15. Carrie
Carrie
Mis clases matutinas están a punto de terminar.
Voy a necesitar que alguna compañera me pase los apuntes, porque no se puede decir que haya seguido con atención los largos monólogos de mis profesores de hoy.
Normalmente me parecen interesantes, pero ahora mismo floto en una especie de ensoñación no apta para menores de dieciocho años, hasta el punto de que mis notas no tienen ni pies ni cabeza. De hecho, son directamente ilegibles.
Miro por la ventana, volviendo al presente solo para echar un vistazo al móvil.
Ninguna noticia de Donovan hoy. Me abofetearía por ser tan dependiente de nuestros intercambios tan poco convencionales.
Nunca habría imaginado que una simple observación sobre una postura sexual pudiera llevarnos a... esto. «Me merezco una cistitis».
Repaso sus mensajes anteriores, testigos de su nueva pasión: enviarme fotos de paredes, con pistas para localizarlas. ¿He sucumbido a este retorcido juego? Me declaro culpable... He descubierto que tengo talento para las búsquedas del tesoro con segundas intenciones.
Ha pasado una semana desde su irrupción inesperada en mi habitación y, en siete días, me ha demostrado en múltiples ocasiones —cada día, para ser sincera— que las sensaciones que proporciona esa postura son algo a lo que me es imposible renunciar. Además de excitantes. E incomparables.
En cada encuentro he tenido la impresión de que la intensidad era mayor que la del día anterior, como si estuviéramos impacientes por volver a empezar.
Mi respiración se altera al recordar lo de ayer.
Apenas había puesto un pie en el polideportivo cuando Donovan me aprisionó los costados entre sus manos para pegarme contra las baldosas de la sala de rehabilitación.
No intercambiamos ni una palabra, pero la fuerza con la que me hizo tocar el cielo vale por cualquier discurso. Fue rápido, intenso y apasionado.
Por fin el profesor pone fin a estas dos horas de tortura. Meto mis cosas en la mochila y salgo del edificio echándome una bronca mental. Tengo tiempo durante la pausa del almuerzo; volveré a mi habitación para sumergirme en un buen libro. «¡Exacto, una actividad sana y constructiva!».
Cruzo la explanada y subo por el paseo que bordea las zonas de ocio. Me estoy hablando a mí misma cuando oigo que alguien suelta un grito.
—¡Carrie!
Sobresaltada, doy un respingo, tropiezo y me agarro al brazo del estudiante que camina a mi lado. No nos conocemos, pero tiene la amabilidad de evitarme una caída poco elegante. Incluso me dedica una sonrisa y un «¿todo bien?» pronunciado con un precioso acento británico.
—Mi cara te agradece haberle ahorrado una cirugía plástica.
—Dile a tu cara que me alegra que pueda conservar su belleza natural —responde con un tono muy suave.
«Oh. ¿Oh?».
—Me llamo Oliver.
No me sorprendería que se arrodillara y me besara la mano como un caballero.
—¡Carrie! —vuelve a bramar la voz que me ha sobresaltado hace apenas unos segundos.
Me tocaba presentarme, pero en lugar de eso me giro, busco al culpable y abro los ojos como platos al localizar a Donovan. Está sin camiseta en medio de una cancha de baloncesto algo destartalada, con un balón bajo el brazo derecho, agitándome el otro.
—¡Ven aquí!
Lanzo una mirada alrededor, como si necesitara confirmar que es a mí a quien llama.
—¿Es tu novio? —oigo preguntar al inglés.
—¿Cómo?
Vuelvo la vista hacia Oliver.
—Wolinski —aclara, señalando por encima de mi hombro.
Frunce el ceño y pone algo de distancia entre nosotros. Me giro otra vez hacia la cancha. Donovan nos observa y de pronto echa a correr hacia aquí, salta la valla con un movimiento ágil y nos alcanza. La gente lo sigue con la mirada mientras se acerca. Me siento tensa y expuesta.
Para cuando llega hasta mí, el británico sexi ya ha desaparecido.
—Parece que he hecho huir a tu colega —se ríe, sin ni siquiera necesitar recobrar el aliento tras la carrera que se ha pegado—. ¿Quién era?
—Mi futuro marido. ¿Querías algo en particular o simplemente te apetecía fastidiarme el ligue?
—El tío casi se lo hace encima al verme llegar. ¡Deberías agradecerme que te haya librado de un blandengue como ese!
—Te estaré eternamente agradecida. Bueno, ¿qué quieres?
Teniendo en cuenta cómo han acabado todos nuestros encuentros, estoy en mi pleno derecho de hacer esta pregunta.
—Tranquila, no pienso empotrarte contra un árbol —susurra en tono cómplice—. A no ser que tú quieras.
—Paso —respondo levantando las palmas entre nosotros—. Pido tiempo muerto. Tengo dos moratones en la parte baja de la espalda y la pelvis seguramente dislocada.
—No pienso disculparme por eso.
Remata con un guiño al que respondo con un carraspeo irónico.
—¿Cómo estás? —continúa con suavidad.
—Bien.
—¿Tienes algo que hacer ahora?
—Pensaba volver a la resi a leer un rato.
—Voy a tirar un par de canastas. Ven a jugar conmigo.
—¿Quieres... que juguemos... juntos?
Me echo a reír negando con la cabeza.
—¿Tan raro es? —pregunta, desconcertado.
Es que él y yo nos limitamos a hablar de book boyfriends y a comprobar la resistencia de la arquitectura universitaria. Me descoloca esa invitación tan... normal.
