Novio perfecto (Campus Drivers 2) 13. Carrie
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13. Carrie

Carrie

—Diría que vuelves a estar frustrada —susurra.

Adorna su discurso con un mohín bastante explícito, pero ya he entendido a qué se refiere. «No reacciones». Fácil de decir, imposible de hacer, especialmente teniendo en cuenta que mi cuerpo ya se está despertando.

Atrapada entre la pared y él, busco aire. Aprieto las nalgas y los abdominales antes de entrecerrar los ojos.

—Estoy muy zen —sentencio con una voz totalmente neutra.

—Estás al límite, Carrie.

«¡Falso!». Estaba perfectamente hasta que ha empezado a provocarme.

Acostarme con él fue una experiencia muy agradable —más de lo que me habría gustado—, pero se suponía que debía ser algo puntual.

Ya me he castigado bastante por haber repetido en mi alfombra, como una patética Donnies.

Ni hablar de volver a hacerlo, aunque...

joder, ahora mismo me apetece muchísimo.

Tengo que cortar este intercambio hormonal.

Respiro hondo, flexiono las piernas y me escabullo por debajo de su brazo.

Me apresuro a abrir mi puerta y, una vez dentro de la habitación, empiezo a cerrarla.

Cuando solo queda un hueco lo bastante grande para que se vea mi cara, le suelto:

—Buenas noches, Wolinski.

—Si te recito un poema, ¿reforzará mi lado sensible? —prueba, fingiendo pucheros.

—¿Lo suficiente como para que te deje entrar?

—Ese es el plan, sí.

—¡Que tengas dulces sueños!

Cierro de un portazo, echo el pestillo y apoyo la frente contra la madera para recuperar el aliento. «¡Bien hecho, Carrie!».

—¡Llevo vaqueros! —lo oigo decir al otro lado.

—Qué excitante —respondo con sorna, sin moverme.

—Con bolsillos traseros...

—¡Guau! Te habrán costado una pasta.

—Bolsillos, Carrie...

Frunzo el ceño, intentando descifrar su obsesión con la ropa. Cuando creo entenderlo, me echo a reír.

—¿Y qué hay en esos famosos bolsillos? —pregunto mientras vuelvo a abrir.

—Ah, ah...

Juega con las cejas, invitándome en silencio a comprobarlo yo misma. No debería entrar en ese juego absurdo, pero mi mano ya se ha colado bajo la tela. Mis dedos encuentran un cuadradito de aluminio.

—Felicidades, tu aplicación práctica es espectacular —comento al examinar el preservativo.

«¿Habrá planeado esto para mí?». No quiero saber la respuesta.

—¿Cuántos puntos gano?

—Diría que seis por atento y diez más por precavido.

—Dieciséis puntos... No está mal. Pero no has revisado el segundo bolsillo —susurra sin perder esa sonrisilla irritante.

Repito el gesto. «No, Carrie, tener su culo perfectamente redondo bajo la palma de tu mano no te afecta en lo más absoluto».

—Un condón en cada uno... eso merece bonus, ¿no?

—Estoy dudando entre quitarte cinco puntos por exceso de confianza o muchos más por posibles múltiples candidatas.

—Los dos son para ti.

«¡No quería saber la respuesta, joder!».

—No hacía falta que me repusieras los de ayer, pero es muy generoso por tu parte.

Mi mano sigue dentro de su bolsillo. Como una carterista profesional, me hago con el segundo preservativo. Pero Donovan también es rápido: sus dedos acaban de sujetarme la muñeca.

—¿Vas a obligarme a ser explícito? —gruñe, acercándose.

—Suéltame o grito.

—Me gusta cuando gritas...

—¡Por Dios! ¿Por qué he tenido que usar tu pene?

—Eso es —se maravilla, haciéndome retroceder un paso—. Y por eso este acuerdo que tenemos es tan perfecto...

—Una vez fue suficiente —murmuro sin creérmelo del todo.

—Dos, pero te concedo que el primer asalto no cuenta realmente.

—Puaj. No pronuncies esa palabra.

—Tú necesitas relajarte, y yo centrarme en lo importante en cuanto a chicas. Si me liberas de esta excitación, seré mejor alumno y nuestra colaboración terminará antes.

