14. Donovan #2
Se inclina por encima del reposabrazos y me lanza sobre las rodillas uno de los libros de Carrie. Como ella descubra que lo he dejado tirado en el cuarto de baño y que Lewis acaba de lanzármelo sin ningún cuidado, soy hombre muerto.
—¿Sigues estudiando las relaciones de pareja? —se burla Adam sin mirarme.
—Es una batalla que hay que ir librando día tras día —replico, ocultando mi sonrisa tras la cubierta.
Son las seis y cuarenta de la mañana, una hora indecente para estar plantado en un aparcamiento casi vacío un lunes. Estoy sentado en el capó, sobre el que se apoya un cartón con dos cafés a mi lado. Libro en mano, repaso la lectura mientras no dejo de mirar la carretera.
Me llevó cuatro minutos de búsqueda por internet poner en marcha mi idea nocturna. Cuando por fin aparece el autobús, me relajo. No he vuelto a intentar llamar a Carrie; tengo curiosidad por ver su reacción cuando me vea esperándola. Ni yo mismo tengo muy claro qué demonios estoy haciendo aquí.
Los pasajeros empiezan a bajar y cuando estoy preguntándome si de verdad habrá cogido este puto bus, por fin reconozco su moño desordenado.
Con la mirada fija en el suelo y las gafas de sol puestas, baja del autobús sin fijarse en que estoy ahí.
La observo suspirar, estirar los brazos, y cuando gira el cuello de izquierda a derecha, se queda paralizada.
Agito mi mano libre con una sonrisa pícara. Su frente se arruga, su pecho sube y baja; difícil interpretar su reacción.
—Eh... ¿hola? —articula cuando está lo bastante cerca del coche.
—¡Tu carrera como cantante country ha sido fulgurante!
Le cojo la bolsa, voy al maletero para dejarla y vuelvo hacia ella ofreciéndole uno de los dos cafés. Inmóvil, me mira como si acabara de aterrizar de una nave extraterrestre. Cojo mi vaso y brindo por los novios perfectos.
—Eh... gracias... ¿Cómo sabías que llegaba a esta hora?
—¡Google!
—Qué miedito —murmura llevándose la bebida a los labios—. Eres... ¡Eh! Pero ¡esto está delicioso! —exclama de repente.
—Ah, ¿cuántos puntos vale un café perfecto en el baremo del novio atento?
—No está mal. Digamos que diez por el detalle, y cinco porque todavía está caliente. ¿Dónde lo has comprado?
—Es top secret.
—¿En Commando Café? —lee en el vaso de cartón.
—Mierda, lo pone.
—Está buenísimo, me viene de lujo. ¿Qué le han puesto?
—Es un especial Wolinski —presumo, apoyándome en el capó.
Estaba a punto de dar otro sorbo, pero se detiene al instante.
—Ahora me da miedo —susurra mirando el fondo con recelo—. Si presumes de trato especial, seguro que ha sido una Donnies la que ha preparado esto.
—Bien visto.
—Tengo todas las razones para creer que hay algo ahí dentro cuyo origen no quiero conocer.
—¡Estás delirando! Sí, pasé una noche tórrida con Jodana, pero ¡eso ya ha prescrito! Fue hace al menos dos años, y para tu tranquilidad, desde entonces ha tenido a un pequeño Bobby, Billy, Buddy o algo así. ¡Y yo no soy el padre! —añado antes de que lo diga.
—¿Hablas de Jodana Odalec?
—Dime, ¿conoces a todas las chicas con las que me he acostado o qué?
Arquea una ceja; sé perfectamente lo que va a responder.
—Con tu historial, no es muy difícil... Jodana es madre soltera, así que mis sospechas están fundadas: tengo una posibilidad entre dos de que este latte esté hecho con su leche materna.
Estallo en una carcajada, logrando así arrancarle una pequeña sonrisa.
—No conocía esa técnica de ligue.
—No tienes ni idea de hasta qué punto llegan los recursos femeninos —replica, bebiendo con cautela.
—¡Habrá que incluirlo en el programa de mi próxima clase particular!
—Créeme, no estás preparado...
—¿Es aquí donde saco la carta de la fragilidad? Estoy aterrorizado...
—Perfecto.
—Bueno, ¿te llevo a la residencia?
Ella examina los alrededores tomándose su tiempo.
—Ya que estás aquí...
Me da un pequeño codazo, rodea el coche y se instala en el asiento del copiloto.
Sigo riéndome mientras abro mi puerta. Carrie es tan particular que consigue hacerme olvidar las razones por las que me acerqué a ella a principios de año. Aunque Amelia no abandona mis pensamientos, ver frecuentemente a mi love coach suaviza la amargura que llevo dentro.
Es demasiado pronto como para decir que me he transformado, pero tengo la sensación de que avanzo en la dirección correcta.
—¿Por qué tenías el móvil apagado? —le pregunto mientras doy marcha atrás.
—El reto de lectura, amigo. Necesitaba desconectar del mundo.
Inspira. Está claro que hay algo más detrás de esa excusa. La curiosidad me pica, pero no sé muy bien cómo comportarme con ella. A veces querría saber más cosas, pero no me deja mucho margen. Esta chica es simple y compleja al mismo tiempo. Un desafío en sí misma.
—¿Hoy tienes clase?
—Solo después de comer —responde sin demasiado entusiasmo—. Empezamos los proyectos anuales.
—¿Y en qué consiste exactamente tu carrera?
Gira la cabeza hacia mí, sorprendida de que me interese.
—Pues... resumiendo, estudio Diseño Audiovisual.
