16. Donovan #2
Parpadea, coge su sándwich y lo desenvuelve con cuidado.
Espero su reacción, pero se queda mirando la loncha de pavo que sobresale del pan como si los secretos del universo estuvieran escritos en ella.
Observo su frente fruncida, su nariz arrugada y la punta de su lengua que aparece y desaparece entre sus dientes.
Sin olvidar esa bonita boca que aún no he probado y que despierta mi curiosidad.
Tengo ganas de besarla. Solo para comprobar si es tan viva y afilada como cuando me lanza sus pullas. «Te estás desviando, Don».
Asiente de pronto, como si hasta ahora se hubiera estado debatiendo consigo misma, y levanta la vista hacia mí con el rostro mucho más relajado.
—Vamos, ¡enséñamela!
Me obligo a frenar mi imaginación y desbloqueo el móvil. He utilizado el anuario de estudiantes de la OSU para hacer capturas de pantalla de las candidatas ideales. Como Campus Driver, conozco a muchas de ellas.
Abro la primera foto y se la enseño.
—¿Estás de broma? —protesta, atragantándose con el sándwich.
Uso su servilleta para limpiar la pantalla de las migas que acaba de escupir.
—Acabas de escupirle a Charisma —la reprendo con aire indignado—. Esperaba una reacción más alentadora. Estoy decepcionado.
—¿Con todas las opciones que tienes y eliges a Charisma? ¡La decepcionada soy yo!
—Explícate.
—¡Es tan... superficial! Fuera de las últimas tendencias en esmaltes carísimos, no aguanta ni cinco minutos de conversación. Te juro que nuestras largas horas de trabajo merecen algo mejor que una chica como ella.
—La llevo a menudo a sus clases de baile. Es simpática.
—¡Guau! Está claro que eres un tío poco difícil, ¿eh? Si hubiera sabido que mis valiosos consejos iban destinados a Charisma McAllen, me lo habría tomado con más calma.
—¡Eres muy dura!
Me levanto, rodeo la mesa y me siento a su lado.
—Vale, ¿qué opinas de... Janis? —propongo mientras deslizo las fotos.
Mi muslo y mi hombro rozan los suyos. Mira la foto y niega con incredulidad.
—¿Y ahora qué problema tiene ella?
—¿Aparte de que se llama Janis?
Me río ante su expresión de repulsión. Aprovecha para quitarme el móvil y seguir pasando perfiles.
—¿Lindsey? —articula mordiéndose el labio—. Bueno... esta ya está un poco mejor...
—Siento que hay un «pero».
—Pero lleva un anillo de castidad. Me cuesta imaginarte esperando al matrimonio.
—Guau, ¡mierda!
Apoyo la cabeza entre las manos y exagero un largo suspiro desesperado.
La observo fijamente. Tal vez porque espero su aprobación sobre una de mis candidatas.
O tal vez porque su cercanía me da ganas de retomar lo nuestro.
Mis ojos se deslizan hacia su pelo recogido en ese enorme moño en lo alto de su cabeza.
Me pregunto por qué nunca lo lleva suelto.
Ni siquiera sé si es suave, espeso, si le llega a media o baja espalda...
Joder... la imagen de su espalda arqueada bajo una cascada de pelo rubio me obliga a tragar saliva sin discreción.
—¿Qué? —la oigo gruñir.
¿Es este el momento de hacerle una propuesta indecente? «Nooo. ¡Necesitas echarte novia, Wolinski!».
—Me sorprende —digo finalmente—. Pensaba que estarías deseando lanzarme a los brazos de la primera que apareciera para que nuestra colaboración terminara cuanto antes.
—¿Y que vuelvas arrastrándote quince días después?
Hace un pequeño sonido de desprecio y aparta de su sándwich un trozo grande de pepinillo. Lo intercepto antes de que lo deje sobre el envoltorio. Al llevármelo a la boca, aparto la mirada y recorro el parque... hasta que reconozco una silueta.
Levanto la mano para saludar a Cheyenne, la chica de la fiesta.
—¿Quién es? —pregunta Carrie.
—Una estudiante nueva que conocí en casa de Tod.
Carrie mira por encima de mi hombro y examina a Cheyenne, quien se acerca tímidamente.
—¿Quieres sentarte con nosotros? —le propongo, señalando el banco frente a mí.
—Encantada.
Se sienta y se alisa la falda, humedeciéndose los labios.
—Te presento a Carrie Wolinski.
—¿Wolinski? ¿Sois hermanos?
Toso para ocultar mi risa.
—Sí, es mi hermana pequeña —me burlo, dándole un codazo a Carrie.
Ella levanta la barbilla lentamente y me fulmina con la mirada.
—¿Ah, sí? Entonces, cuando te conviene, ¿ya no soy tu querida esposita? —replica arqueando una ceja.
Me muero de ganas de entrar en ese juego, pero tenemos público y sería inapropiado. Vuelvo a centrar mi atención en Cheyenne, quien nos mira sin entender nada.
—¿Qué tal desde la fiesta? —retomo la conversación para aliviar su incomodidad.
—Clases, deberes, clases...
—Guau... —susurra Carrie por lo bajo.
—¿Qué estudias?
—Medicina.
Asiento, buscando algo más que decir.