¿En qué momento se torció tanto mi vida como para que ahora esté aquí, frente a Donovan Wolinski, intentando convencerme de que me acueste con él? Y pregunta para nota: ¿en qué momento he cambiado tanto como para plantearme decir que sí?

—Si pudiste aguantar tres meses, podrás aguantar un trimestre más... —replico, plantando los pies para que deje de empujarme hacia dentro.

—Vale —cede por fin, soltándome.

Me tambaleo y él retrocede levantando las manos.

—Aunque lo entiendo —continúa, alejándose despacio—. Estás pensando que acabarás perdidamente enamorada de mí...

—¡Si hay alguien por quien sé con certeza que jamás sentiré nada, ese eres tú! —respondo al instante.

—Que no podrás vivir sin mí... —sigue, ignorándome.

—¿Tú me has mirado bien?

—Dormirás con una de mis camisetas de baloncesto, rodeada de ese olor mío tan varonil...

Se está riendo de mí, pero en el fondo no va tan desencaminado. No corro ningún riesgo dejándome llevar con él porque, si hay algo seguro, es que lo que predice no va a pasar.

—Vale, has ganado, ¡estoy completamente furiosa! —suelto empujando la puerta con el talón.

Rebota contra la pared y, al segundo siguiente, Donovan la cierra de un golpe tras de sí. Frente a mí, luce una sonrisa victoriosa.

—¿Otra vez sin desnudarnos? —murmura, repasando mi ropa con la mirada.

—Por supuesto.

—¿Puedo negociar que te pongas la camiseta esa que usas para dormir?

—Es una petición razonable.

Lo dejo allí y me meto en el baño. Para cuando me quito la ropa, me refresco y me pongo mi famoso modelito provocador, vuelvo y encuentro a Donovan delante de mi estantería con un libro en la mano.

—¿Buscas inspiración? —le pregunto, apoyando la cadera en el escritorio.

Se gira sin apartar los ojos del libro; me da la risa al ver los vaqueros abiertos sobre unos calzoncillos azules.

—Ya que estamos de prácticas, podemos integrar cosas sacadas de tus libros.

Pasa una página y se sienta en mi cama, apoyando la espalda en la pared. Solo asoman sus ojos por encima del libro cuando me hace un gesto para que me acerque. Cojo uno de los preservativos —¡solo uno!— y avanzo a cuatro patas por el colchón.

—¡A cabalgar, Carrie!

Da unos golpecitos en su muslo y obedezco sin dudar.

Noto su erección debajo de los calzoncillos; me provoca unas cosquillas que borran todo rastro de contención.

Me coloco sobre sus piernas, bajo su bragueta al máximo y me dispongo a sacar mi juguete sexual humano.

Mientras desenrollo con cuidado el preservativo, noto la mirada de Donovan fija en mi cara.

—¿Qué? —pregunto, levantándome un poco la camiseta.

—¿Crees que mi erección da la talla?

—Eres agotador...

—Dime.

Bajo la vista hacia el miembro en cuestión e inclino la cabeza.

—Apunta un poco hacia la izquierda...

—Maldición.

Su polla da un pequeño tirón, oscila hacia la derecha y vuelve a su posición inicial.

—¿Mejor? —pregunta.

—Está igual.

—La gente que escribe esto nos engaña —se queja, tirando el libro sobre el colchón.

Abro los ojos horrorizada cuando veo que mi novela está a punto de caerse al suelo.

—Haz eso otra vez y te la corto.

—Mil perdones.

Su espalda resbala un poco contra la pared, lo justo para que nuestra posición se ajuste a lo que viene después. A pesar de esta conversación tan fuera de lugar para un momento así, estoy preparada para recibir lo que me va a dar.

Sus manos rodean mis caderas. Espero que me agarre para hacerme subir, pero tiene otro plan. Una de ellas baja hacia el interior de mis muslos y, cuando la punta de sus dedos roza mi intimidad, todo mi cuerpo se tensa. No era lo que tenía en mente, y sentirlo me oprime el pecho.

Estoy a punto de decirle que vaya directamente a lo importante, que los preliminares no formaban parte de este acuerdo discutible, pero una curiosidad inexplicable bloquea mi reacción.