—¿Cosas de comunicación?
—Algo así, sí. ¿Por qué estás aquí, Donovan?
Definitivamente, mi buena acción del lunes le resulta sospechosa.
—No tenía nada hasta las diez y media, así que he pensado en venir a por ti.
—¿A por mí, literalmente? Porque si tu plan era empotrarme contra la pared de la estación de autobuses...
—¡Última hora! ¡Carrie Wolinski acaba de hacer un chiste verde! —grito asomando la cabeza por la ventanilla.
—¡Ay! ¡Cállate!
Me agarra del cuello de la camiseta y me obliga a volver a mi postura normal en el asiento del conductor. Le lanzo una mirada burlona, a lo que ella responde con un gesto bastante feo.
—Me encanta que tengas claro cuál será el tema estrella de nuestras próximas charlas —añado satisfecho
—¡Ah! ¿Que ibas en serio, además?
—¡Claro que sí! Pero tendrás que esperar, no pensaba iniciarte ahora. Vienes de un bus, Dios sabe la de gérmenes que llevas encima.
—Mi decepción es inmensa —ironiza, secándose una lágrima imaginaria—. Tenía tantas ganas de ver cómo tu teoría perdía toda su credibilidad...
—Carrie, Carrie... Estás alimentando mi lado competitivo... En cuanto erradiques los posibles gérmenes de sarna que ya deben de estar proliferando en tu piel, me pondré manos a la obra para demostrarte que te equivocas. Y después...
—¿Después?
—Mantengamos el misterio.
Ella suelta una risita, y vuelve a contemplar el paisaje en silencio. Su humor es muy cambiante, y para alguien que acaba de pasar dos días en casa, la noto bastante inquieta.
—¿Qué tal el fin de semana? —pregunto con naturalidad.
—Bien.
—No parece que estés muy allá... y no lo digo para llevarte al asiento trasero.
—Admiro tu franqueza. Solo he ido a ver a mi madre, ¿esperabas encontrarme eufórica?
—Siempre hablas de ella. ¿Tus padres ya no están juntos?
Aunque mis ojos siguen en la carretera, no se me escapa que acaba de cerrar los puños sobre las rodillas.
—Están separados.
—¿Desde hace mucho?
—No me apetece hablar de eso.
No lo dice con brusquedad, pero el efecto es el mismo. «Vale, tema muy sensible». Ya lo había notado, pero ahora el mensaje me ha quedado más que claro.
Llegamos al campus y aparco cerca de su residencia. Sale del coche, recoge su bolsa del maletero y la deja a sus pies mientras me acerco.
—Gracias, ha sido todo un detalle por tu parte venir a buscarme —dice balanceándose ligeramente.
—Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte tu ayuda.
—No te sientas obligado, nunca te he exigido nada.
«¿Por qué se pone a la defensiva tan rápido?».
—Lo sé. Por cierto, se me había olvidado decirte que hoy empiezan los entrenamientos oficiales.
Mi horario ha cambiado, y ya no tendré las tardes libres.
Con las sesiones obligatorias de pesas al final del día, solo podremos vernos tarde por la noche y los fines de semana en los que no juegue fuera.
—No pasa nada.
Espero que añada algo más, pero no dice nada.
—¿Quieres que fijemos un horario? —propongo.
—Recupera primero un poco el ritmo deportivo y escríbeme cuando te sientas más preparado.
Su falta de entusiasmo me desanima. Sea lo que sea lo que esté imaginando, no tengo intención de espaciar nuestras citas. Sean del tipo que sean.
—Por cierto, jugamos el primer partido de la temporada esta semana. ¿Te apetece venir?
—Mmm... es muy amable por tu parte, pero tengo un montón de trabajos atrasados. ¿A la próxima?
Doble decepción. Está distante, cosa que odio.
—Estoy deseando darme una ducha —suspira, colocándose la correa de la bolsa en el hombro—. Suerte con la vuelta, campeón.
Levanta la mano y se marcha hacia su residencia. Yo no puedo evitar quedarme mirando su espalda hasta que desaparece, imaginando que la empotro contra los azulejos de su diminuto baño.
Una imagen que, por cierto, me persigue el resto del día.
Cuando me toca a mí ducharme en los vestuarios del centro deportivo, la imagen se hace cada vez más intensa.
El sentimiento me absorbe y, es tal la urgencia que, nada más salir, voy directo a su habitación con el pelo todavía húmedo, sin avisarla.
Subo las escaleras de tres en tres, llamo a su puerta esperando que pregunte quién es. Pero se abre tan rápido que doy un salto hacia atrás.
—¿Sabías que vendría? —insinúo adoptando una postura orgullosa.
Me examina de arriba abajo. Me quedo mirando sus ojos.
—¿Has estado llorando? —me preocupo de inmediato, acercándome.
—Acabo de leer algo triste —esquiva la pregunta, apartándose para dejarme pasar.
Cierro la puerta con el codo antes de agarrarla por la cintura. Contiene la respiración, pero no se aparta.
—¿Camiseta nueva para dormir? —comento inclinando la cabeza.
—Me la he traído de casa.
—¡Buena elección!
Bajo la mirada para recorrer sus largas piernas desnudas, imaginándolas enroscándoseme alrededor de las caderas. Ya venía empalmado al llegar, pero ahora me pongo aún más duro.
Deslizo las manos por su cintura, la acaricio y la estrecho varias veces contra mí.
—¿Qué estás haciendo? —ríe retorciéndose entre mis manos.
—Ubicarme y mentalizarme para lo que viene. ¡Elige pared, nena!