Mi mirada se desvía una vez más hacia Carrie, quien desliza el dedo por la pantalla de su móvil.
Me lanza una mirada hostil durante una fracción de segundo, antes de volver a encerrarse en lo que está haciendo.
El viento ha cambiado: vuelve a estar rodeada de su burbuja de mal humor.
Si no la conociera, casi podría creer que no le hace gracia verme ligar con otra delante de ella.
Lo peor es que me gustaría. Que se enfadara por eso, quiero decir. No el hecho de hacerlo.
Cheyenne inspira con fuerza, entrelaza y desenlaza las manos antes de inclinarse hacia mí.
—¿Tienes algo que hacer después de clase? —pregunta con voz insegura—. Podríamos tomar un café.
Sigo pendiente de Carrie, cuya mandíbula acaba de tensarse. Es imposible saber si se contiene para no reír o si es otra cosa. Cheyenne sigue esperando mi respuesta, y me doy cuenta de que mi primer impulso no es aceptar enseguida.
—Mmm... Tengo que comprobar mi horario de entrenamientos. Dame tu número y te digo algo en un rato.
—¡Sí, claro!
Le tiendo el móvil y dejo que guarde su contacto.
—Entonces espero tu mensaje —concluye devolviéndomelo.
—Quedamos así.
—Me tengo que ir. ¡Que paséis un buen día!
Mira a Carrie de reojo, quien levanta una mano sin muchas ganas, no quitando ojo de la pantalla.
Cuando se ha marchado, le doy un golpecito en la rodilla a mi compañera malhumorada.
—Me alegro.
—¿De pegarme? —responde irritada.
—De ver que no soy el único al que le dedicas tu mal carácter.
—Qué quieres que te diga, me gusta esparcir mis malas vibraciones. De hecho, mira tú por dónde, me están entrando unas ganas tremendas de ir a intoxicar la biblioteca con mi aura negativa.
Recoge sus cosas y salta por encima del banco. ¿Por qué tiene tanta prisa por irse? No me gusta verla tan fría. Me recuerda a cómo era al principio y refuerza la idea de que quizá está harta de verme. En lugar de preguntárselo directamente, opto por una pequeña pizca de mezquindad.
—En realidad, ya lo he entendido —empiezo con calma—. Te pones así porque quieres quedarte conmigo solo para ti.
Se le desencaja la mandíbula y suelta incluso la correa del bolso, que cae al suelo derramando su contenido sobre la hierba. Exagero aposta para sacarla de quicio, y funciona perfectamente.
—Piensas que, cuando tenga una novia perfecta, ya no habrá sitio para los Wolinski...
—Pero ¿tú estás enfermo o qué? —explota lanzándome su lata vacía encima.
—Te he enseñado varios perfiles distintos y los has descartado todos. Ya lo entiendo, Carrie. Te da miedo que me aleje de ti... Pero no te preocu...
—¡Si me pides mi opinión, te la doy, y punto! ¡Eres un imbécil egocéntrico y narcisista!
Se arrodilla y recoge sus cosas mascullando insultos.
Cuando se levanta, respira hondo, cierra los ojos y fuerza una sonrisa antes de añadir:
—Esa Cheyenne está muy bien. Parece dulce, inteligente y no se ha desmayado cuando le has pedido el número. No se ha reído como una idiota y se ha marchado sola. Invítala a ese café. Es una buena elección.
Tras su larga perorata, se da la vuelta y atraviesa el parque con paso decidido.
—No hace falta que te enfades, ¡estaba bromeando! —le grito.
Sigue caminando sin girarse, y me quedo allí plantado como un idiota, ligeramente perturbado por lo poco que parece importarle esa posible primera cita. Porque sí, voy a ir a ese café, y no sé de dónde sale esta motivación inexplicable.
Me levanto de la mesa y camino hacia el aparcamiento. Al llegar, encuentro a mis tres colegas apoyados contra el coche de Adam.
—¿Qué tal, chicos?
—Estábamos preguntándonos... —empieza Lane antes de interrumpirse.
El rugido de un motor suena detrás de mí. Me giro y veo un coche increíble acercándose.
—Un Pontiac Firebird —susurra Lewis—. ¿De qué año diríais que es?
—Del 68, seguro —dice Adam.
—El mejor año, sin duda —añade Lane.
Por el reflejo del sol, no se ve quién conduce.
—Es la primera vez que veo ese coche. ¿Y vosotros?
—Debe de ser de alguien nuevo, yo tampoco lo había visto —responde Adam.
—Tenemos que hablar con quien conduzca esa belleza. Es justo el tipo de refuerzo que necesitamos —digo entusiasmado.
—Es demasiado pronto —protesta Lewis.
El coche maniobra para aparcar. Lo observamos expectantes.
La puerta se abre y...
—Hostia, ¡es una tía! —exclama Lewis alucinado.
—Una chica Campus Driver podría atraer más clientes masculinos —argumenta Lane.
—Totalmente —asiente Adam.
—¡Para nada! —protesta Lewis frunciendo el ceño—. Una chica solo traerá problemas. Fin de la discusión.
Se aleja refunfuñando. Los demás y yo nos reímos de su reacción. Y entonces recuerdo mi conversación con Carrie, lo que me espera... y la risa se me apaga.