada.

—¿Vas a pasar a recogerla? —insisto.

—Lewis me ha aconsejado que...

—¿Le pides consejo a Lewis? Entonces ¿para qué me molesto, exactamente?

—Me ha aconsejado que nos veamos directamente allí —continúa como si nada—. Si la cita sale mal, podré escapar.

—También funciona al revés.

—No te falta razón. Por eso es importante que me supervises. No lo superaría si saliera corriendo.

—¡Y yo menos! ¡Casi dos meses esperando este momento con impaciencia!

Se inclina sobre la mesa y posa sus manos en las mías.

—No te decepcionaré, Carrie.

Deslizo lentamente mis palmas para apartarlas de las suyas y las coloco obedientemente sobre mis muslos. Me muerdo los carrillos para obligarme a tragar saliva y continúo:

—Hay algo que me ronda la cabeza: ¿has invitado alguna vez a una chica a salir?

—Nop.

—¿Nunca?

Niega con la cabeza.

—Antes de este verano, prefería pasarlo bien durante un rato corto, si sabes a qué me refiero.

—Teniendo en cuenta todas las chicas que han pasado por tu cama, ¿con ninguna te ha dado ganas de ir más allá?

Espero que responda sin pensar, pero inspira profundamente y parece reflexionar mientras me mira fijamente.

—No estaba en esa onda —dice finalmente encogiéndose de hombros—. Pero eso ya es pasado.

«¡Ay!». Esa conclusión no debería afectarme, pero saber que soy como esas chicas con las que se acostó me coloca automáticamente en la categoría de «lo pasé bien durante un rato corto. Pero eso ya es pasado»... Por alguna razón, siento algo extraño en algún punto entre el pecho y el estómago.

En lugar de estrellar la frente contra la mesa, recurro a mi viejo razonamiento: «Quiero estar en esa categoría. Yo soy esa categoría».

—Pasemos al siguiente nivel —digo frotándome las manos para evitar que se lancen a estrangularlo.

Durante media hora, le enumero temas de conversación para evitar silencios incómodos. Donovan escucha atentamente, asiente a intervalos regulares e incluso toma algunas notas en el móvil.

—En fin... eso es todo —concluyo humedeciéndome los labios—. Si los dioses del amor están de tu lado, puede que tengáis un flechazo durante el postre. Eso facilitará mucho las siguientes citas. Una bonita declaración de amor, ¡y asunto resuelto!

—¡Guau! Eso ya es otro nivel . No pido tanto, ¿eh?