Novio perfecto (Campus Drivers 2) 15. Carrie #2
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15. Carrie #2

—¡Tiene razón! —se ríe Donovan para picarme—. Estamos hechos el uno para el otro. No luches contra ello, nena.

Le lanzo una mirada que significa claramente: «Esta me la vas a pagar, pero bien».

—Acabas de perder diez puntos. Recuerda: nada de «nena» —le vacilo—. Y tú, Lewis, tu teoría no se sostiene. Si dos personas comparten apellido, no deberían salir juntas. Es ilegal y asqueroso —añado con calma.

—Aquí hay algo sobrenatural —refunfuña de pronto—. Primero Lois Lane, luego los Wolinski... Joder, sois insufribles. Necesito una tía que combine con mi nombre si quiero mantener mi sitio en el grupo, ¿o qué?

—¿Hamilton? —propone Lane ocultando la risa tras el pelo de su novia.

—¡Ninguna chica se llamará como el de Fórmula 1!

Estallamos en carcajadas. Lois rodea a su chico y se acerca a mí.

—Lane y Carter salen esta noche. Pensábamos hacer noche de sushi con Becca. ¿Te apuntas?

Mi primer impulso es decir que no. No suelo relacionarme con gente fuera del club de lectura porque la amistad, igual que el amor, puede doler. Pero, ahora que lo pienso, tengo que llamar a mi madre esta noche, lo que seguramente me dejará tocada, así que mejor distraerme unas horas.

—Me apunto.

—¡Genial! Ven a mi casa a las siete. ¿Quieres que Carter pase a recogerte cuando deje a Becca?

—Yo la llevo —interviene Donovan.

Lo miro sorprendida. «¿Qué manía es esta de querer hacerme de chófer constantemente?».

—Gracias, pero tengo bici. Hace tiempo que la arreglé, ¿sabes?

—No sé qué me preocupa más, que sigas moviéndote con esa chatarra o que planees cruzar la ciudad de noche.

—¡Eres tan adorable cuando te comportas como el marido que nunca he querido!

—Hay fiesta en casa de Tod —suelta Lewis—. ¿Te apuntas, Donny?

Ese apodo me hace tragar saliva. Aparto la mirada y me topo con la de Lois, quien nos observa con interés.

—Ya que mi mujer no respeta sus obligaciones matrimoniales, tendré que ahogar mis penas en alcohol...

—Ojalá te atragantes con tu propio vómito —murmuro.

—Sois maravillosos —declara Lewis mirándonos embobado—. Me quedaría disfrutando del espectáculo, pero tenemos que irnos, Don, el Coach nos espera.

—¡Hasta esta noche, Carrie! —dice Lois entre risas, cogiendo la mano de Lane.

Me despido con la mano, me cuelgo la mochila en el hombro y me vuelvo hacia Donovan, que se pone la camiseta.

—Que tengas una buena noche, Donny.

En el fondo me tranquilizaría que volviera a sus viejos hábitos de conquistador, para que todo regresara a como era antes.

Aquella época en la que bastaba oír su apellido para que hiciera una mueca.

Pero la mirada intensa que me lanza me recuerda que eso quedó atrás.

Se cuelga la bolsa de deporte y empieza a caminar hacia atrás.

—Paso a buscarte a las seis y cuarenta y cinco —afirma señalándome con el dedo.

Lo odio.

Llamo a la puerta de Lois. Sola, orgullosa de haber conseguido dejar a Donovan al pie del edificio, aunque no haya podido librarme de su transporte forzoso. Segunda victoria: haber rechazado su intento de probar la comodidad insuperable de su carrocería recién pulida.

—¡Está abierto! —oigo gritar.

Entro en el piso, localizo a Becca y me quedo parada al descubrir a dos ancianas idénticas sentadas en el sofá.

—Carrie, te presento a Esperanza y a Prudencia —dice Lois desde el fregadero—. Son mis compañeras de aquagym.

