Novio perfecto (Campus Drivers 2) 14. Donovan #3
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14. Donovan #3

Me acerco a su cómoda, tropiezo con su bolsa aún sin deshacer y abro el último cajón en busca de preservativos. Pero está vacío. Todo mi rostro se tensa. «¿No será que se los ha llevado a Cincinnati?».

—¿Es esto lo que buscas?

Me vuelvo hacia Carrie y sigo el punto que señala con el índice. La caja de preservativos está apoyada sobre su escritorio, encima de un libro.

—Sabías que vendría —confirmo, dando un salto para ponerme de pie.

—Eres tan previsible...

Arranco uno de los sobrecitos y, mientras rasgo el envoltorio, Carrie gira sobre sí misma para decidir contra qué pared voy a demostrarle que se equivoca.

Una vez tomada la decisión, da un paso vacilante y apoya la espalda contra el muro.

Alarga el brazo para accionar el interruptor y suavizar la luz de la habitación.

Solo queda encendida la lámpara de la mesilla, proyectando un halo tenue.

Durante un segundo me desconcierta la naturalidad con la que actuamos.

—¿Me permites quitarme el pantalón corto esta vez?

Hace una mueca antes de asentir. Me deshago de la parte de abajo y me quedo solo con la camiseta. Me protejo mientras camino hacia ella; me encanta notar su mirada rozándome la polla. Y me gusta aún más verla contonearse para quitarse las bragas.

Una punzada de frustración me atraviesa: me encantaría que se quitara el pijama entero. Nunca la he visto desnuda; no parece formar parte de nuestros encuentros. Y ya ni hablemos de besarla... pero ahora mismo no debo centrarme en eso.

No le doy tiempo de recuperar el aliento: la alzo con un movimiento brusco, agarrándola de las nalgas.

Sus piernas se colocan perfectamente sobre mis caderas, y yo le doy un pequeño impulso para subirla unos centímetros más.

Apoya los antebrazos en mis hombros; una de sus manos baja para recorrer el contorno de mi bíceps en tensión.

—Vaya musculito —comenta hundiendo el índice.

Sus bromas podrían distraerme, pero ocurre lo contrario: su humor intensifica mi deseo. Como si hacerla callar para escuchar solo sus gemidos se hubiera convertido en una misión sagrada para mí.

—No debería decírtelo, pero desde que me suplicaste que te enseñara esta postura...

—¡Eso no ha pasado nunca!

—... he centrado todos mis esfuerzos en esta parte de mi cuerpo en mis últimas sesiones de gimnasio —concluyo.

—Eso es hacer trampa —susurra, rodeándolo con los dedos.

—¿Lista para reconocer tu error? —murmuro, flexionando ligeramente las piernas.

—A ver si aguantas...

—¿Aguantar esto?

La penetro sin añadir palabra, salvo por un gemido ahogado que no le conocía. Sus ojos se abren; repito el movimiento, enganchado a los sonidos que deja escapar.

Mis embestidas son cortas y profundas. Podría ir más rápido, pero mis músculos están rígidos de excitación. Las sensaciones son tan intensas que empiezo a dudar de poder mantener esta posición.

—¿Ya flojeas? —pregunta con la voz entrecortada.

—Nunca dije que fuera una postura duradera —consigo responder.

—Qué pena... pensaba quedarme así toda la noche.

«¿Ah, sí?».

Mi vientre golpea el suyo; respira hondo mientras me araña la espalda. A falta de su boca, me lanzo a su cuello: lo muerdo, lo lamo y lo beso al ritmo de sus gemidos.

—Vale, he mentido —admite, contrayendo su sexo alrededor del mío—. Mejor que no sea duradera. Necesito correrme ya.

De pronto es como si se rompiera una barrera entre nosotros.

Dejo de controlar cada movimiento. Una violencia suave y adictiva surge del contacto de nuestras pieles, que estallan en chispas cada vez que se golpean.

Se aferra a mí como si fuera a caer al vacío, con los talones hundidos bajo mis nalgas, sujetándome. Reclamándome.

Suelto una mano para aplastarla contra la pared y libero toda la energía que me recorre.

Sus uñas se clavan en mi cuero cabelludo; su intensidad aprisiona cada vez más mi erección.

Cuando ya nada tiene sentido, cuando olvido qué inició todo esto, Carrie lanza un grito de abandono que me arrastra tras él.

La parte baja de su espalda golpea con fuerza el muro cuando mi cuerpo la empuja con ímpetu.

Menos mal que tenemos ese apoyo sólido para no desplomarnos.

Apoyado contra la pared, tengo la frente perlada de sudor. Su pecho sube y baja rápidamente. Debería soltarla, pero la mantengo un poco más contra mí. Mis piernas empiezan a temblar; el bajón me deja sin fuerzas y finalmente la deslizo con cuidado hacia el suelo.

Retrocedo un paso. Cuando sus pies se apoyan en el suelo, vacila y se sujeta a mi bíceps.

—Se merece un besito... —bromeo, contrayéndolo.

Estoy seguro de que soltará algún comentario sarcástico, pero para mi sorpresa acerca los labios entreabiertos y deposita un beso tan sensual sobre la piel de mi músculo que tengo que contenerme para no volver a empezar.

Se cuela bajo mi brazo, recoge sus bragas y camina hacia el baño frotándose la zona lumbar. Me pongo de nuevo los calzoncillos y el pantalón corto, y espero varios minutos hasta que regresa.

—Venga —digo sentándome en el borde de su cama—. Admite tu derrota aplastante.

He ganado, pero una parte de mí no disfruta reduciendo lo que acaba de pasar a una simple broma para divertirnos.

—Teniendo en cuenta tu confesión de preparación física, no estoy segura de que tu demostración sea válida. Estoy pensando en descalificarte...

—¡Qué mal perder tienes! —protesto.

—Necesito pensarlo —continúa, mordiéndose la uña—. Lo voy a consultar con la almohada... —añade, señalando la puerta.

—¿Me estás echando? ¡Para ti solo soy un pene de alquiler! —finjo indignarme golpeando el colchón.

—Buenas noches, Donovan.

Luce una sonrisa enorme que no desaparece mientras abro la puerta.

Apoyada en el marco, recupera la seriedad en un segundo. Esta chica es el mismísimo demonio personificado.

—No me lo pones fácil, señorita Wolinski.

La comisura de sus labios se eleva. Tengo mil preguntas en la punta de la lengua, pero apago el cerebro. Busco la frase perfecta para cerrar el encuentro dejando abierta la puerta a lo que vendrá, pero ella se me adelanta.

—¿Y después? —me pregunta, retomando las palabras que he dicho en el coche esta mañana.

«Esta no se anda con ambigüedades». Sabía que no admitiría tan fácilmente mi victoria, pero es verdad que, con esas dos palabras, me ha dejado el terreno despejado para rematar mi argumentación.

—¿Después? Lo sabrás muy pronto, Carrie.

Hay un número infinito de paredes en la OSU... y todavía no he terminado de enseñárselas.