Me quedo enganchada a sus ojos, él a los míos, y cuando presiona mi clítoris y desliza dos dedos dentro de mí, detenerlo sería casi un crimen.

Arrugo la sábana entre los puños, me obligo a no cerrar los ojos para mantener un mínimo de control, pero sus movimientos cada vez más profundos ponen a prueba mis resoluciones.

Sus pupilas van y vienen entre mi cara y la parte baja de mi vientre. El fuego del orgasmo empieza a lamer mis músculos. Me balanceo sobre él, incapaz de saber si soy yo quien se mueve o si es su otra mano la que me guía.

Parpadeo tan rápido que casi dejo de ver. Se le está dando bien; ya casi estoy. «Ya estoy cas...».

—Vamos, Carrie —le oigo susurrar.

El placer, que estaba a punto de desbordarse, se desploma de golpe en mi vientre. Lo miro fijamente, amenazándolo en silencio.

Reconozco la expresión que se dibuja en su cara: es la que pone cada vez que está a punto de soltar alguna estupidez.

Debe de notar cómo mi deseo se va deshaciendo, porque vuelve a la carga de inmediato.

Me amasa las caderas, aumenta la presión al curvar los dedos.

Las sensaciones se reavivan, me dejo llevar y...

—Córrete para mí, nena.

El inicio de mi orgasmo se apaga al instante. ¡Y no será la única víctima esta noche!

—Pero ¿tú vas en serio? —estallo, soltándole un puñetazo en el pecho.

Me bajo de sus piernas y tiro de su brazo para obligarlo a largarse de mi cama, pero no se mueve ni un centímetro.

Me muero de ganas de estrangularlo mientras se ríe a carcajadas.

«Y, por si fuera poco, ¡encima está orgulloso de sí mismo!

». Se me pasa por la cabeza la idea de reventarle las pelotas.

Me controlo en el último momento y me pongo de pie.

Me tambaleo un poco por el orgasmo frustrado.

—¡Vuelve! —me llama mientras me pongo el pijama con rabia.

—Lárgate de aquí.

—¡Era demasiado tentador!

—Lárgate de aquí.

—Sale tanto en los libros que tenía que probarlo al menos una vez para ver qué pasaba.

—¿Y tenía que tocarme a mí?

—¡Ni de coña voy a soltar eso con mi futura novia!

«¡Oye, pero bueno!».

—Deja de reírte o no sales de aquí con vida —le advierto, cruzándome de brazos.

Salta de la cama y llega hasta mí en tres pasos, todavía con el pantalón abierto.

—Mantén las distancias. Ni de broma vuelves a acercar tu polla a mí.

—Has dicho «polla».

—Ten cuidado, eso significa que estoy furiosa...

Mis nalgas chocan con el escritorio que tengo detrás; estoy acorralada.

—De todas las cosas sexis que podías soltar, ¿has elegido esa? —ataco, alzando la mirada hacia la suya—. ¡Acabas de cargarte un mito!

—¿Me guardas mucho rencor?

—¡Estaba a punto de correrme!

Nos sostenemos la mirada hasta que suelto un largo suspiro frustrado.

—Admite que ha tenido su gracia —susurra, acortando la mínima distancia que nos separa.

«Fuera de contexto, sí».

—No.

—Bueno, en ese caso me va a tocar presentarte mis disculpas...

Apoya las palmas sobre mi escritorio, encerrándome entre sus brazos. Me odio por el deseo evidente que me retuerce el estómago. Y odio todavía más la actitud que adopto.

—Ya lo creo que sí —murmuro al sentir su erección contra mi ombligo—. Que sepas que no concedo el perdón tan fácilmente.

«¡Ay, señor mío! Deberías avergonzarte, jovencita».

—Lo siento...

Me agarra por debajo de las rodillas y me sube al escritorio.

—De verdad...

Separa mis piernas y se coloca entre ellas.

—Terriblemente...

Desliza mi camiseta un poco más arriba y se inclina hacia delante.

—Lo siento.

Y me penetra de una sola embestida. Gimo. Gime él. Gime el escritorio. Y me vuelvo a tirar a Donovan Wolinski.