—¡Las gemelas más insólitas! —añade Becca, haciéndome sitio en la mesa baja.

—Encantadas —dicen al unísono.

—Encantada.

—¡Siéntate! —me invita la anfitriona.

Dejo la mochila en un rincón y me acomodo en un puf de lana violeta.

—¿Qué te parece mi nueva adquisición? —pregunta Lois señalando mi asiento—. ¡Lane lo odia!

—Es mono.

—Se está apropiando del piso poco a poco —me confía Becca—. El pobre Lane se despertará un día rodeado de decoración con tonos pastel, y ya será demasiado tarde.

—El amor vuelve ciego —comenta una de las abuelas—. ¿Y cómo vais con la habitación de su hermano, por cierto?

—Avanzamos despacio. Ya le ha regalado la cama a su mecánico y está empezando a vaciar el armario.

Le cuesta, pero lo va haciendo poco a poco.

Nos quedamos con el escritorio y la estantería; los necesitará para trabajar.

Tengo ganas de dejar de ver sus esquemas escabrosos desperdigados por el salón.

Gracias a Becca también conozco esa parte de su historia.

Me acuerdo del ataque de nervios de Lane que llevó a Lois a ser mi compañera de cuarto durante un tiempo.

Es bonito ver cómo lo apoya en este duelo tan largo.

Pero por mucho ejemplo que tenga delante, mi percepción de las relaciones no cambia. Si Lois le dejara algún día...

—¿Has elegido ya qué sushi quieres, Esperanza? —pregunta Lois marcando un número en el móvil.

«Nota mental: Esperanza, pelo naranja – Prudencia, pelo plateado».

Cuando hacemos el pedido, mis dos amigas se acomodan por fin alrededor de la mesa baja.

—Bueeeno —empieza Becca lanzándome una mirada peligrosa—. Lois me ha contado algo muy interesante... Tú y Don...

—¿Cuál de ellos es Don? —pregunta Esperanza.

—¿El de las mechas rubias? —añade su hermana.

—No, ese es Lewis —aclara Lois—. Y ahora vuelve a ser moreno.

—Todos están para comérselos, de todas formas —añade Prudencia.

—Entonces qué, ¿Carrie? —insiste Becca.

—No sé de qué me hablas.

—No me pongas esa cara. ¿Qué hay entre vosotros?

—¿Unos siete kilómetros?

—¡Miradla! ¡Cómo tira de ironía! —se burla Prudencia.

—Perdón —articula Lois en silencio.

—Suelta el cotilleo, Carrie. ¿Desde cuándo sois tan íntimos?

—¿Desde que le sugeriste amablemente que viniera a pedirme consejos para «novios desastrosos»?

Ante mis comillas en el aire, su sonrisa conspiradora se desinfla un poco.

—¿Cómo? ¿Te acuerdas de eso, Lois?

—Recuerdo vagamente una conversación a principios de curso. Quería nuestra opinión para ser menos... él.

—¡Hostia! ¡Había olvidado eso por completo! Espera, ¿Don iba en serio, Carrie?

—Totalmente. De hecho, nunca tuve ocasión de agradecértelo, Rebecca.

Esbozo una sonrisa que no tiene nada de agradecida.

—Odio cuando pronuncias mi nombre así... —protesta cruzando las piernas—. Entonces ¿desde septiembre te has convertido en una especie de consejera sentimental para él?

Estoy a punto de responder, pero su carcajada estalla en el piso. Durante demasiado —demasiado— tiempo.

—Vale, ya —me impaciento cogiendo mi lata de refresco.

—Perdona, pero es que es surrealista. Por su parte... ¡y por la tuya!

Se le saltan las lágrimas de la risa, y eso me irrita.

No debería haberle contado nada; siento que está invadiendo algo íntimo, tanto mío como de él.

Evidentemente, no tengo intención de hablarles de Amelia.