—No sé jugar —me excuso inflando las mejillas.
—¡Mejor! Soy mal perdedor, por eso te lo propongo.
—¿Necesitas reafirmar tu superioridad?
—Sí. Aunque también podría hacerlo de otra forma, en un sitio más íntimo... He visto un muro bien liso cerca de la cafetería...
—¡Ah! ¡Ya está! ¡Wolinski ha vuelto!
Hay alivio en mi voz. No es que estuviera empezando a hacerme ideas raras ni nada de eso, pero...
—Venga, echamos unos cuantos tiros —acepto ajustándome las tiras de la mochila—. Pero te aviso: yo también soy mala perdedora, así que más te vale dejarme ganar.
En un gesto inesperado, pasa el brazo por mis hombros y me arrastra hacia la pista.
Doy tres pasos antes de darme cuenta de la postura y me aparto, sin quitármelo de encima con brusquedad.
El rechazo que me inspiraba hace poco se ha transformado en una especie de complicidad que no me atrevo a analizar.
Noto su mirada de reojo. Me abre la puerta de la cancha con una reverencia exagerada y recoge el balón.
—¿No paras nunca? Los entrenamientos ya han vuelto a empezar. ¿No deberías usar la pausa de la comida para otra cosa? —pregunto mientras me ato el cordón.
Espera a que me incorpore para lanzarme el balón sin avisar. Mis pechos celebran el reflejo majestuoso que acaba de salvarme.
—Ahora que lo dices, podría...
—¡No termines esa frase, Wolinski!
—¡Ni siquiera sabes lo que iba a decir!
—Haces eso con la boca cada vez que piensas en sexo.
—¿Con la boca? Yo diría que con mi po...
Le lanzo el balón tan bruscamente que se atraganta con el final de la frase. Sin apartar la mirada, flexiona el brazo izquierdo y tira. «¡Canasta!».
—¡Ah! Vale, vale. Ya veo cómo te las gastas.
—Me encanta cuando me admiras —se burla recogiendo el balón—. Tu turno.
Atrapo el pase, pivoto y avanzo hasta la línea marcada en el suelo. Entorno los ojos, preparo el lanzamiento y suelto el balón. El aro cruje al recibirlo; acabo de anotar dos puntos.
—Pura suerte —susurra Donovan.
Corre a buscar el balón y regatea alrededor de la canasta antes de clavar un mate perfecto.
—¡Menudo chulito!
Durante la hora siguiente nos enfrentamos sin descanso. Donovan solo me saca un punto de ventaja; se me había olvidado decirle que, si bien soy un desastre botando el balón, se me dan bastante bien los tiros.
—Tenías que ser una Wolinski —se entusiasma aplaudiendo.
—No me has visto intentar correr botando el balón... Créeme, no hay color.
—Aun así, estoy flipando.
—Soy hija única, tío. Eso implica largas tardes de soledad matando el aburrimiento con la canasta oxidada al final de mi calle.
—Pensaba que solo leías.
—La mayor parte del tiempo, sí. Hasta que Greyson, mi vecino buenorro, se mudó a la casa de enfrente. Jugábamos de vez en cuando.
—¿Saliste con él?
—No. El día que me confesó que Papá Noel no existía firmó el acta de defunción de cualquier futuro feliz entre nosotros.
—Al menos te dejaba ganar, ¿no?
—Al strip basket no —susurro negando con la cabeza.
—Quiero jugar a eso. Ya. Ahora mismo.
—¡En tus sueños!
Finge intentar quitarme el balón. Lo esquivo haciéndolo rodar por detrás de mi espalda.
Me encierra entre sus brazos para recuperarlo. Giro sobre mí misma y me encojo, apretando el balón contra el vientre con todas mis fuerzas. Su pecho está pegado a mi espalda y sus grandes manos utilizan todas las técnicas posibles para hacerme soltarlo.
Siento su aliento risueño contra mi mejilla; el estómago se me encoge, pero la voz de Lewis resonando de repente frente a nosotros corta en seco cualquier sensación.
—¿Qué pasa por aquí? —canturrea al llegar con Lane y Lois detrás.
Aprovecho que Donovan me suelta para anotar dos puntos más.
—He ganado —susurro a mi rival.
—Pero ¡Carrie, si lanzas como una profesional! —me felicita Lewis.
—Es una Wolinski, tío. Lo llevamos en los genes.
Donovan levanta las manos y chocamos los cinco de forma espontánea.
—¿Una Wolinski? —articula Lewis mirándonos con atención—. ¿Ha habido una escapada a Las Vegas a la que no me hayáis invitado?
—¡Las bodas en Las Vegas están pasadísimas! —exclama Donovan con voz afectada.
—Buena respuesta —asiento levantando el pulgar—. ¡Cinco puntos para ti!
—Preferimos celebrar una unión sagrada en el bosque —continúa sin que me lo espere—. Restregándonos desnudos contra la hojarasca...
—Donov...
—Os presento a mi mujer, chicos —concluye con una sonrisa enorme.
Sonrisa a la que apunto directa con el balón.
—¡Ay! ¡Los rumores eran ciertos: es casarse y enseguida empiezan las peleas! —se queja.
—Pues no has visto nada todavía... —murmuro, encantada con mi ataque.
—¡Quiero ser el padrino de vuestro hijo! —se entusiasma Lewis.
Pongo los ojos en blanco.
—Solo tenemos el mismo apellido. Fin de la historia.
—Dos Wolinski, ¡es una señal! —proclama como si revelara el secreto mejor guardado de la humanidad.