No es que haya traicionado a Donovan contando esto, pero aun así me molesta verla burlarse de él de esa manera.

Al final se da cuenta de la cara que tengo y se traga la última carcajada.

—Anda, venga, Carrie, deberías ser la primera en verlo divertido. ¿No eras tú quien lo describía como arrogante, egocéntrico y horriblemente falocéntrico?

—¿Falo cómo? —pregunta Esperanza, aguzando el oído.

—Déjalo —susurra Lois poniendo los ojos en blanco.

—No he usado esa palabra en mi vida —insisto mirando a las gemelas.

—¡Estamos hablando de Wolinski, joder! —continúa Becca imparable.

—La gente cambia, Rebecca. Evoluciona, madura...

—Gana experiencia —apunta Prudencia con falsa indiferencia.

«Esta noche es... ¡Ni siquiera encuentro el adjetivo!».

—¡Oh! ¡Dios mío! —grita de pronto Becca poniéndose de pie—. ¡Está colada por él!

—¿Quién? —replico, aunque su dedo me esté señalando.

—¡Te mola! ¡Carrie está pillada por un Campus Driver!

—¡Que no!

—Se acerca el fin del mundo, chicas. ¡Es culpa suya el cambio climático!

—Tranquila, Becca. Bebe algo, que te estás poniendo morada —bromea Lois.

La inspectora Rebecca obedece y se sienta otra vez.

—A mí me parece guay que quedéis —retoma Lois sonriéndome—. Mucho mejor que las petardas que se echaba siempre al cuerpo.

—Hablas en pasado —se da cuenta Becca pensativa—. Ahora que lo dices, no lo he vuelto a ver con ninguna...

—Habrá conocido a una joven encantadora —declara Esperanza.

—Hasta el más frívolo acaba cayendo —añade Prudencia.

—En los últimos tiempos no ha habido ni un pequeño coqueteo made in Wolinski, ni una insinuación escandalosa... ¿Sabes por qué, Carrie?

—No es asunto tuyo —respondo de mal humor—. Y, de todos modos, no sé qué hace Donovan en su tiempo libre.

—Lewis le dijo a Lane que cuando no estaba contigo era porque estaba metido en un libro porno —informa Lois.

—¡No son libros porno, joder!

—Entonces, si resumo bien —prosigue Becca sin intención de callarse—, nuestro donjuán oficial se ha convertido en lector y en tu mejor novio.

—No es ni mejor, ni amigo, ni novio. Ni nada —replico con sorna.

«¿Tampoco amigo?». En realidad, no lo sé.

Soy experta en engañarme en muchas cosas, pero empieza a ser difícil ignorar el vínculo —peculiar, sí— que compartimos.

Me he preguntado más de una vez qué somos, más allá de los debates y, sobre todo, más allá del sexo.

Pensaba que solo estaba calmando una frustración pasajera, pero está claro que eso no funciona.

O, más bien, que funciona demasiado bien.

—¡Se han acostado! —chilla Becca—. ¡Está pensando en su polla, lo veo en su cara!

—¡Que no! —repito notando cómo me arden las mejillas.

—¿Es un buen partido? —pregunta Prudencia acercando su silla.

—Estamos en el siglo XXI , abuelita —la corta mi compañera incansable—. Se dice: «¿Es un fucking buen polvazo?».

«Ya lo creo que sí». Solo de pensarlo me duele el estómago. No soy de las que se maravillan con el rendimiento masculino; de hecho, a veces incluso odio leerlo en mis libros, pero con Donovan es distinto. Sabe exactamente cómo hacerme vibrar.

—Creo que deberíamos dejarla tranquila —propone Lois en voz baja—. No es asunto nuestro.

—¡Estamos entre nosotras! —la contradice—. Y todas estamos emparejadas. Bueno, casi todas —corrige señalando a las hermanas.

Dos pares de párpados arrugados se clavan en ella.